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09 noviembre 2020

A propósito de las elecciones USA: Trump se autodestruye en su paranoia.- ¿Sirve de ejemplo para España?


"La "amarga victoria" de Joe Biden  Pedro J. Ramírez  @pedroj_ramirez, 8 noviembre, 2020. en “El Español”)

“Dentro de cuatro meses se cumplirán 25 años -cómo pasa la vida- de ese 3 de marzo de 1996 en el que aconteció la “amarga victoria” de Aznar. Así quedó caracterizada en el título de mi libro sobre aquella elección histórica, en justa correspondencia con la “dulce derrota” de González, que se apresuró a proclamar Guerra.

El resultado no fue, ni de lejos, el que casi todos esperábamos. Aznar se fue a dormir al borde del llanto y Ana Botella se sinceró ante su todavía común amigo Juan Villalonga: “Cuando dejamos el gobierno de Castilla y León, tuvimos que pedir un crédito para irnos de vacaciones. Y estos, que han hecho lo que han querido, que han metido la mano en la caja, se van a ir de esta manera. No es justo”.

Lo ocurrido esta semana en Estados Unidos tiene cuatro grandes similitudes con aquellos hechos. La primera, el fracaso reincidente de las encuestas. En España se equivocaron en el 93, pronosticando un empate, cuando González ganó por cuatro puntos; y se equivocaron aún más en el 96, de manera que los entre ocho y diez puntos de margen del PP, se quedaron en poco más de uno.

En Estados Unidos la cómoda ventaja de entre seis y siete puntos de Biden ha estado a punto de evaporarse, como se evaporó hace cuatro años la de Hillary. De nuevo, suspenso a la demoscopia.

La segunda similitud es el desprecio del incumbente hacia su adversario. González ridiculizaba a Aznar, como Trump a Biden. “¿Os imagináis a Aznar presidiendo la Unión Europea?”, preguntaba sardónicamente el líder del PSOE en los mítines, para obtener de la audiencia un “noooo”, tan coral como gregario.

Algo parecido a lo que hizo Trump, mostrando en Grand Rapids (Michigan) un vídeo en el que el tartamudeo congénito de Biden era más perceptible de lo habitual, para exclamar, entre las risotadas de sus seguidores: “¡Cómo me va a ganar un tipo así!”.

La tercera coincidencia, derivada de la anterior, es el mal perder del derrotado. Si hay una imposibilidad metafísica, darwiniana casi de que “un tipo así”, tan poco

carismático, tan modesto en apariencia, derrote al gran líder en buena lid, entonces habrá que buscar otra explicación más enrevesada.

Como el sistema electoral español apenas tiene grietas y el escrutinio lo supervisó su propio gobierno, González se aferró a teorías de la conspiración como la de la “pinza” –“Aznar y Anguita, la misma mierda son”- o la del “sindicato del crimen”, en cuyo epicentro me colocaba.

Lo que Trump cuestiona es la limpieza del recuento del voto por correo y, por lo tanto, el resultado mismo, desplegando toda una batería de acusaciones histriónicas, como bombardeo previo a la ofensiva de su infantería jurídica. Que Twitter haya marcado sus mensajes como “engañosos” o que la propia Fox se haya desmarcado de ellos, son buenos indicios de su inconsistencia.

La cuarta coincidencia, la más trascendente e inquietante, es la condensada en ese “han hecho lo que han querido”… y no han tenido el castigo que se merecían, explicitado a medias por Ana Botella.

El corolario castizo habría sido “…y se van a ir de rositas”.

En el caso del gobierno felipista, lo que ‘quisieron hacer’ e hicieron incluía el terrorismo de Estado, el saqueo de los fondos reservados, la obstrucción a la justicia o la protección a la corrupción circundante. En el de Trump, toda la inconcebible sucesión de agravios a los valores democráticos y abusos de poder sin cuento: desde los apaños con el Kremlin a la incitación a la violencia policial; desde la utilización de la Casa Blanca para promover los

negocios de la familia presidencial a los disparates negacionistas sobre la Covid. Según el respetado politólogo Mark Lilla, esta sucesión de episodios inauditos ha dejado en millones y millones de norteamericanos “la sensación de que ya no reconocen a su país”.

Estamos hablando de que grandes ‘crímenes’, en términos políticos, han desembocado en pequeños ‘castigos’ electorales, quebrando así el sentido de la proporción entre el daño causado, o al menos percibido, y el veredicto de unas urnas, anunciadas con la solemne trompetería del juicio final. Si ni siquiera en el Valle de Josafat del final de una legislatura se obtiene la reparación debida, todo sentido de la moral pública, toda fe en la decencia de quien gobierna, se evapora en el éter de la resignación o el cinismo.

Al menos, hace un cuarto de siglo, la “amarga victoria” de Aznar sirvió para impedir que se perpetuara un régimen personalista que duraba ya trece años. Aquella agónica investidura, a trancas y barrancas, dio paso a un tiempo nuevo con oportunidades de regeneración, aprovechadas sólo a medias.

Ahora, en Estados Unidos, asistimos al esperpento de este caudillo machista y xenófobo, tan hobachón por fuera, tan frenético por dentro, negándose a aceptar el resultado de las elecciones y poniendo en marcha una espiral de protestas callejeras, en la que ya aparecen manifestantes armados, mientras él aprieta el gatillo de sus mayúsculas, gritando “FRAUDE” y “ROBO”.

Para 'Ubu Trump' la más zafia desvergüenza es una mera cláusula de estilo. Tiene derecho, por supuesto, a apelar a todas las garantías del sistema, pero, como gran parte de los propios líderes republicanos subraya, hasta la fecha no ha aportado prueba alguna que sustente sus alegaciones.

Es significativo que la misma actitud le sirva tanto para pedir que se dejen de contar los votos donde va ganando, como para pedir que se sigan contando donde va perdiendo o que se vuelvan a contar donde ha perdido. Como lo es también que quien la misma noche electoral se apresuró a proclamarse ganador sin cautela alguna, exija a Biden que no lo haga ahora cuando la suerte de las urnas ya está decantada.

Es obvio que Trump no va a resignarse. Aunque la atribución de delegados en el colegio electoral haya arrojado un triunfo claro de Biden, lo ajustado del resultado en estados como Wisconsin, Michigan, Pennsylvania o Georgia, en los que la anulación de unos miles de votos supondría un vuelco de la situación, prolongará la batalla en los tribunales y mantendrá la incertidumbre durante semanas.

Al final, lo más probable es que Joe Biden se convierta, el 20 de enero, en el segundo presidente católico y de origen irlandés de los Estados Unidos y que en su Inauguration Day escuchemos un mensaje conciliador, plagado de connotaciones kenedianas y referencias a los Padres Fundadores y al sentido profundo de la democracia norteamericana.

Pero la posibilidad de intentar restaurar esos valores no habrá sido ni el fruto de un mandato claro para hacerlo, ni sobre todo, la consecuencia de una descalificación rotunda de quien los ha vulnerado con zafiedad y contumacia. Ese es el actual drama americano.

***

Probablemente el idealismo de mi generación, respecto a los Estados Unidos, esté basado en un precedente poco menos que irrepetible. Me refiero a la imagen del helicóptero del dimitido Richard Nixon, despegando del jardín de la Casa Blanca, como si estuviera siendo extirpado del Despacho Oval, bajo el oprobioso zumbido de la culpa.

Era el 9 de agosto de 1974 y yo, que había seguido in situ y con fascinación aún adolescente los acontecimientos, creí ver en el vuelo sin retorno de aquel abejorro la plasmación histórica del programa radiofónico El criminal nunca gana, que tanto me sobrecogía de niño.

La equivalencia entre “Dick el Tramposo” y Trump, es mucho más que fonética. Empezando, desde luego, por su enfermiza animadversión a la prensa y su endémica adicción a la mentira.

Sin embargo, ya sabemos que ahora no viviremos un desenlace reparador, parecido al de aquella tragedia griega, en la que Gerald Ford ejerció de mensajero de los dioses, para proclamar: “Nuestra larga pesadilla nacional ha terminado”.

Lo recuerdo con el escalofrío de los creyentes en esa democracia que los españoles aún anhelábamos importar: “Our long national nightmare is over”. Quién pudiera repetirlo ahora, en las actuales circunstancias de nuestro país.

Pero tampoco en Estados Unidos ha terminado esta vez la pesadilla, ni mucho menos. Al contrario. Aunque no se quede Trump -y hasta que le veamos salir, no lo creeremos- se quedará el trumpismo, convertido, como acaba de escribir Fintan O’Toole, en una especie de versión estadounidense del peronismo. Setenta millones de votos lo respaldan.

Es evidente que, además de las encuestas, nos hemos vuelto a equivocar todos los empeñados en medir la política norteamericana por los baremos de las pasadas décadas. La división entre el liberalismo de las dos costas y el conservadurismo de casi todo lo que hay en medio, con el noreste de los Grandes Lagos y el “cinturón del óxido” cómo árbitros, no es nueva.

La novedad es la radicalización de esa “Middle America”, embriagada por un inquietante cóctel de nacionalismo barato, fundamentalismo religioso, negacionismo climático, aislacionismo internacional y agresividad hacia todo lo que rezume intelectualismo.

Como Perón en Argentina, Trump aparece no como un líder coyuntural, sino como la encarnación del mito de una grandeza americana, basada en ideas tan trasnochadas y simplonas como fácilmente reciclables a través de las redes sociales. Eso es el populismo.

Ya sólo faltaba que el caudillo redentor cogiera la Covid y saliera a los tres días de su sepulcro hospitalario, en un oportuno acto de resurrección, justo a tiempo de subirse a la última ola de la campaña. Seguro que la taumaturgia o la baraka del charlatán, que venció a la pandemia, le ayudó a recortar tanto la ventaja de Biden.

***

Veremos hasta donde llegan las marrullerías de Trump, en su renuencia a traspasar ordenadamente el poder. Lo que trasluce esa actitud es precisamente la antítesis del patriotismo del que tanto alardea, pues supone negar la quintaesencia de una comunidad nacional que lleva la unidad -y por lo tanto la pluralidad- hasta en su razón social.

Es lo que denunció Casado en su catilinaria contra Vox. El “antipluralismo”, perfectamente extensible a Podemos o a los separatismos identitarios. “All your strength is your union”, escribió Longfellow en uno de los pasajes de La canción de Hiawatha que más le gustaba recitar a Lincoln. “Toda vuestra fuerza está en vuestra unión”.

El mismo Lincoln que proclamaba que “la unidad de los Estados” era un mandato “escrito en el cielo”, y que eso le obligaba a “aplastar la rebelión” sudista “por la fuerza”, dejó escrito en un sobre lacrado que si no lograba la reelección -como daba por hecho que ocurriría, dado el mal rumbo de la guerra- cumpliría “con el deber de cooperar con el presidente electo”, aunque se tratara del general McClellan, al que tanto detestaba, por su falta de ímpetu militar.

Remontándonos a los Padres Fundadores, nada ofendía tanto a Washington como que le achacaran motivos partidistas en las grandes decisiones en las que siempre buscaba el consenso. “No pertenezco a ningún partido”, aseguró su sucesor, John Adams, al imponerse por sólo tres votos a Jefferson, en una supuesta confrontación entre federalistas y antifederalistas. Poco después escribió, desolado, a su esposa Abigail: “Las rivalidades se han exacerbado hasta extremos de locura”.

No sería ese un mal epitafio para la era Trump, cuando el último clavo cierre su ataúd político. Seguro que él preferiría la famosa cita de Andrew Jackson -“He nacido para la tormenta y la calma no me conviene”-, aunque no le llegue al “Viejo Nogal” –“Old Hickory”- en integridad, valor y genuino patriotismo ni a la suela del zapato.

Pero, tras la ‘locura’ y la ‘tormenta’, puede en efecto volver la ‘calma’. Post nubila Phoebus. Y si alguien puede traerla o al menos impulsarla, desde el que sigue siendo el despacho más poderoso de la tierra, es Joe Biden, este hombre

tranquilo que ha predicado la “paciencia” para digerir su “amarga victoria” y se ha ofrecido para “curar las heridas” de la nación, con el mismo esmero con que tuvo que curar las suyas, cuando hace casi medio siglo perdió a su primera mujer en un tremendo accidente de tráfico y cuando hace cinco años vio extinguirse, víctima de un tumor, al fiscal Beau Biden, el hijo en el que tenía depositadas todas sus ilusiones de continuidad vital y política.

Bien está lo que bien acaba. Al final puede que los Estados Unidos hayan encontrado, de nuevo, un agónico camino para regenerarse, al sustituir, en plena pandemia, a un líder que sabe muy bien lo que es el éxito por otro que ya conoce muy de cerca el rostro del dolor”

(Publicado en “El Español”)

El  artículo de Pedro J. Ramírez podría relevarme de muchos más comentarios, porque bastantes de sus afirmaciones son suscribibles (hay otros aspectos discutibles).

Por lo acontecido en los Estados Unidos de América, casi resulta obvio que el histriónico, histérico, atrabiliario, manipulador y falso derechista de Trump ha venido a recibir la adecuada réplica y sanción por parte de una buena parte del electorado norteamericano, que se ha sustraído de tanta mentecatez, tanta chulería barriobajera y tanta antidemocrática decisión del grandón millonario, que hasta se tiñe los cabellos de rubio para encubrir las canas de una cabeza que oculta una mente enfermiza y dislocada.

Ha tenido que ser el gris Joe Biden, casi un “obrero de la política”, quien, desde la normalidad y autocontrol, ha desmontado la barraca inestable del aparente extremismo de derechas trumpense que más bien encubría un cesarismo a la americana, es decir, un egocentrismo sin fundamento ni menos calidad.

No quiero abundar más en el tema de las elecciones de Norteamérica, que sobrados y más autorizados analistas hay en la viña del periodismo, pero no me puedo sustraer a las reflexiones que lo acontecido me suscita respecto del galimatías en que se ha convertido la política en España.

De una parte, Pedro I “el Sánchez”, investido por sí mismo del aura de omnisciencia y omnipotencia para redimir (en apariencia) al país, proclama siempre las bondades y eficacia de su gestión, mientras

no ha sabido ni podido atajar tan tremendo drama social y sanitario como la pandemia del Covil-19, ha destrozado el sistema educativo y va camino de convertirse en el “mentiroso mayor del reino”

De otro lado, el “diablo cojuelo”  de Pablo Iglesias, el revolucionario iconoclasta que vampiriza al entregado socialismo, se dedica a “matar moscas con el rabo”, alborotando desde los ministerios de su manceba Irene Montero, de su valido Garzón (el político, porque el juez del mismo apellido es aún peor), y de esos garrapateros acólitos de Errejón y Monedero. Y de esta guisa, nos desayunamos un día con que el español deja de ser la lengua vehicular oficial (ahora se atribuye eso a los socialistas); que hay que liberar casi totalmente la eutanasia; que hay que facilitar a las nenas menores de edad la posibilidad de abortar cuando y como quieran, etcétera, etcétera. ¡Y la economía al garete!

En definitiva, quienes dicen gobernarnos se dedican, al más fiel estilo “trumpista”, a buscar tropelías que realizar, amparándose en

el poder que les ha drogado y les ha hecho prescindir fácilmente de sus “puros” principios izquierdistas. Ahora hay que compadecer a los etarras que pierden la vida (porque se suicidan) y neutralizar la memoria de los cientos, tal vez miles, de víctimas del terrorismo.

Lo dicho: el “desgobierno” de España nos está obsequiando con toda la gama de barbaridades de que son capaces sus impresentables (casi todos) miembros.

Tal vez, cuando por fin fenezca este actual gobierno, podamos repetir, y quizá alborozados, aquello que rememora Pedro J. Ramírez: “será una amarga victoria”. 

Con ribetes de satisfacción, sin duda.

"Tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores"

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

21 enero 2017

La que se avecina: Trump llega a la Casa Blanca envuelto en patrioterismo.- Como en la fábula del escorpión y la rana…al final…


“PATRIOTERISMO DEL CÉSAR

En medio de la cutrez general del acto de juramento presidencial celebrado en Washington, Donald Trump pronunció un discurso especialmente esperado. Fue una soflana patriotera, no patriótica, bien interpretada con una oratoria eficaz en la palabra, el énfasis y la expresión corporal. He repasado con atención el resumen de prensa que todos los días me pasan. En Estados Unidos, con las debidas excepciones, el discurso ha gustado en general; en el resto del mundo,
ha alarmado. Conviene, en todo caso, que los dirigentes occidentales y orientales no pierdan la calma y esperen con serenidad a que la Casa Blanca aprisione a su nuevo inquilino.
Hace unos meses escribí que se había iniciado la carrera en pelo para encaramarse al carro del vencedor. En Estados Unidos, y no solo en Estados Unidos, los oportunistas, los lameculos, los babosos, los arribistas, los tiralevitas, los pelotas, los periodistas alfombra y los políticos de pantalón gris, prenda que va bien con todas las chaquetas, pelean por ocupar la primera fila y disfrutar del placer imperial de contemplar al César. España es un virreinato tributario de Estados Unidos. También lo son Francia, Alemania o Italia. El Imperio permite la presunción de soberanía a sus virreinatos pero, eufemismos aparte, las bases militares estadounidenses definen la realidad. Vivimos en la pax americana. Tras concluir la Guerra Mundial, desguazado el portaviones imperial británico, derrotada la Unión Soviética con la caída del muro de Berlín, la fuerza colosal de los Estados Unidos de América -militar, económica y, sobre todo, tecnológica- se impone con escasas resistencias. Por eso la gestión presidencial en aquella nación interesa en una buena parte de los países del mundo como una cuestión de política interior. En la gran nación americana el mando real no corresponde al presidente sino al Pentágono, a los servicios de inteligencia y al gigantesco entramado financiero. La política estadounidense es muy parecida esté en el poder Nixon, Carter, Bush o Clinton. Desde el templo de Juno, los gansos sagrados del Capitolio graznan airados si algún presidente se desmanda. La endeblez de Hillary Clinton favoreció de forma decisiva a Donald Trump. Y también la frenética campaña contra él en los medios de comunicación norteamericanos. “El exceso de crítica y los ataques desmedidos suelen provocar una reacción contraria”, escribió Noam Chomsky.
Donald Trump es ya el hombre más poderoso del planeta. Condiciona la economía mundial, maneja la fuerza militar más abrumadora de la Historia y tiene el dedo sobre el gatillo del revólver nuclear. Deberá envainarse, igual que Obama, una buena parte de sus proyectos porque el establishment le embridará las manos y le peinará la grotesca pelambrera, cardada y gualda. Encenderá Donald Trump en la Casa Blanca muchos fuegos, pero serán artificiales. No parece probable que se produzca el incendio. Todavía hay Imperio estadounidense para muchos años”
(Luis María ANSON, de la Real Academia Española, en “El Imparcial”, 21/01/2017)
No quise perderme seguir en directo, vía televisión, el acto de investidura y toma de posesión de Donald Trump como cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América.
Nada fue especialmente sorprendente, pero sí hubo anécdotas y detalles que parecieron anticipar lo que será el mandato de este hombretón cuya soberbia no tiene límites, y su poder tampoco, a partir de ahora. Va a haber, seguro, esperpentos, rarezas y salidas de tono, seguro.
De todo el acto (embutido y rebosante de patriotismo “a la americana”) me llamó la atención el discurso presidencial, que no fue sino una repetición de frases y lugares comunes, como prometiendo la “redención” a los americanos, aunque soslayando algo tan esencial como que ese prometido paraíso de las
clases medias será desde las oligarquías dominantes, que volverán a quedar sin su influencia económica y social, de manera que serán éstas las que recuperen el control que casi habían perdido.
Un buen amigo y compañero de profesión que vive y ejerce en Nueva York ya me comentó, a raíz de la elección de George W. Bush como presidente norteamericano, que ello era lo que le faltaba (en el sentido pesimista) a la nación USA, porque si ya predominaba el derechismo tendente al exceso, con el radicalismo que iba a portar ese líder, la radicalización sería mayor.
Basta repasar lo acontecido bajo la presidencia “bushiana” para comprobar que así ocurrió, porque desde “inventarse” lo de las armas químicas de Sadam Hussein en Irak hasta repartir por el mundo conflictos bélicos, acabando con la ignominiosa violación de los derechos humanos en la prisión macabra de Guantánamo, todo fueron auténticos abusos de poder y desastres.
De ahí, claro está, la llegada de Obama, quien, dejando aparte el color de su
piel, puso de manifiesto una madurez y una sensatez fuera de lugar, no obstante tropezar con las barreras legislativas impuestas desde la minoría de su partido en las cámaras legislativas.
Ahora el péndulo ha oscilado hacia la parte opuesta, impulsado principalmente por el inmovilismo de las clases rurales (manipulables al máximo) y por las maniobras cuasi conspiratorias de la derechona poderosa y absolutista, protectora y conservadora del capital logrado, desde los orígenes sionistas y oligárquicos.
Pues bien, el discurso de Trump no resultó decepcionante, porque el propio Bush ya había marcado el tope, sí se ha situado entre elemental e irritante, suscitando un pánico justificado en los países extranjeros.
Ahora bien, el ciudadano norteamericano de a pie (dejando al margen a las clases menos favorecidas y minorías no tan minoritarias como los negros, los latinos y los ilegales) ahora se siente feliz y arropado en su siempre exacerbado
nacionalismo (patriotismo mal entendido), pensando que lo importante es que su nación sea la mejor, que lo importante es que domine el mundo, y que el deseo es que todo el orbe se pliegue bajo el águila que arrastra la bandera de las barras y estrellas. Las casas seguirán siendo de madera en muchos lugares; las instalaciones obsoletas; las discriminaciones permanecerán. Pero ¡ah! el orgullo de ser americano...
Vamos a asistir, querámoslo o no, a un despliegue de populismos (en la acepción más negativa del término) adobados del nepotismo del magnate que ni por asomo dejará sus negocios, sino que ya procurará que él, sintiéndose salvador de su país y tal vez del mundo, no prive a su familia –que es él mismo—de la opulencia que ya había alcanzado.
No hay que esperar, en mi opinión, cambios a mejor.
Ni mucho menos.
Es como en la fábula del escorpión y la rana, en la que el escorpión usó a la rana para vadear el río, pero a mitad del trayecto no pudo sustraerse a su naturaleza: aguijonear al batracio aun a riesgo de perecer.
Ya veremos lo que pasa con Trump, aunque mucho me temo que lo que vaya a hacer será bien distinto de la elegancia y sentido de estado que ha puesto de manifiesto Barack Obama.
Es la diferencia entre el zafio millonario y el político ilustrado.
¡Que Dios salve y proteja América de ese “nuevo rey” americano!
¡Y especialmente al resto del mundo!
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

12 enero 2017

La que se avecina: Donald Trump, presidente USA. ¡Que viene el lobo!


“Lamentable comienzo
Trump convierte en un grotesco espectáculo su rueda de prensa
Cuando apenas queda una semana para que se produzca una ceremonia política tan importante como la toma de posesión del presidente de Estados Unidos, cualquier acto público en el que participe la persona que ocupará la Casa Blanca durante los próximos cuatro años adquiere un tono especial. Si además este acto coincide con la primera rueda de prensa desde que venciera en las elecciones de noviembre, lo que los estadounidenses y el mundo esperan es ver al futuro presidente en un papel casi institucional. Aunque no haya jurado todavía su cargo, ya recibe información clasificada, realiza nombramientos y despacha asuntos que no difieren en gran medida de lo que sucederá una vez que esté en el Despacho Oval.
Pero esta expectativa se hizo añicos ayer durante la primera comparecencia ante los medios de Donald Trump como presidente electo. En medio de una caótica rueda prensa —su equipo debería tomar buena nota de cómo actúan los presidentes electos en algunos de los países que Trump tanto
desprecia— el millonario estadounidense hizo todo lo contrario de lo que se espera de alguien que está a pocos días de ocupar una posición tan relevante: grosero con los periodistas, mal hablado, despectivo y amenazante. Trump demostró que sigue creyendo estar dentro de uno de los reality shows que tanta fama le han proporcionado pero tan poco tienen que ver con la gran responsabilidad a la que se enfrenta.
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Resulta de todo punto impresentable que interrumpiera una pregunta y mandara callar a un periodista hispano con un “usted es un cutre y da noticias falsas”; como lo es el que para referirse a temas tan graves como la construcción de un muro en la frontera con México o a la deslocalización de empresas, sus frases fueran encabezadas con expresiones del tipo “no me apetece” o “me da igual”.
Entrando al fondo de sus declaraciones, el presidente electo de EE UU se mostró mucho más bravucón con los medios de comunicación y la candidata demócrata, Hillary Clinton, que con el presidente ruso, Vladímir Putin. Aunque asumió que Rusia puede estar detrás del hackeo del partido demócrata,
minimizó la gravedad de los hechos señalando que “no solo es Rusia” la autora de ataques informáticos contra EE UU. De nada sirve que Trump elogie con expresiones hechas a los servicios secretos de EE UU si luego los desacredita —como ha hecho repetidamente en este asunto— con su actitud.
Las amenazas contra la industria farmacéutica, la alusión a “poderosos lobbies” y la mención directa a una firma de automóviles de la que, dijo, espera que siga el mismo camino de otras que ya han anunciado inversiones millonarias en EE UU y desinversiones en el extranjero, casan mejor en un guión de cine sobre el hampa que en una intervención presidencial. Mención aparte merece la disparatada puesta en
escena, con una larga mesa con decenas de carpetas con documentos sobre las empresas a cuya administración dice renunciar.
Cuanto más se acerca Trump a la Casa Blanca, más se justifica la preocupación por lo que se avecina y se entienden menos los intentos de apaciguamiento de algunos Gobiernos como el español”
(Editorial en “El País”, 12/01/2016)
“Que viene el lobo
Érase una vez un pastorcillo que cuidaba las ovejas de todo el pueblo. Algunos días era agradable permanecer en las colinas y el tiempo pasaba muy de prisa. Otros, el muchacho se aburría; no había nada que hacer salvo mirar cómo pastaban las ovejas de la mañana a la noche.
Un día decidió divertirse y se subió sobre un risco que dominaba el pueblo.
-¡Socorro! -gritó lo más fuerte que pudo- ¡Que viene el lobo y devora las ovejas!
En cuanto los del pueblo oyeron los gritos del pastorcillo, salieron de sus casas y subieron corriendo a la colina para ayudarle a ahuyentar al lobo… y lo encontraron desternillándose de risa por la broma que les había gastado. Enfadados, regresaron al pueblo y el chico, todavía riendo, volvió de nuevo a apacentar las ovejas.
Una semana más tarde, el muchacho se aburría de nuevo y subió al risco y gritó:
-¡Socorro! ¡Que viene el lobo y devora las ovejas!
Otra vez los del pueblo corrieron hasta la colina para ayudarle. De nuevo lo encontraron riéndose de verles tan colorados y se enfadaron mucho, pero lo único que podían hacer era soltarle una regañina.
Tres semanas después el muchacho les gastó exactamente la misma broma, y otra vez un mes después, y de nuevo al cabo de unas pocas semanas.
-¡Socorro! -gritaba- ¡Que viene el lobo y devora las ovejas!
Los buenos vecinos siempre se encontraban al pastorcillo riéndose a carcajada limpia por la broma que les había gastado.
Pero… un día de invierno, a la caída de la tarde, mientras el muchacho reunía las ovejas para regresar con ellas a casa, un lobo de verdad se acercó acechando al rebaño.
El pastorcillo se quedó aterrado. El lobo parecía enorme a la luz del crepúsculo y el chico sólo tenía su cayado para defenderse. Corrió hasta el risco y gritó:
-¡Socorro! ¡Que viene el lobo y devora las ovejas!
Pero nadie en el pueblo salió para ayudar al muchacho, porque nadie cree a un mentiroso, aunque alguna vez diga la verdad.
-Nos ha gastado la misma broma demasiadas veces -dijeron todos- Si hay un lobo esta vez, tendrá que comerse al muchacho.”
(De Internet)
“La venganza de Putin
La interferencia rusa en la campaña electoral americana es una represalia contra Obama y Hillary
Clinton
(Por J. I. Torreblanca en “El País”, 12/01/2017)
“Miles de personas se manifestaron en las calles de Rusia en 2011 para protestar por lo que consideraban un fraude electoral" (De la agencia Reuters)
Hubo un momento en el que Putin se vio en serio riesgo de perder el poder. Fue en diciembre de 2011, cuando Moscú se llenó de manifestantes que protestaban por el fraude cometido en las elecciones parlamentarias celebradas el 4 de diciembre de ese mes. Tras haber logrado en las elecciones de 2007 el 64% de los votos y el 70% de los escaños, el partido de Putin, Rusia Unida, se quedaba en un 49% de los votos y un 52% de los escaños, una mayoría tan justa como lejana de los 2/3 de los escaños que garantizaba a Putin la posibilidad de manejar el país y la Constitución rusa a su antojo.
Según la oposición, esa mayoría parlamentaria no solo fue exigua sino fraudulenta, lo que provocó las mayores manifestaciones vistas en Moscú en 20 años. Putin, quedaba de manifiesto, había perdido a las clases medias educadas, especialmente a la moscovita, lo que llevó a muchos analistas a pronosticar una revolución democrática similar a la vista en los otros países del espacio exsoviético en los años anteriores. Pero para Putin, la mano americana detrás de las protestas era evidente pues un buen número de fundaciones estadounidenses dedicadas a la promoción de la democracia habían estado asesorando y financiando a la oposición rusa.
Con más de 1.000 detenciones, tuvo que emplearse a fondo en reprimir a los manifestantes y someter a la oposición, lo que hizo con leyes que, entre otras cosas, prohibieron a ONG extranjeras operar en Rusia.
El convencimiento de Putin de que EE UU practicaba una política de desestabilización y aislamiento de Rusia no hizo sino confirmarse con ocasión de las protestas en la plaza del Maidán en Kiev en diciembre de 2013, que acabaron con el derrocamiento del presidente, Víktor Yanukóvich, y la consiguiente pérdida de un país estratégico para Rusia, que Putin siempre ha descrito como un golpe de Estado orquestado por Washington. La interferencia rusa en la campaña electoral americana y el modo en el que los servicios secretos rusos han cultivado (¿o reclutado?) a Trump y a su entorno son pues una represalia natural contra Obama y Hillary Clinton, artífices según Putin, de esa estrategia. El exteniente coronel del KGB Vladímir Putin ni perdona ni olvida. @jitorreblanca
Pues sí.
En menos de una semana Donald Trump será investido como presidente de la todopoderosa nación USA, y se abrirá, quiérase o no, la “caja de los truenos”.
A quienes durante la campaña electoral norteamericana advertían de los riesgos que entrañaba un personaje como Trump en el caso de ser elegido como presidente de la nación, se les tachó de muchas cosas, olvidando, tal vez, el conocimiento de la esencia de la nación americana, integrada por una super-poderosísima clase alta,
adinerada, y anclada en la riqueza, una clase media no dominante y una muy abundante clase baja, integrada por nacionalizados, emigrados, advenedizos y en muchos casos ilegales “americanizados”.
Porque para los que hemos vivido y sentido los reales Estados Unidos de América, la estirpe dominante, ultraconservadora, de raíces judías (por no decir sionistas) y vertebrada por poderosos “lobbies”, es la que al fin y al cabo determina los derroteros de la nación.
Los “otros”, los “demás”, los “negros”, los “latinos”, que poco a poco van apoderándose, al menos numéricamente, de los estratos sociales, son enormemente discriminados y despreciados por los dominantes.
Ya resultó sorprendente que Obama alcanzara la presidencia, gracias a los “no poderosos”, pero ello fue más bien debido a la absoluta ineptitud de su predecesor, Bush, que más parecía un mozo de cuadras que un presidente.
Pero la “lección Obama” resultó bien aprendida por los “lobbies”, que urdieron lo humano y lo divino para evitar que Hillary Clinton aprovechara la “tendencia Obama” y se instalase ocho años más en la presidencia del país, con medidas reformistas y progresistas muy contrarias al poderío del capital absorbente y abrumador.
De esta manera, con sorpresa fue primeramente nominado Trump como candidato de la facción republicana a la presidencia y finalmente la alcanzó, no con el voto popular (secundario en USA), pero sí con el voto de delegados, que es el operativo, el que vale.
Trump, la verdad, es que nunca engañó, porque
desde un principio se mostró cual es: un magnate absolutista y hedonista, acostumbrado a hacer y deshacer a su antojo y a decir lo que se le antoja y cuando se le antoja, maltratando especialmente a los inferiores y a los que no son de su cuerda.
Pero frente a él, Hillary era como la nostalgia de Clinton (Bill) por el poder perdido, sin esa energía rayana en lo brutal que ofertaba el gigantón teñido de rubio, era una racionalidad que nada interesaba a las clases rectoras en lo económico.
Y lo que tenía que pasar, pasó.
De nada sirvieron los avisos de que Trump iba a ser un “iconoclasta” de derechas; ni de que iba a ponerse por montera los derechos humanos de los inmigrantes y de los de otro color. De que el “money is money” iba a convertirse en la filosofía del poder.
Se advirtió, como en el cuento del pastorcillo y el lobo, que el “lobo” Trump podía llegar, con sus descalificaciones y ex-abruptos, con sus nepotismos,
con sus anuncios de extremismos y abusos. No se atendió a ello, porque los “lobbies” estaban hartos del sistema a extinguir, que arruinaba las aseguradoras mediante el sistema sanitario casi universal, mediante los derechos humanos expandidos por doquier.
Y llegó el "lobo", cuando casi nadie lo esperaba, y ya se ha instalado, a una semana de ostentar un enorme poder, con la duda de si el sistema será capaz de moderarlo.
Todo ello le ha venido de maravilla al taimado Putin (respeto la opinión contraria de mi admirado y querido Rafael González Crespo, en el sentido de que es un inteligente estadista, de lo que discrepo, porque es más bien, en mi opinión, un taimado zorro, más que lobo), cuyo Vladimir Putin aprovechó las discordancias existentes en la sociedad americana para, aparte de espiar (lo que se hace de forma permanente entre USA y Rusia y viceversa), introducir algo de porquería y hedor en la campaña electoral, mediante aquella historia del FBI, como que Hillary Clinton había enviado e-mails por conductos erróneos y ello podía ser, ¡ay dolor! algo grave. Mentira y manipulación que se han desvelado cuando ya habían logrado el propósito de consagrar al “padrecito” Trump.
En fin, que “lo que tenía que pasar, pasó" (como en la cancioncilla de Pancho López, "alegre pero matón") y ahí tenemos a ese hombretón de los cabellos
tintados, gestos autoritarios casi brutales, lenguaje tosco rayano en el insulto, a ese Trump, dispuesto a salvar de un “trumpazo” a sus amigos los multimillonarios norteamericanos, que encarnan las esencias de las poderosas familias controladoras de la economía y la vida nacional.
¡Que viene el lobo!, se decía. No, ahora, ahora, ese “lobo” ha llegado, y ya veremos si él solito o en manada.
Que “America is different”. Y donde hay dinero casi sobran las razones...

“El rico está siempre vendido a la institución que lo hace rico”  Henry David Thoreau (1817-1862) Escritor, poeta y pensador

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA