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09 noviembre 2020

A propósito de las elecciones USA: Trump se autodestruye en su paranoia.- ¿Sirve de ejemplo para España?


"La "amarga victoria" de Joe Biden  Pedro J. Ramírez  @pedroj_ramirez, 8 noviembre, 2020. en “El Español”)

“Dentro de cuatro meses se cumplirán 25 años -cómo pasa la vida- de ese 3 de marzo de 1996 en el que aconteció la “amarga victoria” de Aznar. Así quedó caracterizada en el título de mi libro sobre aquella elección histórica, en justa correspondencia con la “dulce derrota” de González, que se apresuró a proclamar Guerra.

El resultado no fue, ni de lejos, el que casi todos esperábamos. Aznar se fue a dormir al borde del llanto y Ana Botella se sinceró ante su todavía común amigo Juan Villalonga: “Cuando dejamos el gobierno de Castilla y León, tuvimos que pedir un crédito para irnos de vacaciones. Y estos, que han hecho lo que han querido, que han metido la mano en la caja, se van a ir de esta manera. No es justo”.

Lo ocurrido esta semana en Estados Unidos tiene cuatro grandes similitudes con aquellos hechos. La primera, el fracaso reincidente de las encuestas. En España se equivocaron en el 93, pronosticando un empate, cuando González ganó por cuatro puntos; y se equivocaron aún más en el 96, de manera que los entre ocho y diez puntos de margen del PP, se quedaron en poco más de uno.

En Estados Unidos la cómoda ventaja de entre seis y siete puntos de Biden ha estado a punto de evaporarse, como se evaporó hace cuatro años la de Hillary. De nuevo, suspenso a la demoscopia.

La segunda similitud es el desprecio del incumbente hacia su adversario. González ridiculizaba a Aznar, como Trump a Biden. “¿Os imagináis a Aznar presidiendo la Unión Europea?”, preguntaba sardónicamente el líder del PSOE en los mítines, para obtener de la audiencia un “noooo”, tan coral como gregario.

Algo parecido a lo que hizo Trump, mostrando en Grand Rapids (Michigan) un vídeo en el que el tartamudeo congénito de Biden era más perceptible de lo habitual, para exclamar, entre las risotadas de sus seguidores: “¡Cómo me va a ganar un tipo así!”.

La tercera coincidencia, derivada de la anterior, es el mal perder del derrotado. Si hay una imposibilidad metafísica, darwiniana casi de que “un tipo así”, tan poco

carismático, tan modesto en apariencia, derrote al gran líder en buena lid, entonces habrá que buscar otra explicación más enrevesada.

Como el sistema electoral español apenas tiene grietas y el escrutinio lo supervisó su propio gobierno, González se aferró a teorías de la conspiración como la de la “pinza” –“Aznar y Anguita, la misma mierda son”- o la del “sindicato del crimen”, en cuyo epicentro me colocaba.

Lo que Trump cuestiona es la limpieza del recuento del voto por correo y, por lo tanto, el resultado mismo, desplegando toda una batería de acusaciones histriónicas, como bombardeo previo a la ofensiva de su infantería jurídica. Que Twitter haya marcado sus mensajes como “engañosos” o que la propia Fox se haya desmarcado de ellos, son buenos indicios de su inconsistencia.

La cuarta coincidencia, la más trascendente e inquietante, es la condensada en ese “han hecho lo que han querido”… y no han tenido el castigo que se merecían, explicitado a medias por Ana Botella.

El corolario castizo habría sido “…y se van a ir de rositas”.

En el caso del gobierno felipista, lo que ‘quisieron hacer’ e hicieron incluía el terrorismo de Estado, el saqueo de los fondos reservados, la obstrucción a la justicia o la protección a la corrupción circundante. En el de Trump, toda la inconcebible sucesión de agravios a los valores democráticos y abusos de poder sin cuento: desde los apaños con el Kremlin a la incitación a la violencia policial; desde la utilización de la Casa Blanca para promover los

negocios de la familia presidencial a los disparates negacionistas sobre la Covid. Según el respetado politólogo Mark Lilla, esta sucesión de episodios inauditos ha dejado en millones y millones de norteamericanos “la sensación de que ya no reconocen a su país”.

Estamos hablando de que grandes ‘crímenes’, en términos políticos, han desembocado en pequeños ‘castigos’ electorales, quebrando así el sentido de la proporción entre el daño causado, o al menos percibido, y el veredicto de unas urnas, anunciadas con la solemne trompetería del juicio final. Si ni siquiera en el Valle de Josafat del final de una legislatura se obtiene la reparación debida, todo sentido de la moral pública, toda fe en la decencia de quien gobierna, se evapora en el éter de la resignación o el cinismo.

Al menos, hace un cuarto de siglo, la “amarga victoria” de Aznar sirvió para impedir que se perpetuara un régimen personalista que duraba ya trece años. Aquella agónica investidura, a trancas y barrancas, dio paso a un tiempo nuevo con oportunidades de regeneración, aprovechadas sólo a medias.

Ahora, en Estados Unidos, asistimos al esperpento de este caudillo machista y xenófobo, tan hobachón por fuera, tan frenético por dentro, negándose a aceptar el resultado de las elecciones y poniendo en marcha una espiral de protestas callejeras, en la que ya aparecen manifestantes armados, mientras él aprieta el gatillo de sus mayúsculas, gritando “FRAUDE” y “ROBO”.

Para 'Ubu Trump' la más zafia desvergüenza es una mera cláusula de estilo. Tiene derecho, por supuesto, a apelar a todas las garantías del sistema, pero, como gran parte de los propios líderes republicanos subraya, hasta la fecha no ha aportado prueba alguna que sustente sus alegaciones.

Es significativo que la misma actitud le sirva tanto para pedir que se dejen de contar los votos donde va ganando, como para pedir que se sigan contando donde va perdiendo o que se vuelvan a contar donde ha perdido. Como lo es también que quien la misma noche electoral se apresuró a proclamarse ganador sin cautela alguna, exija a Biden que no lo haga ahora cuando la suerte de las urnas ya está decantada.

Es obvio que Trump no va a resignarse. Aunque la atribución de delegados en el colegio electoral haya arrojado un triunfo claro de Biden, lo ajustado del resultado en estados como Wisconsin, Michigan, Pennsylvania o Georgia, en los que la anulación de unos miles de votos supondría un vuelco de la situación, prolongará la batalla en los tribunales y mantendrá la incertidumbre durante semanas.

Al final, lo más probable es que Joe Biden se convierta, el 20 de enero, en el segundo presidente católico y de origen irlandés de los Estados Unidos y que en su Inauguration Day escuchemos un mensaje conciliador, plagado de connotaciones kenedianas y referencias a los Padres Fundadores y al sentido profundo de la democracia norteamericana.

Pero la posibilidad de intentar restaurar esos valores no habrá sido ni el fruto de un mandato claro para hacerlo, ni sobre todo, la consecuencia de una descalificación rotunda de quien los ha vulnerado con zafiedad y contumacia. Ese es el actual drama americano.

***

Probablemente el idealismo de mi generación, respecto a los Estados Unidos, esté basado en un precedente poco menos que irrepetible. Me refiero a la imagen del helicóptero del dimitido Richard Nixon, despegando del jardín de la Casa Blanca, como si estuviera siendo extirpado del Despacho Oval, bajo el oprobioso zumbido de la culpa.

Era el 9 de agosto de 1974 y yo, que había seguido in situ y con fascinación aún adolescente los acontecimientos, creí ver en el vuelo sin retorno de aquel abejorro la plasmación histórica del programa radiofónico El criminal nunca gana, que tanto me sobrecogía de niño.

La equivalencia entre “Dick el Tramposo” y Trump, es mucho más que fonética. Empezando, desde luego, por su enfermiza animadversión a la prensa y su endémica adicción a la mentira.

Sin embargo, ya sabemos que ahora no viviremos un desenlace reparador, parecido al de aquella tragedia griega, en la que Gerald Ford ejerció de mensajero de los dioses, para proclamar: “Nuestra larga pesadilla nacional ha terminado”.

Lo recuerdo con el escalofrío de los creyentes en esa democracia que los españoles aún anhelábamos importar: “Our long national nightmare is over”. Quién pudiera repetirlo ahora, en las actuales circunstancias de nuestro país.

Pero tampoco en Estados Unidos ha terminado esta vez la pesadilla, ni mucho menos. Al contrario. Aunque no se quede Trump -y hasta que le veamos salir, no lo creeremos- se quedará el trumpismo, convertido, como acaba de escribir Fintan O’Toole, en una especie de versión estadounidense del peronismo. Setenta millones de votos lo respaldan.

Es evidente que, además de las encuestas, nos hemos vuelto a equivocar todos los empeñados en medir la política norteamericana por los baremos de las pasadas décadas. La división entre el liberalismo de las dos costas y el conservadurismo de casi todo lo que hay en medio, con el noreste de los Grandes Lagos y el “cinturón del óxido” cómo árbitros, no es nueva.

La novedad es la radicalización de esa “Middle America”, embriagada por un inquietante cóctel de nacionalismo barato, fundamentalismo religioso, negacionismo climático, aislacionismo internacional y agresividad hacia todo lo que rezume intelectualismo.

Como Perón en Argentina, Trump aparece no como un líder coyuntural, sino como la encarnación del mito de una grandeza americana, basada en ideas tan trasnochadas y simplonas como fácilmente reciclables a través de las redes sociales. Eso es el populismo.

Ya sólo faltaba que el caudillo redentor cogiera la Covid y saliera a los tres días de su sepulcro hospitalario, en un oportuno acto de resurrección, justo a tiempo de subirse a la última ola de la campaña. Seguro que la taumaturgia o la baraka del charlatán, que venció a la pandemia, le ayudó a recortar tanto la ventaja de Biden.

***

Veremos hasta donde llegan las marrullerías de Trump, en su renuencia a traspasar ordenadamente el poder. Lo que trasluce esa actitud es precisamente la antítesis del patriotismo del que tanto alardea, pues supone negar la quintaesencia de una comunidad nacional que lleva la unidad -y por lo tanto la pluralidad- hasta en su razón social.

Es lo que denunció Casado en su catilinaria contra Vox. El “antipluralismo”, perfectamente extensible a Podemos o a los separatismos identitarios. “All your strength is your union”, escribió Longfellow en uno de los pasajes de La canción de Hiawatha que más le gustaba recitar a Lincoln. “Toda vuestra fuerza está en vuestra unión”.

El mismo Lincoln que proclamaba que “la unidad de los Estados” era un mandato “escrito en el cielo”, y que eso le obligaba a “aplastar la rebelión” sudista “por la fuerza”, dejó escrito en un sobre lacrado que si no lograba la reelección -como daba por hecho que ocurriría, dado el mal rumbo de la guerra- cumpliría “con el deber de cooperar con el presidente electo”, aunque se tratara del general McClellan, al que tanto detestaba, por su falta de ímpetu militar.

Remontándonos a los Padres Fundadores, nada ofendía tanto a Washington como que le achacaran motivos partidistas en las grandes decisiones en las que siempre buscaba el consenso. “No pertenezco a ningún partido”, aseguró su sucesor, John Adams, al imponerse por sólo tres votos a Jefferson, en una supuesta confrontación entre federalistas y antifederalistas. Poco después escribió, desolado, a su esposa Abigail: “Las rivalidades se han exacerbado hasta extremos de locura”.

No sería ese un mal epitafio para la era Trump, cuando el último clavo cierre su ataúd político. Seguro que él preferiría la famosa cita de Andrew Jackson -“He nacido para la tormenta y la calma no me conviene”-, aunque no le llegue al “Viejo Nogal” –“Old Hickory”- en integridad, valor y genuino patriotismo ni a la suela del zapato.

Pero, tras la ‘locura’ y la ‘tormenta’, puede en efecto volver la ‘calma’. Post nubila Phoebus. Y si alguien puede traerla o al menos impulsarla, desde el que sigue siendo el despacho más poderoso de la tierra, es Joe Biden, este hombre

tranquilo que ha predicado la “paciencia” para digerir su “amarga victoria” y se ha ofrecido para “curar las heridas” de la nación, con el mismo esmero con que tuvo que curar las suyas, cuando hace casi medio siglo perdió a su primera mujer en un tremendo accidente de tráfico y cuando hace cinco años vio extinguirse, víctima de un tumor, al fiscal Beau Biden, el hijo en el que tenía depositadas todas sus ilusiones de continuidad vital y política.

Bien está lo que bien acaba. Al final puede que los Estados Unidos hayan encontrado, de nuevo, un agónico camino para regenerarse, al sustituir, en plena pandemia, a un líder que sabe muy bien lo que es el éxito por otro que ya conoce muy de cerca el rostro del dolor”

(Publicado en “El Español”)

El  artículo de Pedro J. Ramírez podría relevarme de muchos más comentarios, porque bastantes de sus afirmaciones son suscribibles (hay otros aspectos discutibles).

Por lo acontecido en los Estados Unidos de América, casi resulta obvio que el histriónico, histérico, atrabiliario, manipulador y falso derechista de Trump ha venido a recibir la adecuada réplica y sanción por parte de una buena parte del electorado norteamericano, que se ha sustraído de tanta mentecatez, tanta chulería barriobajera y tanta antidemocrática decisión del grandón millonario, que hasta se tiñe los cabellos de rubio para encubrir las canas de una cabeza que oculta una mente enfermiza y dislocada.

Ha tenido que ser el gris Joe Biden, casi un “obrero de la política”, quien, desde la normalidad y autocontrol, ha desmontado la barraca inestable del aparente extremismo de derechas trumpense que más bien encubría un cesarismo a la americana, es decir, un egocentrismo sin fundamento ni menos calidad.

No quiero abundar más en el tema de las elecciones de Norteamérica, que sobrados y más autorizados analistas hay en la viña del periodismo, pero no me puedo sustraer a las reflexiones que lo acontecido me suscita respecto del galimatías en que se ha convertido la política en España.

De una parte, Pedro I “el Sánchez”, investido por sí mismo del aura de omnisciencia y omnipotencia para redimir (en apariencia) al país, proclama siempre las bondades y eficacia de su gestión, mientras

no ha sabido ni podido atajar tan tremendo drama social y sanitario como la pandemia del Covil-19, ha destrozado el sistema educativo y va camino de convertirse en el “mentiroso mayor del reino”

De otro lado, el “diablo cojuelo”  de Pablo Iglesias, el revolucionario iconoclasta que vampiriza al entregado socialismo, se dedica a “matar moscas con el rabo”, alborotando desde los ministerios de su manceba Irene Montero, de su valido Garzón (el político, porque el juez del mismo apellido es aún peor), y de esos garrapateros acólitos de Errejón y Monedero. Y de esta guisa, nos desayunamos un día con que el español deja de ser la lengua vehicular oficial (ahora se atribuye eso a los socialistas); que hay que liberar casi totalmente la eutanasia; que hay que facilitar a las nenas menores de edad la posibilidad de abortar cuando y como quieran, etcétera, etcétera. ¡Y la economía al garete!

En definitiva, quienes dicen gobernarnos se dedican, al más fiel estilo “trumpista”, a buscar tropelías que realizar, amparándose en

el poder que les ha drogado y les ha hecho prescindir fácilmente de sus “puros” principios izquierdistas. Ahora hay que compadecer a los etarras que pierden la vida (porque se suicidan) y neutralizar la memoria de los cientos, tal vez miles, de víctimas del terrorismo.

Lo dicho: el “desgobierno” de España nos está obsequiando con toda la gama de barbaridades de que son capaces sus impresentables (casi todos) miembros.

Tal vez, cuando por fin fenezca este actual gobierno, podamos repetir, y quizá alborozados, aquello que rememora Pedro J. Ramírez: “será una amarga victoria”. 

Con ribetes de satisfacción, sin duda.

"Tras un recuento electoral, sólo importa quién es el ganador. Todos los demás son perdedores"

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

05 agosto 2020

En tiempos de pandemia: Hasta un rey se va de España. Cada vez más contagios de falsedad y torpe gestión. Y los turistas ni vienen

“La salida del Rey emérito o el fantasma de Alfonso XIII

(Publicado el 4 de agosto de 2020 en “El Independiente”, por Victoria Prego
victoria.prego@elindependiente.com @VictoriaPrego)
“El Rey Juan Carlos, que podía haber pasado a la Historia como el mejor Rey de España, ha cometido el error mayúsculo de ensuciar su impecable labor institucional con un comportamiento privado que probablemente nunca pensó que se sometería a la acción de la Justicia porque él, en tanto que Rey, era inviolable como lo son, por cierto, los presidentes de las repúblicas democráticas mientras ocupan el cargo.

Porque Juan Carlos de Borbón nunca en su vida pensó en abdicar. Es decir, creyó que sería inviolable hasta el día de su muerte. Pero el accidente de Botswana se cruzó en su camino y a partir de ahí empezaron a salir a la luz sus líos amorosos -cosa que a los españoles nunca les importó nada- y volvieron a aparecer informaciones sueltas sobre sus andanzas financieras poco claras o directamente oscuras y presuntamente delictivas -cosa que a los españoles, sin embargo les indignó y les soliviantó definitivamente-. La situación de Juan Carlos I ha ido haciéndose por eso progresivamente insostenible. 
Pero una cosa es ésa y otra muy distinta anunciar, como se hizo ayer con la aprobación inaudita del Gobierno, que se marcha a vivir al extranjero. Eso no es de recibo. El Rey Juan Carlos I no debería en ningún caso haber tomado la decisión de salir de España, por más que su abogado asegura que se compromete a quedar a disposición de la
Fiscalía española, faltaría más. 
Y no debería haber decidido salir del país porque, por mucha literatura que se le eche al asunto, la imagen que va a quedar en la mayor parte de la población es la de que escapa, que huye. Y eso resulta insoportable y letal para la dignidad de la institución monárquica, para la dignidad de su propia y espléndida trayectoria institucional y para la estabilidad y fortaleza de la Constitución española. 
No hay más que escuchar las interpretaciones que se están haciendo desde la extrema izquierda y los nacionalismos independentistas para confirmar que ésa va a ser la versión que se va a hacer fuerte entre un importante sector de la población. 
Pero es que Don Juan Carlos de Borbón no está siendo procesado en estos momentos por el Tribunal Supremo, el único que podría enjuiciar su caso, de existir como tal. No hay tampoco hasta el momento ningún movimiento de la Fiscalía en el sentido de elevar al Alto Tribunal el caso por afectar siquiera sea tangencialmente al anterior Jefe del Estado. 
La imagen que va a quedar en la mayor parte de la población es la de que escapa. Y eso resulta letal para la dignidad de la institución monárquica y para la estabilidad de la Constitución 
Por todo eso y porque hubiera sido lo más digno, el viejo Rey debería haber permanecido en España hasta que quedara dilucidada su posible responsabilidad penal o administrativa, la cual sigue siendo dudosa a día de hoy porque puede ser que -aun aceptando la tesis de que los efectos posteriores a acciones realizadas bajo la inviolabilidad puedan ser examinados o juzgados prescindiendo del blindaje que otorga ésta- incluso el delito de fraude a la Hacienda Pública haya quedado ya prescrito. Tenía que haber permanecido en España hasta que el caso quedara cerrado de una u otra forma. 
Todo lo cual no borra, por supuesto, el inmenso descrédito a que se ha hecho acreedora su antaño tan admirada y tan querida figura tras las informaciones publicadas a raíz de las declaraciones con ribetes de burdo chantaje de su antigua amante, Corinna Larsen. Porque hay que decir también que en el caso de Juan Carlos I el derecho a la presunción de inocencia es algo que nadie ha considerado jamás. De hecho, parece haberse dado salida a una auténtica cacería contra «el Borbón», cacería que se va a intensificar con dureza creciente a a partir del anuncio de que se marcha de España. 
Seguro que todo este proceso está siendo muy duro y muy humillante para alguien que ha prestado servicios tan extraordinarios a su país pero ése es el precio que tiene que estar pagando ahora por la infinita irresponsabilidad con la que ha conducido su vida privada. 
Pero ¿es que alguien en su sano juicio ha considerado que la radicación del viejo Rey fuera de España va a reducir en algo el daño inmenso que su comportamiento privado ha infligido a la Monarquía y consecuentemente a la Constitución? ¿O que va a acallar el acoso con pretensiones de derribo de los contrarios a la unidad de España? 
No es la lejanía en kilómetros lo que va a proteger al Rey Felipe del asedio antimonárquico por parte de las distintas izquierdas republicanas y de todos los enemigos de esta democracia constitucional. Todo lo contrario: no hay más que asomarse hoy un poco a las redes sociales para calibrar el efecto corrosivo que el anuncio de que «el Rey Juan Carlos se exilia» ha producido en las regocijadas filas de la tricolor y de la estelada. 
Con su marcha del país se va a dar entrada a la mayor campaña de desprestigio de la Monarquía que nunca hayamos conocido 
Qué error, que inmenso error éste de salir de España. Nunca aquel titular de Ricardo de la Cierva con motivo del nombramiento de Adolfo Suárez tuvo mayor sentido que el que tiene hoy. Va a parecer -habrá muchos que procuren que lo parezca- que hace lo mismo que su abuelo, cuya salida por Cartagena camino del exilio fue el símbolo, y lo sigue siendo hoy día, del advenimiento de la República. Por Dios… 
Con su marcha del país se va a dar entrada a la mayor campaña de desprestigio de la Monarquía que nunca hayamos conocido, campaña que se va a extender a la Constitución de 1978 que en su Artículo Primero consagra la Monarquía Parlamentaria como la forma del Estado español. 
Resulta inconcebible que el Gobierno, que ha estado presionando insistentemente a la Casa del Rey para que se tomara una decisión drástica con respecto al anterior Jefe del Estado, haya amparado y dado su visto bueno a la peor solución de todas cuantas podían estar sobre la mesa, que tampoco eran muchas. 
Se podían haber habilitado dos soluciones distintas aunque simultáneas, una más dolorosa que la otra para Juan Carlos de Borbón, que no tuvieran esa connotación dramática de fin de un régimen. Una de ellas, que el antiguo Rey hiciera lo que tenía que haber hecho hace seis años, que es dejar La Zarzuela e instalarse en cualquier otro lugar a la altura de su dignidad. 
Es verdad que no tenía sentido -no lo tuvo nunca- que Don Juan Carlos y Doña Sofía continuaran viviendo tras su abdicación en el recinto de La Zarzuela porque ésa era -por decisión del propio matrimonio real y una vez que Don Juan Carlos no quiso ir a vivir al Palacio Real- la residencia de los Reyes de España. 
Los que ahora le atacan y le insultan lo hacen usando las libertades públicas que Juan Carlos de Borbón contribuyó personalísimamente y de una manera decisiva a implantar en nuestro país 
Deberían haberse marchado antes y no como resultado de los escándalos que ahora cercan a su figura. ¿Pero marcharse fuera del país? ¿A santo de qué? Esa es una declaración autoinculpatoria y si no lo es, la verdad es que lo parece y así quedará inevitablemente registrado en la Historia de nuestro país. 
Pero hay que decirlo por si alguno se ha olvidado: estamos hablando del Rey de España, del hombre que hizo posible, con enormes riesgos para sus persona y para la institución monárquica que él encarnaba, que España pasara de una dictadura a un régimen plenamente democrático sancionado por la mejor Constitución de nuestra Historia. 
Los que ahora le atacan y le insultan lo hacen usando las libertades públicas que Juan Carlos de Borbón contribuyó personalísimamente y de una manera decisiva a implantar en nuestro país. No vamos a repetir las inmensas aportaciones de índole política interna, de prestigio internacional y de orden económico y empresarial que Juan Carlos I ha hecho a España en las últimas décadas porque puede que no sea el momento. Pero es algo que sería moralmente delictivo olvidar y habrá que volver a recordarlo una y otra vez ante las más que seguras descalificaciones institucionales que vamos a escuchar insistentemente a partir de ahora. 
Pero repito: una de las opciones era que el viejo rey saliera de La Zarzuela y se instalara en algún lugar acorde con su dignidad. Y la otra, mucho más dolorosa para padre e hijo, pero sobre todo para el padre, hubiera sido la de, al mismo tiempo que su salida, dar por derogado el decreto por el que el Gobierno, no el Rey Felipe, le otorga el título de Rey con carácter honorífico «con tratamiento de Majestad y honores análogos establecidos para el Heredero de la Corona». 
La decisión de privarle de ese título sería mucho más eficaz en su papel de cortafuegos para proteger la Corona y la Constitución por más que admito que supondría una injusticia histórica hacia su impagable papel como «piloto de la transición», como en su día lo calificó con enorme acierto el historiador Charles Powell. 
Pero sacarle de España es la peor de las opciones porque en ningún caso se va a cortocircuitar la estrategia de todos los enemigos de la Constitución de elevar el nivel de sus ataques sino, al contrario, la va a exacerbar. 
Un epílogo tristísimo éste para quien se había ganado por méritos propios la admiración, el afecto y el apoyo sincero de la inmensa mayor parte de los españoles. Epílogo que se va a prologar en el tiempo y que va a hacer el efecto de una bomba en los mismísimos cimientos de nuestra convivencia nacional, ya desgarradoramente dañada.”
La siempre atinada pluma de Victoria Prego brinda en el artículo precedente una muy valiosa opinión sobre el acontecimiento que ha supuesto la decisión del 
rey Juan Carlos de irse a vivir fuera de España por el momento.

Coincido con la afamada comentarista política que, desde luego, la operativa que ha presidido la marcha del antiguo rey, ha sido todo menos acertada.Ha acontecido, una vez más, que el desvergonzado Pedro I “el Sánchez” ha querido hacerse pasar por padre de la patria, haciendo como que apoyaba la decisión del anciano rey, cuando en la realidad se ha dedicado a lo que bien sabe hacer: enfadar, mentir, crear falsedades y finalmente presentarse como redentor del problema.
Ahí es nada consentir que su “mano izquierda”, el coleta comunistoide Iglesias se haya despachado a gusto contra Juan Carlos, contra la monarquía y contra el régimen constitucional, sin hacerle el menor reproche, y amparándose en que son opiniones personales, y con su “mano derecha” (la más falsa aun) haya hecho como que apoya lo que los dos reyes, el reinante y el defenestrado han resuelto hacer.
El odio malsano que “el coleta” tiene a todo lo constituido se ha cebado por el momento en Juan Carlos, cuando estaba en debilidad ante la opinión pública, viene a ser el preludio de su objetivo esencial, que es derribar a la monarquía, e instaurar un nuevo régimen.
Ese nuevo régimen, sin rey, que parece ser desea tenga forma de república, en nada disgusta a Pedro I “el Sánchez”, quien en su ambición sin límite y en su cinismo permanente, bien desearía ser presidente de esa república que se pretende introducir.
No voy ahora a comentar ni a dar mi opinión sobre los yerros de Juan Carlos, quien, como buen Borbón de los decimonónicos, ha caído en los mismos hábitos que sus predecesores, un poco a modo de lo que narra la fábula del escorpión y la rana, ya que es ínsito a su naturaleza el perderse entre las entrepiernas femeninas y guardar un montoncito de
dinero para el caso de crisis de su monarquía.
Desde luego, lo del “vicio de faldas” podrá resultar vituperable a ciertas
personas de moral calvinista, pero en estos tiempos que corren resulta hasta comprensible y poco vituperable. ¡Si el sexo “irregular” galopa en nuestra sociedad!
Y lo del dinerito regalado, al decir, por los reyes saudíes, es grave porque se ha sabido, ya que casi todas las monarquías tienen, aunque se desconozca, su pequeño tesoro bajo el ladrillo de banca opaca.
Lo grave es que ese regalo ha trascendido y ha sido objeto de manipulaciones fiscales deleznables, por parte de quien no tenía necesidad de ello.
Bien es cierto que Juan Carlos vivía la política del avestruz, y escondida la cabeza bajo el ala de su inviolabilidad, no se percataba de que ya había acumulado tesoros de sobra.
Ha sido el mal hacer, han sido el ocultar, han sido la doblez y la mentira, que me temo ha contemplado con placer Pedro I “el Sánchez”, las que han impulsado al hijo y rey sucesor a verse en la encrucijada de hacer “algo” contra su padre, ya que éste parecía haberse propuesto hundir a su hijo y sucesor.
Mucho apena lo acontecido, primeramente por Juan Carlos, que ha sido un indudable elemento en el asentamiento y desarrollo democrático de España; pero mucho más  apena el triste espectáculo que se ha brindado, con un rey (Felipe) como acorralado, un gobierno presionante, unos partidos políticos actuando como pollo sin cabeza, mientras los españoles se morían a miles por culpa del bichito canallesco del Covid-19.
Me parece que mejor harían los gobernantes (incluido el iconoclasta “coletas”) dedicándose a ordenar la cosa pública y a combatir la pandemia, en lo que han demostrado que ni quieren ni saben.
Lo importante es pudrir la vida pública para después presentarse como redentores de la nación.
No tengo casi ninguna esperanza de que el sinvergüenza del mentiroso que nos preside rectifique y se dedique a gobernar rectamente, sin concesiones falsas a las izquierdas que le sirven de pantalla para hacer lo que le da la gana.
Lo malo es que gobernar, parece que no sabe; pero intrigar y aprovecharse en todos los órdenes semeja tenerlo bien aprendido.
No soy demasiado adicto a la forma monárquica, pero desde luego me generan herpes incurables los que ahora nos gobiernan.
Un rey ha querido irse; el otro ni puede hacerlo, atrapado en el laberinto de las falacias.
¿Qué importa errar lo menos quien ha acertado lo más?.- Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) Dramaturgo y poeta español.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

21 julio 2020

Un nuevo bofetón a España y a su gobierno: Países europeos muestran su recelo a quienes son más mentirosos que gobernantes


“Ineptocracia
La hegemonía de la ineptocracia es la causa de que nadie, absolutamente nadie de este Gobierno, haya dimitido, haya presentado su dimisión o haya sido cesado
(Adriana Lastra. Europa Press, en Voz Populi, PUBLICADO 21/07/2020)
Nos gobierna una banda de mediocres. Tenemos un ejecutivo que no solo demuestra ineptitud en el desempeño de sus funciones, sino que además la fomenta, alardea de ella y hasta la recompensa. Quienes no han producido ni van a producir nada porque solo conocen la política como modus vivendi han convertido las instituciones españolas en su particular chiringuito, en el que, además, está reservado el derecho de admisión. El mérito está vedado y para justificar el nepotismo y el enchufe se degrada y ridiculiza el emprendimiento.
Mientras que las políticas igualitaristas han demostrado ser un arma generadora de pobreza masiva, las políticas de igualdad son las que han permitido prosperar
a las sociedades occidentales
Se me cae el alma a los pies cuando escucho argumentar, desde postulados supuestamente liberales, que el mérito es una barrera en el camino hacia la igualdad y que la meritocracia es generadora de brechas varias, ya sean de género o de clase. No, señores, eso es una burda mentira: el mérito no es el origen de la desigualdad, sino la consecuencia del triunfo de la igualdad ante la ley. Y es que el igualitarismo y la igualdad no son la misma cosa. El primero aboga por anular cualquier diferencia material, ya sea económica o social, mientras que el segundo propugna suprimir la diferencia legal. Y no se trata de una mera sutileza o matiz, pues mientras que las políticas igualitaristas han demostrado ser un arma generadora de pobreza masiva, las políticas de igualdad son las que han permitido prosperar a las sociedades occidentales mediante el reconocimiento de la singularidad de sus individuos.
Que nadie me venga con eso de que la igualdad tiene una vertiente material, que ya lo sé. Pero ésta lo que pretende evitar es que los ciudadanos no puedan alcanzar metas formativas o laborales por falta de medios, no el crear puestos para que sean ocupados por personas que carecen de las aptitudes necesarias primando la visibilidad de no se qué colectivo por encima de la capacidad y el mérito.
Bufones y juglares
Usar las políticas igualitarias como pretexto para colocar a los afines y asentar redes clientelares ha llevado a que nos gobierne un señor cuyo currículum laboral es una broma de mal gusto y cuyo único mérito es aferrarse al poder sin
apartar la mirada del espejo que le devuelve su propio reflejo. Un presidente que se refiere a sí mismo como “Mi Persona” y ha convertido la Moncloa y la red institucional creada en torno a ella, incluida la televisión publica, en un
conglomerado de bufones leales y juglares que glosan sus andanzas. En fin.
Como se podrán imaginar, nadie con este perfil puede rodearse de personas de valía o, al menos, que hagan ostentación de la misma. Nadie puede destacar ni sobresalir so pena de ser condenado al ostracismo. Sólo gozan de minutos ante las cámaras y micrófonos aquellos que, con su inanidad, confieren a Sánchez un perfil cuasi churchilliano. Por eso Su Persona está encantado con sus ministros podemitas o con aupar a gente como Lastra. Aunque justo es decir que ni de Iglesias ni de Montero se puede predicar precisamente la virtud de la lealtad, su falta de juicio y su tendencia al chabacanismo pueril compensan el cuasi analfabetismo funcional de Sánchez. Y el de muchos de sus ministros y ministras.
La ineptocracia en la que estamos inmersos es la que explica que los estudios sitúen a España como el país occidental que peor ha gestionado la pandemia. Que las cifras oficiales de fallecidos por covid-19 no se las crea nadie y disten muchísimo de las reales. Que la inseguridad jurídica y económica forme parte del día a día de los españoles. Que España bata récord de parados. Que el
responsable epidemiológico del Gobierno recomiende a sus compatriotas no veranear fuera de su comunidad autónoma mientras él se va a surfear a las playas portuguesas. Pero, sobre todo la hegemonía de la ineptocracia es la causa de que a pesar de todo esto nadie, absolutamente nadie de este Gobierno, haya dimitido, haya presentado su dimisión o haya sido cesado. Y que sus votantes y adláteres, lejos de recriminárselo, busquen ahora responsabilidades en el norte de Europa. Qué buenos vasallos, si tuvieran buen señor.”
Después de comprobar con bastante frustración cómo Pedro I “el Sánchez” ha deambulado cual pollo sin cabeza por los espacios de la reunión de la Comisión Europea, en Bruselas, mientras los llamados “países frugales” se plantaban e imponían su exigencia inamovible frente a “países pedigüeños” como Italia y España, uno llega a la conclusión de que este caballerete con vocación frustrada de curita homiliético y con dotes de truhan y trilero, que dice lo que le conviene y cuando le conviene aunque sea mentira o se desdiga de la palabra dada, este pillastrón que por desgracia vive y desgobierna en el palacio de la Moncloa, nos ha llevado, ya sin remedio, al descrédito de la ineptitud en el gobierno y de la incapacidad de España como nación para rehacer su vida social y su economía.
Ha regresado vendiendo como un triunfo que se nos vaya a prestar una mil millonada, cuando realmente es el amargo fruto de la imposición bastante cabal de unos países que han hecho de la austeridad y del equilibrio en el gobierno su pauta europea.
Y es que, aunque el pueblo español parezca que se caracteriza por su ineptitud para remontar situaciones conflictivas, en lo económico y también en lo social, la gran verdad es que el las gentes españolas, si alguna ineptitud tienen es que no saben o no pueden librarse de la ambición corrosiva de un presidente que solamente quiere fumar aires de poder y de un vicepresidente, el “coleta”, que se aprovecha de la tibieza de aquél para ir poco a poco sembrando su dogmatismo iconoclasta y antisistema, siempre atacando, él y los suyos (¡casi nada dice la “cajera”, hoy ministra, Montero, la del chalet de Galapagar!)
Por eso, lo del Coronavirus ha venido como anillo al dedo a los de la vituperable coalición de gobierno,
porque han inundado al pueblo de cifras de contagios, muertes y temores; de confinamientos y restricciones, bajo los pánicos de la enfermedad y la ruina, y así lo han mantenido atado a las restricciones mientras ellos han maquinado tanto y cómo les ha convenido para alcanzar su plan preconcebido: destrozar la España de la democracia y del bienestar.
Súmese a lo anterior la permisividad delictiva con el independentismo catalán, que libera presos sediciosos sin apenas cumplir condenas, y con el “beato” nacionalismo vasco, que no se priva de apoyarse en los terroristas etarras hoy llamados EH Bildu, para lograr sus objetivos de cada vez más independencia y dinero.
Y mientras todo esto ocurre, el Rey Felipe VI trata, como puede, de hacerse presente en los distintos territorios de España, pese a las zancadillas y falta de lealtad de quienes dicen estar para ejercer de “gobierno de la monarquía”. Misión imposible, cuando Pedro I”el Sánchez”  y el “coleta de Galapagar” se han abroquelado en la ineptocracia para, a su socaire hacer lo que les conviene y les viene en gana, para provecho propio.
¿Y aún se critica que haya países en Europa que no entiendan ni ui poquito este desastre al que nos conduce el gobierno que quiere recibir miles de millones, el que sufrimos en España?

“Nada hay en el mundo tan común como la ignorancia y los charlatanes” Cleóbulo de Lindos (s. VI a. C.-s. VI a. C.) Filósofo griego.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA
                                                           

07 julio 2020

Esta España nuestra: Pedro I “el Sánchez” no respeta ni a los vivos ni a los muertos pero se reviste del morado podemita

“Sánchez desdeña a las víctimas de la pandemia
Editorial en “El Mundo”, Martes, 7 julio 2020)
Si Pedro Sánchez no asistió ayer al funeral, fue porque los muertos como consecuencia del coronavirus son para él un problema político y la constatación de su negligente gestión de la crisis sanitaria


La ausencia de Pedro Sánchez del funeral de Estado en memoria de las víctimas de la pandemia no está exenta de rancios ribetes anticlericales. Quizá el presidente del Gobierno ha considerado, en un alarde de confusionismo, que su presencia en una catedral es incompatible con el carácter aconfesional del Estado. Pero no solo es compatible sino aconsejable, pues la mayor parte de los españoles se confiesan católicos -por creencias, costumbres y cultura- y encuentran en el cristianismo amparo y consuelo en los difíciles momentos de la muerte. El papel del presidente en estos actos es simbólico, no religioso. No se entiende que los Reyes asistan y el presidente se busque un subterfugio para no ir.
Sánchez reincide en desdeñar a todas las víctimas del Covid -tanto a las que eran católicas como a las que no- con su calculada ausencia en la misa funeral que en su memoria ofrecieron ayer en la catedral de La Almudena el cardenal Carlos Osoro junto a otros obispos, como el presidente de la Conferencia Episcopal, Juan José Omella, y miembros de otras confesiones religiosas. El acto estuvo presidido por los Reyes y las Infantas, sin que por ello, como ha ocurrido innumerables veces, se haya puesto en cuestión la aconfesionalidad del Estado.
Para excusar su ausencia, Sánchez improvisó un viaje exprés ayer a Lisboa -que no estaba previsto en su
agenda- para comer con el primer ministro portugués António Costa, con quien ya departió largamente la pasada semana y con quien coincidirá próximamente. Con el Falcon, Sánchez podría haber llegado a tiempo para asistir a al acto religioso en Madrid y haber mostrado el obligado respeto institucional hacia los fallecidos por la pandemia, acompañando a los familiares en su duelo.Si no lo hizo fue porque para él -pero también para Iglesias e Illa- los muertos como consecuencia del coronavirus son un problema político y la constatación de su negligente gestión de la crisis sanitaria. Por eso pretenden ocultarlos, como hizo TVE al negarse a ofrecer en directo el funeral, una decisión sin precedentes que sigue alejando a la cadena pública de los españoles que la sufragan para ponerse al servicio del Gobierno.
Sánchez tardó semanas en decretar el luto oficial y desoye las recomendaciones de la OMS y los informes del INE, negándose a hacer un recuento realista. El día 16 no se honrará a todas -más de 43.000-, sino solo a las que Illa y Simón consideran víctimas oficiales. Es obvio que ese acto, en el que sí se volcará Sánchez, no pretende rendir homenaje a
los fallecidos sino blanquear la gestión de su Gobierno e introducir un nuevo elemento de crispación, contraponiendo un funeral laico a una ceremonia religiosa. El sectarismo de Sánchez sale intacto de la pandemia”
Ayer pude visionar por la cadena “Trece” (la única que lo retransmitió) la celebración religiosa (funeral) en memoria de las víctimas del Coronavirus.
En el marco de la catedral madrileña de la Almudena, una amplia corte de cardenales, obispos y sacerdotes católicos, más alguna representación de otras religiones y miembros de la sociedad civil destacada en la pandemia, como sanitarios, bomberos, limpiadores, fuerzas de seguridad, etcétera, acogieron la presencia de la Familia Real y de algunos representantes de las altas instituciones del Estado.
Pero no se vio, ni por asomo, al sinvergüenza de Pedro I “el Sánchez”, quien, como presidente del gobierno, en vez de dar su apoyo a la celebración en memoria de las víctimas, consumó su ofensa mediante el desprecio, no solamente al no asistir, sino especialmente al marcharse –huyendo, no se olvide— a Lisboa, con el pretexto de un acto agendado (se le llamó “almuerzo”) con el primer ministro de Portugal, con quien, curiosamente, pocos días antes había estado largo tiempo con motivo del
acto simbólico de apertura de las fronteras hispano portuguesas.
Ha habido algún irredento forofo del Sánchez, que ha querido justificar la ausencia basándose en que se trataba de una celebración religiosa, que el estado español es aconfesional y laico, y que ya hay previsto otro acto en homenaje a esas víctimas.
Vano intento, porque a estas alturas ya no cabe duda de que ese cara dura del presidente lo único que busca es significarse como anti los valores morales y religiosos tradicionales , absorbido sin duda por la dependencia ineludible que tiene de los comunistas rompedores que dicen ser los de “Unidas Podemos”, y que más bien parecen querer la desunión conseguir algo.
Pedro Sánchez está agarrándose al clavo ardiendo del “melena”, cínico donde los haya, doctrinario rompedor a lo chavista, y convenenciero total, que parece haber bautizado en política a “el Sánchez” con el aura morada de sus partido e ideología.
Es una paradoja que mientras la ciudadanía, creyentes o no, celebraba con el morado el recuerdo y homenaje de los muertos, el que debiera liderar, se reviste del mismo morado para disimular su huida de aquello en lo que se le pueda tachar de abierto, liberal, condescendiente, democrático…
Es el “pájaro de cuentas” que hemos de soportar mientras poco a poco va destrozando el tejido social, con posturas maniqueas de buenos (ellos) y malos (todos los demás), al tiempo en que engrosa los haberes de sus adláteres con lo que sube de impuestos, y denuesta a todo aquel que pretende construir, mejor dicho, reconstruir, el bienestar, que el virus nos apagó y que el gobierno actual quiere sofocar para así controlar al país.
En fin, que con este Pedro I “el Sánchez” y su aliado “el coleta”, no nos cabe a los españoles ni la posibilidad de encomendarnos a las ayudas del Altísimo para obtener paliativos de nuestro deterioro social y económico, y no podemos tampoco acogernos a la condenación de las tropelías de
quienes se dicen investidos de la autoridad, y sobre los que solamente nos queda el remedio de decir “que venga Dios y lo vea”.
Si es que el mismo Dios no huye, espantado por tantas mentiras, falsedades, disfunciones y extremismos iconoclastas.
¡Me duele en el alma esta España nuestra!
“Odioso para mí, como las puertas del Hades, es el hombre que oculta una cosa en su seno y dice otra”.- Homero (VIII AC-VIII AC) Poeta y rapsoda griego.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA