Mostrando entradas con la etiqueta NAVIDAD. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta NAVIDAD. Mostrar todas las entradas

18 diciembre 2022

TIEMPO DE NAVIDAD: ¿Se alegra la tierra? ¿Se regocijan las gentes? ¿Se experimenta la paz?


Me perdonará el lector que trate de eludir la enormidad de citas y frases tópicas que nos anudan en estos tiempos cercanos a la  celebración de la Navidad.

La gran verdad es que la conmemoración de la Natividad de Jesús, que ha venido celebrando el mundo cristiano se expandió a la celebración de un tiempo generalizado de hermanamiento, de afecto, de amor y de paz.

Pero pocos años ha durado la dulce y armoniosa época de la Navidad, porque el materialismo ha seguido invadiendo todos los ámbitos positivos y entrañables de la vida social, hasta el punto de que, por una parte, la Navidad se ha convertido en tiempo de fiesta casi sin espiritualidad, y en unas fechas paganizadas para las vacaciones, los viajes, las compras, las celebraciones, sin el norte que en su tiempo guio y ahora mismo debiera regir las vidas de los humanos con esencias cristianas.

Basta echar un vistazo a la realidad social para comprobar que la ansiada paz social, la ansiada armonía internacional, se han esfumado por mor de egoístas y materialistas deseos de poder, de dominio y de riqueza, en modo alguno inspirados, ni remotamente, en el mensaje evangélico que inspira el nacimiento de Jesús, que es lo que en definitiva se conmemora, o al menos así debiera ser.

En nuestro día a día impera la brutalidad de una guerra cada vez más viva y más sangrienta entre dos naciones casi hermanas, como son Ucrania y Rusia, que han sucumbido al ansia de poder de las oligarquías, y a las especulaciones escandalosas de las grandes potencias económicas, que solamente buscan engrosar la bolsa a base de acciones desprovistas de cualquier base humanitaria, y que producían, producen y probablemente seguirán causando el empobrecimiento cada vez más escandalosas de las etnias, de las naciones y de las gentes más débiles.

En cuanto a las naciones, repárese el caos violento e inmisericorde en que los partidos políticos han sumido esta España nuestra, en la que solamente importa mantenerse en el poder, romper a los adversarios, engrandecer las ganancias y las influencias, al socaire de una falsa política protectora de los más necesitados (incluyendo a las víctimas de las migraciones), en medio de una pérdida muy grave de las formas y normas de convivencia, hasta el punto de que las redes sociales semejan más un basurero que un medio de difusión cultural y que lo importante es aquello de “insulta, que algo queda”.

Lo triste es que cada vez estamos más apegados a la falta de espiritualidad y de ética que debieran ser las pautas de una conmemoración tan bella y transcendente como que el Hijo de Dios tomó la naturaleza humana para ejecutar el plan divino de la redención.

Se me podrá reprochar, quizás, que la vida es no solamente espiritualidad, pero a ello replico que en nada daña sino todo lo contrario, la reflexión ética y profunda sobre la motivación de la Navidad convertida en una celebración mundana y alejada de los contenidos que la inspiran.

Me perdonará el lector mi, tal vez, demasiado personalista comentario acerca del tiempo de Navidad en los momentos actuales, pero ello me permite que haga votos porque en estas fiestas de profunda convivencias personal, familiar y social todos aquellos pue puedan leer estas disquisiciones, las compartan o no, sientan en su espíritu el halo de luz, de paz y de amor que nos deben envolver en estas conmemoraciones.

A mi esposa, a mis hijos, padres y parientes; a los amigos; a los conocidos (incluyendo los que ya presumo que celebran Allá arriba la Navidad auténtica) y a los desconocidos, vaya sobre todo mi abrazo emocionado de afecto, deseos de amor, bienestar y paz.

Que no en balde hace más de dos mil años en Belén de Judá, Dios se hizo Hombre para redimír al género humano.

¿No escucháis acaso, hermanos, ese clamor en el cielo?

¿No os llega un gran brote de consuelo en vuestro corazón humano?

¡GOZAD DE LA NAVIDAD!

¡HACED PROPIA LA NAVIDAD!

¡SED FELICES Y HACED FELICES A LOS DEMÁS!

"Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año" Charles Dickens (1812-1870) Escritor y novelista inglés.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

06 diciembre 2020

La Navidad de las “ausencias”: La vida continúa en medio de la pandemia. ¡Seamos felices!


Son ya tantas las Navidades que pasé en mi vida, que he llegado a pensar que ya no iba a sentir nuevas sensaciones ni a experimentar nuevos sentimientos en esas fechas y celebraciones.

Y hete aquí que desde Asia, dicen (no me lo acabo de creer) llegó a Europa y a nuestro país, y se expandió por todo el mundo, ese maldito virus de extraño origen y de incontrolable contagio que es el llamado Covid-19, el Coronavirus.

Estamos ya en el noveno mes desde que la pandemia se introdujo en nuestras vidas y, cual okupa malicioso, sigue agarrado a nuestra existencia, contagiando por doquier, llevando a la muerte a millones de personas, sembrando el pánico en las poblaciones, destrozando economías, rompiendo familias y, en una palabra, quebrando absolutamente el orden social.

En medio de esta reflexión he llegado a esta época en la que siempre he acostumbrado enviar a todos, a los míos y a los extraños, el saludo entrañable y afectuoso propio de los tiempos de Paz que deben acompañar a la Navidad.

Y, en verdad, me he planteado si lo que nos envuelve en la vida propicia que nos sintamos felices por la conmemoración de la Navidad, o más bien nos abroquela en la nostalgia de los tiempos pasados que quizá fueron más prósperos y felices.

He dudado, lo confieso, entre desear simplemente salud y paciencia, o mantener el mensaje de antaño (¿y por qué no de hogaño?) felicitando a todos sin excepción por la fiesta de la Natividad de Jesús.

No me ha retraído pensar que a muchos o a algunos el significado religioso de la celebración les resulte ajeno, y que igual el sentido humanitario y solidario de los recuerdos navideños no les inspira singular emoción.

Todo es posible, y todo es admisible, porque precisamente si algo prima bajo las luces de la Navidad es la comprensión, el entendimiento, la ayuda, la armonía de los unos con los otros, cualquiera que sea su credo y sentimiento espiritual.

Así pues, vaya por delante, y alrededor, un gran abrazo de fraternidad, para todos, pero en especial para quienes estén sintiendo (a mí así me acontece) el vacío de las ausencias en estos tiempos.

Ausencias de los familiares que moran lejos y con quienes no podremos encontrarnos.

Ausencias de los nuestros y de los ajenos con quienes por los enredos de la vida no ha sido posible mantener una relación normal.

Ausencias de quienes no corresponden a nuestros afectos y a quienes tal vez nosotros tampoco cuidamos con nuestro cariño o amistad.

Ausencias de los discípulos que fueron nuestros y que viven lejos o cuyo rastro se ha difuminado.

Ausencias de quienes han sido nuestros maestros o dirigentes, porque ya se fueron "allá"... y/o no hemos sabido conservarlos en nuestras vidas

Ausencias de quienes nos dejaron a lo largo de los tiempos, con vacío irremplazable, en nuestra infancia, en nuestra juventud, en nuestra senectud, en nuestra familia, entre nuestros amigos, entre nuestros compañeros, en nuestro entorno, en nuestra sociedad.

Sí; esta es y va a ser la Navidad de las ausencias, y bien que lo vamos a notar; pero también va a ser (y hemos de intentarlo por todos los medios) una Navidad de una mayor vinculación afectiva y espiritual de unos con los otros, para que la pandemia pase a ser una circunstancia más en nuestra existencia y siga vibrando en nosotros el espíritu de concordia y paz que estos tiempos deben inspirarnos.

Salvemos y amemos las ausencias, como deberemos salvar y conservar nuestros ánimos de entendimiento y razón, buscando el bien de todos y desterrando el mal y las penas.

Ojalá esta Navidad de las ausencias también nos traiga la “ausencia” de odio, de insolidaridad, de egoísmo, de falsedad, de mentira, de doblez, de envidia…

¡Que la vida siga, y nosotros nos empeñemos en ello, en medio de la pandemia!

¡Que la Paz de Dios inunde al mundo!

¡Feliz Navidad!

“Desciende a las profundidades de ti mismo, y logra ver tu alma buena. La felicidad la hace solamente uno mismo con la buena conducta”

Sócrates (470 AC-399 AC) Filósofo griego.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

10 diciembre 2019

SINFONÍA DE NAVIDAD

Queridos amigos, queridos hermanos, queridos padres, queridos hijos, queridos desconocidos:

La Navidad ya está aquí.

Abundan las comidas, las cenas y las reuniones para alegrarse por esa celebración perdurable por siempre.

Las calles, plazas, ciudades se han iluminado (bastantes excesos y costes enormes) para que las gentes sepan –bien lo saben— que la Navidad está en puertas.

Algunas familias inclusive han organizado sus viajes aprovechando los días festivos que brinda la celebración, dando así solaz a su cuerpo y tal vez a su espíritu.

Todo bien, mejor que bien: óptimo. Necesario, porque la Navidad es la Navidad. Tiempo de paz, de familia, de amor. De estar con uno mismo y por tanto con todos los demás.

Pero…

¿Hemos reparado entre tanto signo externo que la Navidad rememora, como elemento primordial, el nacimiento de Jesús?

¿Hemos tomado en cuenta que de la alegría ineludible por tan insigne conmemoración debe manar nuestro afecto, nuestro cariño, nuestro amor hacia todos los demás seres humanos, sean como sean, de donde sean, de la cultura que sean, de la religión que sean?

Eso y mucho más me planteo mientras voy escribiendo esta carta, asaltado por el temor de que las bonitas palabras tal vez no se correspondan  con los actos.

Sea como fuere, con esta misiva quiero enviar a todo el mundo mi abrazo fraterno y emocionado, porque puedo compartir con las gentes la Navidad, e invito a gozarla con todo lo bueno que nos inspira.

Pienso que nada más oportuno que recoger la letra del admirado cantante y compositor conquense y español, José Luis Perales (precisamente ahora a punto de retirarse) en aquella entrañable creación suya:

“Navidad; es Navidad.
Toda la tierra se alegra
Y se entristece la mar.


Marinero, a dónde vas;
Deja tus redes y reza,
Mira la estrella pasar.


Marinero, marinero,
Haz en tu barca un altar;
Marinero, marinero,
Porque llegó Navidad.


Noches blancas de hospital
Dejad el llanto esta noche;
El niño está por llegar...


Caminante sin hogar
Ven a mi casa esta noche,
Que mañana Dios dirá...


Caminante, caminante,
Deja tu alforja llenar.

Caminante, caminante,
Porque llegó Navidad.


Ven soldado, vuelve ya
Para curar tus heridas,
Para prestarte la paz.


Navidad, es Navidad;
Toda la tierra se alegra
Y se entristece la mar.


Tú que escuchas mi mensaje
Haz en tu casa un altar. 

DEJA EL ODIO
Y VEN CONMIGO, 
PORQUE LLEGÓ NAVIDAD.

Y este enlace, si se copia y busca en Internet, lleva a la reproducción sonora de la bella composición musical:
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

16 diciembre 2015

Una historia de Navidad: Los migrantes de las alambradas

Sea porque está en el ambiente la proximidad de las fiestas de Navidad, sea porque uno ya a cierta –no escasa— edad es incapaz de sustraerse de los sentimientos de ternura y afecto que inspira ese tiempo, la realidad es que el otro día conseguí alcanzar el sueño pensando qué escribiría a los familiares, amigos, compañeros, lectores, e inclusive a los desconocidos, para desearles una Feliz Navidad, ahora que muchos de los gobernantes recién instalados muestran una fuerte alergia a ni siquiera mencionar las fechas, y se limitan a felicitar “las fiestas” (cuando no el "solsticio de invierno") y a desear “armonía y prosperidad”. Como si la Navidad fuera cosa de otra galaxia. Que una cosa es el laicismo y otra bien distinta la destrucción o el soslayo de los valores espirituales (y no estoy pensando en la religión precisamente).
Pues bien, la realidad es que en aquella no lejana noche me hallé transportado a las orillas de la isla griega de Lesbos, en su playa este; y allí vislumbré cómo llegaba una balsa neumática atiborrada de personas de todas las edades, niños incluidos –bastantes--, todos ellos con su tez morena, que denotaba la procedencia de la zona asiática no lejana al mar Mediterráneo.
Estaban desembarcando (si es que así puede llamarse al salir de la barca semi-hundida, con agua hasta las rodillas, portando a hombros o en brazos a los niños y en alto algunos objetos) y se iban sentando, ateridos y acobardados, en la ribera, mientras al rato acudían unos escasos efectivos uniformados o identificados con la cruz o la luna rojas y trataban de socorrerles con mantas y botellines de agua.
Me llamó la atención una pareja joven, ella en muy avanzado estado de gestación,  y a quien él (barba poblada y bigote negros) atendía con especial solicitud y con gestos de enorme cariño.
Cuando recibieron sus mantas y algo de alimento, se arrebujaron y esperaron hasta que un camión que llegó al rato se los llevó.
Nada más pude ver yo de esta joven pareja hasta que en mi tránsito onírico me hallé situado en la frontera de Serbia con Hungría, en la que había congregada una gran multitud, todas las gentes medio desarrapadas y con los inconfundibles rostros del cansancio, el hambre y la ansiedad, vistiendo y mostrando su indudable procedencia como migrantes asiáticos.
Los más jóvenes estaban intentando sobrepasar una alambrada con cuchillas cortantes (las tristemente llamadas "concertinas"), mientras la policía  apaleaba a diestro y siniestro para evitar la entrada en Hungría.
Vi a un lado, entre la multitud, a aquella pareja desembarcada en la isla de Lesbos, ambos con semblante triste y resignado, denotando angustia, sin osar siquiera acercarse a la zona más próxima a la frontera; y al cabo de un rato les vi empujados a un autobús en el que un guardia gritaba la palabra “Deutschland” (Alemania).
En medio de mi inquietante sueño me sentí luego en la frontera entre Grecia y Croacia, en la que se repetía la imagen de la enorme multitud, de los policías conteniéndola y del ansia por alcanzar el otro lado. En esta ocasión, la policía requería con más normalidad la documentación a los que pretendían seguir el camino.
Y entre la gente se hallaba la pareja de futuros padres de la frontera húngara, de la playa de Lesbos, a los que, de forma involuntaria o inmotivada, yo estaba siguiendo.
Cuando se les requirió la documentación hizo el hombre un gesto como dando a entender que carecía
de ella, y se les pasó a una tienda de campaña en la que estaba escrito en caracteres latinos un letrero de “ irregulares por documentar”.
Y se me desvaneció la visión; hasta que en mi sueño incómodo de aquella noche, supongo que bastante después y adobado con algunos o varios ronquidos propios, vislumbré una tierra secarral con algarrobos, higueras y olivos, colinas suaves y secos riachuelos abarrancados, en la que a lo lejos había una luz que brillaba diferente a las habituales, hacia la que me sentí casi empujado.
Estaba la luz sobre una choza mal arreglada, de cañizos rotos y techumbre que semejaba de adobe, y de su interior emergía el llanto de un niño, cual recién nacido.
Me asomé al chamizo y contemplé pasmado cómo en los brazos de una mujer (de aquella mujer grávida que había seguido desde su arribada a Lesbos, la de las fronteras de Hungría y de Croacia), se hallaba un pequeño bebé. Morenito él, que lloriqueaba mientras
buscaba el lácteo sustento desde su madre, al tiempo que el hombre (sin duda el padre) intentaba  desplegar una raída manta con la que taparles.
Me miraron (me parece recordar que también el niño) y me sonrieron, como mostrando su satisfacción por re-encontrarme.
Me percaté de que aquello era algo más que un sueño:
¡Era el anuncio de otra manera de una Navidad que, pese a quien pese, llega todos los años, e invita a alegrarnos porque Dios ha nacido!
Cuando quise hablar a la madre y al hombre, el estridente pitido del despertador me situó en la realidad.
Hubiera querido volver a la escena (vivida o soñada, no lo sé) pero en la ducha me convencí de que había sido un sueño y concluí conmigo mismo que a la humanidad, a todos nosotros, a cada uno,  nos hace mucha falta reflexionar de manera generosa y abierta sobre el milagro de la Navidad.
Que no es solamente (aunque es lo transcendental) porque nació Jesús; es porque de aquello ha manado la alegría, el amor, la bondad, y (para los creyentes) la redención.
Que es lo que el mundo celebra, lo nieguen u oculten algunos infelices o insensatos que más que nadie necesitan precisamente ese amor navideño.
Me perdonará el lector por este “cuento”, mitad migratorio, mitad azucarado, mitad confidencia, algo pretencioso en la moralina quizás, pero eso es lo que me aconteció (o pudo ocurrirme, pues era un sueño) y por ello, a todos los hombres de buena voluntad, a quienes esto leyeren (les gustare o no), y a quienes no pudieren hacerlo, y a quienes les sería muy útil conocerlo, a todos ellos, va dedicado.

¡FELIZ NAVIDAD!
¡ESTAMOS OBLIGADOS A SENTIRNOS FELICES PARA HACER FELICES A LOS DEMÁS!

"Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año"
Charles Dickens (1812-1870) Escritor británico.


SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

12 diciembre 2015

Navidad: Volviendo a paraísos perdidos de la infancia y de la juventud

Leo con satisfacción el comentario en Facebook del buen amigo Jorge Latorre --magnífico e ilustre profesor y experto en las materias de comunicación audiovisual —, escribiendo con hondo sentido que la Navidad es, entre otras muchas más cosas, el tiempo de “volver a los paraísos perdidos de la infancia y de la juventud”.
Y ello lo sugiere a Jorge Latorre no solamente la visión del árbol navideño plantado en la plaza de su pueblo, sino acariciar (casi estrujar, pero con delicadeza) entre sus manos una cunita de madera que fue de su abuela y que acoge un diminuto Niñito Jesús. 
Tiernos recuerdos, a la vez que emotivos, y que me inducen para experimentar conmigo mismo, y por supuesto con los lectores (que para eso se publica) las emociones y sentimientos de los tiempos
navideños.
Solo disiento, cariñosamente (y en nimia parte), de Jorge Latorre  en un matiz: la Navidad sin duda remite a “paraísos perdidos” para algunos o para bastantes, pero no solamente a paraísos pasados. 
Porque Navidad sigue siendo tiempo de afectos y emociones, especialmente entre los miembros de las familia.
Porque Navidad continúa siendo tiempo de organizar el “Belén”, en el corazón de cada uno y en los hogares, con los hijos pequeños o tal vez con los nietos en la ayuda. Con el hondo significado de introducir en la casa y a veces en la oficina tan bello icono de la celebración conmemorativa.
Porque Navidad sigue siendo tiempo de reflexión y de convivencia, de re-nacimiento revestido de celebraciones que abarcan desde las delicias gastronómicas hasta las experiencias festivas, mas principalmente el contacto entre personas.
Porque Navidad es, en fin (y esencialmente), tiempo de amor y de paz, ya que en él se rememora, se revive, la venida al mundo de un Niño que trajo, y sigue en ello, el mensaje del amor, de la armonía, de la convivencia, del perdón. Algo hoy tan escaso, por desgracia.
Está llegando la Navidad y sin darnos cuenta estamos mezclando los recuerdos de la infancia, de cuando esperábamos las “estrenas” de nuestros padres, abuelos, padrinos y allegados; estamos mezclándolos con la nostalgia de los seres allegados que ya nos dejaron pero cuyo recuerdo se hace más vivo en estas fechas; vamos a celebrar las festividades con los presentes pero también con los ausentes, y a tratar de introducir de nuevo en nuestras vidas y en nuestra diaria convivencia un mensaje de amor, de afecto, de comprensión.
Está llegando la Navidad y nos va invadiendo la alegría de las celebraciones, adobada de las nostalgias de aquellos tiempos que pasaron pero que nos resistimos a olvidar y más a perder. ¡Quién no añora los cánticos de villancicos en la infancia, junto al nacimiento!
Está llegando la Navidad, para que una vez más la humanidad destierre (o al menos lo intente) la envidia, la prepotencia, el ansia de poder, la corrupción, la violencia, el odio; que ellos sí deben enviarse a los “infiernos perdidos” del pasado.
Y, en fin, con la Navidad se imponen estas propias reflexiones (no ajenas sino ínsitas al sentido religioso de las fiestas), que humildemente pero con todo afecto quiero transmitir a los lectores, con el deseo de que rescaten y vivan en presente sus personales “paraísos perdidos”.
¡Feliz Navidad!


LOS CAMPANILLEROS
(sigue enlace o link al video)

En la noche de la Nochebuena
bajo las estrellas por la madrugá,
los pastores con sus campanillas
adoran al Niño que ha nacido ya;

y con devoción...

Van sonando zambombas, panderos,
cantándole coplas al niño de Dios.

En los pueblos de mi Andalucía
los campanilleros por la madrugá,
me despiertan con sus campanillas
y con sus guitarras me hacen llorar;

y empiezo a cantar....

y al oírme todos los pajarillos
que están en la rama
se echan a volar.

En la noche de la Nochebuena
bajo las estrellas por la madrugá,
los pastores con sus campanillas
adoran al Niño que ha nacido ya;

y con devoción...

Van sonando zambombas, panderos,
cantándole coplas al niño de Dios.


SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

15 diciembre 2014

Un cuento en la Navidad: La guardia de un alférez



Dedicado especialmente a los compañeros de las compañías 4ª y 1ª, de la 1ª Agrupación, de la XXI Promoción (1963/64) de Milicias Universitarias del campamento de Montejaque -Ronda
Escucha, amigo, este relato que me fue legado por un compañero que estuvo integrado en las Milicias Universitarias de la IPS, y que obtuvo su graduación como Oficial de Complemento en el campamento de Montejaque.

Érase una vez que un alférez del arma de Infantería, junto con un sargento de su misma promoción, destinados en el acuartelamiento de Montejaque, en unas lejanas fechas de los años 1.965, fue designado como Oficial de la guardia de prevención para el último día de estancia campamental; día de emociones por la despedida de los futuros alféreces en la plaza de armas y de adiós de los futuros suboficiales, y día de un general “hasta luego” de todos los compañeros que habían convivido los últimos tres meses.

De esta manera, la guardia de la puerta principal de entrada y salida a y del campamento (la llamada “guardia de prevención”) estaba resultando muy laboriosa, porque marchaban muchos milicios con maletas y querían entrar familiares civiles de los militares para recogerles.

Nuestro alférez, y su sargento en la misma guardia, se esforzaron por mantener el orden en las entradas y salidas, pero no podían evitar el pequeño caos que la situación estaba produciendo.

De manera imprevista apareció por la guardia el Teniente Coronel segundo jefe, quien al ver el barullo y desorden que se había formado, reprendió al Oficial responsable, y a voz en grito le ordenó que se considerase arrestado hasta nueva orden junto con el
sargento.

Sin osar ni siquiera replicar, el alférez se resignó a no dejar el campamento al término de su servicio de armas, y se sintió frustrado al ser sancionado por una situación ciertamente incontrolable.

Y así llegó el siguiente día, y a éste le sucedieron muchos más; el campamento ya había quedado prácticamente desierto, y solamente se escuchaba a lo lejos a unos soldados de las fuerzas auxiliares recogiendo material y desmantelando instalaciones.

Pero el Teniente Coronel sancionador no aparecía más, y el alférez y todos los militares que integraban la guardia no se atrevían a dejar sus puestos, por lo que, aún con comida escasa, fueron sobrellevando los días hasta caer en una especie de estupor, fruto del cansancio, de la desnutrición y del desánimo.

Incluso los fríos invadieron la zona y el grupo, acobardado, se refugió como pudo en las nada acogedoras instalaciones del cuerpo de guardia, donde todos quedaron al fin profundamente dormidos.

Al cabo de un tiempo, y de forma repentina, sonó una voz potente, de mando, de orden, que preguntaba a todos si no se habían percatado del día y la hora que eran.

El súbito despertar permitió a los soldados, sargento y alférez de la guardia vislumbrar que era anochecido y que llegaba una luz como de lejos.

Asomaronse a la puerta del cuerpo de guardia y vieron llegar desde lo lejos, desde la plaza de armas, un rayo blanco y nítido que arrancaba de una especie de casamata frente a los edificios del cuerpo de mando.

Se aproximaron a hurtadillas al lugar, temerosos por un posible abandono del servicio, y contemplaron que la luz en su origen había tomado la forma de una estrella de seis puntas y posaba sobre una especie de cuna con un niño con aspecto de recién nacido, y a su lado cuidándole una joven y bella mujer, acompañada de un hombre de cierta edad, cabellos bastante blancos, que les inquirió con voz potente qué querían.

Los visitantes, absortos por el hallazgo, no podían ni responder, pero ese hombre les dijo: ¡Venid hasta aquí, que el Niño Dios acaba de
nacer en Montejaque!

Al tiempo sonaban unas cítaras que parecían interpretar un himno que coreaban unas voces como angelicales.

Cayeron postrados todos ante el Niño, cuando sonó un estridente toque de corneta interpretando la diana floreada.

¡Era el toque de diana de un día tan singular como el de la despedida de Montejaque!, que se escuchaba al tiempo en que nuestro alférez, frotándose los ojos con incredulidad, revertía a la realidad, mientras el capitán de cuartel presente le espetaba autoritario: ¿Usted alférez quiere quedarse aquí hasta Navidad, o qué pretende?

La respuesta le surgió espontánea: “No, mi capitán; que ya he vivido felizmente mi Navidad en Montejaque.”

No se sabe si el capitán de cuartel reaccionó a la tan sorprendente expresión, ni qué criterio formó acerca del alférez, solo se sabe lo que

me contó un compañero de la promoción siguiente a la mía; y por lo que tiene de singular y por lo apropiado para estas fechas navideñas, así traslado la historia.

¡Ojalá vuestras guardias, servicios y desvelos en esta vida alcancen la Navidad para siempre!

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

11 diciembre 2014

El abrazo de la Navidad

Se acerca la Navidad.
En las calles y en las plazas ya han aparecido los abetos (artificiales o no) que se han engalanado con guirnaldas rojas y rosarios de diminutas luces y leds.

En los árboles de los paseos se han colgado lucecillas de diversos colores y en los maceteros las poinsetias (las llamadas “flores de pascua”) ornan las calles.

En los comercios proliferan las guirnaldas plateadas y doradas y toda una serie de objetos de predominante color rojo, como botitas, guantecillos, campanillas, figuras de renos; en fin, toda esa suerte de elementos decorativos que se utilizan como buen reclamo en las fechas próximas al 25 de Diciembre.

Los centros comerciales ya abren sus puertas todos los domingos, porque ahora, con la mezcolanza de las celebraciones de Papá Noël y los Reyes Magos, lo importante es vender y vender y vender…

Está claro. La Navidad, como fecha y como celebración está llegando, junto con la Navidad tiempo de negocios y ventas.

Pero en medio de esa vorágine de decoraciones, regalos, compras, turrones, celebraciones empresariales, felicitaciones, se nos está escapando, nos estamos olvidando, de “la otra Navidad”.

La Navidad de los que intentan llegar en patera a nuestras costas; o los que se encaraman a las vallas lacerantes para alcanzar el falso estado de bienestar que aparenta brindar Europa; o de los que duermen entre cartones en cualquier rincón protegido de nuestras calles; o de quienes han de acudir al banco de alimentos para recoger unos garbanzos o unos pacotes de leche; o de quienes sufren cualquier clase de abandono, en las residencias geriátricas, en los hospicios y orfanatos, en las clínicas; o de las personas que aguantan malos tratos de parejas y a veces de hijos; o de quienes experimentan la soledad de sus cuerpos o de sus mentes.

Esta otra Navidad, la de los que no son ni esperan ser felices, la de los que necesitan todo de otros, es la que debe movernos a tener presentes a quienes precisan nuestra ayuda material, nuestra palabra amiga, nuestro consejo, el calor de nuestras sonrisas, la benevolencia de nuestra comprensión; en dos palabras: nuestro amor.

Sí, porque quiérase o no, la Navidad es para los creyentes la conmemoración del Amor infinito de Dios hacia el género humano. Y eso es lo que hemos de transmitir a los que nos rodean.

Y para quienes no tienen el don de la fe religiosa, la Navidad es tiempo de amor, de confraternidad, de ayuda, de entrega, de unión, y por eso también hay que acoger a los demás.

Sintámonos unidos ante tantas y tantas guerras y desgracias que asolan el mundo, ante tanto abandono a nuestros semejantes más necesitados, y hagamos patente y efectiva (¡hechos y no palabras!) nuestra solidaridad y entrega realizando al menos una buena acción con ese mendigo que espera a la puerta del supermercado, con esa mujer que está en la calle con dos niños, o ese anciano que va recogiendo las colillas…con ese vecino que está solo…
¡Que una sonrisa amable ya empieza a mitigar sus desamparos y penas!

Y que esa atención se transforme en entendimiento con los nuestros, y con los vecinos, y amigos, y con los no amigos, y con los empleados, y con los servidores.

Éste es el mensaje de la felicitación que este año, en estas fechas, inspira la realidad de nuestro entorno.

Y ése es el gran abrazo amigo, abrazo en la Navidad, que envío a los lectores y a quienes ni siquiera conocen este blog, a todos los hombres de buena voluntad, con el deseo ferviente de  
¡PAZ Y AMOR EN LA NAVIDAD!
Y como pequeño presente navideño, inserto el link de la bella "Canción para la Navidad", de José Luis Perales: https://www.youtube.com/watch?v=oQBPqSIZ1q8
 

"Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año".- Charles Dickens (1812-1870) Escritor británico. 

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA