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24 marzo 2014

Adolfo Suarez: Homenaje al hombre y al político ya mito de la democracia española

In memoriam
Comienzo este comentario poco después de aparecer en los medios de comunicación la noticia del inminente fallecimiento de Adolfo Suarez.
Compruebo que toda España (prensa, radio, televisión, políticos, pueblo en general) se ha conmovido ante el anuncio de la desaparición física de este personaje de la vida política española.
No es para menos.
Aunque tarde y no demasiado bien, se ha llegado a reconocer que Adolfo Suarez y el Rey, dirigiendo al pueblo español, fueron los artífices –hábiles y afortunados— de la transición política en España desde un régimen autoritario a una democracia.
Y ahora, cuando la perspectiva histórica permite analizar con mayor rigor y sosiego la obra y la gestión de Adolfo Suarez al frente del gobierno de España, su figura se agranda hasta límites extraordinarios.
No voy a relatar (ya mucho y muchos lo han hecho, y mejor que uno mismo) los hechos y actos en la política española de este abulense de pro, pero sí destacar que ha sido de los políticos más injustamente tratados durante su mandato en la presente etapa democrática española.
En aquellos tiempos en que asumió la presidencia del gobierno de España, que a tantos pareció una empresa descabellada y sin mínimas posibilidades de éxito, por su sospechada inexperiencia, Adolfo Suarez era un político de no de primera fila, adicto en apariencia a un régimen que se estaba consumiendo y era por tanto un dirigente que ofrecía “más de lo mismo”.
Aquella frase periodística de “¡Qué error! ¡Qué inmenso error!” que publicó el catedrático de Historia, Ricardo de la Cierva --bastante sectario en ocasiones-- al conocerse su nombramiento (aunque acabó siendo su ministro de Cultura, paradojas de la política), era un sentir casi general, porque pocos o nadie creían en las posibilidades de Suarez y mucho menos habían pensado que fuera la persona para conducir la transición política.
Tuve la suerte de vivir de cerca las inacabables sesiones de trabajo en el palacio de La Moncloa, en las que un grupo de aparentes “imberbes” de la política trataban de vertebrar una salida sin traumas hacia una democracia asentada en la monarquía parlamentaria, y comprobé que se trataba de personas de carne y hueso no demasiado famosas y sin "pedigrí", pero muy capacitadas y con grandes dosis de entusiasmo democrático,  lideradas por un Suarez mucho más de carne y hueso, pero aun más avispado y valiente Todos ellos desplegaron su generosidad y prudente osadía para sobrepasar prejuicios y tabúes y arriesgar su propio porvenir personal y político, con el único fin de propiciar una España mejor y eludir lo que se presentaba como una inevitable confrontación, mediante la concordia de todas las gentes y tendencias.
A fe que lo consiguieron, y ahí quedan los treinta y muchos años de democracia que, de una u otra manera, con más o menos vaivenes, venimos disfrutando.
Y todo se debió a un líder tenaz y ambicioso consigo mismo y con su cometido.
Cuando una inmensa tristeza por su definitiva marcha se entremezcla con los recuerdos de aquellos tiempos y la emoción frustra cualquier intento de elegía especial, baste decir que Adolfo Suarez ha sido siempre recordado, pero ahora, con su definitivo anclaje junto a las estrellas –tan discreta, tan silenciosamente— ha sembrado su recuerdo perenne como un líder en la eternidad.
Llegado fatalmente el óbito de este ya mito de la historia de España, casi sorprende la rara unanimidad que su figura concita, porque de todas partes, desde todas las ideologías y partidos, se le ensalza como el gran artífice y gestor de la transición democrática, obviándose los recuerdos de tantas y tantas traiciones, zancadillas, maledicencias, deslealtades y agresiones que hubo de sufrir. Especialmente de entre los que se proclamaban sus compañeros de empeño y no eran más que unos ambiciosos medradores.
Esos elogios, esa presentación de trayectoria perfecta es lo que tristemente suele acontecer cuando alguien transita al Más Allá. Bien está.
Con Adolfo Suárez ha acontecido lo mismo, pero al menos su muerte, después de tantos años de su ausencia mental, ha servido para que el pueblo español y sus dirigentes hagan algo de justicia a un hombre bueno, valiente y osado, clarividente y leal, que, como tantas veces repitió y bien demostró con su trayectoria, “entre España y Adolfo Suárez, yo siempre he elegido mi patria”.
Adolfo Suárez ya ha traspasado los umbrales de la historia vivida y queda anclado entre el mito y la leyenda.
“La grandeza de un hombre está en relación directa a la evidencia de su fuerza moral”.- John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) Político estadounidense.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA 

25 septiembre 2012

Efemérides: 25 de Septiembre, Adolfo Suarez, los mensajes de su silencio

“El buen arquero no es juzgado por sus flechas, sino por su puntería”.- Thomas Fuller (1610-1661) Clérigo y escritor británico. 

“Adolfo Suárez, el conductor de la Transición, cumple 80 años.
Una enfermedad ha borrado de su memoria el recuerdo de una parte esencial de la historia reciente de España
Un hombre con excepcionales dotes políticas. Así era quien hoy cumple 80 años, hasta que en 2003 una enfermedad degenerativa se llevó todos sus recuerdos. Hacía ya varios años que no recordaba muchos de los acontecimientos políticos de los que fue el protagonista indiscutible.
Doctor en Derecho, Director de Televisión Española durante el franquismo y presidente del Gobierno español, fueron algunos de los cargos que ocupó este abulense durante su vida. Pero sin duda, el papel por el que siempre será recordado fue el de ser el artífice de la Transición española.
Nacido en la localidad abulense de Cebreros, en 1932, tras pasar por Madrid para doctorarse en Derecho. regresó a Ávila para iniciarse en la política. Dentro del Movimiento, pasó por el Gobierno Civil de Ávila, el de Segovia, hasta que llegó a la dirección general de Radiodifusión y Televisión Española, cargo que ocupó desde 1968 hasta 1973, con un régimen que mostraba achaques cada vez mayores y se aproximaba a su defunción y la de su jefe de Estado. Suárez presenció la decadencia desde una localidad privilegiada, la de vicesecretario general del Movimiento.
Jurando como Presidente
El año 1976 fue el comienzo de la ‘carrera arquitectónica’ de Adolfo Suárez. El heredero de Franco, Juan Carlos I, cortó el hilo que daba continuidad al régimen, forzando la salida del presidente del gobierno Arias Navarro. Adolfo era el elegido por el rey para llevar a cabo los cambios que reclamaba el pueblo, y que no le podía negar.
La labor desempeñada por Suárez durante la Transición no pasó desapercibida a nivel internacional. Buen ejemplo de ello es que la prestigiosa publicación estadounidense Time dedicara su portada de junio de 1977 íntegramente al mandatario español. Estaba ilustrada con un primer plano del político y un texto que rezaba "España: la democracia gana".
Relevado por Calvo-Sotelo
Poco a poco, la Transición española va perdiendo a las figuras que la hicieron posible. En mayo de 2008 murió Leopoldo Calvo-Sotelo, expresidente de España entre febrero de 1981 (tras el intento de golpe de Estado) y diciembre de 1982. En enero de este mismo año fallecía el fundador del Partido Popular, Manuel Fraga Iribarne, que fue clave también en el paso que España dio hacia la democracia. Y el pasado martes fallecía Santiago Carrillo, es secretario general del PCE, que facilitó la gestión consensuada de la Transición a la democracia.
La última intervención pública de Adolfo Suárez tuvo lugar hace nueve años, en un mitin celebrado el 2 de mayo de 2003 en Albacete. Fue en un acto político para apoyar a su hijo (Adolfo Suárez Illana) que, enrolado en las filas del Partido Popular, disputaba la presidencia de Castilla-La Mancha. El mitin sirvió para evidenciar el avance de la enfermedad del primer presidente de la democracia. Durante su discurso, Suárez se perdió varias veces mientras leía sus notas e incluso llegó a leer en varias ocasiones el mismo folio. Acabó su mitin asegurando: "Bueno, para qué más discursos, lo que os quiero decir es que mi hijo es una persona de bien y que hará muy bien su trabajo".
Abrazado al rey
Su último mitin
Desde entonces su salud fue decayendo poco a poco. La última imagen que se conoce de él fue una fotografía que su propio hijo le hizo de espaldas abrazado al rey mientras ambos daban un paseo por el jardín de su finca en el barrio de La Florida (Madrid). En los últimos meses la familia decidió restringir las visitas que recibía Adolfo Suárez. Sus cuatro hijos (Adolfo, Laura, Javier y Sonsoles) eran su compañía regular, sus hermanos (Hipólito, Carmen, Ricardo y José María) también le visitaban con regularidad, además de su cuñado Aurelio Delgado. Algunos de sus mejores amigos como Gustavo Pérez Puig (antiguo realizador de televisión), Fernando Alcón (político abulense y amigo desde la infancia de Suárez) fueron poco a poco espaciando sus visitas, en parte por sus propios achaques de salud y en parte para ahorrarse ver a su amigo en la situación en la que se encontraba.
Fue en el verano de 2003 cuando la enfermedad que padece Adolfo Suárez, según cuenta su familia, se intensificó. Ese año perdió buena parte de sus facultades cognitivas y dejó de reconocer a sus más allegados. Cuentan también que su último acto de lucidez tuvo lugar en 2005. En la primavera de ese año, su hijo decidió que el cardenal Antonio Cañizares confesara al primer presidente de la democracia. El eclesiástico, sentado junto a Suárez en el jardín de su casa madrileña, le puso la mano sobre la rodilla y le dijo: "¿Quieres que te administre el perdón?", a lo que el abulense respondió: "Yo siempre estoy dispuesto a dar y pedir perdón".
(De “Levante El Mercantil Valenciano, 25/09/2012)
Suárez, desde el presente
Este 25 de septiembre cumple ochenta años don Adolfo Suárez. Mucho cabría decir del primer presidente democrático surgido de las cenizas del franquismo. Aunque, ante todo, rememorar a Suárez es evocar el proyecto de lo que Francisco Umbral solía llamar, con alguna ironía y mucha sorna, la Santa Transición.
Podría decirse que la transición ha vuelto a ponerse de moda. Para unos, como una nostalgia de tiempos mejores (aunque difíciles e inciertos). Para otros, porque creen quedar como muy progresistas, muy derechistas o muy inteligentes cuestionándola, rechazándola o proponiendo su rectificación. Sin atribuirme ningún criterio superior en el asunto, me reconozco, todo lo humildemente que se quiera, como “santificador” íntimo de la Transición, uno más de los que brotaron al consumarse aquélla, siguiendo el hilo de su primer relato oficial. Si se aspira a la objetividad es aconsejable dudar de los relatos oficiales, pues estos tienden a la legitimación de lo acaecido, a distorsionar el pasado dulcificándolo. Pero ni todos los relatos oficiales distorsionan igual ni la prudencia de ponerlos en cuestión obliga a rechazarlos de pleno y por defecto.
En la investidura de Calvo-Sotelo
Durante la transición se cometieron errores. ¿Quién puede dudarlo? Sus forjadores y responsables pudieron equivocarse y lo hicieron en alguna medida, empezando por el mismo Suárez y terminando por todos los ciudadanos de a pie que apoyaron el proceso. Esto se ve cada vez más claro gracias a la perspectiva que ahora aportan el paso del tiempo y la coyuntura de tensión, incertidumbre y crisis que hoy atraviesa España. Pero, a pesar de ello, a algunos la actual circunstancia española no deja de provocarnos cierta añoranza de personajes como Adolfo Suárez. Si miramos a nuestra clase política no encontraremos, desde luego, un carisma comparable al suyo. Pero más allá de ese factor de atracción se echa de menos, sobre todo, el famoso “espíritu de la transición”, expresión nebulosa y vaga con la que solía apelarse a una disposición, una actitud simple y esencialmente conciliatoria y patriótica a la que se vieron abocadas las élites políticas y el conjunto de la sociedad española tras la desaparición del general Franco y el establecimiento de una monarquía parlamentaria con voluntad de permanencia y aspiración democrática.
Se recuerda poco que las divergencias ideológicas que distinguieron entre sí a las variadas facciones políticas que condujeron el proceso de la transición fueron muy superiores a las que separan a los partidos de nuestros días (excepción hecha, claro está, de las fuerzas nacionalistas). Los franquistas más o menos reciclados (de ahí venían Suárez o Fraga, entre otros) coexistían, parlamentaban y llegaba a componendas y acuerdos con una izquierda aun escasamente reciclada (sobre todo en el ámbito del PCE); el primer partido que llegó al gobierno, la UCD liderada por Suárez, configuraba una amalgama en la que convivían sensibilidades y posiciones ideológicas bien distintas, como hasta cierto punto ocurrió también a su derecha e izquierda más próximas (Alianza Popular y PSOE, respectivamente). A diferencia de entonces, ningún socialista sueña ya con abolir el capitalismo ni ningún diputado de derechas puede ser acusado hoy con rigor de pretender abandonar a los ciudadanos a los vaivenes del mercado ni de promover la xenofobia (a diferencia, por cierto, de lo que ocurre en el resto de Europa). Sin embargo, lo que sobrevino a la transición fue la crecida de un partidismo y un sectarismo político irrestricto y atroz. Partidismo entendido como una propensión generalizada en el ámbito profesional de la política a adoptar como objetivo primero y último la toma y el mantenimiento del poder para el propio partido, mientras se ve al resto de los partidos sólo como adversarios o incluso como enemigos. Y sectarismo político, el cual explica en gran medida el partidismo, consistente en un punto de vista que iguala el éxito del partido en el que se milita (formal y/o sentimentalmente) al progreso del país, interpretando complementariamente el éxito de cualquier otro partido como una enfermedad nacional. Por supuesto, hay políticos que, por razones de carácter o coyunturales, son capaces de evaluar separadamente lo que es mejor para el propio partido y para el conjunto del país, hasta el punto de admitir que esas dos cosas no siempre tienen por qué coincidir. Y, de igual manera, existe un sector ciudadano que no vive sus preferencias políticas con fervor de hincha deportivo. Pero parece innegable que el partidismo y el sectarismo abundan y que están en la raíz de un déficit de colaboración que fue progresando en la política española a medida que se fueron dejando atrás los primeros años del regreso a la democracia.
Ahora, situados en una nueva etapa crítica y de máxima gravedad económica, un trance que pone en riesgo la continuidad del Estado del bienestar, junto con nuestra posición en Europa, y en el que las aspiraciones secesionistas son inflamadas por dirigentes cínicos e irresponsables, la voluntad de acuerdo que hizo posible la transición brilla por su ausencia. Nadie encarnó mejor que Adolfo Suárez esa voluntad que ahora falta. Ciertamente, fue un político de otro tiempo, tan distinto al que ahora vivimos. Con todo, cuando el olvido ha destruido ya su memoria personal, la figura moral del presidente Suárez no debería más que agigantarse en nuestra memoria colectiva.”
(Luis de la Corte Ibáñez, en “El Imparcial”, 24/09/2012)

En estos tiempos de tanta disensión y convulsiones en lo político, tanto egoísmo partidista y tan enorme crisis económica y social, llega en el día de hoy la efemérides del aniversario de Adolfo Suárez.
Este político español, tan esencial para la transición democrática, y tan vituperado y maltratado en aquellos tiempos desde todos los ámbitos de la vida política y social, se ha convertido con el paso de los años en paradigma de la generosidad del hombre dedicado al servicio público, y especialmente destinado a ejercer las más altas magistraturas de la nación.
Y lo más relevante es que ha llegado hasta nuestros días pero sin estar presente "de facto", aquejado de esa dramática enfermedad del mal de Alzheimer, que le ha y nos ha privado de contar ahora con lo que sería sin duda su valiosa opinión y sus inapreciables recuerdos y consejos.
Quien esto escribe tuvo la enorme suerte de conocer a Adolfo Suárez y convivir con él ya en los tiempos estudiantiles, cuando ya apuntaba a importantes responsabilidades políticas dentro de la estructura del régimen franquista, y el firmante iniciaba sus peripecias universitarias. Y desde entonces, de una u otra manera, siempre hemos mantenido un contacto afectuoso y en más de una ocasión intenso y directo, pese a que Adolfo alcanzó la presidencia del gobierno de España en tan convulsos y problemáticos tiempos como los que siguieron a la muerte de Franco.
Le recuerdo en sus tiempos de director general de Televisión Española, con la agilidad del joven gestor que se sabe destinado a más altas metas, de manera que cuando fue nombrado ministro secretario general del Movimiento, como se le preguntara si esa designación suponía su ya definitiva consagración al régimen del llamado Movimiento Nacional, él respondió que no ocultaba su ambición política, pero que entendía que lo mejor para España sería el cambio desde el propio régimen, especialmente previendo cuando éste se extinguiera.
Y no otra cosa aconteció al ser nombrado, de forma sorprendente, Presidente del segundo gobierno de Juan Carlos I (el anterior fue el inmovilista de Arias Navarro, el protegido de la mujer de Franco, tan coriáceo, inmovilista e incapaz como aquellos de cuya ideología provenía), pues se escuchó mucho más que ruido de sables en los cuarteles, y comentarios negativos en los ambientes políticos y periodísticos, que pueden resumirse en aquel titular de un puntero diario nacional: “!Qué error, qué inmenso error!”
Efectivamente, parecía que ese hombre elegido por el Rey bajo el astuto y sabio consejo del entonces Presidente de las Cortes, el clarividente Torcuato Fernández Miranda, iba a ser  o una marioneta o un político vacío e ineficaz, y sus pretensiones de cambio iban a resultar imposibles, entre otras razones porque carecía de apoyo político de grupos concretos.
Su Sucesor
Recuerdo varios paseos por el complejo de La Moncloa, junto con algunos amigos y más tarde colaboradores de Suárez, en los que éste reconoció que era un osado y tal vez un loco, pero que si había llegado hasta ese punto, debía actuar lo mejor posible y sin desfallecer pese a tanta opinión desfavorable y falta aparente de apoyos.
Y vaya si lo hizo.Y bien que lo hizo, porque aunque pesara a muchos sectores todavía anclados en la nostalgia de un régimen absolutista que había fenecido por consunción, Suárez impulsó la reforma política (auténtico “hara-kiri”de los políticos provinientes del antiguo régimen) y de ahí surgieron las primeras elecciones democráticas, y más tarde se consolidó la Constitución y la vida democrática, inclusive secuestrada por momentos en el intento de golpe de estado de 23 de Febrero de 1981.
En todo ello estuvo Adolfo Suárez y todo ello le costó su amargura y su salud, su vida, pero él sí supo renunciar a todo, con tal de obtener los objetivos en los que creía.
Su dimisión
Porque para él lo importante era conseguir el consenso por encima de todo. Y lo logró, no solamente domeñando las fuerzas de izquierda y calmando las de derechas, sino especialmente pactando, pactando y pactando, en todo el arco político intra y extraparlamentario y llegando a acuerdos como los Pactos de la Moncloa, que salvaron a España del caos económico y social.
Cuando las intrigas de quienes se llamaban sus amigos y socios del partido UCD (traidorzuelos y conspiradores de cafetería muchos de ellos), le abocaron a presentar la dimisión como Presidente del Gobierno, porque es cierto también que a lo lejos se escuchaba un cierto “ruido de sables”, y él quería dejar paso a la renovación, Adolfo Suárez pronunció en Palma de Mallorca, en el Congreso de UCD, en enero de 1981, en el que, ante su dimisión como presidente del partido, se debía nombrar nuevo presidente, una frase que recuerda quien esto escribe, porque define la personalidad del dimisionario: “Entre Adolfo Suárez y la UCD, yo he elegido sin dudar la UCD””. Y -añado yo- que entre Adolfo Suárez y España, él eligió España.
Y después de aquello, aun sintiendo la humana ambición de no salirse del entorno político, con un partidito –Centro Democrático y Social, CDS— sin futuro, se retiró.
Y ese retiro fue tan discreto, porque fue jalonándose de la pérdida de su esposa y de una hija por causa de malignos cánceres y porque su progresiva dolencia de Alzheimer solamente la conocimos de manera oficial con precisión cuando el Rey le visitó para entregarle el Toisón de Oro, a él, que ya era Duque de Suárez y Grande de España.
Y ese Adolfo Suárez, hoy vivo pero no presente, viene a ser hoy, en su 80 Aniversario, un ejemplo de entrega, generosidad y grandeza.Y sus silencios forzados son probablemente más significativos de lo que podrían ser sus comentarios.
El rey visita a Suárez
Porque hizo lo que pudo cuando debía hacerlo; y se marchó sin rechistar, dejando a la interpretación de la historia cuanto impulsó y realizó.
Con hombres y políticos así, probablemente hoy nos luciría esta España nuestra de una manera bien diferente.
Tal vez a este inolvidable y esencial personaje de la democracia española y de la transición hacia ella, habría que honrarle, parafraseando, de su tal vez añorada época “azul”, aquello de que “él ya eligió su camino; la línea recta, que es el camino más corto entre dos estrellas”

“Callando es como se aprende a oír; oyendo es como se aprende a hablar; y luego, hablando se aprende a callar”.- Diógenes Laercio (S. III AC-?) Historiador griego.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA