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03 octubre 2017

Esta España nuestra: Escándalo revolucionario en Cataluña.- La policía autonómica (mossos d’esquadra) incumple órdenes judiciales y ayuda a cometer delitos.- El Govern autonómico, miente, manipula y falsea. ¿Se han vuelto locos los gobernantes catalanes y los ácratas y antisistema que les apoyan? “Suaviter et fortiter” (Solución con guante blanco, pero de cabritilla)

¡Qué tristeza!
¡Qué vergüenza!
¡Cuánta falsedad y manipulación!
¡Cuánta mentira!
Estoy impresionado por la serie interminable de desmanes, tropelías, sinrazones, violencias, traiciones y rebeldías revolucionarias que en Cataluña los gobernantes secesionistas han conseguido inculcar a muchos de los catalanes. 
Mal está que en un referéndum de tebeo aparezcan más papeletas que votantes; o que se registre tres o cuatro veces al mismo votante; o que se acuse a la policía española de romper los cinco dedos de la mano a una manifestante, cuando la verdad es que
Solo tenía luxación en un dedo...
solamente tiene una contusión en uno de ellos; o que los mossos d’esquadra, que son policía judicial, hagan como que cumplen el mandato de los jueces para retirar las urnas del referéndum y, por el contrario, las transporten a los puntos de votación. 
O que haya pazguatos que se traguen que la policía española fue “brutal” cuando lo realmente brutal es que le atacaran hasta con vallas metálicas los locos manifestantes; o que aun queden catalanes que sientan pena “por el pueblo que se ha manifestado libre y espontáneamente para ejercer el derecho a la libertad de voto”. 
¿Se han vuelto todos locos?
Pues la verdad es que lo parece, y, lo que es más grave, no se vislumbra capacidad de solución, porque los partidos constitucionalistas españoles no llegan a la unidad de acción, ya que el siempre convenenciero y falsario Pedro Sánchez dice que hay que negociar, cuando permite que miembros (alcaldes) de su partido, o del “rabo” del PSC retiren banderas españolas o  presionen para el desalojo de hoteles por los policías y guardias civiles que han ido a suplir a los traidores mossos d’esquadra, que se han comportado como Beltrán Duguesclin, al decir aquello de “ni quito ni pongo rey pero ayudo a mi señor”, siendo irritadoramente complacientes con los
Trapote "Duguesclin"
gobernantes catalanes que les pagan.
Sí; se han vuelto locos los catalanes, pero menos sus dirigentes autonómicos, que bien saben que mientras se ondee la bandera de la independencia, nada se hurgará en los muchos miles de millones robados y evadidos; y si la locura ciudadana se extiende y se logra la independencia, ellos, tan acostumbrados a robar, se quedarían con todos los bienes del estado español en la zona. 
¡Qué vergüenza y qué pena!
Pero hay que hacer algo, y aunque el malandrín de Pedro Sánchez  solamente busca pescar en las debilidades de Rajoy, la única solución es aplicar la ley. 
“Suaviter et fortiter”. Suavemente pero con toda energía. Esta frase de la ética tomista (ahora tan vituperada) ha de ser la guía a la gestión de las soluciones. 
¿Miedos? En el gobierno español, ninguno debería de haber, aunque demasiados hay…
Ya es hora de que no se actúe “a la gallega” (con perdón del querido y admirado pueblo de Galicia) y se aplique el tan roto “seny” catalán (recta razón y sentido común para los que no vivimos entre los Pirineos y el río Cenia) eliminando la falses y el egoísmo y aplicando la prudencia y la tolerancia. 
Y si pese a todo los secesionistas se abroquelan en la independencia, pues…¡que se marchen!. Pero en “paños menores”, o sin nada. 
Parece que los que ahora denostan la guerra civil de 1936 se han empeñado en organizar otra en este tiempo, probablemente para afanar todo lo que se les ocurra. 
¡Ya está bien!
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

26 septiembre 2017

Esta España nuestra: Lo que no se ha hecho en Cataluña.- Puigdemont, un tolerado iluso totalitario y falso visionario. ¿Quo vadis, Catalonia?

Resultado de imagen de cataluña se independizara 2017
“PUTSCHDEMONT
(24.09.17, en “El Blog de Javier Orrico”, en “Periodista Digital”)
Putsch
significa, en alemán, golpe de estado. Y golpe de estado significa en español levantamiento contra la legalidad instituida para transgredirla y sustituirla por una nueva legalidad al servicio del grupo golpista.
En 1923, Adolfo Hitler, acompañado de sus secuaces del NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán), tomó una cervecería de Múnich en la que estaba dando un mítin el gobernador de Baviera y proclamó: “Ha empezado la Revolución Nacional”. Y así, según sus planes, una vez que Baviera se hubiera convertido en su feudo, avanzar desde allí hacia Berlín. Como había hecho Mussolini, también socialista y nacionalista con su “Marcia su Roma”, la Marcha sobre Roma que lo llevó al poder en Italia.
Hitler era un revolucionario nacionalista, socialista y anticapitalista, que a veces se nos olvida, lo que nos impide advertir las nuevas manifestaciones del nazibolchevismo (mismos métodos, mismo desprecio a la legalidad, misma concepción del hombre como pieza insignificante frente al poder del Partido, único Dios, única Ley) que cada cierto tiempo reaparecen por aquí.
La justificación de aquel golpe, que desde entonces se conoce como el Putsch de Múnich, era el trato humillante y las millonarias compensaciones de guerra que el Tratado de Versalles había impuesto a Alemania, y que eran la causa de la pobreza y el hundimiento del pueblo alemán. Como la pobre Cataluña “de la pérgola y el tenis”. 
Afortunadamente, las autoridades reaccionaron un poquito y Hitler acabó en la cárcel, condenado a cinco años, de los que sólo cumplió nueve meses. Si lo hubieran condenado a veinte años, y los hubiera cumplido, Europa se habría ahorrado cincuenta millones de muertos. La debilidad del Estado democrático es siempre el principal nutriente de los golpistas y la causa de los males posteriores.
Por supuesto que Puigdemont no es Hitler. Pero es un tipo que se plantó hace unos días en el Parlamento catalán, declaró derogada la legalidad vigente, saltándose todos los procedimientos, garantías y derechos de la oposición y del resto de los españoles, y proclamó una nueva legalidad sin Resultado de imagen de puidemontmás apoyo que el de su grupo político y la programada y violenta ocupación de las calles. En fin, que se declaró independiente, puesto que ya no aceptan las leyes del Estado del que, así, se consideran ajenos. Como he escrito ya muchas veces, la convocatoria del referéndum era, por sí misma, un golpe de Estado y una declaración de independencia, puesto que sus cojones, con perdón, ya no admiten otra ley que la que ellos mismos se han auto promulgado. 
No hace falta que se asomen al balcón de la Generalitat como Companys en el golpe de estado contra la República de 1934 (¿cuántos de los que hablan de memoria histórica ocultan o ignoran que este no ha sido el primer golpe del nacionalismo catalán?), porque la independencia ya ha sido proclamada. 
Y, por supuesto, Puigdemont no es Hitler. Pero es un nacionalista, como Hitler, se apoya en los anticapitalistas y los nuevos comunistas (si Carrillo o Gerardo Iglesias vieran al líder de Izquierda Unida apoyando a éstos, antes de irse un mes de vacaciones a Nueva Zelanda y declarar que eso es lo normal entre los españoles –lo que, por cierto, de ser verdad, dejaría sin la menor razón de ser a la izquierda en pleno-, supongo que entrarían en un convento), además de en el racismo supremacista de quienes se consideran mejores y superiores al resto de españoles (“españoles subhumanos” es una de las pintadas que se pueden leer desde hace tiempo en las calles de Cataluña y en los foros de la red), y que constituye uno de los ingredientes esenciales del movimiento nacionalista desde sus orígenes. 
Además, las razones esgrimidas son muy similares a las del nazismo, el maltrato a la nación alemana (o catalana), sólo que si las compensaciones impuestas en Versalles a Alemania eran asfixiantes, a la ‘humillada’ Cataluña, una de las regiones mejor tratadas por el Estado y con mayor PIB de España, lo único que le ha hecho la “potencia ganadora” de este Versalles nuestro de la señorita Pepis ha sido financiarla sin límite. Igualito que a la Alemania de 1923.
Resultado de imagen de junquerasHablar de represión y de presos políticos, como ha hecho el siniestro Pablín Iglesias; escuchar a Ada Colau llamando a la sublevación contra, entre otros, los alcaldes socialistas (el partido que la tiene al frente de Barcelona) que han resistido a su señalamiento, método criminal de todos los totalitarios; oír a Iceta, después de haber sido apedreado, y a toda la tontería ‘progresista’ haciendo llamadas al diálogo con los golpistas; escuchar al PSOE apoyar al Gobierno, pero culpar al PP de una situación de la que ellos, vía ZP, son los responsables principales; saber que hay tanta gente en el resto de España que, por simple odio, están con los separatistas que los desprecian; en fin, leer el comunicado del F.C. Barcelona en apoyo del golpe, y que siga teniendo seguidores, no produce sino hastío. Supongo que con Tejero lo que debería haber hecho el Gobierno era sentarse a dialogar. 
Yo debería estar escribiendo contra Rajoy por no haber encarcelado a Mas tres años atrás. O por no haber aplicado el artículo 155 hace ya mucho tiempo. O por no haberse atrevido a tomar las riendas de la situación tras el atentado de Barcelona. Pero ante el putsch es el momento de estar con el Estado, con el Gobierno, con la Justicia y con la Ley” 

Con toda la que se avecina para el próximo 1 de Octubre, y con la que estamos viviendo en los días anteriores, y…con la que nos caerá encima después, muchas veces las gentes de normales se preguntan, como lo hace el autor del post que precede, sobre qué es lo que ha fallado para que nos encontremos con el sorprendente, inadmisible y parece que irremediable esperpento social-jurídico-político que nos brinda y nos forzará a presenciar una facción no mayoritaria del pueblo de Cataluña. 
Resultado de imagen de sanchez y podemosMucho se ha escrito y mucho se escribirá sobre las causas, evolución y remedios del problema, pero la verdad es que ningún político ni ningún politólogo no nacionalista catalán ha sabido o podido hallar la solución al problema. De una parte, el PP, que casi es lo mismo que el gobierno de la nación, se viene amparando (tarde y mal) en la constitución, en el estado de Derecho y en muchas grandes verdades de la realidad política española, pero no ha sabido desde hace mucho tiempo alcanzar una relativa armonización de posiciones con las otras fuerzas políticas españolas que ahora, también tarde y mal, no han tenido más remedio que asociarse a las grandes líneas (en la letra pequeña siguen yendo a la suya) de las actuaciones enervatorias del intento independentista de Cataluña. 
Los socialistas, con ese sinvergüenza (no conoce el recato) de Pedro Sánchez, juegan a todas las bandas posibles, intentando, por un lado, torpedear al partido en el gobierno, y por el otro, escaparse del ébola que les significa el “P(j)odemos” de Pablo Iglesias, que va  a la suya, pero sin separarse demasiado de las líneas de los socialistas, para ver si se les roba algún voto. 
Y aparentemente más cerca del gobierno están los Ciudadanos, de Rivera,, pero como reza el dicho valenciano del Matalafer, “ni fa ni deixa fer” (ni hace ni deja hacer), porque en unos temas apoyan a la oposición en propuestas muchas veces inútiles y en otras apoyan al gobierno, porque en otro caso se quedarían sin presencia. 
Resultado de imagen de rajoy y cataluña independiente“Los unos por los otros, y la casa Cataluña sin barrer”, porque mientras se discutía sobre si eran galgos o podencos, los astutos independentistas catalanes, han sido capaces de limar transitoriamente sus grandes diferencias y aglutinarse en la celebración de un referéndum a todas luces ilegal, y en unos cambios legislativos que prescinden de las más elementales reglas del Derecho político, buscando una revolución desde una evolución revolucionaria totalmente ilegal y falseada. 
Han sido la dispersión y la irresponsabilidad de las fuerzas mal llamadas “constitucionalistas” las que ha permitido y abonado la vergonzosa farándula catalana, en la que parece que todo lo que conviene a los más activos es lo correcto y lo demás resulta deleznable. 
¡Ahí es nada la Guardia civil encerrada por unos miles de antisistema y alborotadores extremistas, mientras los “mossos d’esquadra”, politizados, hacían oídos sordos y ojos ciegos! Dicen que fue por no exaltar más... Cinismo se llama eso.
Resultado de imagen de mossos y el referendumSe dirá que actuar con excesiva dureza propiciará la reacción violenta, y parece que, aunque tarde y mal, se está desplegando alguna energía desde el gobierno español, pero sigue habiendo en derredor esa tibieza socialista (recuérdese todo lo que viene diciendo ese amanerado –por no decir otra cosa— de Iceta) y la veleidad de un Albert Rivera que es todo menos un enlace con el catalanismo razonable. 
Nos quedan Puigdemont, Junqueras, la “chiquita pero matona” Carme Forcadell, y esa pléyade de alcaldes independentistas (siervos del poder que les alimenta) que les apoyan, PORQUE NO TIENEN MÁS REMEDIO, ya que hay que tapar a toda costa tantas tropelías de los que han venido controlando Cataluña como si fuera su masía.
Ya veremos en qué acaba esto, pero no se vislumbra buen final. 
¡Ah! Y como los Pujol y Artur Mas no habían expoliado bastante, ahora piden que por colecta ciudadana se les pague las multas que merecen del Tribunal de Cuentas de España.
¿Quo vadis, Catalonia? ¿Quo vadis, Hispania?
Resultado de imagen de quo vadis cataluñaPues… probablemente volver a la inestabilidad, al trueque insano de votos, a los pactos extraños, a más corrupción por doquier, para que, al final, como en la novela, los ciudadanos acabemos "crucificados", porque "pagar el pato" seguro que lo pagaremos...
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

02 julio 2015

Grecia: La crisis que acosa a Europa y que encubre a unos gobernantes ineptos y caraduras. ¿Tomará nota Podemos?



"El referéndum griego: una buena mala idea

Por: José Ignacio Torreblanca | 01 de julio de 2015

“La decisión de Alexis Tsipras de convocar un referéndum es una muy mala idea. Y no porque los referendos sean malos en sí mismos sino porque para que cumplan su función democrática tienen que reunir una serie de condiciones. Un referéndum exige una pregunta clara que la gente corriente pueda entender. Y las posibles respuestas, idealmente no más de dos y mutuamente excluyentes, deben estar igualmente claras, tanto en su formulación como en las consecuencias. Ninguna de esas condiciones se da aquí.

La pregunta del referéndum griego remite a un complejísimo texto de diez páginas sembrado de detalles sobre aumentos de impuestos, recortes en gastos y reformas estructurales que la inmensa mayoría de los griegos ni podrá leer ni mucho menos entender. Incluso la minoría que pueda entenderlo no podrá valorarlo fácilmente, ni en su contenido ni en sus implicaciones. Cada griego tendrá que hacerse dos preguntas de muy difícil respuesta: una, si las medidas que las instituciones europeas ofrecen son las adecuadas para relanzar la economía griega (¿comparadas con qué?); dos, si independientemente de la sabiduría de dichas medidas, el gobierno griego podría obtener mejores condiciones en una nueva negociación. A la primera pregunta, el gobierno griego responde que no, a la segunda que sí. ¿Entonces por qué convoca un referéndum?

El referéndum es instrumento de ratificación y, por tanto, de legitimación democrática de los acuerdos ya alcanzados, no un ardid negociador para acumular fuerzas de cara a una negociación posterior. Lo que hace un gobierno que convoca un referéndum para pedir el no a un acuerdo no alcanzado es confesar su debilidad en un doble plano: en el exterior, incapaz de cerrar un buen acuerdo, y en el interior, incapaz de lograr su ratificación. De ahí que, inevitablemente, el referéndum se convierta en un plebiscito sobre el negociador. Ahí es donde esta consulta acaba convirtiéndose en una buena idea: tras seis meses de negociaciones, todo griego debería tener una opinión formada sobre si Tsipras debe seguir al frente de la negociación o si es hora de ir a unas elecciones anticipadas. El referéndum versará sobre la gestión que Tsipras ha hecho de las negociaciones con los socios comunitarios. Una pregunta muy pertinente y que ayudará a clarificar el futuro de Grecia.”

(Publicado en la edición impresa, página 2, del Diario EL PAIS, el miércoles 1 de julio de 2015)


Mi buen amigo y colega portugués, el Dr. Alberto Jorge Silva probablemente disentirá bastante de lo que comenta el Profesor Torreblanca en su blog “Café Steiner”. Y de lo que yo escribo, tal vez.

Y lo entiendo.

El Dr. Alberto Jorge, ilustre jurista, es de los “zurdos” de verdad, o sea, de quienes honran las izquierdas formando parte de ellas, pues se trata de persona honesta, de gran formación humanística y jurídica, fácil y docta escritura y especial sensibilidad hacia los problemas sociales, máxime en Portugal, país en el que el gobierno conservador ha aplicado unos durísimos correctivos al estado del bienestar, por mor de resolver el “rescate” que en su día se vio obligado a solicitar.

Pero, por encima de la realidad portuguesa y de lo opinable que viene a resultar el trance de la crisis en Grecia, es difícil sustraerse a la sensación de que Tsipras y Varufakis no son “trigo limpio”, y tienen en sus manos la “patata caliente” de la crisis en Grecia, que no saben cómo quitarse de encima. 

Parto de la base indudable de que en Grecia los gobiernos precedentes efectuaron una deplorable gestión de la “cosa pública” y “quemaron” la economía, dilapidando excesos en medidas aparentemente sociales sin fundamento económico razonable y permitiendo a la oligarquía casi eterna en el país helénico campar a sus anchas, en detrimento del sufrido pueblo.

No me sustraigo a la consideración de que someter a referéndum una cuestión importante para un país es una decisión de democracia aparentemente intachable.

Mas la finalidad y el uso de ese referéndum son espúreos, ya que el primer ministro convocante, al tiempo de llamar a la consulta popular sobre las condiciones de negociación que impone Europa, y al tiempo de pedir con tronío que no se acepten, juega al gato y al ratón con la Unión Europea, Banco Central Europeo y Fondo Monetario Internacional, ofreciendo despuésde la convocatoria otras propuestas de acuerdo y llegando casi a aceptar por adhesión la última propuesta de la otra parte.

Contrasentido y contradicción que saltan a la vista y evidencian un falta de rigor total, al tiempo de subrayar una desvergüenza y “cara dura” sin límites, al decir unas cosas en un foro y las contrarias en otro.

Y el colmo de los colmos es mantener que si triunfa el “sí”, la aceptación a las propuestas europeas, el gobierno dimitirá.

¿Amenaza, advertencia o real reconocimiento de un fracaso?

Sea lo que fuere, ahí está la posición racional y razonable de Alemania (bajo la batuta de la presbiteriana Ángel Merkel), manteniendo que, una vez realizado el referéndum y según los resultados, ya se decidirá si se re-emprenden las negociaciones y bajo qué parámetros.

Y en nuestro país, los de “P(j)odemos” han hecho “mutis por el foro”, eludiendo cualquier posicionamiento al respecto, y rezando (es un decir, porque su jefe se llama “Iglesias”) para que se pierdan en los archivos las fotografías en las que él mismo daba entusiasta apoyo ante los mítines al infumable Tsipras.

Esos “P(j)odemos” que, después de ocultar como el avestruz su apoyo y dependencia del chavista Maduro, de Venezuela, eluden recibir a las esposas de los líderes opositores venezolanos, en indignante prisión política, con la excusa de “problemas de agenda”.

¡Vaya caradura!

Al menos que digan que no quieren o no les conviene encontrarse con esas personas, porque podrían remover sus conciencias pseudo-democráticas…

Así que “esperando que es gerundio…” y deseando que por uno u otro camino la crisis de Grecia se resuelva, poniendo fin a días de zozobra y peligro en lo económico.

Y si además caen los impresentables que avivan el fuego de los quebrantos sociales, mucho mejor…

“Cuando un hombre estúpido hace algo que le avergüenza, siempre dice que cumple con su deber”  George Bernard Shaw (1856-1950) Escritor irlandés.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

16 octubre 2014

La España faldicorta y zaragata: Se evapora el soberanismo catalán y se “eboliza” la política española. La zorra y las uvas.


“El derecho a decidir no existe: La retórica traslada el debate del resbaladizo concepto de nación al de democracia (Martín Ortega Carcelén 16 OCT 2014, en “El País”)
Este eufemismo ha sido repetido tantas veces en Cataluña que parece haberse convertido en verdad. Pero el llamado derecho a decidir no existe ni en la práctica internacional, ni en derecho constitucional, ni en el lenguaje político comparado, que encontraría ese término demasiado impreciso: ¿quién decide, qué se decide?

Los inventores de la expresión se refieren a dos ideas de manera implícita: Cataluña es una nación y, en consecuencia, tiene derecho a la autodeterminación. Es una maniobra retórica inteligente que pretende trasladar el debate desde el concepto resbaladizo de nación hacia el terreno más seguro de la democracia. El derecho a decidir no se debe negar, argumentan, porque ¿quién puede atreverse a impedir que la gente elija su destino?

La dificultad estriba en que los parámetros de la decisión son establecidos unilateralmente por el que ha diseñado ese derecho. Y entonces la democracia se convierte en autocracia. Qué se decide y quién lo decide lo decido yo, que también fijo el modo y los tiempos sin discusión. En cuanto al qué, surgen muchas preguntas que deberían responder los que apoyan esa idea: por qué votar la posible independencia en una parte de España en lugar de otra, por qué limitarse a algunas provincias (según se definieron en 1833), o por qué no se vota antes sobre nuestro régimen político como monarquía parlamentaria. En cuanto al quién, la definición del censo que hizo la
convocatoria del plebiscito es caprichosa, porque niega la participación de los demás españoles después de una larga convivencia en un mismo Estado, porque acepta el voto desde los 16 años cuando salvo raras excepciones la inmensa mayoría de los países del mundo conceden esa capacidad a los 18 años, y porque impide votar a los catalanes que nacieron en Cataluña y hoy viven en el resto de España.

Por lo que se refiere al modo de la consulta, sorprende que quiera hacerse unilateralmente. Este es un punto de contraste llamativo con el caso escocés. Para que se den garantías democráticas en un plebiscito es preciso que las diversas opciones y consecuencias sean claramente debatidas, y esto no ha ocurrido en Cataluña, donde se ha favorecido una especie de pensamiento único.

El reparto de poderes en España es mayor que el de algunos Estados federales

Los defensores del supuesto derecho a decidir renuncian a cualquier marco legal a la hora de reclamarlo. Aunque la Constitución española no lo reconozca, aunque la Unión Europea tampoco lo ampare, y a pesar de que el derecho internacional no se refiera a esa idea porque solo contempla la libre determinación de los pueblos coloniales, tal derecho existe. Parece que dicha capacidad tuviera un origen divino, como una revelación descendida sobre sus proponentes, que no admiten ningún tipo de debate al respecto. Tanta seguridad recuerda al personaje de Humpty Dumpty en Alicia a través del espejo, cuando decía que las palabras significan justo lo que él quiere que signifiquen.

Al negar un marco político y legal donde fundamentar ese derecho, y al delimitar de manera unilateral su forma de ejecución, los impulsores de la consulta en realidad motivan su causa en los sentimientos. Los catalanes, afirman, tienen derecho a la independencia porque se sienten una nación. A través del sistema educativo y del discurso oficial se ha alimentado un proceso de formación nacional que rechaza la idea de España como Estado plural en el contexto europeo. La única salida válida, se afirma, es la independencia. El problema de este enfoque es que contiene una enorme carga divisoria dentro de la Unión Europea, diseñada precisamente para superar esos instintos de enfrentamiento. El nacionalismo es un viejo concepto del siglo XIX que la integración europea ha ayudado a transformar, y que debemos reinterpretar en el siglo XXI de manera positiva y no excluyente.

La Constitución de 1978 se redactó con la vista puesta en Europa y con la clara intención de solventar problemas históricos que eran un lastre para todos. Hoy sigue teniendo un profundo sentido pacificador y conciliador. Los catalanes la votaron mayoritariamente sabiendo que era un acto constituyente, es decir, el cimiento de una nueva etapa política. La Constitución llegó a una solución transaccional al definir a España como nación, cuya soberanía reside en el pueblo, y al articular al Estado sobre la solidaridad y el reconocimiento de la pluralidad. Sobre ese fundamento, en las últimas tres décadas se ha desarrollado un notable sistema de reparto de poderes, más avanzado que el de algunos Estados federales.

La Constitución puede revisarse, obviamente, pero esto debe hacerse con el consenso de todos teniendo en cuenta el marco de la Unión Europea. Esa reforma debe ser negociada y pactada porque cualquier solución unilateral basada en sentimientos corre el riesgo de romper el orden jurídico y político que ha sido una garantía de paz, convivencia y estabilidad tras un doloroso siglo XX, cargado de odio y fanatismo.

Artur Mas y sus adláteres azuzan y engrandecen demandas basadas en meros sentimientos

Un último aspecto de la reclamación de soberanía en Cataluña a través de un supuesto derecho a decidir es preocupante. La ruptura
unilateral solo podría hacerse a un coste muy alto, esto es, la desmembración de España. En su reciente comparecencia ante el Parlamento catalán, Jordi Pujol afirmó que había dedicado su vida a la construcción nacional de Cataluña. ¿Nunca cayó en la cuenta de que esa empresa solo puede hacerse con la simultánea destrucción nacional de España? ¿Nadie en Cataluña ha pensado que el resto de los españoles también albergan sentimientos al respecto?

A veces se presenta la corriente soberanista como un activismo pacífico y festivo, cuando en realidad muchos otros lo perciben como un separatismo que les produce pena y rechazo. Desde el punto de vista del Estado, Cataluña es un órgano vital para el conjunto de España, y las interacciones con otros órganos vitales han sido muy intensas, lo que hace la separación un asunto existencial. Los catalanes que persiguen ciegamente ese sueño no han comprendido que su hipotética independencia, quizás seguida por la de otras partes de España, supondría una verdadera conmoción tras una etapa reciente llena de intercambios profundos y de convivencia fructífera en un proyecto común.

La historia demuestra que, desgraciadamente, esas conmociones han sido acompañadas muchas veces de guerra y violencia.”

(Martín Ortega Carcelén es profesor de Derecho Internacional en la Universidad Complutense de Madrid)


“En el límite

Nadie confía en nada

(Juan M. Blanco en “Vozpopuli”)- 14.10.2014

La reciente crisis del ébola ha vuelto a poner al descubierto algunos defectos consustanciales a nuestra política. La improvisación, la chapuza, la toma de decisiones sin criterio racional. O la poca preparación de nuestros dirigentes políticos. Nada nuevo bajo el sol. Pero también otros elementos cruciales como la escasa credibilidad que la gente concede a las autoridades. No es un mero problema de comunicación sino algo más profundo: una enorme desconfianza en las instituciones políticas que, poco a poco, se extiende al resto de organizaciones e, incluso, a los propios conciudadanos. El vértigo, la creciente desorientación por la desaparición de referentes sólidos, conducen a recelar de todo y de todos. Si los políticos, los partidos, los órganos del Estado, los sindicatos, las asociaciones no son fiables ¿por qué el resto de la gente lo va a ser? 

Desconfiar de un gobierno se encuentra en la propia esencia de la democracia

El ciudadano tiende a confiar en las instituciones cuando percibe un proceder justo, objetivo, neutral. Y responde con reciprocidad respetando las normas, no por interés o temor al castigo, sino por convicción. O aceptando de buen grado decisiones políticas contrarias a sus intereses inmediatos si las considera parte de un juego limpio donde unas veces se gana y otras se pierde. Por el contrario, la desconfianza, la creencia de que la arbitrariedad es la norma, desvía muchas energías a recolectar información, despotricar, resistirse a las resoluciones o protegerse de inesperadas consecuencias. Aparta a la sociedad de otros objetivos cruciales y genera desapego. O la agobiante sensación de que aquéllos a los que encomendó importantes tareas las llevan a cabo con particular negligencia.

Desconfiar de un gobierno se encuentra en la propia esencia de la democracia. El sistema establece mecanismos para cambiarlo. No fiarse de la clase política en su conjunto resulta más peliagudo pues limita considerablemente las posibilidades de reemplazo. Pero el asunto toma un cariz grave cuando la suspicacia se extiende a esos órganos del Estado que fueron diseñados como árbitros, como fiel de la balanza. Esas instituciones que encuentran su razón de ser en la imparcialidad, la neutralidad, la objetividad. La pesadilla comienza cuando las garras de los partidos modelan el Tribunal Constitucional o los organismos reguladores empujándolos a actuar de manera sesgada. Y de ahí la enfermedad se extiende al resto de la sociedad. Por no hablar de la Justicia. No hay peor engaño que pretender imparcialidad cuando se actúa en favor de parte interesada.

Nadie está libre de error pero la combinación de conocimiento, rigor e imparcialidad reduce la probabilidad de equivocación y genera confianza

Cuando los organismos son capturados

Competencia profesional y neutralidad es el fundamento teórico de los organismos de control. Si funcionan adecuadamente, constituyen una barrera contra la corrupción, una traba a las prácticas interesadas en busca de ventajas y privilegios. Nadie está libre de error pero la combinación de conocimiento, rigor e imparcialidad reduce la probabilidad de equivocación y genera confianza.

La captura por grupos interesados genera un grave perjuicio, un enorme embuste pues convierte a estos órganos en guardianes de interés de parte mientras mantienen apariencia de objetividad. Son utilizados como marionetas por los partidos, por los grupos de presión. O como pantalla por el ejecutivo, que descarga ahí la
responsabilidad de ciertas resoluciones, vistiendo las decisiones políticas con el manto de una pretendida profesionalidad. "Respetamos el fallo del tribunal, como no podía ser de otro modo", es la desgastada frase de los gobiernos para escurrir el bulto. Estaría divertido que no lo respetasen cuando son ellos quienes lo propician. 
La actual degradación de las instituciones es resultado lógico de un mal diseño político
¡Dejen hablar a los profesionales! se escucha con frecuencia. Obtener respuestas fiables a problemas complejos suele requerir el concurso de expertos independientes. En España hay expertos; la dificultad surge al buscar independientes. Una vez los políticos han contagiado el sesgo partidista a todo el tejido social, mucha gente se alinea con grupos o facciones, sea material o emocionalmente. Y pocos agentes exponen criterios sin influencia partidista, grupal o corporativa, libres de conflicto de intereses. Se pierden los referentes objetivos pues nadie es percibido como neutral, aunque a veces lo sea. Casi siempre se adivina un interés oculto: es de éstos o de aquéllos, de los nuestros o de los otros.

Una degeneración terminal del cuerpo político

La confianza es como el jarrón chino, fácil de romper, casi imposible de recomponer. Al cundir el descrédito, cualquier medida puede resultar sospechosa, generar recelo, fuere acertada o equivocada. Las decisiones tienden a ser contestadas sistemáticamente ante la dificultad de juzgarlas objetivamente, de valorar su mérito. Alcanzado tal extremo de degradación, el ciudadano puede acabar rechazando no sólo las medidas nefastas, sino también las acertadas, especialmente si implican algún tipo de riesgo o renuncia. El público, presa de un justificado hartazgo, tiende a recibir cualquier decisión
con recelo, rechazo, descalificación, lamento o improperio.

Los partidos y sus adláteres aprovecharon la ventana de oportunidad para extraer todo tipo de ventajas y privilegios

Se trata de un proceso degenerativo del cuerpo político y social que diluye la razón en la cubeta de los impulsos y las emociones. Una situación límite, un peligroso río revuelto que agita enérgicamente una suspensión de grano y paja. Donde muchos espectadores valoran de forma creciente aquello que les hace sentir mejor. Y, como Sansón, se sienten propulsados a derribar las columnas del templo con tal de aplastar a los corruptos y degenerados filisteos. Sin reparar en las ventajas de demoler el edificio sin que les caiga encima.

No estamos gafados. La actual degradación de las instituciones es resultado lógico de un mal diseño político: ausencia de controles adecuados, perversos mecanismos de selección de los gobernantes o desaparición de los órganos neutrales, con criterio fiable. Y la
consecuencia de cierta desidia in vigilando, esa dejadez mediática y ciudadana que ha durado demasiado tiempo. Los partidos y sus adláteres aprovecharon la ventana de oportunidad para extraer todo tipo de ventajas y privilegios. Y utilizarán la tremenda confusión para intentar colar abominables cambios por la puerta de atrás, mientras el público embiste capotes insustanciales. Faltan árbitros en quienes confiar, esas figuras que por su honestidad profesional, independencia de grupos y facciones, o desapego a intereses corporativos, generan ascendiente y confianza. Se echa de menos una resurrección de esa auctoritas que feneció hace tiempo.”


“Es voz común que a más del mediodía,

en ayunas la zorra iba cazando;

halla una parra; quédase mirando

de la alta vid el fruto que pendía.

 

Causábale mil ansias y congojas

no alcanzar a las uvas con la garra,

al mostrar a sus dientes la alta parra

negros racimos entre verdes hojas.

 

Miró, saltó y anduvo en probaturas;

pero vio el imposible ya de fijo.

Entonces fue cuando la zorra dijo:

--No las quiero comer. No están maduras.”

(Félix María de Samaniego)



Viene “como anillo al dedo” la fábula de Esopo, recontada por Samaniego, para comentar –que ya es hora— el bluff  impresentable del llamado soberanismo o independentismo catalán, protagonizado por esa mezcla de histrión y visionario que es Artur Mas, rodeado de su corte de manipuladores políticos y abrazado por el irredento e irredimible Oriol Junqueras.

Y viene como “pedrada en ojo de boticario”, porque acabamos de sufrir en esta España nuestra, tan suya, tan poco nuestra a veces, el espectáculo sainetesco/dramático/esperpéntico del gobierno catalán tratando de impulsar una consulta popular sobre la posible independencia, frenada al nacer simplemente por la legalidad constitucional aplicada de manera correcta.

No me puedo sustraer al estupor que me causa que se haya
tolerado e incluso en ocasiones aventado esa desfachatez lunática de querer confundir democracia con independencia.

Mucho se ha escrito al respecto, y no seré precisamente yo quien se sienta el iluminado que vaya a aportar, cual piedra filosofal, la solución al tema, aunque para lo que hacen los políticos de una y otra clase sería más que viable.

Simplemente me limito a aportar mi “granito de arena” al tema y suscitar al lector sus reflexiones, para que pare mientes en que los independentistas catalanes ya propiciaron en cuatro ocasiones anteriores de la historia (desde hace más de ochocientos años) su independencia, que resultó efímera, por inviable y absurda, porque lo que buscaron fue más un provecho personal y económico que la satisfacción de una necesidad personal.

Recuérdese por ejemplo cuando se colocaron bajo la protección del Rey de Francia y éste les impuso virreyes franceses, de los que hubo de liberarles el ejército español, ocurrido ello hace algunos siglos.

Estoy seguro de que seguirán “dando la matraca” con esto de las consultas democráticas (que son irregulares hasta en los requisitos para su práctica) para una independencia que los mismos catalanistas separatistas eludieron cuando se abrazaron a la Constitución española.

Probablemente todo se acabará arreglando con dinero, porque ya se sabe aquello del congreso de clérigos celebrado en Cataluña, en el que se tiraba al aire el dinero de las colectas y “lo que Dios no agarra en el aire…” (" Alló que Deu no agafa...")


Y pasémonos al drama del virus Ébola.

Dramático sin duda lo que acontece en África.

Preocupante lo acontecido en España, en Estados Unidos y Alemania con los primeros contagiados del virus fatídico.

Pero más preocupante aún la falta de adecuada reacción oficial y gubernamental en los países afectados (España incluida), en parte por falta de conocimiento y experiencia y en otra buena parte por ineptitud política, que no ha encomendado la gestión a los expertos sanitarios.

En España hemos tenido que sufrir, por un lado, la poco eficaz actuación de la Sanidad pública, bajo los efectos de unos políticos aturdidos y lentos; y por el otro el canibalismo de los políticos de la oposición, que se han venido cebando con quienes actúan mejor o peor en los problemas de la infección, pero ni una sola solución ni el menor apoyo han bridado.

Para manifestarse, para protestar, para cacarear en los foros y en los parlamentos, para eso sí que están. Para brindar apoyo en los tiempos difíciles, no. Se trata de quebrar, que algo queda.

Y por otra parte, el presidente del gobierno, que es gallego y ejerce de tal, se abroquela en que todo mejora, para no brindar una mínima y fiable información a la preocupada ciudadanía.

Claro, que el ébola más peligroso no es ni siquiera el que proviene de África. Es el que está paralizando cada vez más la vida nacional, infectando la ética política de tarjetas opacas, de comisiones ilegales, de “pujolismos” andorranos, de “p(j)odemos” iconoclastas, de pedir consensos no se sabe sobre qué; en una palabra,
ensuciando, contaminando, no construyendo.

Si el ébola permitiera en el cuerpo humano una regeneración completa del flujo sanguíneo, habría que hacer otro tanto con el flujo político, porque mientras tanto, seguimos aquí con esta España faldicorta y zaragata…

“Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara”.- William Shakespeare (1564-1616) Escritor británico.    

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA