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16 diciembre 2015

Una historia de Navidad: Los migrantes de las alambradas

Sea porque está en el ambiente la proximidad de las fiestas de Navidad, sea porque uno ya a cierta –no escasa— edad es incapaz de sustraerse de los sentimientos de ternura y afecto que inspira ese tiempo, la realidad es que el otro día conseguí alcanzar el sueño pensando qué escribiría a los familiares, amigos, compañeros, lectores, e inclusive a los desconocidos, para desearles una Feliz Navidad, ahora que muchos de los gobernantes recién instalados muestran una fuerte alergia a ni siquiera mencionar las fechas, y se limitan a felicitar “las fiestas” (cuando no el "solsticio de invierno") y a desear “armonía y prosperidad”. Como si la Navidad fuera cosa de otra galaxia. Que una cosa es el laicismo y otra bien distinta la destrucción o el soslayo de los valores espirituales (y no estoy pensando en la religión precisamente).
Pues bien, la realidad es que en aquella no lejana noche me hallé transportado a las orillas de la isla griega de Lesbos, en su playa este; y allí vislumbré cómo llegaba una balsa neumática atiborrada de personas de todas las edades, niños incluidos –bastantes--, todos ellos con su tez morena, que denotaba la procedencia de la zona asiática no lejana al mar Mediterráneo.
Estaban desembarcando (si es que así puede llamarse al salir de la barca semi-hundida, con agua hasta las rodillas, portando a hombros o en brazos a los niños y en alto algunos objetos) y se iban sentando, ateridos y acobardados, en la ribera, mientras al rato acudían unos escasos efectivos uniformados o identificados con la cruz o la luna rojas y trataban de socorrerles con mantas y botellines de agua.
Me llamó la atención una pareja joven, ella en muy avanzado estado de gestación,  y a quien él (barba poblada y bigote negros) atendía con especial solicitud y con gestos de enorme cariño.
Cuando recibieron sus mantas y algo de alimento, se arrebujaron y esperaron hasta que un camión que llegó al rato se los llevó.
Nada más pude ver yo de esta joven pareja hasta que en mi tránsito onírico me hallé situado en la frontera de Serbia con Hungría, en la que había congregada una gran multitud, todas las gentes medio desarrapadas y con los inconfundibles rostros del cansancio, el hambre y la ansiedad, vistiendo y mostrando su indudable procedencia como migrantes asiáticos.
Los más jóvenes estaban intentando sobrepasar una alambrada con cuchillas cortantes (las tristemente llamadas "concertinas"), mientras la policía  apaleaba a diestro y siniestro para evitar la entrada en Hungría.
Vi a un lado, entre la multitud, a aquella pareja desembarcada en la isla de Lesbos, ambos con semblante triste y resignado, denotando angustia, sin osar siquiera acercarse a la zona más próxima a la frontera; y al cabo de un rato les vi empujados a un autobús en el que un guardia gritaba la palabra “Deutschland” (Alemania).
En medio de mi inquietante sueño me sentí luego en la frontera entre Grecia y Croacia, en la que se repetía la imagen de la enorme multitud, de los policías conteniéndola y del ansia por alcanzar el otro lado. En esta ocasión, la policía requería con más normalidad la documentación a los que pretendían seguir el camino.
Y entre la gente se hallaba la pareja de futuros padres de la frontera húngara, de la playa de Lesbos, a los que, de forma involuntaria o inmotivada, yo estaba siguiendo.
Cuando se les requirió la documentación hizo el hombre un gesto como dando a entender que carecía
de ella, y se les pasó a una tienda de campaña en la que estaba escrito en caracteres latinos un letrero de “ irregulares por documentar”.
Y se me desvaneció la visión; hasta que en mi sueño incómodo de aquella noche, supongo que bastante después y adobado con algunos o varios ronquidos propios, vislumbré una tierra secarral con algarrobos, higueras y olivos, colinas suaves y secos riachuelos abarrancados, en la que a lo lejos había una luz que brillaba diferente a las habituales, hacia la que me sentí casi empujado.
Estaba la luz sobre una choza mal arreglada, de cañizos rotos y techumbre que semejaba de adobe, y de su interior emergía el llanto de un niño, cual recién nacido.
Me asomé al chamizo y contemplé pasmado cómo en los brazos de una mujer (de aquella mujer grávida que había seguido desde su arribada a Lesbos, la de las fronteras de Hungría y de Croacia), se hallaba un pequeño bebé. Morenito él, que lloriqueaba mientras
buscaba el lácteo sustento desde su madre, al tiempo que el hombre (sin duda el padre) intentaba  desplegar una raída manta con la que taparles.
Me miraron (me parece recordar que también el niño) y me sonrieron, como mostrando su satisfacción por re-encontrarme.
Me percaté de que aquello era algo más que un sueño:
¡Era el anuncio de otra manera de una Navidad que, pese a quien pese, llega todos los años, e invita a alegrarnos porque Dios ha nacido!
Cuando quise hablar a la madre y al hombre, el estridente pitido del despertador me situó en la realidad.
Hubiera querido volver a la escena (vivida o soñada, no lo sé) pero en la ducha me convencí de que había sido un sueño y concluí conmigo mismo que a la humanidad, a todos nosotros, a cada uno,  nos hace mucha falta reflexionar de manera generosa y abierta sobre el milagro de la Navidad.
Que no es solamente (aunque es lo transcendental) porque nació Jesús; es porque de aquello ha manado la alegría, el amor, la bondad, y (para los creyentes) la redención.
Que es lo que el mundo celebra, lo nieguen u oculten algunos infelices o insensatos que más que nadie necesitan precisamente ese amor navideño.
Me perdonará el lector por este “cuento”, mitad migratorio, mitad azucarado, mitad confidencia, algo pretencioso en la moralina quizás, pero eso es lo que me aconteció (o pudo ocurrirme, pues era un sueño) y por ello, a todos los hombres de buena voluntad, a quienes esto leyeren (les gustare o no), y a quienes no pudieren hacerlo, y a quienes les sería muy útil conocerlo, a todos ellos, va dedicado.

¡FELIZ NAVIDAD!
¡ESTAMOS OBLIGADOS A SENTIRNOS FELICES PARA HACER FELICES A LOS DEMÁS!

"Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré conservarla durante todo el año"
Charles Dickens (1812-1870) Escritor británico.


SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

04 septiembre 2015

¿Son los “bufones de Dios”? La crisis de los inmigrantes y refugiados


“Los bufones de Dios” narra la historia de Gregorio XVII, un papa “bueno” que, de repente, recibe una revelación particular sobre el inminente fin del mundo. Sus “hermanos en Cristo”, el colegio cardenalicio, le obligan a abdicar, cosa que él hace con resignación cristiana. “Si nuestro pontífice está loco, mejor librémonos de él. Si es un santo, de ninguna manera lo perderemos”. La explicación no puede estar más ceñida al contexto.  Ingresa en Montecassino, medita y decide dar a conocer la mala nueva al mundo. En realidad, el mundo ya la conoce, porque en la Unión Soviética llevan dos años de malas cosechas y, cuando pase el invierno, el ejército soviético se pondrá en marcha para apoderarse de la comida y las fuentes de energía que necesita y que el malvado Occidente se niega a venderle.
El ex-papa continúa con su predicación. Todo el mundo sabe que lo que dice es cierto, pero nadie le hace caso. Ningún político querrá ser tachado de sembrador del pánico. Para complicar más las cosas, Gregorio XVII sufrirá un ataque cerebral cuando está hablando en un importante club inglés. Se convertirá en un “bufón de Dios” apelativo poco cristiano con el que un ministro francés llama a los niños con minusvalía psíquica. El pobre Jean Marie Barette, antes Gregorio XVII, se encuentra con que debe proclamar un mensaje que nadie cree y en unas condiciones de minusvalía. Dios parece burlarse de él. Sólo le queda un apoyo: un enfermero llamado Maran Atha, el cual lo ayuda y lo lleva a un refugio de los Alpes. Allí se dará cuenta de que Cristo no lo ha abandonado, ya que Atha es el mismísimo Cristo. También se da cuenta de “que la Ultima Venida y el Juicio Final mismo serán actos de amor.”
(Del blog “Bitácora”, de Fernando2008)

Vaya por delante que recomiendo la lectura del libro de Morris West, porque por encima de su temática a veces tangencial con la religión y las iglesias, suscita hondas reflexiones acerca de los mensajes a los hombres sobre su futuro, y cómo el Ser Supremo se sirve de los medios más impensables para los humanos, para asistirles en las conductas adecuadas.
Por encima de glosar el argumento de la novela, que desde luego merece ser leída y releída, trato desde hace tiempo extraer de ella la reflexión de que son los “bufones de Dios”, los seres disminuidos y desvalidos (aparentemente los de menor "importancia", los más desdeñados), quienes en muchas ocasiones son los portavoces de admoniciones y ejemplos para el género humano.
En la novela, ese Papa dimitido y obligado a marcharse (nótese que el libro fue escrito antes de que Benedicto XVI renunciara al pontificado), trata de anunciar al mundo el mensaje recibido --y por ello es perseguido como enemigo de la humanidad hasta el punto de estar en peligro de muerte inmediata— queda minusválido y en su huida llega a ocultarse entre otros impedidos y discapacitados, de quienes se vale el Cristo de la novela para anunciar su auxilio al mundo. Y al ser preguntado ese redentor sobre el por qué se vale de esos seres aparentemente inferiores, los mermados y sin aparente valor vital, proclama que precisamente ellos, en su limitación física y psíquica, son los mejores correos, la mayor gloria en su inocencia e incapacidad, para anunciar al mundo la grandeza de la obra salvadora.
Séase o no creyente, la novela   arrastra a una profunda reflexión sobre los materialismos y egoísmos del género humano y de la sociedad actual, su enorme miopía, que vienen especialmente a cuento en estos días, en los que estamos abrumados por la tragedia de los refugiados e inmigrantes que huyen espantados de sus patrias y sus tierras, cruzando medio mundo, para evitar la destrucción, la barbarie y la muerte, intentando salvar a sus familias y a sus hijos.
Y al propio tiempo estamos indignados por el egoísmo de los dirigentes políticos (especialmente los europeos), que se pasan el tiempo discutiendo sobre cómo han de discutir (aquello de “si son galgos o son podencos”), mientras miles y miles de criaturas aterrorizadas y desvalidas pugnan por alcanzar una vida mejor, que se les niega con mafias despiadadas que les expolian y engañan, barcos innavegables, vallas lacerantes, policías brutales, xenofobias inadmisibles, y con los malos tratos desplegados por países que proclaman continuamente el respeto a los derechos humanos pero que no quieren ver la tragedia que se desarrolla ante sus ojos: con miles de vidas rotas, miles de vidas perdidas en el mar, miles de vidas en hambruna.
Ha tenido que ser la fotografía de un niño turco, de 3 años, ahogado en el mar entre Turquía y una cercana isla griega, ha debido de ser esa criatura muerta en la aureola de su tierna inocencia, quien sea el "bufón de Dios",  quien conmueva a las gentes sensibles y de buen corazón de Europa y del mundo,  y ya ha movilizado iniciativas y ofrecimientos, revolviendo la laxa conciencia de muchas gentes.
El problema es y seguirá siendo que unos gobiernos (como el de Hungría) se escudan en que primero han de proteger a sus ciudadanos, quienes pese a todo desautorizan a sus políticos y auxilian generosamente a los desvalidos.
Otros gobiernos, como el del Reino Unido, que siempre se ha opuesto a cualquier tolerancia, y que viene intransigente en lo referente a la inmigración, ahora se coloca la careta de la comprensión, porque está sufriendo en sus entrañas el problema de los emigrantes que en Calais acechan para dar el salto al paraíso británico. ¡Ellos, los de  UK, que decían que los ilegales que entraban en España e Italia eran problema solamente de estos países!
Otro gobierno, el de Francia, no puede menos que “hacerse” el sensible, y preocuparse de veras, porque tiene dentro, en casa, la infiltración de tantos y tantos árabes, que casi con sus segundas generaciones van colapsando a la genuina ciudadanía.
En esta España nuestra, se han ofrecido ciudades y comunidades para acoger a unos miles de esos refugiados que huyen actualmente, lo cual es muy elogiable, aunque tal vez habría que examinar previamente si se brinda toda la asistencia y apoyo requeridos a los desamparados que desde hace años pugnan por subsistir en nuestro país. Y sin olvidar todo lo que podría hacerse con los miles de millones de los que se apropian los corruptos de todos los colores.
Volvamos a estos “bufones de Dios” de ahora y agradezcámosles que, pese a su tremenda desgracia, estén siendo capaces de excitar en la acomodada sociedad occidental un punto de conciencia y generosidad.
No olvidemos: Esos “bufones” de hoy serán, como en la novela de Morris West, los que propicien la redención del mañana.
“Porque es tocando fondo, aunque sea en la amargura y la degradación, donde uno llega a saber quién es, y donde entonces empieza a pisar firme” José Luis Sampedro (1917-2013) Escritor y economista español.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

03 septiembre 2008

PERIPLO POR EUROPA (II): TRES DIFERENTES GRUPOS DE PAÍSES (I): HUNGRÍA, REPÚBLICA CHECA Y POLONIA.

Como ya anticipo en el título, al volver a tratar sobre mi periplo europeo, quiero hacer una primera clasificación o distinción de los países visitados y conocidos, en tres grupos: Los “veteranos” de la Unión Europea y zona Euro, como España, Francia, Italia, Austria, Alemania, y Suiza (que en la práctica admite el Tratado Schengen y la circulación oficiosa del Euro); los casi “recién llegados”, adheridos al Tratado Schengen –libre circulación sin fronteras— pero todavía con su moneda propia, como Hungría, República Checa y Polonia; y los terceros ”no Euro”, como Ucrania. (Prescindo del Principado de Liechtenstein, porque casi se confunde con Suiza).

He de reconocer que Hungría y República Checa, países que ya visité varias veces desde 1996, me han defraudado. No me ha extrañado que, aún integrados en la UE, su economía esté todavía muy lejos de permitir la vigencia del Euro. Es más, he percibido un exceso de picaresca en las gentes y en los comerciantes a la hora de tratar con extranjeros, principalmente turistas del oeste de Europa, intentando engañarles con cambios de moneda abusivos y engañosos, y “machacando” con carísimos precios, superiores a los normales en el país.

Polonia me ha causado otra impresión bien diferente, tal vez porque esté menos “contaminada” de las malas prácticas de los otros dos países que he mencionado.

Hungría
Aplica el Tratado Schengen a regañadientes y ni siquiera ha adaptado sus infraestructuras fronterizas a la inexistencia de controles.
Es curioso comprobar, cuando el automóvil se acerca a Hungría, sobrepasada la antigua frontera de Austria, que desde Hungría, agazapados, varios policías escrutan la autopista y fotografían con teleobjetivo los vehículos que se aproximan.
Nada más entrar en Hungría, varias advertencias indican la obligatoriedad de comprar la vignete; teóricamente debía ser un adhesivo, pero es un recibito que se paga por el uso de las autopistas, con diferente coste según los días de duración.
Si quien accede no lleva moneda nacional –el forint- puede pagar en Euros, pero a un cambio un 25% más bajo que el oficial (¿acaso la vignete no es oficial?) Y si quiere pagar con tarjeta de crédito, se le dirá amablemente que no funciona en ese momento la conexión con el banco –mentira— para evitar aplicar un cambio oficial.
En toda Hungría, y especialmente en Budapest, el problema es el mismo, llegándose al colmo en los restaurantes, cuando se ofrece en la factura el precio en forints, pero al ladito un papelín con la indicación de su equivalente en Euros, a un cambio escandaloso por lo bajo. La tarjeta de crédito no funciona “desde ayer”; y si uno dice que va a pagar en forints, entonces se indica que el servicio, es decir, el camarero, no está incluido y que ello importa “la voluntad”, pero siempre más del 18 %.
Si uno reclama y no quiere pagar, al instante se amenaza con llamar a la policía.
Pero además el servicio es despectivo, poco ordenado, con ironías aprovechando que el magyar o húngaro es incomprensible para cualquier europeo.
Y los precios… ¡Mamma mía!..Propios de Madrid y Barcelona… Mucho violín, muchas csardas, muchas danzas húngaras, pero un enorme abuso.
Hablo así porque en el año 1996 pude experimentar de la delicia de un buen servicio, de la amabilidad de los húngaros y de unos precios asequibles. Volví a comprobarlo en 1998; lo ratifiqué en 2002. Y ahora, se ve que, como ya son europeos, se dedican a expoliar a los turistas.
Por otra parte, hay mendigos por demasiados sitios; hay desatención en las oficinas de turismo; carecen de glamour en los hoteles (en el mío, de una reputada cadena europea, hube de pedir por tres veces el libro de reclamaciones para obtener una cuenta en regla, y un servicio de desayuno en un buffet que estaba semivacío, pese a ser las 9 de la mañana y deber cerrarse a las 10’30).
Conclusión: Menos violín y más control desde los órganos de la Unión Europea, metiendo en vereda al gobierno húngaro, para que no permita los abusos generalizados.

República Checa

En este país no hay problema de papelitos de autopistas, porque hay pocos kilómetros de ellas.
Pero es el imperio del engaño en el cambio desde el Euro, en la aplicación de precios, en el servicio de los restaurantes.
Llegué a pensar si habían copiado de Hungría… (mi visita a la República Checa fue dos semanas después que a Hungría)
Los precios, también excesivos, especialmente en la hostelería. El servicio, malo de solemnidad, sin el menor caso al cliente, llevando a la mesa, por ejemplo, los platos al tun tun, sin que hubiera servilletas, ni cubiertos, y debiéndose esperar a la bebida cinco minutos (hablo del restaurante de un hotel de cuatro estrellas), y después tener que escuchar del estúpido camarero que ése es el modo de servir allí, que si no nos gusta, no vayamos…
Habrá excepciones, pero no las he visto.
Lo que en Hungría eran mendigos, aquí son ladrones de bolsos, carteras y monederos…
En fin, todo un atropello al visitante.
Estuve en República Checa, no solamente en Praga, en 1998 y en 2000. Ladronzuelos había los mismos o más. Petulancia, mal servicio y carestía, lo hay con creces ahora.

Polonia

Desconocía este país, y no entré en él con buen pie, pues accedí desde Ucrania, después de esperar en la frontera de Krakovets casi cuatro horas, y recibir un exhaustivo control, no de los ucranianos, sino de los polacos, lo cual no me pareció del todo mal si lo hacen con todos los viajeros, ya que al ser frontera Schengen deben de estar muy atentos a los habituales fraudes.

Tiene carreteras bien asfaltadas, pero la mayoría estilo España de los años 80, pasando por todos los pueblos, con interminables colas por los semáforos y los camiones, de manera que una media de circulación superior a 60 km/h es ya una maravilla.
Las autopistas están casi todas en obras y apenas hay áreas de servicio.
Pero es muy diferente a Hungría y República Checa.
En Polonia la gente es seria, pero amable.
Cobra en su moneda –el zlot— pero no se excusa para admitir tarjetas de crédito.
Conocen la hostelería y el servicio al turista, porque tanto en zonas rústicas como en capitales (especialmente me sorprendió Krakow) se trata al visitante con cortesía, los precios son ajustados –mucho más baratos que en los dos países referidos— y no hay engañifas de servicio o de impuestos aparte.
Muy pocos mendigos, mucha limpieza y la apariencia de una buena organización cívica y administrativa.
Fue mi primera visita, pero no será la última.
En fin, estas son experiencias y comentarios que tal vez interesen a más de uno, especialmente en lo que se refiere a estas nuevas naciones emergentes en la Unión Europea, que muy mucho dudo estén preparadas y convengan. (Y no hablo de Rumania y Bulgaria, porque ello es “harina de otro costal” )
Quedémonos con la sentencia: “Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos, es mía”. Anaxágoras (500 A.C.-428 A.C.) Filósofo griego.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA