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10 enero 2018

Esta España nuestra: Cuando Cataluña se debate ¿hacia una nueva locura o hacia la sensatez democrática?


"La gran zanja: Cataluña, España y nuestra mente tribal


La crisis que ha atravesado Cataluña ha polarizado a la sociedad y exacerbado nuestra mentalidad tribal. Es preciso rebajar la tensión y regenerar la esfera pública

(Eduardo Suárez, en “Letras libres”, 08 Enero 2018)La política española ha sido un terreno fértil para mentes coléricas. A menudo han pesado menos los argumentos sólidos que las metáforas huecas y han encontrado más eco quienes gritan que quienes intentan explicar la realidad.La crisis que ha atravesado Cataluña ha exacerbado esa tendencia. Se han publicado muchos artículos bien argumentados. Pero también insultos, hipérboles y juicios de intenciones que han empobrecido la esfera pública de una forma que nos resulta familiar a quienes cubrimos la elección de Donald Trump.
El debate se ha degradado en una inercia que ni los políticos ni los periodistas hemos sabido o hemos querido detener. Esa inercia ha agrandado la brecha que separa a los catalanes. Se ha creado una
atmósfera en la que todo vale si apuntala tu posición.
Yo también tengo la mía. Estoy a favor de una Cataluña plural, moderna y abierta a Europa y en contra de cualquier proyecto que se asiente sobre la fantasía étnica de la uniformidad. No creo que tenga sentido una vía unilateral a la independencia ni mantener en prisión preventiva a los políticos catalanes. Tampoco creo que podamos encontrar una solución a esta crisis a espaldas de la mitad de los catalanes: de cualquier mitad.
Escribo esto aquí porque me parece justo que el lector sepa desde qué posición escribo. Pero este texto no es un análisis sobre el fondo de la cuestión catalana sino un artículo contra la forma en la que han evolucionado los discursos de algunos actores durante este periodo de tensión.
Por supuesto, no todas las voces son culpables y no todas son culpables por igual. El objetivo de este texto es explicar por qué esta atmósfera es nociva con la ayuda de algunos ejemplos y de intelectuales que han estudiado los efectos de la polarización. El final de la campaña ofrece ahora un respiro y quizá la oportunidad de abrir una página menos bronca en el conflicto que se libra en Cataluña. Merece la pena evaluar lo ocurrido con la esperanza de que no vuelva a ocurrir.
Anatomía de la paranoia
La revista Harper’s publicó en noviembre de 1964 el artículo The Paranoid Style in American Politics. Su autor era el historiador Richard Hofstadter, que había pronunciado unos meses antes una conferencia en la Universidad de Oxford con un argumento similar. El artículo, que generó un enorme debate, era un alegato contra el pensamiento paranoico de los
activistas de la derecha radical en Estados Unidos, que habían empujado ese año al senador republicano Barry Goldwater hasta la candidatura presidencial.
El texto no era una crítica a las propuestas concretas del candidato sino una disección de la forma psicótica de hacer política de sus seguidores: una amalgama de conservadores, evangélicos, anticomunistas y ultras de la Sociedad John Birch.
“Al librarse siempre un conflicto entre el bien absoluto y el mal absoluto, lo que es necesario no es un acuerdo sino la voluntad de luchar hasta el final”, escribe Hofstadter sobre esa forma de hacer política. “Esta demanda de un triunfo total conduce a la formulación de objetivos que no son realistas. Al ser imposible lograrlos, el fracaso exacerba el sentimiento de frustración del paranoico. Incluso un éxito parcial le deja con el mismo sentimiento de impotencia que tenía al principio”.
El estilo paranoico de hacer política del que habla Hofstadter se ha ido agravando en Estados Unidos. El ocaso de los demócratas sureños, el triunfo de Ronald Reagan y el ascenso del Tea Party han ido empujando a los republicanos hacia una paranoia cuyo exponente máximo es la elección de Trump.
Esa paranoia, cuyo impacto en las presidenciales de 2016 ha estudiado en Harvard el profesor Yochai Benkler, no ha evolucionado de forma uniforme sino asimétrica. Entre los republicanos, ha silenciado la influencia de medios conservadores moderados como el Wall Street Journal en favor de páginas radicales como Breitbart News, cuyos artículos sobre inmigración dominaron la conversación durante la campaña. Entre los demócratas, las voces más influyentes han sido medios moderados como el New York Times o el Washington Post.
El artículo de Hofstadter explora el estilo hiperbólico en el que los líderes paranoicos definen a sus adversarios políticos: “El enemigo está delineado con claridad. Es el modelo perfecto de malicia, una especie de superhombre amoral: siniestro, ubicuo, poderoso, cruel. Al contrario que nosotros, el
enemigo no es una víctima de su pasado, de sus deseos, de sus limitaciones. Se inventa crisis, inicia retiradas de depósitos bancarios, causa crisis económicas, crea desastres y se aprovecha de la miseria. (...) A menudo al enemigo se le supone una fuente especialmente efectiva de poder: controla la prensa, tiene financiación ilimitada y poder para lavar el cerebro y una técnica especial de seducción”.
No es difícil percibir en esas líneas de Hofstadter algunos de los argumentos que hemos escuchado durante el procés. Las voces más extremas han presentado al adversario como un ente todopoderoso o como el arquetipo de la maldad. Ese maniqueísmo ha dividido a los ciudadanos y ha propiciado que la política dejara de ser el arte de lo posible: uno no puede sentarse a negociar con Lucifer.
La paranoia que retrata Hofstadter está presente en algunos de los relatos sobre Cataluña: el adoctrinamiento generalizado en las escuelas, el dinero del IBEX que tutela a Ciudadanos, la omnipotente mano negra del Kremlin o los espías españoles que empujaron a atentar al imam de Ripoll. Se han elaborado relatos en torno a hechos falsos o a medias verdades. Se han elevado a categoría sucesos anecdóticos que concuerdan con la perspectiva de quien los pone en circulación.
Cada bloque mide al otro bloque por la conducta de sus elementos más extremos. En ocasiones por la conducta de elementos que ni siquiera pertenecen a él. El saludo nazi de un energúmeno en Barcelona es la prueba de que quienes se oponen a la independencia son ultras sin escrúpulos. La expulsión de los guardias civiles de un hotel de Calella es la prueba del fanatismo de dos millones de votantes del independentismo catalán.
Cualquier detalle es la prueba de la maldad del enemigo: los ataques indiscriminados a los reporteros, los carteles que señalan a los líderes constitucionalistas o el apoyo de una asociación a un tuit que dice que no son catalanes quienes no están a favor del independentismo catalán.
La Cataluña ilustrada no es inmune a esta enajenación transitoria: una catedrática firmó un documento que define a España como “un país agrícola que se dedica a la caza y a atraer jubilados” y un investigador a sueldo del contribuyente llegó a decir que el candidato socialista Miquel Iceta era “un payaso”, “un impostor” y una persona “repugnante”.
Quienes se oponen a la independencia han definido a sus adversarios como paniaguados, racistas y miserables. Los secesionistas los han retratado como traidores, colonos, franquistas y botiflers.
Concebir la política como una batalla moral es el primer paso para deshumanizar al adversario y para destruir el equilibrio en el que se basa cualquier democracia. Una batalla entre el bien y el mal no admite matices. Cava una zanja que divide el país en dos mitades. Asomarse a esa zanja se vuelve cada vez más difícil. Elimina cualquier incentivo para llegar a un acuerdo que desinfle la tensión y ponga las bases para reconstruir la convivencia. Sin ese acuerdo es imposible encontrar una solución.
La caverna de Lippmann
Walter Lippmann apenas tenía 33 años cuando publicó Public Opinion en 1923. Acababa de volver de Europa, donde había trabajado con el legendario George Creel en la organización responsable de la propaganda de Estados Unidos durante la I Guerra Mundial. La guerra convenció a Lippmann de que era más fácil manipular al ser humano en situaciones de tensión extrema, cuando las emociones se adueñan de la muchedumbre y borran cualquier atisbo de racionalidad.
“En tiempos de seguridad moderada, los símbolos de la opinión pública están sujetos a comprobaciones, símiles y argumentos: van y vienen, concitan acuerdos y se olvidan sin llegar a organizar la emoción de todo el grupo”, escribe Lippmann. “Pero
queda una actividad humana en la que toda la población alcanza la unión sagrada. Eso ocurre en medio de una guerra, cuando el miedo, el odio o la beligerancia han asegurado el dominio completo del espíritu para destruir cualquier otro instinto”.
La atmósfera casi bélica que hemos vivido desde septiembre no es casual. Responde a los intereses de quienes necesitan avivar el conflicto para sobrevivir. Como explica Hofstadter, la política paranoica requiere un bloque monolítico y un enemigo bien definido. Los argumentos de sus líderes encogen en el escenario prosaico de una negociación multicolor.
Plantear un conflicto en términos absolutos se ajusta muy bien a la psicología del ser humano. Al fin y al cabo, somos seres tribales. La evolución nos ha programado para adaptar nuestras creencias a las de las personas que tenemos alrededor. Nuestros cerebros no están programados para desafiar nuestros prejuicios sino para reforzarlos y esa tendencia se agudiza (no se reduce) con la educación.
Estos datos demuestran por ejemplo que el escepticismo sobre el cambio climático es mayor entre los republicanos con educación superior. Como explica la investigadora Tali Sharot en su libro The Influential Mind, la educación a veces potencia los sesgos cognitivos: las personas más cultas se las arreglan para encontrar argumentos que apuntalan sus puntos de vista. Nuestros cerebros están programados para reaccionar a las historias y a las emociones. Los datos no suelen hacernos cambiar de opinión.
Esa perspectiva coincide con lo que cuenta en este artículo Pau-Marí Klose. También con la experiencia de Katherine Cramer, profesora de la Universidad de Wisconsin, que recorrió durante años varias comunidades rurales de Wisconsin para comprender mejor el resentimiento de sus habitantes hacia las elites ilustradas de ciudades como Nueva York. “Uno puede presentarles todos los datos del mundo pero no servirá de nada”, explica Cramer. “Ignorarán esos datos si tienen la impresión de que la gente que se los pasa los toma por tontos”.
La atmósfera que habitamos tiene una enorme influencia en la forma en que percibimos la realidad. “La influencia más sutil y penetrante es aquella que crea y mantiene el repertorio de nuestros estereotipos”, escribe Lippmann sobre el peso de ese aprendizaje social. “Se nos explica el mundo antes de que podamos verlo. Imaginamos la mayoría de las cosas antes de experimentarlas y esos prejuicios que creamos gobiernan nuestro proceso de percepción a menos que la educación nos haga consciente de ellos”.
Lippmann define esos estereotipos como “las imágenes en nuestras cabezas” y abre Public Opinion con un fragmento del mito platónico de la caverna, que utiliza como una alegoría de nuestra incapacidad para comprender del todo los problemas de la

sociedad. A Lippmann no le preocupan tanto nuestros prejuicios como la seguridad con la que asumimos que son ciertos y el modo en que rechazamos otros puntos de vista sobre asuntos sobre los que tenemos un conocimiento muy superficial.
El psicólogo Jonathan Haidt apunta una forma de moderar la opinión de una persona sobre un problema: pedirle que lo explique con sus propias palabras. “Esa persona se da cuenta de que no comprende todos los ángulos del problema y empieza a actuar de otra manera”, explica Haidt, que echa en falta los matices en el análisis que algunos intelectuales progresistas hacen de los votantes de Trump.
Muy pocos han intentado examinar esos matices durante la crisis catalana. Hemos leído que el separatismo paseaba su odio por las calles de Bruselas o que el independentismo era “el nuevo nazismo”. También que aplicar el artículo 155 era una estupidez, que Ciudadanos se creó para apartar el catalán de Cataluña o que son los independentistas quienes intentan frenar “la destrucción, el caos, el apocalipsis”. Pocos han apuntado en cambio que los catalanes se perciben a sí mismos mucho más moderados que a sus partidos o que una proporción importante apoyaría una tercera vía si se le diera esa opción.
A quienes alimentan el conflicto en Cataluña no les interesa que emerja esa tercera vía. Alguno ha llegado a decir que quienes la defienden son como los judíos que creyeron posible aplacar a Hitler en la Alemania nazi sin que esas palabras hayan forzado su dimisión. Independentistas y constitucionalistas han usado sin pudor la alegoría de la Alemania nazi. Más de uno ha llegado a comparar al independentismo con el Ku Klux Klan.
El diseño de las redes sociales y la adicción a los clics de muchos medios han ofrecido un altavoz de las voces más estridentes y han ayudado a que muchos catalanes vivan atrapados en una ficción. Esa atmósfera bronca ha empujado a los más radicales a envenenar el espacio público con insultos, palabras xenófobas y falsedades. Han llegado a decir que Ciudadanos era “un partido neofalangista” o que el “tragaldabas Oriol Junqueras” se comería en prisión “un lujoso menú pagado por España”. Se ha sugerido que un camión podría atropellar a todos los jueces del Supremo o que Franco moriría en una urna catalana… ¡42 años después!
Mención especial merecen los insultos machistas. Se han publicado infundios malintencionados sobre Elsa Artadi. Se ha llegado a decir que Anna Gabriel era “un orco” y gastaba “muy poco en desodorante”. Se ha publicado que Inés Arrimadas era “una mala puta” y se ha deseado que sufriera una violación en grupo.
Son palabras que se descalifican por sí solas pero que
han encontrado eco en un entorno en el que todo vale para golpear al adversario y en el que las emociones pesan más que la razón. Esa atmósfera también la retrató Lippmann hace casi nueve décadas: “En el momento en el que uno empieza a
hablar de fábricas, minas, montañas o incluso de una autoridad política como los ejemplos perfectos de algún principio eterno, ya no está debatiendo sino combatiendo. Ese principio eterno censura todas las objeciones, aísla el problema de sus orígenes y de su contexto y prende la mecha de una emoción fuerte, que es apropiada para los principios pero nada apropiada para hablar de muelles, almacenes o inmuebles. Y si uno empieza en ese tono ya no puede parar”.
Seres tribales
Jonathan Haidt es el autor del libro The Righteous Mind, que analiza los orígenes y los efectos de la polarización. En noviembre pronunció este discurso en el Manhattan Institute, un instituto de pensamiento conservador. El discurso, que ha reseñado en esta columna David Brooks, se centra sobre todo en las amenazas a la libertad de expresión en los campus de Estados Unidos. Pero sus palabras aportan luz también para la atmósfera que se ha creado en Cataluña.
“La evolución nos ha diseñado y adaptado de forma exquisita para vivir en sociedades pequeñas con una religión intensa y animista y con un conflicto violento entre distintos grupos por el territorio”, dice Haidt. “Amamos tanto la vida tribal que hemos inventado los deportes, los clubes de fans y los tatuajes. La mentalidad tribal está en nuestros corazones y en nuestras mentes. Nunca podremos deshacernos del todo de ella pero podemos minimizar sus efectos porque somos una especie con una conducta flexible”.
Reducir el efecto de esos instintos tribales que cita Haidt es difícil pero no imposible. Algunos proyectos empiezan a intentarlo, asustados por los seísmos políticos recientes y por sus consecuencias para el futuro de nuestras sociedades. El profesor Ethan Zuckerman acaba de lanzar la herramienta Gobo, que permite a cualquiera abrir sus perfiles sociales a opiniones que no concuerdan con sus puntos de vista. A principios de octubre intentamos algo similar en Politibot: preguntar a nuestros usuarios en Telegram y Messenger su opinión sobre aspectos de la crisis catalana y ofrecerles después artículos en contra de esa opinión. Muchos de nuestros usuarios agradecieron ese esfuerzo en este entorno de alta tensión.
Las redes sociales también pueden ser parte de la solución. Este proyecto unió en un grupo privado de Facebook a 25 mujeres que habían votado a Trump en Alabama con 25 mujeres de San Francisco que habían votado a Hillary Clinton. Las conversaciones generaron comprensión entre personas con
experiencias muy distintas e inspiraron series periodísticas sobre los asuntos que apenas salían en la prensa o que los medios no estaban explicando bien.
Una sociedad partida en dos mitades es una sociedad enferma. Recomponerla requiere un esfuerzo de quienes tienen un altavoz en la esfera pública: los políticos, los periodistas o los líderes de la sociedad civil.
Los periodistas podríamos ayudar también a romper ese círculo vicioso. Este informe de Claes de Vrees para el Shorenstein Center ofrece algunas claves útiles para cubrir mejor cualquier fenómeno populista. Algunas son obvias como explicar en detalle los efectos concretos de las propuestas políticas de cada partido o huir de los relatos que presentan las elecciones como una carrera de caballos o como una batalla campal. Otras requieren cierto esfuerzo como ignorar los ataques de los políticos que disparan contra los reporteros. En palabras del profesor De Vrees, “comportarse como un civil cuando te disparan como a un enemigo”.
El entorno no es el más propicio para rebajar la tensión y regenerar la esfera pública en Cataluña. Pero esa regeneración es el primer paso para empezar a resolver esta crisis. Una zanja cada vez más honda solo empeorará las cosas. ¿Por qué no tender un puente hoy?




Gracias a mi buen amigo riojano, ilustre profesor sobre la narrativa cinematográfica, Jorge Latorre, he llegado al artículo que reproduzco antes, y que me ha seducido por la objetividad y concreción con las que analiza la problemática del conflicto independentista catalán.
La verdad es que desde que finalizaron las elecciones autonómicas de Cataluña me había conjurado a no lanzarme a comentarios sobre los desvaríos y esperpentos de las partes o sectores en conflicto, y casi me siento comprometido a no volver a hacerlo hasta que cuaje la composición del nuevo Parlament y se alumbre el nuevo Govern, si es que ocurre, que difícil parece.
Pero al filo de lo que con tanto tino escribe Eduardo Suárez, creo que no es demasiado tarde para que vayan apeándose extremismos, reproches, insultos, rebeldías infundadas y sentimentalismos de vía estrecha, que en el problema catalán solamente han contribuido a crispar la vida social en una región como la catalana, casi siempre tan tradicional y moderada, cercada por su proverbial “seny” o sentido común.
Hace unos días un buen amigo y compañero desde antaño, catalan-parlante y muy vinculado a la región, no solamente por raigambre natal del norte de la Comunidad Valenciana, sino también por haber trabajado en Cataluña y tener familiares trabajando en ella, me sorprendió en buena manera cuando en una comunicación privada entre nosotros denotó una excitación o irritación impropia de él, atribuyendo al gobierno de España los males que sufría la educación en la región y hasta rasgándose las vestiduras por la ideada “brutalidad” de las fuerzas de seguridad “del gobierno español” en la represión de las pacíficas e idílicas manifestaciones frente a la Consellería de Economía de la Generalitat, en las que por puro
accidente se destrozaron coches de la Guardia civil, y si se impidió la salida de una comisión judicial y de las fuerzas de seguridad que la protegían fue por puro miedo (así se dijo), porque en la calle los miles de manifestantes que eran arengados se limitaban a gritar. (Ésta es al menos la manipulada versión que ofrecieron los “pacíficos” dirigentes que todavía están en prisión, ahora llamados “rehenes” del gobierno central).
Mas soslayando, por manido y repetido, lo del victimismo de los independentistas, sigue quedando claro que cuando dos no quieren ninguno de ellos habla con el otro.
Parece que algunos, váyase a saber si bajo las convincentes razones de un presidio, han dicho que renunciarían a una declaración unilateral de
independencia, pero del dicho al hecho media buen trecho, como enseña la fábula del escorpión que prometió a la rana no clavarle el aguijón si le cruzaba el río a sus lomos, y que bien se sabe que se vió impelido a actuar “según le exigía su naturaleza”, o séase, clavando.
Ahora, después de unas elecciones que han dejado un panorama electoral muy complejo, con un práctico empate, los pro-independencia proclaman que quieren la presidencia del Parlament y el control del Govern, aunque entre ellos van lanzándose “ataquitos” simulando estar en abierta oposición, pero poco creíbles, máxime cuando sus líderes, están “fuera de juego”. El uno, en prisión, por alentar e inspirar la sedición; el otro, cobardemente huido al extranjero, para no ser detenido por lo mismo; y los dos cabecillas de los alborotos y las “pacíficas violencias”, también degustando rancho carcelario, por haber sido “pacificadores”…
Así no habrá solución, y mucho me temo que seguiremos con el enredo catalán por mucho tiempo, porque nadie quiere hablar con el oponente, ya que entiende que ello implica rebajarse o ceder.
Es indudable que la fuerza de la Constitución española dota de muchas mayores posibilidades a las tendencias de los no independentistas, pero vistas las intenciones casi revolucionarias y antisistema de los otros, parece aconsejable usar más la prudencia que la fuerza y energía de las razones legales.
En esas estamos, y la verdad es que esa incertidumbre sobre si vamos a otra nueva locura independentista o si llegaremos a la razón y por vía de diálogo y pacto se hallará alguna solución, esa incertidumbre, repito, en nada beneficia ni a la economía de Cataluña ni de España. Y menos a la convivencia
Pero, ya se sabe, los separatistas se olvidan de la economía (antes ya han desviado muchos fondos para sus maniobras) y los defensores de la unidad española piensan que su fuerza por la razón evitará mayores daños.
Como dice el refrán,
“los unos por los otros, la casa está sin barrer”.
Recojo de Internet:
” “Yo la amaba. Sí. Mas con lo que habéis osado, imposible la hais dejado para vos y para mí». Se lo dice don Luis Mejía a don Juan Tenorio tras el engaño que el burlador hizo de doña Inés de Ulloa, al que añadió el anuncio de su intención de seducir también a doña Ana, prometida del propio don Luis. ¿No hay un cierto paralelismo entre ese drama -fantástico-religioso según su autor, ripioso para algunos e inmortal para otros- con la situación política de hoy mismo?”
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

21 diciembre 2015

Las elecciones generales en España: “Imposible lo dejasteis para vos y para mí”

“España tumba el bipartidismo y deja en el aire el gobierno
  • PP y PSOE pierden más de 5 millones de votos y los emergentes superan los 8 millones
  • El desgaste 'popular' y el frenazo de Ciudadanos dejan al centro derecha sin mayoría absoluta
  • Rajoy: 'Quiero intentar formar un Gobierno estable'
Los españoles decidieron ayer dar por muerto y enterrado el bipartidismo en torno al que ha venido girando nuestro sistema político desde 1977. El PP y el PSOE perdieron en conjunto 5,4 millones de votos respecto al resultado mientras que, enfrente, surgieron dos grandes alternativas de poder, Podemos y Ciudadanos, que sumaron más de ocho millones. La fuerza más votada fue el PP de Mariano Rajoy, que obtuvo 123 diputados pero tendrá muy difícil gobernar, puesto que ni siquiera un acuerdo con los 40 parlamentarios de Albert sería suficiente. Los socialistas mantuvieron el segundo puesto pese a romper su suelo y caer hasta los 90 escaños, y Podemos irrumpió con ímpetu arrollador hasta los 69.
Tal y como se ha venido perfilando a lo largo de toda la campaña, se abre una nueva etapa política que no tiene referente en ninguno de los procesos electorales de la democracia española. El bipartidismo que ha sobrevivido durante casi cuatro décadas, llega ahora a su fin.
  El país entra en una dinámica marcada fundamentalmente por el empuje de las nuevas generaciones que siempre han vivido en un régimen de libertades y que no votaron la Constitución.
Ahora, España se asoma a un paisaje político en el que, por el momento, no se ve con claridad la fórmula para garantizar la gobernabilidad. El color y las hechuras del futuro Ejecutivo están en el aire.
El Partido Popular ha ganado las elecciones pero precariamente. Ha conseguido 123 escaños, a años luz de los 186 que logró en 2011. En estos cuatro años se ha dejado más de tres millones y medio de votos.
El PSOE, por su parte, se ha mantenido como segunda fuerza aunque perdiendo más de un millón y medio de votantes y situándose, con 90 escaños, por debajo del listón psicológico de los 100 diputados. Los socialistas han cerrado las urnas sintiendo el aliento en la nuca de un nuevo partido: Podemos, que ha logrado un espectacular resultado, aunque yendo en coalición con fuerzas menores en Valencia, Cataluña y Galicia. El partido liderado por Pablo Iglesias y sus compañeros de comicios (En Marea, Compromís y En Comú Podem) han conseguido entrar en el poder legislativo con 69 escaños.
La otra fuerza emergente, Ciudadanos, se ha desinflado llamativamente respecto a los resultados que le llegaron a vaticinar las encuestas. El partido encabezado por Albert Rivera finalmente ha logrado 40 escaños. Teniendo en cuenta que se estrenaba en
el teatro nacional, su entrada en el Congreso también puede calificarse como muy importante.
En estos comicios, las dos fuerzas tradicionales -PP y PSOE- que se han turnado durante casi cuatro décadas en el poder, han perdido en conjunto más de cinco millones de votos. En 2011 un total de 17,8 millones de españoles escogieron o la papeleta popular o la papeleta socialista. Ayer sólo lo hicieron 12,6 millones. En el otro lado de la balanza, los dos partidos nuevos -Podemos y Ciudadanos- han conseguido atraer en su primera actuación en unos comicios generales, el sufragio de ocho millones y medio de españoles.
Las dos fuerzas nuevas no sólo han robado voluntades políticas a manos llenas a populares y socialistas, sino que también han atraído al nuevo votante y han conseguido laminar a partidos que hasta bien entrada la legislatura tenían excelentes perspectivas, como Izquierda Unida o UPyD.
IU, encabezada por Alberto Garzón, apenas ha obtenido dos escaños por Madrid. En tanto que la formación magenta, liderada en estos comicios por Andrés Herzog, no ha logrado ni un solo puesto en el Parlamento.
¿Un Gobierno pentapartito?
El panorama que se dibuja ahora con la vista puesta en la gobernación es, de partida, muy difícil. En principio, atendiendo a la dicotomía derecha-izquierda, el bloque formado por Partido Popular y Ciudadanos suma un total de 163 escaños, insuficiente para constituir un Gobierno con manos libres, e insuficiente también para sacar adelante sólo
con sus votos la investidura del líder del PP como nuevo presidente del Gobierno. Lo mismo sucede con el tándem Podemos-PSOE que juntos sumarían 159 escaños.
No obstante, esta segunda fórmula, podría llegar a contar con el respaldo de otros partidos menores más radicales e incluso nacionalistas. Resulta difícil imaginar un Gobierno pentapartito -que evidentemente marginaría al PP que ha sido la fuerza más votada-, pero quizá no lo sea tanto a la hora de sacar adelante la investidura de un líder de izquierdas. Ahora bien ¿cuál?
En este bloque, el PSOE es la fuerza más votada, pero su candidato Pedro Sánchez ha conseguido el peor resultado de la historia para su formación y su posición interna no es precisamente de gran fortaleza.
No es el caso de Pablo Iglesias, al frente de Podemos. Su liderazgo, con los excelentes resultados logrados se consolida, pero no hay que olvidar que buena parte de sus escaños han sido obtenidos por fuerzas con las que se presentaba coaligado en comunidades autónomas en las que no contaba con suficiente red propia y que en el Congreso de los Diputados previsiblemente se dividirán en varios grupos parlamentarios.
Existe una tercera posibilidad, experimentada en otras naciones europeas -el caso alemán es el paradigma-, pero jamás en España. Se trata de la gran coalición que implicaría ver un Gobierno en el que vayan de la mano PP y PSOE. Un experimento así sería visto de inmediato como un intento, último quizá, de las dos fuerzas tradicionales por seguir manteniéndose, contra viento y marea, en el poder.
No hay duda de que un acuerdo de este tipo supera los números tanto para investir a un presidente como para gobernar. Sin embargo, si lo que se pone sobre la mesa son programas concretos, las diferencias entre las dos formaciones parecen demasiado grandes como para lograr un pacto tan estrecho. De hecho, es esta una fórmula que, según las encuestas que se han realizado antes y durante la campaña, no gusta a los ciudadanos.
Anoche, el líder socialista, Pedro Sánchez, afirmó que, por su parte, permitirá que sea el candidato de la fuerza más votada, es decir, Mariano Rajoy, quien abra la ronda de negociaciones y contactos para intentar conseguir un acuerdo que permita formar Gobierno.
En cualquier caso, resulta necesario tener en cuenta que para gobernar no es imprescindible contar con el respaldo de una mayoría absoluta. Un Ejecutivo sin el apoyo continuo de 176 diputados es posible aunque se ve lógicamente obligado a negociar cada paso con fuerzas muy diferentes. El Parlamento gana en viveza, pero también, si la división del Hemiciclo es excesiva, sufre de inestabilidad.
Las fuerzas emergentes que han dado un vuelco al panorama político quieren cambio, quieren tomar las riendas de un nuevo futuro. Y ya están aquí. Estas han sido las elecciones de la catarsis y como tales dan paso a un periodo inicial de inevitable confusión que exige altura de miras para evitar los riesgos evidentes del caos.
El próximo 13 de enero, a las 10.00 horas se abrirá la sesión constitutiva del nuevo Parlamento. El Congreso será una cámara multicolor que a partir de ahora tendrá que regirse por una norma insoslayable, la de la negociación.
La regla del pacto empezará a explorarse de manera inmediata con los contactos entre líderes, dirigidos en principio por el más votado. Mariano Rajoy intentará buscar apoyos, en el mejor de los casos para alcanzar un pacto de gobernabilidad que asegure, como él repite, una legislatura estable y, en el peor, para lograr su investidura como nuevo presidente y formar un Ejecutivo dispuesto a caminar el máximo tiempo posible pero sobre la cuerda floja. En este último escenario es muy posible que la legislatura no llegue a durar los cuatro años que en principio marca la ley.
La situación es tan incierta que no resulta
descabellado plantear la hipótesis de una repetición de elecciones si finalmente nadie consigue los apoyos suficientes como para formar Gobierno.
Las investiduras en España nunca se han aplazado más allá de mes y medio a contar desde la cita con las urnas. Sin embargo en esta ocasión las cosas son distintas. Tras un intento de investidura fracasado se abre un plazo de dos meses para seguir celebrando intentos de votación. Cumplidas esas ocho semanas, si no hay éxito, el Rey, con el refrendo del presidente del Congreso, procede a la convocatoria de nuevas elecciones generales.
(De “El Mundo”, 21/12/2015)

No es que la obra teatral “Don Juan Tenorio”, de José Zorrilla, sea un prodigio de métrica y de arte poético, pero ciertamente contiene una serie de expresiones que, tomadas de la vida diaria, nos sirven de “muletilla” ante diferentes situaciones de la vida y de la realidad.
Por tanto, la sentencia “Imposible la dejasteis para vos y para mí”, viene como anillo al dedo (“como pedrada en ojo de boticario” diría algún castizo) a lo que ha acontecido en España en las elecciones legislativas o generales del día 20 de Diciembre.
Vaya por delante que el pueblo español ha dado una enorme lección de madurez ciudadana y democrática, votando en importante afluencia y en orden y paz, como no podía ser menos después de casi cuarenta años de vida del actual sistema.
Cierto también que el pueblo español ha dado otra gran lección con sus votos, pues ha establecido a quién prefiere, cómo lo prefiere y con quienes quiere que se integre en la vida política.
Pero no puede negarse que del resultado de las elecciones del día 20 de Diciembre resulta en principio un enorme lío, ya que el partido gobernante (el PP) ha sido el más votado –dícese que “ha ganado” las elecciones”— pero ha perdido un montón
de escaños y ha quedado en una minoría mayoritaria.
El otro partido hasta ahora bastante predominante (alternando entre gobierno y oposición), el PSOE, ha quedado en límites mínimos insospechados, y aunque a nivel nacional está en segundo lugar, ha sido superado por otro de los llamados partidos emergentes. Contando además con su tradicional falta de conciencia.
El primer emergente es P(j)odemos –lo siento, pero sigo sin renunciar a insertar la “j” en su denominación— que es un conglomerado de grupos en forma de partidos, de etiología filocomunista de la no homologada, tendencias reaccionarias a la izquierda y apariencias constitucionalistas, que en su oferta de ruptura de formas y rebeldía frente a los apretones del poder establecido, ha seducido
principalmente a la gente joven (importante mayoría) y se ha aproximado mucho al segundo puesto en número de votos.
El cuarto partido en liza, novato también, el denominado “Ciudadanos”, ha aportado bisoñez y acogimiento de un añorado e irrepetible centro político, que ni siquiera el irrepetible Adolfo Suárez pudo consolidar.
Así que el mapa político semeja un arco iris, una pléyade de colores, que esencialmente pone de manifiesto que algo (mucho) está cambiando en esta España nuestra.
Aquello de las derechas y de las izquierdas creo que ha sido superado por lo que significa “lo nuevo” y “lo viejo”.
Recuerdo la anécdota que me refirió el catedrático Don Adolfo Miaja de la Muela, uno de mis maestros, quien me distinguió dirigiendo mi tesis doctoral, cuando me contó que en otra tesis que hubo de soportar escuchó de un colega que lo sometido a control por el doctorando tenía “cosas muy originales” y “cosas muy buenas”.
La respuesta del Profesor Miaja fue, como él mismo, de excelsa inteligencia y aguda visión: “Sí; pero lo original no es bueno; y lo bueno no es original…”.
Gran verdad, que resulta aplicable a lo acontecido en
estos comicios, en los que el pueblo español ha tenido miedo a desasirse del pasado y pánico a dejarse arrastrar por su natural ansia de progreso.
Aquí, en España, nadie quiere perder lo que ya ha conseguido en materia de bienestar diario, de precios contenidos, de abundancia de bienes, de estilo de vida confortable; pero ansía mejorar sus pensiones, a encontrar mejor trabajo, a incrementar sus retribuciones. En una palabra, a ir hacia adelante sin posibilidad de retroceso.
Y me parece que eso es lo complicado.
Porque los que arriban como nuevos no hacen sino re-editar arcanas fórmulas, y los que permanecen se han anclado en si historia sin evolución comprobable.
Así las cosas, si trata de gobernar la derecha, malo, porque se opondrá la “supuesta” izquierda del PSOE, que hasta llegaría a soportar a los iconoclastas del “P(j)odemos”; y también a los otros de la izquierda comunista. Y como el PSOE tiene ascendiente
hermafrodita, hasta sería capaz de aliarse con “Ciudadanos” contra natura, con tal de mandar.
Y, si trata de gobernar la izquierda, el PP más cavernícola boicotearía lo divino y lo humano con tal de sobrevivir.
¿Qué hacer, por tanto?
Quien lo sepa y atine, llevará premio.
Pero sin mostrar deseo de recompensa, aquí y ahora me siento obligado a proclamar que ya veremos en qué acaba este lío, si es que termina.
No puedo olvidar la admonición de un sagaz analista político de que “ahora se trata de los mismos perros con diferentes collares”.
Gran verdad que entraña gran paradoja.
Que, mande quien mande, gobierne quien gobierne, en esta España nuestra el lío está servido.
Y aunque “imposible la dejaron para ellos y para
nosotros”, esperemos que la doña Inés de la sensatez política redima a tanto don Juan advenedizo.
Eso es lo que espero en este tiempo de Navidad, en el que las sospechas maliciosas se tornan esperanzas bienintencionadas.
¡Que Dios ha nacido en la Navidad para algo, caramba!
“Escojo a mis amigos por su buena apariencia, a mis conocidos por su carácter y a mis enemigos por su razón”.- Oscar Wilde (1854-1900) Dramaturgo y novelista irlandés
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA