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18 febrero 2021

Cuando la pandemia del Covid-19 nos envuelve: En España, soluciones sanitarias oscilantes y poco eficaces, con un deterioro político y social imparable

Tanto y tanto se viene escribiendo sobre este dramático trance de la epidemia del Covid-19, que casi estoy desistiendo de verter mis opiniones al respecto desde hace bastante tiempo.

En medio de la vorágine de contagios, carencias hospitalarias, fallecimientos, promesas fallidas de vacunación, y tantas otras desgraciadas realidades, ha seguido surgiendo en la vida política y social de esta España nuestra, el cáncer incurable de la conducta miserable de la clase política dominante, y el caos social provocado por una Administración pública tendenciosa, inepta y torcidamente doctrinaria.

Solamente hacía falta un detonante que ya se introdujo en la realidad cotidiana, cual ha sido la experiencia electoral en Cataluña.

Bien conocida era la descarada y desvergonzada tendencia del líder socialista (Pablo I “el Sánchez”) de sostener su gobierno mezclándose con la venenosa compañía del iconoclasta Pablo “rompe” Iglesias (el “coleta” lengua larga y puño cerrado), de manera que ha venido tolerando las sucias y generalmente abominables diatribas de ese proyecto de Lenin que es el podemita, y obviando sin adoptar medida alguna las iniciativas siempre rompedoras de la “parejita” del chalet millonario.

Así, todo lo relativo a la libre eutanasia, aborto a la carta, destrucción del sistema democrático, ensalzamiento de las desviaciones o rarezas sexuales, y un sinfín de  reprobables iniciativas, ha venido siendo tolerado en silencio por un presidente del gobierno que decidió vender su primogenitura por el “plato de lentejas” del poder por el poder.

Gran verdad es que "cuando no hay escrúpulos aparecen los forúnculos". Y eso nos está pasando.

Hasta el presente, después de un año de pandemia, hemos aprendido de todo, especialmente de falsedades, como que la infección no sería apenas contagiosa; como que se superaría en poco tiempo; como que a base de restricciones en la vida social y económica se neutralizarían los efectos; como que no habría rebrotes; como que las vacunas iban a ser la panacea curativa; como que en poco tiempo habría millones de españoles preservados por el antídoto vacunil.

Poco hay que añadir, porque evidente ha resultado que todo lo acaecido ha puesto de manifiesto una notable incompetencia de los gobernantes centrales y autonómicos y una maliciosa tendencia al aprovechamiento de las restricciones para ir eliminando poco a poco las garantías constitucionales y esenciales, mientras la crisis económica ha devenido imparable, mal que se haya intentado ponerle sordina mediante los ERTEs ( “Expedientes de Repetidas Trolas de Empleo”) con unos dineros que apenas si se tienen.

Las cámaras legislativas se han convertido en un circo de despropósitos, en el que salvo legislar lo menos importante, se busca llevar a la sociedad hasta la destrucción de la monarquía parlamentaria, y se viste todo de bronca barriobajera en la que solamente importan los insultos, que no las ideas fiables y constructivas.

Estábamos en esas tesituras cuando llegaron las elecciones autonómicas en Cataluña, en las que el sinvergüenza de Sánchez introdujo de la mano de su “maquiavélico” Iván Redondo a un exministro de Sanidad fracasado, para alcanzar lo que se ha llamado “victoria” en las urnas, que no ha sido otra cosa que un empate resuelto por unos pocos votos, pero que solapa la realidad de unos bloques pro independentistas que es de temer vuelvan a las andadas de intentar la independencia revistiéndola de “trampas” de apariencia democrática, como indultos de los condenados líderes secesionistas, tolerancias a todo lo que implique “reblandecer” la autoridad de la Constitución Española y sembrando un clima de laxitud que induce a la sociedad a entregarse al abandono y aceptación de lo propuesto por el grupo gobernante.

Como tanto se ha escrito y tanto falta por escribir todavía, quede este mi comentario como muestra del hartazgo ante tanta falacia y medianía y rechazo a la ineficacia de unos gobernantes que, excepto para organizar las regalías a su favor, poco más hacen.

¡Que la Providencia nos proteja!
 ¿Ya solamente cabe refugiarse en los milagros…?

"En los momentos de crisis, solo la imaginación es más importante que el conocimiento"

Albert Einstein (1879-1955) Científico alemán nacionalizado estadounidense.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

15 enero 2021

La cuesta de enero: Pandemia mundial, Trump rebelde y la nieve de Filomena, con hielo por doquier

Es tópica la frase de “la cuesta de enero”, atribuida en España, al menos, a las estrecheces que tradicionalmente había de sufrir el pueblo llano después de los gozos y excesos de las festividades de Navidad, Año Nuevo y Reyes.

Se asemejaba a la ascensión de una empinada cuesta el hecho que de que se había gastado en las festividades más dinero del que la economía y prudencia aconsejaban, y por eso, además de la penuria económica, se producía el quebranto de la salud, en muchos casos como consecuencia de los excesos alimenticios de las celebraciones. Y para colmo, se decía, después de tantos días festivos, en el mes no se intercalaba ninguna vacación y menos acontecía ello en el siguiente mes de febrero.

Era, pues, el mes de enero, mes de pocos gozos y muchas apreturas, y mes de lamentos y añoranzas de lo ya disfrutado.

Y hete aquí que este año el mes de enero se ha quedado peor y sin poder evocar la “cuesta” tradicional, porque las fiestas de Navidad fueron cercenadas con una serie de limitaciones en la movilidad, intento de contener la pandemia maligna e incontrolable del bichejo Covid-19, y hasta las familias tuvieron problemas, si no prohibición, de reunirse en torno a la mesa para celebrar las tradicionales fechas de la paz y el amor, continuarlas con la fiesta desbordada del fin de año y coronarlas con la casi orgía de regalos con motivo de la festividad d ellos Reyes Magos.

O sea, que el mes de enero que seguimos sufriendo se comenzó por convertir en un tiempo de imposible “ascenso” y nula mejora, con falta del contacto personal y, sobre todo, con las rémoras del desempleo, de la falta de salarios, de las estrecheces de todo tipo y de un gobierno que prohibió lo prohibible (pero, tras tirar la piedra con el estado de alarma decretado por varios meses, “escondió la mano”, dejando al albur de las veleidades o decisiones poco fundamentadas de cada gobierno autonómico las medidas concretas a adoptar en cada caso), de manera que el folclorismo típico de España se ha revestido ahora de decisiones varias, distintas, a veces pintorescas, sobre horarios de hostelería, distancias en las reuniones, prevenciones sanitarias, y un montón más de quisicosas en cada una de las diecisiete autonomías que más bien desvertebran nuestra nación.

“Éramos pocos y parió la abuela”, reza el dicho popular. Y bien que es verdad, porque a todo lo que ya se nos mal cocía en casa, se ha añadido el dramático y temerario esperpento que ese loco iluminado de Trump, el presidente USA que se ha creído que su nación es más suya que su holding de negocios.

Porque el estupor ha ido creciendo en el mundo cuando se han ido conociendo los exabruptos, las actitudes chulescas, los insultos zafios y las decisiones vengativas y dañinas de un hombre que debía liderar su nación para liderar el mundo, ya que así venía produciéndose la convivencia internacional.

Pero ese hombre de la pelambrera teñida, las mujeres objeto, el lenguaje arrastrado y la imprudencia y zafiedad permanente, se obcecó con que él debía ganar las elecciones presidenciales USA y se inventó la historia de un fraude electoral que solamente su mente histriónica y enferma había imaginado.

Mas “lo que tenía que pasar, pasó”, cual rezaba en mi mocedad una canción sobre Pancho López (de quien se decía que era “chiquito pero matón”), y aconteció que, no obstante las inventadas denuncias de fraude, un gris y anodino oponente llamado Joe Biden, le dio una paliza electoral, y que el Trump de los improperios no se conformó y cogió la rabieta presidencial más censurable de todas, como fue alentar a sus fanáticos seguidores para que se convirtieran en sus secuaces y asaltaran el parlamento estadounidense, con heridos y muertos, dejando el sabor de la hiel en los gustos democráticos de los países civilizados.

En resumen, con la crisis del bichito virus se ha amontonado la hecatombe de una pandemia antidemocrática en la presidencia estadounidense, y el mundo ha seguido no solo preocupándose, sino temblando sobremanera.

Ya estaba bien de problemas, se pudo pensar.

Pero no; faltaba que la crisis se enamorara de España, un país esquilmado por todo lo antes acaecido, y se nos obsequió con la más generosa de las nevadas que los españoles más ancianos puedan recordar, colapsando la vida en todas partes y creando una sensación de penuria, de catástrofe, que ni siquiera el siempre efervescente (en luchas internas) gobierno de la nación ha podido atenuar.

Y a la nieve, que una semana después de su llegada aún cubre partes vitales de España y sus ciudades, ha seguido su vástago, el hielo, fruto de un frío extremo que, al decir del castizo, “nos ha congelado las ideas”, además de hacernos tiritar de temor por falta de calefacción y el inasumible precio de la electricidad que algunos mentirosos en el poder habían prometido combatir.

¡Vaya cuesta de enero!

Vamos a seguir ametrallados por las estadísticas de contagiados, fallecidos, saturación hospitalaria, y tantos y tantos datos más, y habremos de sobrevivir a la fuerza, porque no hay más remedio que sobreponernos a tantas adversidades, que, ojalá, nos lleven a una mayor austeridad de vida y costumbres y, sobre todo, a una mayor cordura en las conductas, 

¡Que el buen Dios nos proteja!

“Un gran marinero puede navegar aunque sus velas sean de alquiler” Séneca (2 AC-65) Filósofo latino

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

06 diciembre 2020

La Navidad de las “ausencias”: La vida continúa en medio de la pandemia. ¡Seamos felices!


Son ya tantas las Navidades que pasé en mi vida, que he llegado a pensar que ya no iba a sentir nuevas sensaciones ni a experimentar nuevos sentimientos en esas fechas y celebraciones.

Y hete aquí que desde Asia, dicen (no me lo acabo de creer) llegó a Europa y a nuestro país, y se expandió por todo el mundo, ese maldito virus de extraño origen y de incontrolable contagio que es el llamado Covid-19, el Coronavirus.

Estamos ya en el noveno mes desde que la pandemia se introdujo en nuestras vidas y, cual okupa malicioso, sigue agarrado a nuestra existencia, contagiando por doquier, llevando a la muerte a millones de personas, sembrando el pánico en las poblaciones, destrozando economías, rompiendo familias y, en una palabra, quebrando absolutamente el orden social.

En medio de esta reflexión he llegado a esta época en la que siempre he acostumbrado enviar a todos, a los míos y a los extraños, el saludo entrañable y afectuoso propio de los tiempos de Paz que deben acompañar a la Navidad.

Y, en verdad, me he planteado si lo que nos envuelve en la vida propicia que nos sintamos felices por la conmemoración de la Navidad, o más bien nos abroquela en la nostalgia de los tiempos pasados que quizá fueron más prósperos y felices.

He dudado, lo confieso, entre desear simplemente salud y paciencia, o mantener el mensaje de antaño (¿y por qué no de hogaño?) felicitando a todos sin excepción por la fiesta de la Natividad de Jesús.

No me ha retraído pensar que a muchos o a algunos el significado religioso de la celebración les resulte ajeno, y que igual el sentido humanitario y solidario de los recuerdos navideños no les inspira singular emoción.

Todo es posible, y todo es admisible, porque precisamente si algo prima bajo las luces de la Navidad es la comprensión, el entendimiento, la ayuda, la armonía de los unos con los otros, cualquiera que sea su credo y sentimiento espiritual.

Así pues, vaya por delante, y alrededor, un gran abrazo de fraternidad, para todos, pero en especial para quienes estén sintiendo (a mí así me acontece) el vacío de las ausencias en estos tiempos.

Ausencias de los familiares que moran lejos y con quienes no podremos encontrarnos.

Ausencias de los nuestros y de los ajenos con quienes por los enredos de la vida no ha sido posible mantener una relación normal.

Ausencias de quienes no corresponden a nuestros afectos y a quienes tal vez nosotros tampoco cuidamos con nuestro cariño o amistad.

Ausencias de los discípulos que fueron nuestros y que viven lejos o cuyo rastro se ha difuminado.

Ausencias de quienes han sido nuestros maestros o dirigentes, porque ya se fueron "allá"... y/o no hemos sabido conservarlos en nuestras vidas

Ausencias de quienes nos dejaron a lo largo de los tiempos, con vacío irremplazable, en nuestra infancia, en nuestra juventud, en nuestra senectud, en nuestra familia, entre nuestros amigos, entre nuestros compañeros, en nuestro entorno, en nuestra sociedad.

Sí; esta es y va a ser la Navidad de las ausencias, y bien que lo vamos a notar; pero también va a ser (y hemos de intentarlo por todos los medios) una Navidad de una mayor vinculación afectiva y espiritual de unos con los otros, para que la pandemia pase a ser una circunstancia más en nuestra existencia y siga vibrando en nosotros el espíritu de concordia y paz que estos tiempos deben inspirarnos.

Salvemos y amemos las ausencias, como deberemos salvar y conservar nuestros ánimos de entendimiento y razón, buscando el bien de todos y desterrando el mal y las penas.

Ojalá esta Navidad de las ausencias también nos traiga la “ausencia” de odio, de insolidaridad, de egoísmo, de falsedad, de mentira, de doblez, de envidia…

¡Que la vida siga, y nosotros nos empeñemos en ello, en medio de la pandemia!

¡Que la Paz de Dios inunde al mundo!

¡Feliz Navidad!

“Desciende a las profundidades de ti mismo, y logra ver tu alma buena. La felicidad la hace solamente uno mismo con la buena conducta”

Sócrates (470 AC-399 AC) Filósofo griego.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

30 junio 2020

Tiempo de mascarillas, con pandemia vírica y tropelías de gobierno, ministros y ciudadanos por “desasnar”


“Las mascarillas (Amando de Miguel en “Libertad digital”, 30/06/2020)
“En el teatro grecolatino los personajes se expresaban mediante caretas que cubrían el rostro y exageraban ciertos rasgos. Se llamaban ‘personas’, en el sentido de que definían personajes dramáticos. Frente a lo que se ha dicho, no servían tanto de altavoces como de realce de unos u otros caracteres. Otra cosa fueron las máscaras, una voz derivada del árabe, que significa bufón o payaso. Se introdujeron en la Edad Media europea con una función parecida a los carnavales. Se trataba de tapar el rostro para forzar el anonimato con una idea más bien lúdica.
Las mascarillas son un artilugio sanitario del siglo XIX para cubrir la boca y la nariz. Se utilizan por médicos y enfermeras cuando se empieza a incorporar la noción de que se pueden respirar microorganismos maléficos. Hasta bien entrado el siglo XX no cunde la noción de la existencia de los virus.
En la pandemia de gripe de 1918, ocasionada por un virus que nadie logró visualizar, se empiezan a generalizar las mascarillas por algunas poblaciones. Bien es verdad que su eficacia fue más bien dudosa. Sirvieron sobre todo como efecto placebo, es decir, un efecto preventivo o profiláctico a través de la sugestión.
Ha sido la peste china actual la que nos ha llevado a una especie de disfraz generalizado mediante el uso prácticamente general en todo el mundo de las mascarillas. Sigue funcionando el efecto
placebo, reforzado ahora por la más eficaz decisión de mantener una cierta distancia física (malamente llamada "social") entre los interlocutores o los asistentes a un acto público.
En España se recuerda que Alfredo Escobar, marqués de Valdeiglesias, sempiterno director de La Época durante la Restauración, utilizó el seudónimo de Mascarilla. Así firmaba sus famosas crónicas sobre la alta sociedad. La mascarilla se asociaba más con un disfraz que con un artefacto sanitario.
La generalización de las mascarillas en nuestros días significa una intensa transformación de ciertos usos sociales. En el lenguaje oral no solo nos hacemos entender mediante las palabras, sino con los gestos faciales, principalmente en torno a la boca. Con las mascarillas se rompe ese tipo de comunicación. A los que somos un poco tenientes nos resulta difícil de entender todo lo que dice un interlocutor provisto de mascarilla. No me imagino que un profesor de cualquier grado pueda dar una clase atractiva provisto de mascarilla. Desde luego, no suelen recurrir a ella los presentadores de la
televisión. Tampoco se sienten cómodos con el artilugio los políticos cuando discursean. Si recurren a ella delante de las cámaras de la tele es más bien para dar ejemplo de civismo sanitario.
Pasarán más o menos los rebrotes de la peste china, pero quedará la costumbre higiénica de llevar la mascarilla puesta en las situaciones de gran aglomeración de público. Será la misma razón para que sigan funcionando los ascensores de los grandes edificios de oficinas, los cruceros turísticos, los transbordadores, las salas de espectáculos. Significará un hábito social nuevo. El problema más grave será qué hacer con tantos desechos profilácticos, no solo mascarillas, sino guantes, pantuflas y otros adminículos de plástico. No quiero pensar si a esa gigantesca basura se añade un día la operación de desmontar los millones de pantallas de metacrilato que hoy distinguen los lugares de afluencia de público. Esa será otra peste simbólica difícil de erradicar”
He de confesar que he llegado a sentirme muy incómodo cuando uso las mascarillas, porque, o me dificultan la respiración, o me envían vahos a mis multi graduadas y vario focales gafas, o me incomoda también comprobar que cuando yo las utilizo (tratando de comportarme como ciudadano responsable) hay algunas gentes –abundando los jóvenes— que prescinden de ese artilugio textil, sedoso a veces, flexible, y con unos nervios alámbricos que acaban clavándose en la nariz.
Pero, en fin, hay que seguir las recomendaciones de los que se dicen expertos en materia de pandemia (a veces dudo de si lo son  y qué título o grado les acredita), y someterse a la servidumbre, especialmente cuando las gentes, se erigen en garantes del cumplimiento de la regla “mascaril”, en lo que son adalides los conductores de autobuses urbanos, a quienes siempre tengo la tentación de preguntar si son policías y rogarles la exhibición de su carnet, dadas sus en bastantes ocasiones abruptas exigencias.
Bueno, a propósito de las mascarillas, creo que se está cometiendo un tremendo error, porque si ese elemento facial de supuesta protección se exige para evitar a los demás nuestros efluvios víricos (hay algunos que dicen que esos artilugios hasta nos protegen de los ajenos), deberían sacarse al mercado mascarillas protectoras frente a los abusos, descalabros e ineptitudes del gobierno, que solamente sabe anunciar homiliéticamente prevenciones y predicciones, y prometer sanidades, eso sí, con anuncios de gastos y ayudas que es dudoso sean posibles porque se habrá agotado el “bolso” de los dineros.
Ojalá haya mascarillas de protección frente al gobierno, pero más aún las necesitamos frente a los 
 
ministros y demás personajes de las administraciones públicas, que evidencian su egoísmo y su incultura convivencial cuando se pelean cual verduleras (que me perdonen las adorables profesionales así llamadas), se niegan a lo que es evidente, mienten más que Pinocho, y rectifican cuando y cómo les conviene, olvidándose de los ciudadanos, que vienen a ser para ellos como aquellos diminutos bultos que el genial Orson Welles señalaba a Joseph Cotten desde lo alto de la noria del Prater vienés, en aquella para mí magnífica película de Carol Reed titulada “El tercer hombre”, pues esos

bultos eran señalados fría y despectivamente como personas humanas que no eran más que esas mínimas figuras que no merecían la menor consideración.
Para el gobierno y sus ministros, en ocasiones somos igual o peor que aquellos “muñequitos” que se vislumbraban desde lo alto de la noria.
Empero, las mascarillas nos ofrecen todavía más una utilidad, y no pequeña, cual es aislarnos de toda esa plebe insensata y descerebrada que en tiempos de feroz contagio, ni respetan el uso de los protectores,
ni guardan las distancias, ni se mantienen en el confinamiento cuando está ordenando, ni respetan los límites de los viajes. Deleznable, de veras.
Aunque les cabe un atenuante, cual es el ejemplo más inadmisible aún de los gobernantes y dirigentes, no protegiéndose y menos todavía protegiéndonos.
Dicho todo lo anterior, intento retomar la habitualidad de mis posts y especialmente deseo
esperar que las mascarillas pasen a convertirse en reminiscencias y recuerdos, porque las pandemias sanitarias y sociales se hayan convertido en historia.
Pese a todo, cuidémonos...

“Se piensa que lo justo es lo igual, y así es; pero no para todos, sino para los iguales. Se piensa por el contrario que lo justo es lo desigual, y así es, pero no para todos, sino para los desiguales” Aristóteles (384 AC-322 AC) Filósofo griego.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

05 mayo 2020

Esta España nuestra: Los que mandan no saben y menos quieren hacerlo bien, y los que saben se acobardan. Pandemia de insalud y de mala gobernanza


Nos han arrasado
Ustedes, el mal llamado Gobierno progresista, nos han arrasado. Nos han arrasado nuestra voz, la mayoría de nuestros empleos, nuestras ilusiones, nuestro futuro, nuestra dignidad y nuestro respeto. Ofrecen garantías de un mendrugo para que les sigamos votando, para que sigan medrando en el poder. Nos ofrecen una democracia inexistente, intentan acallarnos con sus manipulaciones, con sus mentiras, con sus medias verdades, con sus consejos de sabios incompetentes, con sus pesebres, con sus medios de comunicación y de propaganda, con su
inmensa mediocridad tan lacerante como inoperante. España es un gran país. A pesar de ustedes, ese mal llamado Gobierno progresista, saldremos adelante. Estaremos hipotecados por muchos años. Ya saben, construir conlleva mucho tiempo, mucho esfuerzo y ustedes con su pésima gestión, en apenas dos meses, nos han destruido el país. Pero lo levantaremos, a pesar de ustedes y con la ayuda de todos, no de unos pocos, los de su casta sanchista-comunista. Y pondremos imaginación, esfuerzo, entrega, inteligencia y coraje, todo, absolutamente todo, lo que ustedes no tienen…
RAMÓN SENTÍS DURÁN”
 (Publicado en “Las Provincias”, Valencia, Sección Opinión, “Cartas al director”, 05/05/2020, pág. 32)
Recojo y reproduzco la “Carta” de mi buen amigo y distinguido colega, a la vez que Cónsul de Polonia en Valencia, porque es una de las muchas muestras de lo que está produciendo la infumable gestión de un gobierno como el que sufrimos.
Bien se que a bastantes de los pseudo progresistas que leen este blog, ese escrito de Ramón Sentís les hará rasgarse las vestiduras y volverán a aquello de que la derecha
abusó y robó mucho, de que ellos son los redentores “urbi et orbi”, de que España necesita progresismo (¿de veras saben lo que es?) y tantas y tantas medias verdades o manipulaciones, aunque no son capaces de neutralizar el hartazgo en general que los ciudadanos sufrimos, por tanta disfunción, tanta provisionalidad, tanto “donde digo digo, digo diego”.
No pretendo cebarme con los escorpiones que dicen gobernar, si es que lo que hacen, por lo que se ve para alimentar cargos políticos, incrementar el gasto público (especialidad de los falsos progresistas) y
sobre todo, sembrar el desconcierto que ellos mismos practican entre sí.
Gran verdad es que los políticos han alcanzado en nuestro país la dudosa gloria de que se le diga que todos, todos, “son los mismos perros con diferentes collares”, pero no menos cierto es que estos “perros” del actual gobierno, son una manada descoordinada de ineptos, que ni saben ni quieren saber, y que se dedican a publicar normas en el BOE, que ni ellos mismos son capaces de explicar, eso sí, difundiéndolas cinco minutos antes de que entren en vigor, para que de esta manera puedan modificarlas cuando les convenga.
Y, para colmo, esta horda de sanchistas-comunistas (que me permita Ramón Sentís usar su expresión) se ampara en el estado de alarma que pretende renovar
cada dos semanas, para ejercer el poder absoluto (y no justo) y así evitar contestación, sofocar los medios de comunicación, imponer el “porque lo digo yo, que para algo mando”. (Repugnante la manipulación y control que el secretario de estado de comunicación realiza en las ruedas de prensa, a la imagen y semejanza de una censura previa)
Ahora está planteándose la renovación de esta alarma que tanto nos alarma (redundancia que utilizo a propósito), y cuando algún partido dice que no la apoyará, estos sinvergüenzas se despachan sin rubor con la amenaza de que “o estado de alarma o el caos”.
Es al estilo del poder absoluto que en Francia ejerció el Rey Sol, cuando sentenció aquello de que “el Estado soy yo”.
Mientras tanto, con el jeroglífico de muertos, infectados, sanados y demás números manipulados de la pandemia, que manejan no ya a diario, sino varias veces al día, esta gentuza nos ha tomado por tontos, que en cierta manera lo somos por haberles votado y haber permitido que llegaran al poder.
¡Ah!, Y que no se quede en el tintero (mejor dicho, en el teclado) la censura a los que gobernaron con anterioridad, que por sus abusos, dudas, blanduras y renuncias, fueron los barros que propiciaron estos lodos malignos de poder que sufrimos.
Pese a todo, que sepa el estimado Ramón Sentís Durán que yo no voy a dejarme arrasar, que para algo lucharé, porque mi libertad y mi criterio son míos, y trataré de preservarlos frente a estos caimanes de riachuelo.
¿Uno que no sepa gobernarse a sí mismo, cómo sabrá gobernar a los demás?.
Confucio (551 AC-478 AC) Filósofo chino.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

29 abril 2020

Esta España nuestra: La desescalada en la oscuridad de un estado de alarma inacabable con el que nos engaña el “lengua de madera”



Más confusión, alarma y deslealtad
Sánchez no ofreció concreción de nada, dejando de nuevo a los ciudadanos más dudas, más confusión y más indefinición que garantías
“Pedro Sánchez se reservó ayer la comparecencia del Consejo de Ministros para anunciar personalmente su «Plan para la transición hacia una nueva normalidad». Más allá de lo peligroso -y pretencioso- de esa terminología tan típica del afán agit-prop de La Moncloa, lo cierto es que Sánchez presentó a los ciudadanos un proyecto de retorno progresivo a la rutina dividido en cuatro fases, con un mínimo de duración de seis semanas y un máximo de ocho, durante las cuales seguiremos en estado de alarma. Aparte de estos datos, y de que sea una noticia satisfactoria, Sánchez no ofreció concreción de nada más, dejando de nuevo a los ciudadanos más dudas, más confusión y más indefinición que garantías. El Gobierno no dio fechas de entrada en vigor de cada fase, especuló con estimaciones, no especificó cómo debe acometerse la reactivación de la normalidad laboral con las plantillas de trabajadores, y tampoco dio detalles sobre cómo se prohibirá el tránsito entre
poblaciones confinadas y liberadas. Presumir que la intención del Gobierno siempre es buena no es suficiente, sobre todo porque la vulneración de garantías y los abusos contra las libertades, amparados en este estado excepcional, deben tener un límite.
Sánchez ha actuado de modo unilateral y desprecia a las autonomías y a la oposición, aunque dependa de ella para prorrogar la alarma. Moncloa simula que consulta, pero después ejecuta sus decisiones en un círculo de poder endogámico diseñado solo para su protección y lucimiento. Sánchez es la deslealtad personificada y realmente cree que España puede depender de un pequeño sanedrín cada vez más ideologizado y sectario. ¿Cómo puede plantear con un mínimo de sinceridad un «plan de reconstrucción» a los partidos, si después hace y deshace sin pactar nada con nadie? En Francia, Macron anunció su plan en la Asamblea Nacional; en España, Sánchez lo hizo durante otro mitin interminable en La Moncloa, y en ese matiz reside la diferencia entre una democracia solvente y otra decadente. Pero sobre todo Sánchez es desleal con los ciudadanos, y esto es lo más peligroso. Ayer habló de «patriotismo», pero solo él decide qué es patriotismo y qué no. Habló de «normalidad», pero nada es más atípico que el plan presentado, y nada es más anormal que el proyecto autoritario que esconde. No hay nada «normal» en nuestras vidas, porque lo «normal» habría sido debatir en el Congreso y no imponer a puerta cerrada en La
Moncloa. El Gobierno se ha erigido en un poder autocrático que ha invalidado al legislativo y pretende derruir al judicial, y Sánchez se ha revelado como un presidente autoritario que cree poder manejar a España a golpe de decreto social-comunista. Y eso es tan grave para los derechos de los ciudadanos como la dramática pérdida de vidas humanas, porque para más de 23.800 personas, si creemos las cifras oficiales, ya no habrá ningún tipo de «normalidad».
(De ABC, 29/04/2020)
Hubo un ministro en España, allá por los años 1982 y siguientes, a quien se apodó por la ciudadanía como “la mosca”, justificándolo con la sentencia de que “se va, la caga (con perdón) y vuelve”, y se refería a un ministro de asuntos exteriores que estaba casi siempre viajando al extranjero, y cuyas decisiones eran un cúmulo de errores.
No desvelo el nombre del así apodado, aunque el lector bien lo supondrá, por aquello del respeto al que ya falleció, pero ahí queda la sentencia popular.
Pues bien, en la actualidad en esta España nuestra estamos dominados por el Covid-19, no solamente por su letal incidencia, sino porque ha propiciado
que otro político de media estopa, metido a presidente del gobierno, haya creado una catástrofe con su imprevisión de la pandemia, sus decisiones tardías y erróneas, sus autoritarismos aprovechando la declaración del estado de alarma y su alianza con ese peligroso (por doctrinario e iconoclasta) espécimen que es el líder de Unidas Podemos, el de nombre de iglesia y hechos demoníacos.
Como el estado de alarma (que no digo no tuviera justificación, pero que se aplicó en plan descerebrado, desordenado y esotérico) comenzaba a hacerse insoportable para la ciudadanía, y al ínclito Pedro I “el Sánchez” le hizo temer una pérdida de apoyo electoral, se decidió al fin por lo que él mismo ha llamado “desescalada” (¡vaya palabro!), que se ha instrumentado de manera oscura, poco inteligible y envuelta en un estado de alarma que ni se sabe hasta cuándo durará, y que parece conviene a ese autoritarismo que tanto gusta al divo presidencial.
¿Quién puede abrirla y salirse?
Mientras tanto, como leo en “Las Provincias”, de Valencia, “las largas intervenciones de Pedro Sánchez son un claro ejemplo de “lengua de madera”, que es -según escribía ayer Ricardo Dudda en El País – como llaman los franceses a la verborrea política. Ejemplo: en vez de decir ciudadanía o españoles prefiere decir conjunto de la
Bla, Bla, Bla...
ciudadanía o conjunto de los españoles, aunque la palabra conjunto no añade nada. Sus largas comparecencias, añade “son las de un actor haciendo de presidente” (
fin de la transcripción)
Y de esta guisa se ha juntado una crisis sin precedentes con una ineptitud que tiene menos precedentes (como he visto por ahí en alguna viñeta), por lo que el ciudadano se ha creído a medias que ya está liberado, cuando la realidad es que se va a ver envuelto en el galimatías de unos períodos y unas permisiones que ni a su autor (autores en continua pelea en el consejo de ministros) resultan inteligibles.
Es lo que interesa al ínclito Pedro I “el Sánchez” y a sus dos gobiernos en uno, porque mientras el estado de alarma se consagra como de duración indefinida, se va dando al ciudadano migajas de permisividad, dejándole salir a la calle, a ratos y con condiciones, se le deja ir a cortarse el pelo (o a tintárselo, que ya muchas mujeres muestran canas sin ocultar), con promesas de que allá por junio, si todo va bien (y al gobierno le interesa, añado por mi parte) se le dejará salir de la reclusión carcelaria de la provincia para ir a la de al lado, o a otra de España.
Es una manera, como otra cualquiera, de hacer pervivir el pánico que se ha instalado en las mentes de muchas gentes de bien, a quienes ha acobardado la mortandad por un virus imprevisto, y a quienes lo que importa es tomar algo el sol y recibir la paga o el salario con los que poder tomarse unas cervecitas en el bar de la esquina.
Y, desde luego, a esos acobardados y al ciudadano en general le “redimirá" el lenguaraz (o al menos presumirá de ello) porque le levantará generosamente el castigo. A ver quien es más sibilino…
La verdad es que seguimos en estado de alarma, pero especialmente "alarmados” porque no vislumbramos el fin, y porque dependemos de un “lengua de madera”, que, como dice tanta gente, “no tiene una mala palabra ni una buena acción”

"Lo pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo".- Proverbio árabe
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

12 abril 2020

FELIZ PASCUA EN MEDIO DE LA PANDEMIA


Aquí estamos, en medio del confinamiento que ha impuesto el terrible COVID-19, pero sin sustraernos de que la Semana Santa (de"Pasión"y "Muerte" para demasiados) ha llegado a la Pascua de Resurrección.

Y al igual que cuando terminan los fríos invernales, la primavera aporta el renacimiento de la naturaleza, así esta Pascua de Resurrección que hemos de vivir sin poder encontrarnos, sin poder abrazarnos, sin poder darnos el ósculo de la felicitación y la paz, nos trae la alegría de que algo tan grande como la Resurrección de Cristo nos ha traído la luz al espíritu y por encima de la zozobra y del temor, esta Pascua nos devuelve a la vida y a la esperanza.

Eso es lo que fervientemente deseo a todos, cualquiera que sea su origen, su etnia, su religión, su condición, su trabajo, su residencia, porque el Cristo Universal ha resucitado.

Como humilde celebración aquí hay unas cuantas frases de la manera en que se manifiesta la alegría en distintos países.

Cristo ha resucitado

Hristos a înviat (Rumanía)

Христос воскрес  (Ucrania/Rusia)

Christ was resurrected (Reino Unido)

Kristus telah dibangkitkan (Malayo)

Christ a été ressuscité (Francés)

Cristo ressuscitou (Portugués)

Cristo è risorto (Italiano)


¡FELIZ PASCUA!






"¡Cuán bueno hace al hombre la dicha! Parece que uno quisiera dar su corazón, su alegría. ¡Y la alegría es contagiosa!"

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA