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| Estrella de Alférez |
Hallará, sin embargo, quien siga este blog, sobrada
noticia de que se preparaba para el pasado sábado, en el acuartelamiento
General José Gabeiras, del IV Tercio de la Legión “Alejandro Farnesio”, en Montejaque-Ronda, en el seno de la Fiesta de la Legión, la renovación del
juramento a la bandera de una buena parte de los universitarios que muchos años
atrás, en la parte final de sus carreras, prescindieron de sendos trimestres estivales
de descanso y ocio, para alcanzar su formación en el servicio de las armas (a
la sazón obligatorio para todos los ciudadanos) y obtener, con los adecuados
estudios en el propio campamento, su graduación como suboficiales (sargentos) u
oficiales (alféreces) de la escala de complemento del Ejército Español.
Y más aún, el lector ajeno a aquellos redivivos
estudiantes-soldados, también deberá saber que quien mandó e instruyó a esos
jóvenes universitarios que fueron, todavía obsequia a la vida con su presencia
y vitalismo. Me refiero al otrora Capitán, Don José Manuel Sánchez Gey,
ahora elevado por todos los que le seguimos a la categoría suprema de "Capitán
General" y a la condición de “padre” militar y espiritual de todos nosotros.
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| Galones de sargento |
Y fue así, el pasado viernes, siete de junio,
cuando el sol comenzaba a iluminar de refilón el tajo rondeño, al filo de las siete de la tarde, los teléfonos móviles de los miembros
de aquellas dos compañías de instrucción; de aquellos llamados “milicios”, comenzaron a sonar ya en Ronda, inquiriendo
dónde se hallaba cada uno, con ansia irrefrenable de fundirse cuanto antes en el abrazo emocionado y emocionante del reencuentro.
Y de esta guisa, en el “Mirador de la Espinela”,
magnífica instalación hostelera colgada sobre el Tajo de Ronda, con vistas espectaculares sobre toda la serranía y las estribaciones de Grazalema, fueron
intuyéndose más que reconociéndose, mientras se abrazaban, aquellos que cincuenta años antes
presumían de bigotillos y exhibían pobladas y casi siempre negras cabelleras
(algún díscolo pelirrojo y algunos rubios había).
“¿Perdona, quién eres tú?”, fue la pregunta más repetida, a la que siempre siguió un apretado abrazo y un encararse para
contemplar que el paso de los años había ajado algún que otro rostro,
despoblado alguna que otra cabeza y tintado al níveo casi todos los cabellos;
pero que el carácter y el espíritu seguían incólumes.
Las esposas, parejas, hijos, acompañantes,
observaban en un segundo plano, con curiosidad y regocijo aquel encuentro de compañeros con gestos de adolescentes entre ellos, al tiempo que ni podían imaginar cómo había sido posible el
“milagro” de una reunión así tantos años después.
El entusiasmo y las ganas de convivencia se
desplegaron por las calles de la ciudad de Ronda, tan desconocida para muchos
de nosotros en su realidad actual, pero tan recordada; y unas cañas de cerveza
o unas copitas de vino fino y un tapeo fueron el sello del primer contacto.
La mañana siguiente, la del sábado día ocho de junio,
apareció inusitadamente fría y desapacible. Era sorprendente el frío viento que
soplaba y la amenaza de lluvia que negros nubarrones presagiaban.
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| Emblema de la IPS |
(¡En aquellos
Ronda y Montejaque de sol inmisericorde y de los cuarenta grados a la sombra de
cincuenta años atrás!)
Pero cuando el colectivo, con esposas, hijos y bastantes acompañantes, inclusive nietos y bisnietos, descendía en el autobús hasta el
que fuera su campamento, hoy remozado acuartelamiento de la unidad legionaria
de élite (el Tercio IV Alejandro Farnesio, al que, en tono jocoso se denomina "los okupas"), ni siquiera la fina lluvia que comenzaba a caer pudo evitar el
efluvio ardiente de la emoción.
Sí, efectivamente, al igual que “el retorno a
Brideshead”, el retorno a “nuestro” Montejaque se estaba consumando.
Ya nos emocionó que al paso de nuestro autobús (identificado en su frente con un llamativo poster de nuestra promoción, que más adelante se reproduce), la
marcialidad de los legionarios nos acogiera con perfectos
saludos, pero mucho más nos entusiasmó el hecho de pisar físicamente la tierra
(hoy casi todo asfalto) de la que fuera nuestra Plaza de Armas, en la que
banderas y gallardetes anunciaban la celebración prevista.
Unos atentos y disciplinados suboficiales fueron
acomodando a nuestros acompañantes en las tribunas, mientras que a nosotros,
los que habíamos alcanzado el grado de oficiales y suboficiales de complemento cincuenta años antes, se nos disponía
en grupo destacado y unido a los pies de la tribuna presidencial, integrándose con nosotros varios hijos de nuestro Capitán.
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| Arma de Infantería |
Arreciaba la lluvia, que empapaba nuestros trajes civiles, nuestros
uniformes de ahora, pero allí permanecíamos entre estoicos y embargados por los
efluvios de la emoción al visionar de nuevo tan “in situ” lo que tan nuestro había sido y volvía a ser, y
vernos situados frente a la sierra de Grazalema, y al “murex” de nuestros
disparos, oliendo a campo, a nuestra montaña querida.
El desarrollo del acto castrense fue, como es
habitual en las celebraciones legionarias, impecable, lleno de emoción, con el
recibimiento a la bandera, la llegada y revista de tropas por el Secretario de
Estado de Defensa acompañado del General Jefe de la Legión, la Jura de bandera
por más de setecientos civiles, entre los que destacaba nuestro grupo –que
desfiló unido (e identificado cada cual con su "galleta" de la XXI Promoción y 50 Aniversario), hacia la enseña patria, entremezclándose con nosotros,
esposas, hijos, nietos--; el homenaje a los muertos, con la ofrenda
(escalofriante) al Cristo de la Legión de la corona de laurel, a los sones del toque cornetil de
silencio y de toda la banda; la interpretación musical de la pieza legionaria “novios de la muerte”; la salva de fusilería; y el desfile
impresionante de las tropas legionarias.
Menos mal que todos mirábamos al frente, y más bien al infinito, porque así quedaron para cada uno de nosotros, para
nuestros adentros, las lágrimas de incontenible emoción que, de manera espontánea pero inevitable, nublaban nuestros
ojos…
Ojos que sí imaginaron dibujadas en el ya azulado
firmamento, las refulgentes estrellas de seis puntas de aquellos compañeros que
ya habían partido hacia ese infinito que es el recuerdo perenne.
Tan es así que el “meteoro”, ese tan amado por
nosotros “meteoro de Montejaque”, pasó a obsequiarnos al cabo de un rato con un sol brillante,
que no solamente secaba nuestras emociones, sino que nos situaba en la realidad
del hoy y ahora, desde el ayer que nos había conducido hasta allí.
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| Momento de la Jura de bandera |
Y entonces salimos en hilera individual con paso sostenido, hasta llegar a la bandera, que besamos con respeto y rubor, notando en nuestros labios el calor de la madre patria que la seda nos transmitía.
Al regreso del juramento, abrazos entre todos,
dándonos la enhorabuena, porque habíamos vuelto a nuestros orígenes desde
nuestro presente, especialmente acompañados por nuestros allegados y por los familiares de nuestro
Capitán, por éste mismo (en lugar de honor en la tribuna presidencial), en torno al cual hicimos racimo para perpetuar nuestro
encuentro en las fotos, entremezclados todos, como la mejor demostración de que
entre el Capitán y subordinados, profesor y alumnos, se había instaurado ya una
indisoluble unión de familia.
Y llegó el culmen, con el desfile de las tropas,
impresionante, que enardeció a todos los presentes, rubricando con su aplauso
fervoroso la emoción que causaba tanta marcialidad y orden.
Acabado el acto castrense, la alegre conversación
prologó el retorno a Ronda, para nuestra propia e íntima celebración del cincuentenario.
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| Programa de la celebración en Ronda |
Nos aguardaba el restaurante “El Mirador de la
Espinela”, y en su planta noble se nos había reservado toda una sala, en la que
nos acomodamos los concurrentes, presididos por nuestro "Capitán General" y
su hijo, ilustre y laureado militar, el Coronel José Manuel Sánchez-Gey Venegas (nuestro
“alter ego”, y eficacísimo valedor), y una buena parte de sus familiares más allegados. Toda la sala, todos puestos en pie,
recibimos con un emocionado aplauso a nuestro "Capitán General", que compartió
mesa con los primeros números de la Compañía y el Cronista de la unidad.
El Cronista introdujo la bienvenida y glosa de la reunión, en medio de la cual resultó
conmovedor y emocionante el recuerdo a los compañeros fallecidos, nombrados por Jesús Bataller uno
a uno, en medio de un silencio que cerró una atronadora y emocionada salva de aplausos, después de la lectura del poema dedicado a los que ya nos habían dejado:
“Amigo,
Buen amigo,
Compañero…
Te fuiste
Y no sé quién era primero…
Luces ya con tu estrella en nuestro cielo,
Por siempre en el recuerdo, compañero…”
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| Placa entregada |
Tras las palabras de varios asistentes, se hizo entrega al "Capitán General" de una placa de alpaca, con
especial dedicatoria, que se reproduce aquí mismo, y también, de un ejemplar
encuadernado en noble de la crónica-novela de la vida campamental, titulada
“Noventa días que hacen historia” y “Seis puntas tiene una estrella”, cuya
dedicatoria firmaron todos los presentes.
Y, en fin, el Capitán obsequió a sus discípulos con
un libro de su autoría, escribiendo y firmando personalmente las dedicatorias, y con fotocopia de las calificaciones de los estudios
militares que habían cursado medio siglo antes.
La emoción desbordó a todos, y especialmente al más
que nonagenario "Capitán General", quien
solamente podía agradecer con arrebatada emoción tanto afecto, con las palabras de "¡Gracias!", "¡Muchas gracias!""!Sois increíbles!".
Después, una exquisita comida, regada con buenos
caldos (por separado se inserta el programa de la celebración y la minuta de la
comida), dio paso a la tertulia, a la convivencia, a los cánticos y a la
deliciosa conversación.
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| Póster |
Todo esto, y mucho más, se vivió en aquellas
jornadas en que se volvió a y desde Montejaque, en un inolvidable encuentro de
antiguos compañeros, que podría calificarse como “un ramillete de emociones, en
el que sobraron las palabras”
Gracias mil al "Capitán General" y a su familia;
gracias mil a todos los compañeros; y a sus familiares y a los amigos; y a los
mandos del campamento de Montejaque.
¡Que Dios bendiga a todos!
Y honor para las compañías 4ª y 1ª de la 1ª
Agrupación, del campamento de Montejaque, años 1963/64. Que siguen vivas y en actividad cincuenta años después.
Y honor a las Milicias Universitarias, IPS.
Y honor a la Infantería Española.
Y honor al
Ejército español que fue y es.
¡Y, sobre todo, VIVA ESPAÑA!
Por encargo del cronista de las Compañías, lo transcribe
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA