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11 marzo 2016

Esta España nuestra: Parálisis política y egoísmos galopantes. ¿Quo vadis, Hispania?

“Por la boca… Ni contigo ni sin ti

El tiempo se vuelve ahora en contra de Sánchez que tiene que intentar llegar a Junio y que su partido le permita la posibilidad de una nueva debacle electoral.

(Un artículo de Félix Gallardo en “El Confidencial”, 8/03/2016)
La pirueta consumada por Pedro Sánchez -con la ayuda, más que estimable, de Albert Rivera- solamente tiene efectos negativos incluso para los propios contorsionistas. Ambos han tenido que retorcerse y hacer auténticas cabriolas dentro de sus respectivos programas, y olvidar a toda prisa la campaña electoral y las promesas que hicieron, para firmar un acuerdo que, a la postre, no ha servido más que para empeorar la situación.
El tiempo que hasta hace poco corría en favor de
Pedro Sánchez, se le vuelve en contra y, además del intento de gobernar, va a tener que poner a contribución todas sus fuerzas para llegar a las hipotéticas elecciones de Junio con un partido que le permita ensayar la posibilidad de una nueva debacle electoral.
Por el momento, Sánchez se ha cerrado el camino –al menos el que está a la vista de todos- que le llevaría hasta Podemos, al maridarse con Ciudadanos. Sánchez, de la mano de Rivera, hace imposible una negociación con los independentistas y Sánchez sigue empecinado en decir no al Partido Popular, con lo que sus posibilidades son ahora más reducidas que antes del pacto.
Albert Rivera, no ha salido mejor parado. Si mantiene el pacto con el Partido Socialista lo tiene imposible con los populares y, en la otra banda, no está bien visto por Podemos y no puede pensar en nada que no
sea el rechazo frontal de los independentistas hacia Ciudadanos y de Ciudadanos hacia los que quieren la separación de España.
Así las cosas, cuando Pedro Sánchez saca pecho y se erige en relojero del reloj de la democracia, si no causara risa por la cursilería, sería hilarante por ser el único que piensa que el pacto ha servido para algo.
Rajoy, que con toda la razón se refugia en unas elecciones que ha ganado, devuelve pelota tras pelota en el frontón de las cesiones, de la negociación y del gran pacto. Razonamientos que son válidos para otros pagos europeos y no para una España en la que derecha e izquierda siguen enzarzadas como en el año 31 del siglo pasado.
Podemos -que se encrespa porque se siente traicionado por quien debería ser el adalid de la izquierda del cambio y del progreso, que dice que nada con Ciudadanos y que sueña con unos mejores resultados en unas posibles elecciones- es el que sale mejor parado en sus aspiraciones, porque lo más que puede perder, si no gobierna con la izquierda de Pedro Sánchez y de los independentistas, son vicepresidencias y carteras ministeriales que no estaban más que en una imaginación calenturienta y que ni el propio Iglesias se creyó nunca.
Y por si todo eso fuera poco, Patxi López presidiendo el cotarro.”
Van pasando los días y seguimos asistiendo al espectáculo de los intentos de unos y otros partidos y de sus políticos por conseguir apoyos de cualquier clase y a cualquier precio para consolidar una investidura de presidente que desde el principio se presentó como casi imposible.
En ese maremágnum de dimes y diretes, de “faroles”, de ataques, de desmentidos, cual en el teatro (“el tinglado de la antigua farsa”, que es la vida y más la política), ya se han perfilado las posiciones y ya se han esbozado las incapacidades y los previsibles ridículos.
Figura destacada con aparente orgullo revestido de soberbia viene siendo Pedro Sánchez, quien, pese a ser de menguado poder electoral, ya no sabe qué inventarse para seguir en la “palestra” y ocupar los noticieros, desde su casi repugnante apariencia de superioridad y de pureza democrática, negándose de una u otra manera a entrar en conversaciones
constructivas con el partido más votado, porque es bien consciente de que carece de argumentos para combatir el mejor resultado de éste.
Hasta que fracasó su investidura (ridículo total) este “chuleta” de falso progresismo se amparó en que el Rey le había encargado optar a la investidura, porque Rajoy había renunciado a ella.
Cierto, pero falso a la vez, porque para que la Corona le encargara la posible presidencia del gobierno hubo de prácticamente asegurarle que iba a contar con suficientes votos en el Congreso. Y ya se vio el ridículo al que llegó, con el doble de oposiciones a su intento.
Para llegar a la investidura, los sabihondos del PSOE se inventaron ese pacto con Ciudadanos que no se acaba de entender, porque o Albert Rivera ha perdido la “chaveta” (en román paladino, la sensatez) o no se concibe que se haya unido a quien, pese a decirse que hay un programa conjunto, se escora más a la izquierda que un “zurdo de las dos manos” y busca solamente las dobleces para protegerse de los ataques de sus propios compañeros de partido.
El muchachito Rivera, aspirando –según invoca— a parecerse al gran Adolfo Suárez (¡qué más quisiera!) presume de sentido democrático y de centrismo, cuando la realidad es que se ha dejado envolver por los cantos de sirena del que habla mucho de todo y tiene poco de veraz: Sánchez.
Y por el otro lado, Rajoy, la esfinge, el inmóvil, repitiendo aquello de la “fuerza más votada”, pero evitando prodigarse mucho, porque ¡oh, casualidad! (¿o no?) se siguen abriendo sospechas de actuaciones corruptas de los de su partido, espera que el tiempo vaya consumiendo la poca fuerza y credibilidad de Pedro Sánchez, el redentor…
Eso sí, mientras tanto, los de P(j)odemos, fieles a su esencia, se dedican a alborotar el gallinero, proclamando de mil maneras que nunca apoyarán a Sánchez mientras esté aliado con Rivera.
Y a mí se me antoja que Sánchez, desesperado, al final, acabará en los brazos de los podemitas, y tratará de obtener la presidencia del gobierno,
vendiendo y cambiando su honestidad política por ese “plato de lentejas” más que perecedero.
Como en España no estamos demasiado habituados a tanta jerigonza ni a tanto malandrineo, nos sorprende lo que acontece, pero lo más probable es que “por la boca muera el pez” de Sánchez, y Rivera se quede con la sentencia de que “Roma no paga a los traidores”, y Rajoy tal vez se decida a adoptar una postura positiva y activa. Y todo ello mientras los podemistas del “coleta” hagan como que se pelean entre ellos, para al final, ¡plash!, clavar el aguijón en beneficio de ellos mismos. O elecciones en las que ganarán mucho, o apoyo a un gobierno del “hablador” Sánchez, para devorarlo una vez constituido.
Y yo me pregunto; ¿Es que la corrupción galopante en Andalucía, con un montón de procesos sobre los EREs y otras trapacerías, con dos expresidente involucrados, no legitiman que se tilde también de foco de corrupción a su formación política? ¿Por qué nadie lo recuerda?
Los unos por los otros y la casa sin barrer…
En todas partes se cuecen habas y en la nuestra a calderadas…
¿No sería mejor celebrar de una vez elecciones
generales y acabar de una u otra manera con tan deprimente y lamentable espectáculo?
Y después nos quejamos de que la economía no mejora…
Volvamos a Mariano José de Larra: “¡Miquelarena, qué país…!”
¿Quo Vadis Hispania?
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

24 marzo 2014

Adolfo Suarez: Homenaje al hombre y al político ya mito de la democracia española

In memoriam
Comienzo este comentario poco después de aparecer en los medios de comunicación la noticia del inminente fallecimiento de Adolfo Suarez.
Compruebo que toda España (prensa, radio, televisión, políticos, pueblo en general) se ha conmovido ante el anuncio de la desaparición física de este personaje de la vida política española.
No es para menos.
Aunque tarde y no demasiado bien, se ha llegado a reconocer que Adolfo Suarez y el Rey, dirigiendo al pueblo español, fueron los artífices –hábiles y afortunados— de la transición política en España desde un régimen autoritario a una democracia.
Y ahora, cuando la perspectiva histórica permite analizar con mayor rigor y sosiego la obra y la gestión de Adolfo Suarez al frente del gobierno de España, su figura se agranda hasta límites extraordinarios.
No voy a relatar (ya mucho y muchos lo han hecho, y mejor que uno mismo) los hechos y actos en la política española de este abulense de pro, pero sí destacar que ha sido de los políticos más injustamente tratados durante su mandato en la presente etapa democrática española.
En aquellos tiempos en que asumió la presidencia del gobierno de España, que a tantos pareció una empresa descabellada y sin mínimas posibilidades de éxito, por su sospechada inexperiencia, Adolfo Suarez era un político de no de primera fila, adicto en apariencia a un régimen que se estaba consumiendo y era por tanto un dirigente que ofrecía “más de lo mismo”.
Aquella frase periodística de “¡Qué error! ¡Qué inmenso error!” que publicó el catedrático de Historia, Ricardo de la Cierva --bastante sectario en ocasiones-- al conocerse su nombramiento (aunque acabó siendo su ministro de Cultura, paradojas de la política), era un sentir casi general, porque pocos o nadie creían en las posibilidades de Suarez y mucho menos habían pensado que fuera la persona para conducir la transición política.
Tuve la suerte de vivir de cerca las inacabables sesiones de trabajo en el palacio de La Moncloa, en las que un grupo de aparentes “imberbes” de la política trataban de vertebrar una salida sin traumas hacia una democracia asentada en la monarquía parlamentaria, y comprobé que se trataba de personas de carne y hueso no demasiado famosas y sin "pedigrí", pero muy capacitadas y con grandes dosis de entusiasmo democrático,  lideradas por un Suarez mucho más de carne y hueso, pero aun más avispado y valiente Todos ellos desplegaron su generosidad y prudente osadía para sobrepasar prejuicios y tabúes y arriesgar su propio porvenir personal y político, con el único fin de propiciar una España mejor y eludir lo que se presentaba como una inevitable confrontación, mediante la concordia de todas las gentes y tendencias.
A fe que lo consiguieron, y ahí quedan los treinta y muchos años de democracia que, de una u otra manera, con más o menos vaivenes, venimos disfrutando.
Y todo se debió a un líder tenaz y ambicioso consigo mismo y con su cometido.
Cuando una inmensa tristeza por su definitiva marcha se entremezcla con los recuerdos de aquellos tiempos y la emoción frustra cualquier intento de elegía especial, baste decir que Adolfo Suarez ha sido siempre recordado, pero ahora, con su definitivo anclaje junto a las estrellas –tan discreta, tan silenciosamente— ha sembrado su recuerdo perenne como un líder en la eternidad.
Llegado fatalmente el óbito de este ya mito de la historia de España, casi sorprende la rara unanimidad que su figura concita, porque de todas partes, desde todas las ideologías y partidos, se le ensalza como el gran artífice y gestor de la transición democrática, obviándose los recuerdos de tantas y tantas traiciones, zancadillas, maledicencias, deslealtades y agresiones que hubo de sufrir. Especialmente de entre los que se proclamaban sus compañeros de empeño y no eran más que unos ambiciosos medradores.
Esos elogios, esa presentación de trayectoria perfecta es lo que tristemente suele acontecer cuando alguien transita al Más Allá. Bien está.
Con Adolfo Suárez ha acontecido lo mismo, pero al menos su muerte, después de tantos años de su ausencia mental, ha servido para que el pueblo español y sus dirigentes hagan algo de justicia a un hombre bueno, valiente y osado, clarividente y leal, que, como tantas veces repitió y bien demostró con su trayectoria, “entre España y Adolfo Suárez, yo siempre he elegido mi patria”.
Adolfo Suárez ya ha traspasado los umbrales de la historia vivida y queda anclado entre el mito y la leyenda.
“La grandeza de un hombre está en relación directa a la evidencia de su fuerza moral”.- John Fitzgerald Kennedy (1917-1963) Político estadounidense.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA 

17 octubre 2013

¡Hoy hablamos del gobierno! Cuando la inacción se disfraza de prudencia.- Los unos por los otros y la casa por barrer…


“DURAN ADVIERTE A RAJOY

Duran Lleida puede ser el mediador eficaz entre el Gobierno de Rajoy y la Generalidad de Junqueras y su marioneta Arturo Mas. El líder popular no puede seguir creyendo que la política del Ejecutivo catalán es solo una finta para obtener más dinero, para beneficiarse en el intercambio de cromos.

No es así. Durán Lleida lo ha dicho con claridad: “Si Rajoy no actúa habrá declaración unilateral de la independencia”. Mariano Rajoy es un hombre de buen sentido, un político constructivo y capaz. No puede seguir dominado por su eminencia gris y aceptar como dogma la táctica tórpida de Pedro Arriola: no ver nada, no oír nada, no decir nada. José María Aznar le recordó hace unos días en San Sebastián el error de esa política. Duran Lleida se lo ha repetido hoy en el Congreso de los Diputados: “Cuanto más tiempo pase sin hacer nada más se encoge la solución”.

Tiene razón Duran Lleida al reclamar a Rajoy “una respuesta de Estado”. El presidente del Gobierno debe coger el toro por los pitones astifinos de la secesión y lidiar la situación con ambas manos. Tras ponerse de acuerdo con CiU en el asunto arisco de la financiación, Mariano Rajoy tendrá que concordar con el PSOE, y en la medida de lo posible con el resto de los partidos, la reforma constitucional. En primer lugar porque es la única fórmula de incorporar al sistema a las nuevas generaciones, divorciadas del espíritu de la Transición. En segundo lugar porque, conforme al artículo 168 de la Carta Magna, la reforma constitucional termina en un referéndum. Los catalanes dispondrán así del derecho a decidir, como debe ser, junto al resto de los españoles pues, tras 500 años de historia unida, cualquier cuestión que afecte a la unidad de España corresponde decidirla al conjunto de los ciudadanos, conforme al espíritu y la letra de la Constitución.”

(Luis María ANSON,  de la Real Academia Española,en “El Imparcial”, 17/10/2013)
Las cuentas no le salen al PP: su parálisis barrunta una gran derrota
Llega el punto en el que las cosas en política ya no admiten más demoras
Por Antonio Martín Beaumont / “El Periodista Digital”, 17 de octubre de 2013
“Según los sondeos más proclives, el PP aún ganaría las elecciones pese a haber mandado a la abstención al 30% de sus votantes de 2011.

Tal premio es la consecuencia de tener enfrente un PSOE que no ha terminado de purgar sus culpas de la crisis y que, además, desorientado, demasiadas veces radicaliza en exceso su mensaje.

De todos modos, la actual victoria demoscópica -lo sabe bien Mariano Rajoy por propia experiencia- está llena de dudas. Porque en España nadie gana las elecciones, sino que se pierden. Y, en este sentido, las cosas pintan mal para los intereses populares.

Al ritmo actual, el Partido Popular no sólo no tendría en 2015 mayoría
suficiente para gobernar, sino que en las elecciones europeas de 2014 el socialismo de Alfredo Pérez Rubalcaba ya le superaría en votos incluso cayendo.

Con todo, el Gobierno de Rajoy debería estar agradecido, viendo que a pesar de cómo han ido las cosas en estos dos años, casi el 70% de quienes les dieron la confianza en las urnas son fieles aún. No lo pone fácil, desde luego.

Porque han sido meses de aguantar medidas amargas y noticias impopulares -incomprensibles muchas veces-, de tragar saliva ante los bandazos y ante el enigmático olvido de las ideas que forman parte del ADN del votante del PP.

Han sido años de comprobar que quienes desembarcaron en Normandía no desfilaron en París: peor todavía, se les ha fusilado al amanecer para que ni siquiera pudiesen estar presentes en las celebraciones de la capital gala.

Aunque todo tiene un límite. Y llega el punto en el que las cosas en política ya no admiten más demoras: o el PP arregla España o España arregla el PP... por la vía cruel, la de la sanción democrática. Fíjense si saben bien esto los barones regionales, que han empezado a maniobrar para resguardarse de la escabechina que producen las políticas de La Moncloa.

Los españoles tenemos que ver, ¡ya!, que la economía real se pone
en marcha, que los bancos dan crédito a empresas y familias, que el desempleo baja, que acaban las medicinas intragables que siempre afectan más a quienes tienen menos cada día... Los tiempos de la fe del carbonero han pasado.

Por no hablar de otros asuntos, como el desafío nacionalista, donde el ciudadano de a pie querría encontrarse con políticos que sean arquitectos sociales, y no con la trivialidad capaz de jactarse ante micrófonos estar tan desesperada que se comería un treintañero por los pies.

O el Partido Popular, como suele decirse, se pone inmediatamente las pilas, o en pocos meses el Gobierno de Rajoy va a entrar por una senda de descrédito parecida a la que se llevó por delante a José Luis
Rodríguez Zapatero. ¿Imposible? Ya, ya.

El que avisa no es traidor. Por eso nadie en Génova 13 debería rasgarse las vestiduras al escuchar al presidente de honor, José María Aznar, decir lo que dice en público y en privado.”


Como lo prometido es deuda, según el refranero popular, pues he de referirme al gobierno que “sufrimos” actualmente en España, después de haber “martilleado” repetidamente a los elementos de la oposición (¿democrática?).

Hora es ya de que comencemos a poner “los puntos sobre las íes” en lo referente al gobierno que encabeza Mariano Rajoy.

Antes de comenzar este comentario reparé en pensar que cuando un gallego asume determinadas responsabilidades, o hay que ser tan gallego como él, o difícilmente se alcanza a medir sus acciones y vaticinar el alcance de sus decisiones.

Me precio de conocer bastante bien a las gentes de Galicia, entrañables y deliciosas por más, pero sabias en su aparente cortedad, ya que saben usar muy bien las dimensiones y los efectos
del tiempo en la vida.

Y no puede olvidarse que Mariano Rajoy Brey es un gallego por los cuatro costados, forjado en esa deliciosa región y dotado de una sabiduría que le viene de sus ancestros.

Ahora bien, aunque ya se sabe que en la vida los gallegos suelen tener encima de su mesa ideal dos carpetas, denominadas, una, “asuntos que el tiempo resuelve” y la otra, “asuntos que ni el tiempo resuelve”, no todo es así, ni puede estereotiparse la formación de criterio y la forma de decidir de esas buenas gentes.

Y si nos trasladamos al ámbito de la política, en la que casi todo, por no decir que todo, vale, pues habría que recordar el refrán de “siéntate a la puerta de tu casa, y verás pasar el cadáver de tu enemigo”.

Bien, disquisiciones aparte, nadie puede negar al gobierno de Mariano Rajoy la resignada valentía con la que se vio forzado a acometer el saneamiento de la economía española, que había quedado hecha un erial después de que el partido predecesor en el gobierno ni sembrara ni recogiera esos brotes verdes que tanto anunció y que no tuvo
recato en proclamar para engañifar a la ciudadanía y dejar al siguiente ejecutivo la patata caliente de una crisis galopante y casi irresoluble.

 Hay que reconocer que, con ascética política espartana, el gobierno no lo hizo demasiado mal en lo económico, y de esta manera se ha comenzado a cesar en la recesión, y tal vez pronto vuelva el desarrollo económico; y hasta ahí, por mucho que haya gritado la oposición, cabría aplicar la frase de Don Quijote de “ladran Sancho, luego cabalgamos”.

Pero el peligro de la mayoría absoluta de que goza el ejecutivo en nuestro país, es que al final se utiliza de forma arrolladora, olvidando la esencia de la democracia, que es el pacto y la negociación. En ese contexto, está claro que a Rajoy y a su gobierno les viene faltando cintura política, ya que, aun oponiéndose a insensateces tan clamorosas como esa independencia de Cataluña que solamente al lunático de Artur Mas se le ocurre, mejor se pudo negociar sobre la reforma indudablemente necesaria de la educación, y de otra forma se pudo graduar la presión fiscal, de la que el inmisericorde ministro Montoro ha hecho “martillo de ciudadanos”, especialmente por la
salvajada de la subida del IVA.

Y en lo atinente a otros temas, hasta el propio gobierno no ha sabido zafarse de la presión de los opositores, más habituados a la “reyerta navajera”, sobre la corrupción que indudablemente ha contaminado al Partido Popular, aunque de ella no se han librado ni mucho menos los de la izquierda, que en Andalucía tienen una ensalada de excrementos malolientes en la cuestión de los ERES, y que han contaminado hasta los sindicatos (tan dignos y reivindicativos ellos, ¿¿¿???), pero sobre lo cual casi los miembros del gobierno y del partido que lo sustenta casi han tenido vergüenza de entrar.

La frase del Apocalipsis de que “porque no eres ni frío ni caliente, te vomitaré de mi boca”, podría aplicarse a la ligereza del gobierno, a la hora de acometer
las decisiones esenciales que España requiere, y que debían pasar por la negociación de un estilo y cauce común de consenso, al estilo del que Adolfo Suárez y Fernando Abril Martorell lograron instalar en nuestro país mediante los llamados Pactos de la Moncloa.

Cierto es que a Suárez todo ello, y la transición misma, le costó su carrera política, pero no puede olvidarse que el gobierno que lo hace mirando solamente el horizonte de su continuidad, cae presa de su propia cortedad de miras y de su falta de generosidad.

Si hay que arreglar un país, aunque cueste la no reelección, hágase, que el bien común está muy por encima de las intríguelas partidistas.

Pero, claro está que es más fácil predicar que dar trigo y estos populares de ahora ni se atreven a tomar por  decisiones, a costa de lo que sea.

!Cinco lobitos tiene la loba...!
Bien sabemos que cuando se encuentra a un gallego en una escalera nunca se sabe si sube o si baja, pero España demanda, requiere, exige, que el que gobierne lo haga con la generosidad y sacrificio que parece que con el estado de bienestar se nos han esfumado.

¿Tal vez Artur Mas, que solo va a la suya, podría dar lecciones de cómo empecinarse en algo y conseguirlo?

Como dicen los gallegos, en fin, “fazemos o que podemos”.

Conclusión: Los unos por los otros y nuestra casa nacional sigue sin barrer.

¡Que el Apóstol Santiago nos ampare! 

“Hay algunos obsesos de prudencia, que a fuerza de querer evitar todos los pequeños errores, hacen de su vida entera un solo error” Arturo Graf (1848-1913) Escritor y poeta italiano.

 SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA 

25 septiembre 2012

Efemérides: 25 de Septiembre, Adolfo Suarez, los mensajes de su silencio

“El buen arquero no es juzgado por sus flechas, sino por su puntería”.- Thomas Fuller (1610-1661) Clérigo y escritor británico. 

“Adolfo Suárez, el conductor de la Transición, cumple 80 años.
Una enfermedad ha borrado de su memoria el recuerdo de una parte esencial de la historia reciente de España
Un hombre con excepcionales dotes políticas. Así era quien hoy cumple 80 años, hasta que en 2003 una enfermedad degenerativa se llevó todos sus recuerdos. Hacía ya varios años que no recordaba muchos de los acontecimientos políticos de los que fue el protagonista indiscutible.
Doctor en Derecho, Director de Televisión Española durante el franquismo y presidente del Gobierno español, fueron algunos de los cargos que ocupó este abulense durante su vida. Pero sin duda, el papel por el que siempre será recordado fue el de ser el artífice de la Transición española.
Nacido en la localidad abulense de Cebreros, en 1932, tras pasar por Madrid para doctorarse en Derecho. regresó a Ávila para iniciarse en la política. Dentro del Movimiento, pasó por el Gobierno Civil de Ávila, el de Segovia, hasta que llegó a la dirección general de Radiodifusión y Televisión Española, cargo que ocupó desde 1968 hasta 1973, con un régimen que mostraba achaques cada vez mayores y se aproximaba a su defunción y la de su jefe de Estado. Suárez presenció la decadencia desde una localidad privilegiada, la de vicesecretario general del Movimiento.
Jurando como Presidente
El año 1976 fue el comienzo de la ‘carrera arquitectónica’ de Adolfo Suárez. El heredero de Franco, Juan Carlos I, cortó el hilo que daba continuidad al régimen, forzando la salida del presidente del gobierno Arias Navarro. Adolfo era el elegido por el rey para llevar a cabo los cambios que reclamaba el pueblo, y que no le podía negar.
La labor desempeñada por Suárez durante la Transición no pasó desapercibida a nivel internacional. Buen ejemplo de ello es que la prestigiosa publicación estadounidense Time dedicara su portada de junio de 1977 íntegramente al mandatario español. Estaba ilustrada con un primer plano del político y un texto que rezaba "España: la democracia gana".
Relevado por Calvo-Sotelo
Poco a poco, la Transición española va perdiendo a las figuras que la hicieron posible. En mayo de 2008 murió Leopoldo Calvo-Sotelo, expresidente de España entre febrero de 1981 (tras el intento de golpe de Estado) y diciembre de 1982. En enero de este mismo año fallecía el fundador del Partido Popular, Manuel Fraga Iribarne, que fue clave también en el paso que España dio hacia la democracia. Y el pasado martes fallecía Santiago Carrillo, es secretario general del PCE, que facilitó la gestión consensuada de la Transición a la democracia.
La última intervención pública de Adolfo Suárez tuvo lugar hace nueve años, en un mitin celebrado el 2 de mayo de 2003 en Albacete. Fue en un acto político para apoyar a su hijo (Adolfo Suárez Illana) que, enrolado en las filas del Partido Popular, disputaba la presidencia de Castilla-La Mancha. El mitin sirvió para evidenciar el avance de la enfermedad del primer presidente de la democracia. Durante su discurso, Suárez se perdió varias veces mientras leía sus notas e incluso llegó a leer en varias ocasiones el mismo folio. Acabó su mitin asegurando: "Bueno, para qué más discursos, lo que os quiero decir es que mi hijo es una persona de bien y que hará muy bien su trabajo".
Abrazado al rey
Su último mitin
Desde entonces su salud fue decayendo poco a poco. La última imagen que se conoce de él fue una fotografía que su propio hijo le hizo de espaldas abrazado al rey mientras ambos daban un paseo por el jardín de su finca en el barrio de La Florida (Madrid). En los últimos meses la familia decidió restringir las visitas que recibía Adolfo Suárez. Sus cuatro hijos (Adolfo, Laura, Javier y Sonsoles) eran su compañía regular, sus hermanos (Hipólito, Carmen, Ricardo y José María) también le visitaban con regularidad, además de su cuñado Aurelio Delgado. Algunos de sus mejores amigos como Gustavo Pérez Puig (antiguo realizador de televisión), Fernando Alcón (político abulense y amigo desde la infancia de Suárez) fueron poco a poco espaciando sus visitas, en parte por sus propios achaques de salud y en parte para ahorrarse ver a su amigo en la situación en la que se encontraba.
Fue en el verano de 2003 cuando la enfermedad que padece Adolfo Suárez, según cuenta su familia, se intensificó. Ese año perdió buena parte de sus facultades cognitivas y dejó de reconocer a sus más allegados. Cuentan también que su último acto de lucidez tuvo lugar en 2005. En la primavera de ese año, su hijo decidió que el cardenal Antonio Cañizares confesara al primer presidente de la democracia. El eclesiástico, sentado junto a Suárez en el jardín de su casa madrileña, le puso la mano sobre la rodilla y le dijo: "¿Quieres que te administre el perdón?", a lo que el abulense respondió: "Yo siempre estoy dispuesto a dar y pedir perdón".
(De “Levante El Mercantil Valenciano, 25/09/2012)
Suárez, desde el presente
Este 25 de septiembre cumple ochenta años don Adolfo Suárez. Mucho cabría decir del primer presidente democrático surgido de las cenizas del franquismo. Aunque, ante todo, rememorar a Suárez es evocar el proyecto de lo que Francisco Umbral solía llamar, con alguna ironía y mucha sorna, la Santa Transición.
Podría decirse que la transición ha vuelto a ponerse de moda. Para unos, como una nostalgia de tiempos mejores (aunque difíciles e inciertos). Para otros, porque creen quedar como muy progresistas, muy derechistas o muy inteligentes cuestionándola, rechazándola o proponiendo su rectificación. Sin atribuirme ningún criterio superior en el asunto, me reconozco, todo lo humildemente que se quiera, como “santificador” íntimo de la Transición, uno más de los que brotaron al consumarse aquélla, siguiendo el hilo de su primer relato oficial. Si se aspira a la objetividad es aconsejable dudar de los relatos oficiales, pues estos tienden a la legitimación de lo acaecido, a distorsionar el pasado dulcificándolo. Pero ni todos los relatos oficiales distorsionan igual ni la prudencia de ponerlos en cuestión obliga a rechazarlos de pleno y por defecto.
En la investidura de Calvo-Sotelo
Durante la transición se cometieron errores. ¿Quién puede dudarlo? Sus forjadores y responsables pudieron equivocarse y lo hicieron en alguna medida, empezando por el mismo Suárez y terminando por todos los ciudadanos de a pie que apoyaron el proceso. Esto se ve cada vez más claro gracias a la perspectiva que ahora aportan el paso del tiempo y la coyuntura de tensión, incertidumbre y crisis que hoy atraviesa España. Pero, a pesar de ello, a algunos la actual circunstancia española no deja de provocarnos cierta añoranza de personajes como Adolfo Suárez. Si miramos a nuestra clase política no encontraremos, desde luego, un carisma comparable al suyo. Pero más allá de ese factor de atracción se echa de menos, sobre todo, el famoso “espíritu de la transición”, expresión nebulosa y vaga con la que solía apelarse a una disposición, una actitud simple y esencialmente conciliatoria y patriótica a la que se vieron abocadas las élites políticas y el conjunto de la sociedad española tras la desaparición del general Franco y el establecimiento de una monarquía parlamentaria con voluntad de permanencia y aspiración democrática.
Se recuerda poco que las divergencias ideológicas que distinguieron entre sí a las variadas facciones políticas que condujeron el proceso de la transición fueron muy superiores a las que separan a los partidos de nuestros días (excepción hecha, claro está, de las fuerzas nacionalistas). Los franquistas más o menos reciclados (de ahí venían Suárez o Fraga, entre otros) coexistían, parlamentaban y llegaba a componendas y acuerdos con una izquierda aun escasamente reciclada (sobre todo en el ámbito del PCE); el primer partido que llegó al gobierno, la UCD liderada por Suárez, configuraba una amalgama en la que convivían sensibilidades y posiciones ideológicas bien distintas, como hasta cierto punto ocurrió también a su derecha e izquierda más próximas (Alianza Popular y PSOE, respectivamente). A diferencia de entonces, ningún socialista sueña ya con abolir el capitalismo ni ningún diputado de derechas puede ser acusado hoy con rigor de pretender abandonar a los ciudadanos a los vaivenes del mercado ni de promover la xenofobia (a diferencia, por cierto, de lo que ocurre en el resto de Europa). Sin embargo, lo que sobrevino a la transición fue la crecida de un partidismo y un sectarismo político irrestricto y atroz. Partidismo entendido como una propensión generalizada en el ámbito profesional de la política a adoptar como objetivo primero y último la toma y el mantenimiento del poder para el propio partido, mientras se ve al resto de los partidos sólo como adversarios o incluso como enemigos. Y sectarismo político, el cual explica en gran medida el partidismo, consistente en un punto de vista que iguala el éxito del partido en el que se milita (formal y/o sentimentalmente) al progreso del país, interpretando complementariamente el éxito de cualquier otro partido como una enfermedad nacional. Por supuesto, hay políticos que, por razones de carácter o coyunturales, son capaces de evaluar separadamente lo que es mejor para el propio partido y para el conjunto del país, hasta el punto de admitir que esas dos cosas no siempre tienen por qué coincidir. Y, de igual manera, existe un sector ciudadano que no vive sus preferencias políticas con fervor de hincha deportivo. Pero parece innegable que el partidismo y el sectarismo abundan y que están en la raíz de un déficit de colaboración que fue progresando en la política española a medida que se fueron dejando atrás los primeros años del regreso a la democracia.
Ahora, situados en una nueva etapa crítica y de máxima gravedad económica, un trance que pone en riesgo la continuidad del Estado del bienestar, junto con nuestra posición en Europa, y en el que las aspiraciones secesionistas son inflamadas por dirigentes cínicos e irresponsables, la voluntad de acuerdo que hizo posible la transición brilla por su ausencia. Nadie encarnó mejor que Adolfo Suárez esa voluntad que ahora falta. Ciertamente, fue un político de otro tiempo, tan distinto al que ahora vivimos. Con todo, cuando el olvido ha destruido ya su memoria personal, la figura moral del presidente Suárez no debería más que agigantarse en nuestra memoria colectiva.”
(Luis de la Corte Ibáñez, en “El Imparcial”, 24/09/2012)

En estos tiempos de tanta disensión y convulsiones en lo político, tanto egoísmo partidista y tan enorme crisis económica y social, llega en el día de hoy la efemérides del aniversario de Adolfo Suárez.
Este político español, tan esencial para la transición democrática, y tan vituperado y maltratado en aquellos tiempos desde todos los ámbitos de la vida política y social, se ha convertido con el paso de los años en paradigma de la generosidad del hombre dedicado al servicio público, y especialmente destinado a ejercer las más altas magistraturas de la nación.
Y lo más relevante es que ha llegado hasta nuestros días pero sin estar presente "de facto", aquejado de esa dramática enfermedad del mal de Alzheimer, que le ha y nos ha privado de contar ahora con lo que sería sin duda su valiosa opinión y sus inapreciables recuerdos y consejos.
Quien esto escribe tuvo la enorme suerte de conocer a Adolfo Suárez y convivir con él ya en los tiempos estudiantiles, cuando ya apuntaba a importantes responsabilidades políticas dentro de la estructura del régimen franquista, y el firmante iniciaba sus peripecias universitarias. Y desde entonces, de una u otra manera, siempre hemos mantenido un contacto afectuoso y en más de una ocasión intenso y directo, pese a que Adolfo alcanzó la presidencia del gobierno de España en tan convulsos y problemáticos tiempos como los que siguieron a la muerte de Franco.
Le recuerdo en sus tiempos de director general de Televisión Española, con la agilidad del joven gestor que se sabe destinado a más altas metas, de manera que cuando fue nombrado ministro secretario general del Movimiento, como se le preguntara si esa designación suponía su ya definitiva consagración al régimen del llamado Movimiento Nacional, él respondió que no ocultaba su ambición política, pero que entendía que lo mejor para España sería el cambio desde el propio régimen, especialmente previendo cuando éste se extinguiera.
Y no otra cosa aconteció al ser nombrado, de forma sorprendente, Presidente del segundo gobierno de Juan Carlos I (el anterior fue el inmovilista de Arias Navarro, el protegido de la mujer de Franco, tan coriáceo, inmovilista e incapaz como aquellos de cuya ideología provenía), pues se escuchó mucho más que ruido de sables en los cuarteles, y comentarios negativos en los ambientes políticos y periodísticos, que pueden resumirse en aquel titular de un puntero diario nacional: “!Qué error, qué inmenso error!”
Efectivamente, parecía que ese hombre elegido por el Rey bajo el astuto y sabio consejo del entonces Presidente de las Cortes, el clarividente Torcuato Fernández Miranda, iba a ser  o una marioneta o un político vacío e ineficaz, y sus pretensiones de cambio iban a resultar imposibles, entre otras razones porque carecía de apoyo político de grupos concretos.
Su Sucesor
Recuerdo varios paseos por el complejo de La Moncloa, junto con algunos amigos y más tarde colaboradores de Suárez, en los que éste reconoció que era un osado y tal vez un loco, pero que si había llegado hasta ese punto, debía actuar lo mejor posible y sin desfallecer pese a tanta opinión desfavorable y falta aparente de apoyos.
Y vaya si lo hizo.Y bien que lo hizo, porque aunque pesara a muchos sectores todavía anclados en la nostalgia de un régimen absolutista que había fenecido por consunción, Suárez impulsó la reforma política (auténtico “hara-kiri”de los políticos provinientes del antiguo régimen) y de ahí surgieron las primeras elecciones democráticas, y más tarde se consolidó la Constitución y la vida democrática, inclusive secuestrada por momentos en el intento de golpe de estado de 23 de Febrero de 1981.
En todo ello estuvo Adolfo Suárez y todo ello le costó su amargura y su salud, su vida, pero él sí supo renunciar a todo, con tal de obtener los objetivos en los que creía.
Su dimisión
Porque para él lo importante era conseguir el consenso por encima de todo. Y lo logró, no solamente domeñando las fuerzas de izquierda y calmando las de derechas, sino especialmente pactando, pactando y pactando, en todo el arco político intra y extraparlamentario y llegando a acuerdos como los Pactos de la Moncloa, que salvaron a España del caos económico y social.
Cuando las intrigas de quienes se llamaban sus amigos y socios del partido UCD (traidorzuelos y conspiradores de cafetería muchos de ellos), le abocaron a presentar la dimisión como Presidente del Gobierno, porque es cierto también que a lo lejos se escuchaba un cierto “ruido de sables”, y él quería dejar paso a la renovación, Adolfo Suárez pronunció en Palma de Mallorca, en el Congreso de UCD, en enero de 1981, en el que, ante su dimisión como presidente del partido, se debía nombrar nuevo presidente, una frase que recuerda quien esto escribe, porque define la personalidad del dimisionario: “Entre Adolfo Suárez y la UCD, yo he elegido sin dudar la UCD””. Y -añado yo- que entre Adolfo Suárez y España, él eligió España.
Y después de aquello, aun sintiendo la humana ambición de no salirse del entorno político, con un partidito –Centro Democrático y Social, CDS— sin futuro, se retiró.
Y ese retiro fue tan discreto, porque fue jalonándose de la pérdida de su esposa y de una hija por causa de malignos cánceres y porque su progresiva dolencia de Alzheimer solamente la conocimos de manera oficial con precisión cuando el Rey le visitó para entregarle el Toisón de Oro, a él, que ya era Duque de Suárez y Grande de España.
Y ese Adolfo Suárez, hoy vivo pero no presente, viene a ser hoy, en su 80 Aniversario, un ejemplo de entrega, generosidad y grandeza.Y sus silencios forzados son probablemente más significativos de lo que podrían ser sus comentarios.
El rey visita a Suárez
Porque hizo lo que pudo cuando debía hacerlo; y se marchó sin rechistar, dejando a la interpretación de la historia cuanto impulsó y realizó.
Con hombres y políticos así, probablemente hoy nos luciría esta España nuestra de una manera bien diferente.
Tal vez a este inolvidable y esencial personaje de la democracia española y de la transición hacia ella, habría que honrarle, parafraseando, de su tal vez añorada época “azul”, aquello de que “él ya eligió su camino; la línea recta, que es el camino más corto entre dos estrellas”

“Callando es como se aprende a oír; oyendo es como se aprende a hablar; y luego, hablando se aprende a callar”.- Diógenes Laercio (S. III AC-?) Historiador griego.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA