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22 abril 2019

Ucrania: Una vez más los sueños se imponen a las realidades. De un Presidente chocolatero a un Presidente payaso…


"Volodymyr Zelensky gana las presidenciales de Ucrania, según los primeros sondeos a pie de urna
Gana las presidenciales sin trayectoria política ni programa concreto
Decepcionados por la lentitud de los cambios y las apreturas de la crisis económica, los ucranianos se han concedido uno de los pocos lujos que se pueden permitir: hacer 'zapping'. El actor televisivo Volodymyr Zelensky ha ganado las elecciones presidenciales con un 73,2% de los votos, según los primeros sondeos a pie de urna. El actual presidente, Petro Poroshenko, cosecha sólo el 25,3% de los sufragios. La persistencia de la corrupción y la mala situación económica le hacen perder el poder a manos de un actor que no ha tenido una experiencia política jamás.
La victoria de Zelensky en las elecciones más abiertas de la historia de Ucrania provoca algo de incertidumbre en las cancillerías occidentales, que todavía no saben cómo andará su nuevo socio por el pedregoso camino de la integración europea y los préstamos del FMI. También muchos rusos toman nota del resultado. "A todos los ciudadanos de los países postcomunistas: miradnos. Todo es posible", ha dicho hoy un Zelensky triunfal ante los suyos en su cuartel general. Ahora empieza la campaña para lograr un parlamento receptivo en las elecciones que de verdad importan, las parlamentarias de noviembre. 
Con 41 años, casado y con dos hijos, Zelensky es la estrella televisiva de un programa satírico en el que ha interpretado a un presidente de Ucrania. Se ha presentado en la campaña como el hombre de la calle que probó el cambio de Poroshenko y quiere que le devuelvan el tiempo perdido. Así ha conseguido atraerse a un importante sector de los ucranianos decepcionados
con el nuevo régimen surgido de la revuelta de Maidan en 2014. Su entrada en el Gobierno comenzará recortando privilegios por arriba: se acabó la inmunidad de los diputados, de los jueces y la del propio presidente. También quiere instaurar un sistema de consultas 'online' para tomar decisiones. Lo mismo ocurrirá para nombrar altos cargos: organizará concursos de méritos con jurados especializados en cada tema. 
Poroshenko ha felicitado a Zelensky por su victoria Ucrania. "Salgo de la Presidencia el próximo mes. La mayoría de los ucranianos han decidido, y yo acepto esta decisión ", ha dicho el todavía presidente. En realidad Poroshenko perdió las elecciones hace ya un año, cuando las encuestas le situaban por detrás de la ex primera ministra Yulia Timoshenko y más tarde detrás del propio Zelensky. Su popularidad no ha dejado de caer durante un mandato en el que ha plantado cara a la insurgencia prorrusa y ha acercado Ucrania a Europa, pero no ha logrado que su lucha contra la corrupción dé frutos perceptibles.
El nuevo presidente respalda la orientación europea del Gobierno actual, pero ha sugerido que Ucrania no está preparada para ingresar en la UE. Los medios oficiales rusos, que llevan desde 2014 desgañitándose diciendo que
Ucrania tiene a los fascistas en el Gobierno, tendrán que buscar un nuevo relato ahora que el país va a estar dirigido por un judío respaldado por un oligarca también judío instalado temporalmente en Israel.
Sin esperar a que el ganador de los comicios ucranianos fuese oficialmente proclamado, Moscú lanzó un mensaje a Zelensky. El ministro de Asuntos Exteriores de Rusia, Serguei Lavrov, le instó a dialogar con los separatistas prorrusos en las regiones del este de Donbas. "No hay alternativa al diálogo directo con las personas que forman parte de un amplio sector de tu propio pueblo, si es que les sigues considerando parte de tu pueblo", ha dicho Lavrov en una entrevista difundida por la cadena 'Zvezda'. En Kiev ha existido un consenso que considera a Rusia un Estado agresor por la anexión ilegal en 2014 de la península de Crimea, su intervención en la guerra en el este del país y el incidente naval en noviembre en el mar Negro. Zelensky ha criticado la injerencia rusa, pero al mismo tiempo ha defendido una interlocución con Moscú para "poner fin a la guerra de una vez" y ha calificado a los combatientes de "rebeldes" en vez de simplemente "rusos", admitiendo que el conflicto tiene tintes de guerra civil. Para mayor despiste, en los compases finales de la
campaña se declaró contrario a conceder un estatus especial a los territorios de las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk como establecen los Acuerdos de Minsk para poner fin al conflicto armado en el este del país. Y también rechazó promulgar una ley de amnistía para los combatientes prorrusos.
"Ze!", como se ha hecho llamar en la campaña, es una incógnita. La decisión de registrar un partido político con el mismo nombre que la serie se tomó hace justo un año en la sala de fumadores de los estudios de grabación de su 'show'. La mayor certeza sobre el nuevo líder ucraniano es que fue un buen presidente en su serie de televisión. En los colegios electorales, al ser preguntados por las razones de su apoyo a Zelensky, los ucranianos se encogían de hombros. Ucrania se ha abrazado a la ficción, porque la realidad les estaba pareciendo insoportable
(De “El Mundo del siglo XXI”, 22/04/2019)
…

El pueblo ucraniano está acostumbrado a sufrir. Díganlo, si no, las torturas a que le sometió el feroz Stalin con su Holomodor de los años 30, más las penurias y violencias de la ocupación nazi en la Segunda Guerra Mundial, más los muchos años de opresión durante su pertenencia a la extinta URSS. 
El pueblo ucraniano está, sin duda, acostumbrado a sufrir. Y también está acostumbrado, por lo que demuestra su trayectoria histórica, a soñar. Pero a soñar en vano.
Ya se creyó el ombligo de la Unión Soviética cuando, después de Stalin, los ucranianos Jrushchov y Brezhnev lideraron la enorme y poderosa nación; y más cuando se autoconcedió la independencia de la URSS en 1991; y cuando comenzó a moverse en las vías democráticas, celebrando elecciones, hasta que llegó a los pronunciamientos políticos de la llamada “Maidan”, especialmente en 2014, cuando el pueblo congregado en la Plaza de la Independencia de Kiev aclamó como Presidente al chocolatero Poroshenko, creyendo que su buena gestión empresarial sabría aplicarla a la nación. 
Pero esos sueños del pueblo ucraniano se han desvelado siempre como casi un espejismo, porque ni la Unión Europea aceptó a Ucrania en su seno con los brazos abiertos, sino con tibieza, pocas palabras y menos efectividad; cuando Rusia robó Crimea con las artimañas que tan bien conoce Putin, y ni el gobierno ucraniano tuvo ánimos, ni medios de reaccionar, y menos cuando Europa y la Unión Europea, miraron de reojo.
Vamos, que los ucranianos, sueñan mucho, porque son pacíficos, pero consiguen poco, o casi nada. 
Porque con Poroshenko, es cierto que se ha logrado frenar un poco la catástrofe
económica, que se ha mejorado algo en la cohesión social, pero poco más, porque el tremendo gasto de una guerra     desdibujada contra Rusia en el este, con la marcha para siempre de Crimea, los oligarcas de siempre (que vienen del comunismo, en el que se enriquecieron) han seguido engordando sus bolsas y propiciando cada vcez más la corrupción en todos los órdenes, hasta dejar a Ucrania situada entre los países más pobres de Europa. 
Y ahora, en las recientes elecciones presidenciales, el pueblo (lo que queda de él, porque son millones los ucranianos que se han marchado a países extranjeros en busca de una vida mejor) ha mostrado su hartazgo con la dirección política de Poroshenko, quien no ha eliminada para nada la corrupción,
no ha sido capaz de resolver el conflicto bélico en el este, ha consentido un brutal encarecimiento del coste de vida, y, en fin, ha sido blando e ineficaz.
Sí, el pueblo se ha hartado, como en el año 2014, y se ha puesto a soñar, dejándose guiar por el cómico Zelensky, que no deja de ser toda una incógnita, pues una cosa es que sea gracioso y farandulero y otra bien distinta que esté capacitado para dirigir una nación con tan complejos problemas como los que hoy aquejan a Ucrania. 
Ojalá me equivoque, y este “payaso” televisivo que ha ganado las elecciones presidenciales sea capaz de convertir en hechos concretos y en bienestar palpable su difuminada propuesta de gestión. 
Ojalá de una vez por todas, casi a los treinta años de su independencia, Ucrania y los ucranianos obtengan el sosiego y el bienestar que merecen. 
Porque son soñadores, no cabe duda; pero también son sensibles, cultos y trabajadores. 
Hago mis votos para que el país del Dniéper y de los Cárpatos, de los pysanky y
de los bellos paisajes, entre por fin bajo el camino de una gestión presidencial recta y eficaz, y si es en medio de los chistes, bromas y chirigotas de este Zelensky ahora en el poder, mejor que mejor.
¡Slava Ukraïna! (¡Gloria a Ucrania!), que gritan con orgullo los ucranianos. 
Y que Dios les proteja de tanto lobo soviético y tanta hiena oligárquica que les esquilman y corrompen.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

23 febrero 2018

Ucrania sigue sin terminar la guerra ni administrar la paz

"Ucrania, cuatro años después del Maidan: los cambios cuestan más que la revolución.- Pocos países han sido tan fértiles en revueltas y tan poco fructíferos en cambios como Ucrania. Pero poco a poco, algunas cosas empiezan a mejorar pese a una guerra que no termina

(22.02.2018 – JAVIER C. ESCALERA, en “EL CONFIDENCIAL”)
La palabra Rusia nunca había cotizado tan bajo en esta antigua república soviética llamada Ucrania: bancos rusos y centros culturales del país vecino son apedreados con frecuencia, los gentilicios rusos pierden su sitio en el mapa, la política se envuelve en la bandera e idioma ucranianos, intentando en vano rebajar el tono de los contrastes del país. Cuatro años después de la revuelta de Maidan en Kiev, Rusia es una extraña, pero Europa no queda tan cerca como se esperaba.
Ucrania no puede haber tenido más revoluciones y menos cambios. Las élites empresariales han sobrevivido a los líderes políticos, que a su vez se reencarnan en élites a la espera de una segunda o tercera vida.
Casi nadie recuerda que hubo un primer Maidan en 1990, cuando estudiantes descontentos con la mayoría comunista en el parlamento tomaron la plaza central, que desde entonces da nombre a cada nueva revuelta. Ese intentó cayó en el olvido porque, aunque precipitó la caída del régimen soviético, transportó al país de una tiranía a otra: de los jerarcas de la hoz y el martillo a los del capitalismo de rapiña y pillaje. Los ucranianos lo siguieron intentando y repitieron la gesta en 2004, esta vez con mayor resonancia mundial: lo llamaron la Revolución Naranja, y ahí fue la clase media naciente en las ciudades la que se interpuso ante el fraude electoral, posibilitando que la oposición ganase las elecciones.
Las reformas no tuvieron el alcance esperado, y las mismas elites se reacomodaron en su sitio. Pero las expectativas de cambio no dejaron de crecer, y así es como diez años más tarde cristalizaron en el llamado Euromaidan. Su detonante fueron los frustrados sueños europeos de parte de la población, pero acabó en un alzamiento nacionalista que depuso al presidente y contribuyó a una fractura del país nunca vista.
Pesimismo es una palabra demasiado grande para el momento presente. El país sigue siendo el mismo de siempre, pero los nubarrones se mueven. “Lo que se puede encontrar ahora en Ucrania es un equipo de políticos que ejecuta nuevas políticas gubernamentales con la ayuda de herramientas y estructuras viejas”, explica Ostap Kushnir, autor del ensayo ‘Ucrania y el neo-imperialismo ruso’. A pesar de las dificultades, hay logros en el haber del gobierno: “El más importante, la supervivencia de Ucrania como país” a pesar de “los ataques externos y las inestabilidades internas”.

Una Ucrania más occidental

La guerra ha rebajado algunas expectativas, pero la vida sigue y “Ucrania ha dejado de ser vista sólo como un campo de batalla entre Rusia y Occidente, o como un país subsidiado de Moscú que
temporalmente ha salido de la órbita rusa”. En el campo de lo concreto, el Tratado de Asociación con la UE y el acuerdo para la liberalización del régimen de visados son dos éxitos anunciados hace demasiado pero alcanzados al fin: “A largo plazo, estos cambios han cambiado la orientación de Ucrania, moviéndola hacia el oeste”, opina Kushnir.
A esto se suelen contraponer los problemas de identidad: las intensidades nacionales distintas de este a oeste y las opciones lingüísticas distintas por todo el país. La escritora Anne Applebaum, autora del libro sobre Ucrania 'Hambruna roja', cree excesivo cuestionar, como se ha hecho, que estemos ante un país de verdad: “No creo que Ucrania sea más artificial que cualquier otro estado. ¿España es "artificial" porque Cataluña tiene un idioma diferente? ¿Es Gran Bretaña artificial? Dado el tipo de presión ejercida sobre el país en los últimos años, en realidad es sorprendente lo bien que lo ha sobrellevado”.
Para Ruslan Minich analista de Internews Ukraine, la de 2014 fue, de nuevo, otra “revolución sin resultados revolucionarios”, aunque sus logros “son mayores que los de las anteriores”, porque ahora el país “es más democrático” y la sociedad civil “tiene más peso a la hora de presionar a favor de las reformas y en contra de la corrupción”.
La resaca revolucionaria es muchas veces sonrojante. Activistas de partidos ultranacionalistas ucranianos conmemoraron este cuarto aniversario de las movilizaciones de Maidán con una manifestación y ataques a varios edificios rusos, entre ellos la sucursal de Sberbank, la gran entidad bancaria estatal de Rusia. También rompieron las ventanas de Alfa Bank y del Centro de Ciencia y Cultura rusa.
“Lo que el gobierno ha hecho particularmente mal es no saber estabilizar una sociedad en ebullición y convertirla en un activo del país”, critica Kushnir.
La primera baja política del año ha sido una estrella extranjera invitada cuya luz ya se apagó el año pasado. El expresidente de Georgia Mijail Saakashvili no podrá entrar en Ucrania (donde llegó a gobernar la región de Odesa y a ejercer de líder opositor tras romper con el gobierno de Kiev) al menos hasta el año 2021. Saakashvili, tras varias escaramuzas con la policía, fue interceptado el 12 de febrero en Kiev y expulsado en cuestión de horas bajo el argumento de que se encontraba en el país de forma ilegal. El presidente, Petró Poroshenko, le había retirado la ciudadanía en julio de 2017.
La agitación sigue. Miles de manifestantes antigubernamentales salieron este domingo a las calles de Kiev, la capital de Ucrania, para exigir la destitución del presidente ucraniano, que a su vez acusa a Saakashvili de intentar organizar un golpe patrocinado por los aliados del expresidente ucraniano Viktor Yanukovich, respaldados por Rusia.

Una guerra sin solución a la vista

Pero de todas las asignaturas pendientes, es la guerra la más sangrante, en el sentido literal de la palabra. Rusia propuso el pasado septiembre en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas desplegar una misión de paz de la ONU en el este de Ucrania, donde desde aquel convulso 2014 se
enfrentan las tropas de Kiev y los separatistas prorrusos impulsados por Moscú. La canciller alemana, Angela Merkel, y Poroshenko analizaron esta semana en una conversación telefónica las perspectivas para una posible misión los Cascos Azules en Donbas, la salida de los oficiales rusos del Centro Conjunto de Control y Coordinación y el intercambio más rápido posible de todos los prisioneros a ambos lados de la línea del frente. Pero los separatistas ya no son una fuerza uniforme, como se hizo evidente en un fallido golpe en Lugansk en noviembre de 2017. Moscú tiene que esforzarse periódicamente para poner orden.
Los acuerdos de Minsk, alcanzados en septiembre de 2014 y febrero de 2015, prevén un cese del fuego, la retirada del armamento pesado de la línea de contacto, intercambio de prisioneros y elecciones locales, entre otras medidas. Pero Poroshenko acaba de firmar una controvertida ley sobre el regreso de la región de Donbas a la soberanía de Kiev. Aprobada en enero por la Rada Suprema (Parlamento ucraniano), esta ley cataloga ese territorio como "ocupado" y otorga al presidente ucraniano el derecho a enviar al ejército a la zona en tiempo de paz para asegurar la soberanía del país. Esto confirma la intención de Kiev de resolver la crisis por medio de la fuerza, según el representante ruso para el conflicto en Ucrania, Boris Grizlov. En todo caso, aquellos que quieren serrar los dos territorios controlados por los separatistas con ayuda Rusia en el este de Ucrania parecen tener la iniciativa ahora.
¿Será algún día posible para Kiev volver a conectar
con esas regiones del este, una tierra dolida por las bajas civiles y recelosa de un nacionalismo ucraniano que le es ajeno? Para Kateryna Zarembo, autora del libro sobre la juventud ‘Ukrainian Generation Z’, el norte de su país es el nuevo oeste. Desde su oficina de Kiev ha impulsado encuestas por todo el país para saber cómo piensan los ucranianos del futuro, los que ahora están estudiando y buscando su primer trabajo. “En respuestas a muchas preguntas, la juventud en el norte parece ser mucha más prooccidental, proeuropea, proucraniana y antirrusa que en oeste”.
En concreto, en el norte y en el oeste es mayor el porcentaje de jóvenes que se consideran completamente europeos, pero en Ucrania en general la apatía juvenil respecto a la política sigue siendo más alta que en otros países: un 45% de los jóvenes votó en las elecciones de 2014, mientras que en Polonia, Hungría y República Checa estos porcentajes son del 60%, 50% y 70% respectivamente. “El 95% se considera de nacionalidad ucraniana, aunque las diferencias en cuanto a la lengua persisten”. El uso del ucraniano
está creciendo, pero el ruso es la lengua principal para tratar con la familia y el entorno tanto en el este como en el sur.
Algunas piezas del puzzle empiezan a encajar. Pero el suelo ucraniano es tan fértil en cosechas como en revueltas, y un nuevo temblor nacional puede rasgar la convivencia, prendida por los alfileres de la idea de ‘patria en peligro’ y el instinto de supervivencia.”
…

Ya hace tiempo que no escribo sobre Ucrania y su realidad, no porque no haya más que sobrados motivos para dedicarle comentarios a ese para mí querido país, sino porque otros temas, curiosamente también relacionados con el separatismo (el catalán, en esta España nuestra) me han afectado más de cerca, y he optado por tratar aquello que me quedaba más a mano. 
Vaya por delante que mantengo contacto con instituciones, empresas y personas del país del Dniéper, y no dejo de estar sorprendido del curioso equilibrio que se mantiene en una nación que tiene en su extremo nordeste (el más próximo a Rusia) una guerra permanente, que ha desembocado en una práctica secesión de las regiones de Donbass y Lugansk (o de parte de ellas), que, amparadas en unos supuestos deseos independentistas, están sujetas a la influencia y suministro de armamento y medios desde los territorios rusos. 
Esa guerra, no larvada, sino real, existe, pero el
resto del país, sin olvidar el conflicto, hace como que no lo tiene en cuenta, pese a la sangría que implica en su economía, en la que ni se sabe la ingente suma que se dedica a armamento y a necesidades del ejército. 
El pueblo ucraniano, curtido en mil adversidades a lo largo de su historia, invadido muchas veces por el este y por el oeste, por el norte y por el sur, ha ido adquiriendo lo que podría denominarse una “mala salud de hierro”, y va sobreponiéndose de forma continua a los extremismos que en su seno se generan por esas situaciones conflictivas y a las carencias y escaseces que las penurias económicas le suponen. Es, parece que piensan los ucranianos, su sino en la historia. 
Pero la realidad es que ese pueblo, admirable por su sensatez y su cultura en general, ya estaba en los tiempos del control de la URSS soñando con la Europa del Oeste, y, al alcanzar su independencia, pese a los intentos de mantenerle en la órbita comunista, degustó las mieles de sentirse occidental y desasirse de esa Rusia cuasi imperial que ha desembocado en el reino zarista de Putin. 
Y a fe que, poco a poco, Ucrania ha ido prosperando, no solamente en lo económico y en lo social, sino en el bienestar, que mucho hay que recordar cuando para entrar a la nación se requería una Visa, y para desplazarse los ucranianos a Europa precisaban el tormentoso y difícil proceso de obtener una “Visa Schengen”. 
Actualmente, ni para entrar ni para salir a y de Ucrania se necesita ese visado que tantas zozobras ha causado, y la realidad es que los ucranianos emigrados a Europa no han causado prácticamente ningún problema en la Unión Europea, a diferencia de tantos otros oriundos de países de credo islámico o de territorios segregados de la ex Unión Soviética. Es más, los ucranianos son un gran ejemplo de integración en las sociedades de occidente a las que emigran, porque conservan sus hábitos y tradiciones pero se amoldan al modo de vida de su destino.
Por tanto, Ucrania ha mejorado en ese aspecto de
mejor economía y mejor convivencia, pero se ha quedado enquistada en la inmadurez que supone su propia diversidad, ya que las regiones del norte y del este son de cultura predominante rusa, las del oeste no pueden ocultar (hasta en el idioma) la querencia hacia Polonia y países occidentales, y en el sur, la mezcla de influencia rumana y húngara es indudable. 
Dentro de poco proyecto realizar mi acostumbrado viaje en los tiempos de la Pascua, y espero confirmar in personam lo que casi a diario percibo en el contacto con la familia, los amigos, las empresas y las instituciones del entrañable país del Dniéper, de los Cárpatos, del Dniéster y del Prut, del mar de Azov y del mar Negro, y hasta de la arrancada (¡ay, dolor!) Crimea. Y hasta del denostado y semiocultado
Chernóbyl.
Mas entre tanto, no puedo sustraerme a la realidad que sigue presentándose de esta Ucrania que ha sido capaz de superar tantas distorsiones sociales, económicas y étnicas, pero está siendo tan incapaz de alcanzar la estabilidad que sirve la paz. 
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

15 abril 2014

Ucrania: Camino del abismo, mientras USA y la UE aplican cataplasmas al problema y Rusia sigue sus planes

Rusia insaciable.- Putin se ha propuesto impedir que Ucrania construya su futuro cerca de Europa
(El País 15 ABR 2014)
“Los peores augurios se han cumplido. Rusia no está dispuesta a dar tregua a su vecina Ucrania: después de arrebatarle la península de Crimea, ahora siembra la inestabilidad en las regiones orientales con el propósito de frustrar las elecciones presidenciales previstas para el 25 de mayo e impedir que su antiguo satélite construya un futuro viable mirando a Europa.

El Kremlin está dispuesto a hacer pagar muy caro a Kiev su deseo de volar por libre. No ha necesitado, de momento, invadir el territorio ucranio, aunque 40.000 soldados rusos esperen al otro lado de la frontera. Nadie, en las cancillerías europeas y en la Casa Blanca, tiene dudas sobre el origen de esos uniformados sin identificar que, como en Crimea, toman comisarías y edificios oficiales en las provincias de Donetsk, Járkov y Lugansk. Rusia infiltra a sus fuerzas
especiales y al mismo tiempo espolea los temores de la minoría rusohablante con bulos, tan burdos como efectivos, sobre la llegada del fascismo o las persecuciones. Un guion perfectamente previsible, en el que no faltan, por supuesto, líderes prorrusos que piden la intervención de Moscú para evitar “un genocidio”.

La situación es peligrosa. Hasta ahora Kiev ha dado muestras de impotencia al incumplir su ultimátum de enviar al Ejército —ni siquiera puede controlar las deserciones de sus propias fuerzas policiales—. Pero una respuesta militar daría a los rusos la excusa perfecta para cruzar la frontera. Tampoco han tenido efecto las promesas del presidente interino de Ucrania, Alexander Turchínov, de someter a referéndum la futura organización administrativa del país: lo que Rusia pretende es desgajar de Ucrania su cinturón industrial, o bien mantener a esa región bajo control indirecto, mediante una estructura federal que debilite al Estado ucranio y frustre sus pretensiones de incorporarse a la OTAN.

Y mientras el este de Ucrania se desliza peligrosamente fuera del control de Kiev, en Luxemburgo los ministros de Exteriores de la Unión Europea anunciaron ayer que se ampliará la lista de sancionados —33 rusos y ucranios— con congelamiento de bienes y retirada de visados. No parece que esto vaya a incidir en los planes del Kremlin. La UE y la OTAN dieron por perdida a Crimea, y ahora parece que no saben cómo reaccionar.

Bla, bla, bla...
Putin juega con la fragilidad de Ucrania y con las debilidades de Europa: sus divisiones, su dependencia del gas ruso, sus intereses comerciales. Frente al matonismo hay dos opciones: plegarse o bien hacerle frente sabiendo que se va a salir contusionado. Rusia tiene un flanco débil, su economía, pero las sanciones efectivas —a las que Estados Unidos parece más dispuesto— tendrían repercusiones para Europa, sobre todo Alemania.

Queda por ver si los mismos países que aplaudieron el Maidán están dispuestos a asumir daños, o prefieren dejar que Rusia moldee a su antojo las fronteras. En este caso, Europa habrá ya confirmado su irrelevancia como jugador internacional.”

…
De la literatura española me viene a la memoria la fábula de Tomás de Iriarte sobre los galgos y los podencos, que sienta “como anillo al dedo” a lo que está aconteciendo en Ucrania.

Habría que decir que “lo que tenía que pasar, pasó”, es decir, que Yanukóvich era un títere en manos de Putin, y cuando cayó el muñeco, el ”amo” comenzó a mover sus peones, comenzando por apropiarse de Crimea, sin la menor oposición, hasta el punto de que hoy (aceptado o no por la Comunidad internacional), esa península es parte de Rusia; y después ha seguido sembrando discordia y algaradas separatistas en las regiones ucranianas fronterizas con Rusia, aunque “tirando la piedra y escondiendo la mano”, ya que dice que Rusia nada ha hecho (“excusatio non petita acusatio manifestat”), insinuando, al más fino estilo KGB, que estaría en peligro el suministro de gas a la Europa occidental y que siempre ayudará a los ciudadanos de su etnia, que además vienen pidiéndole protección.

Ante ello, el gobierno de Kiev bastante hace con sobrevivir tambaleándose, sin dinero, sin bases sólidas de actuación, con fuerzas armadas mermadas y sin moral y maniatado por la tibia posición de USA y la Unión Europea, que han puesto de manifiesto una vez más que solamente en lo económico radican sus intereses y que si han de añadir Ucrania a su grupo económico a base de acciones militares o de gran presión, prefieren que se extinga la nación ella solita.

Lo de Putin no debería ser consentido, y yo mismo me estoy planteando que, como hablo el ruso y conozco bastante bien las zonas ucranianas ruso parlantes, voy a pedir a Putin que sitúe algunos de esos voluntarios pro-rusos en el patio de enfrente de mi casa, para que consigan que me independice de mi ciudad y así no pague impuestos.

Y también voy a pedir al gobierno español que, como en Sudamérica las comunidades de habla y cultura hispánica sufren opresión o merma de sus derechos humanos, constituya una gran fuerza de voluntarios (ahora que hay tantos parados) para que poco a poco se vayan infiltrando y propicien la posterior integración en un nuevo Gran Imperio Español.

Es de vergüenza lo que “no” han hecho USA y la UE, y que ha conducido a Ucrania al abismo, poniéndola en riesgo de desaparición.

No han sido ni fríos ni calientes; se han limitado a anunciar sanciones más teóricas que reales, y a pedir al zorro ruso que respete la gallina ucraniana.

Pena da, y más pena me dan los ucranianos, la mayoría que se han
sentido felices perteneciendo a una nación liberada de la antigua URSS y con su propia idiosincrasia, singular y distinta de Rusia, de manera que nunca han querido esa protección del “papa” Putín (y pongo acento en la “i”), que lleva al país a su neutralización y extinción.

He podido comprobar personalmente con qué orgullo y satisfacción el pueblo ucraniano celebraba cada 24 de agosto el aniversario de su Independencia de la URSS, y cómo lo ensalzaba en todas las regiones (Crimea incluida) en tonos alegres y festivos, con cánticos, celebraciones y vida en paz y armonía, como para creerme ahora que todo ha cambiado. Lo han cambiado los mercenarios que Rusia ha pagado para crear una atmósfera de inestabilidad identitaria que ni siquiera estaba planteada en Ucrania.

Y la UE, que tanto ofreció el premio a los ucranianos, ahora es como Pilatos: se lava prácticamente las manos, evitando costes y preservando su economía, con tal laxitud, que cualquier acción diplomática de las que sugiere (con la boca pequeña, eso sí) para resolver la situación, solamente provoca hilaridad en el gigante ruso.

¡Qué vergüenza da la conducta de la Unión Europea!

Propició el arranque pseudo-fascista de las revueltas de Maidan, para apartarse luego de ella; impulsó un acuerdo con el anterior presidente, para aplaudir luego que los ultras le derrocaran; prometió ayuda al gobierno provisional, y todo ha quedado en previsiones de ayudas económicas que dudo lleguen a tiempo; y acobardada por quedarse sin gas, lo más que hace es congelar teóricamente los fondos espúreos de dirigentes rusos y ucranianos.

¡Que Dios proteja a Ucrania, que mucha falta hace!

Y así tal vez los ucranianos de bien, la mayoría, podrán gritar, como yo les he oído tantas veces, 
¡Gloria a Ucrania!, ¡Slava Ukraina!

Y por si algún lector no la recuerda, he aquí la fábula en verso de “los galgos y los podencos”:



Por entre unas matas,
seguido de perros,
-no diré corría-,
volaba un conejo.

De su madriguera
salió un compañero,
y le dijo: “Tente,
amigo; ¿qué es esto?”

“¿ Qué ha de ser?” –responde-;
sin aliento llego...
Dos pícaros galgos
me vienen siguiendo.”

“Sí -replica el otro-,
por allí los veo...
Pero no son galgos.”
“¿Pues qué son?” “Podencos.”

“¿Qué? ¿Podencos dices?
Sí, como mi abuelo.
Galgos y muy galgos,
bien visto los tengo.”

“Son podencos, vaya,
que no entiendes de eso.”
”Son galgos, te digo.”
”Digo que podencos.”

En esta disputa,
llegando los perros
pillan descuidados
a mis dos conejos.

Los que por cuestiones
de poco momento
dejan lo que importa,
llévense este ejemplo.



SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA