martes, 26 de febrero de 2013

La semana de las idas y las venidas: Italia sigue en el lío; El Vaticano se queda sin líder; y en España nadie se marcha…

“Todos piensan en cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo”.- Alexei Tolstoi (1882-1945) Novelista soviético. 
 
“Italia, al borde de la ingobernabilidad
(El Imparcial, 26-02-2013)

A falta de los datos definitivos, Italia parece abocada a la ingobernabilidad, con un Senado sin clara mayoría y la evidente crisis de los partidos tradicionales. El candidato favorito no ha ganado y el perdedor casi predestinado no ha perdido: Pierluigi Bersani, el candidato del Partido Democrático, no ha obtenido el resultado que las encuestas le conferían y Silvio Berlusconi ha demostrado su gran habilidad en las campañas electorales y su capacidad para conectar con la pancia (los instintos) de los italianos. Por otro lado, Monti paga su imagen de amigo del rigor y de Angela Merkel, mientras el cómico genovés Beppe Grillo aparece como el verdadero triunfador de estas elecciones. El Movimiento 5 Stelle ha obtenido un resultado extraordinario, poniendo de manifiesto el malestar de los ciudadanos italianos, hartos de la Casta (política) y dispuestos a votar por Grillo pese al populismo de sus propuestas y la ambigüedad de sus promesas económicas. En este contexto, los únicos datos claros son la baja participación -un 7,4% menos que en 2008- y, sobre todo, que sin Grillo no se gobierna.


Italia se confirma un país anómalo y, en este contexto —que recuerda al 2006-, resulta difícil augurar quién gobernará. Ante una grave crisis económica y política, Italia necesitaba un Gobierno fuerte y legitimado por las urnas, capaz de llevar a cabo las reformas que el país necesita. No ha sido así, tanto que estas elecciones muestran la dificultad de los italianos para ponerse de acuerdo sobre su futuro. Vence la incertidumbre y un escenario que complica la situación italiana y, por ende, la de toda la Unión Europea. Ahora, Italia se acerca a la parálisis política, barajando unas posibles —pero improbables- alianzas de Gobierno o la convocatoria de nuevas elecciones ante la impotencia general. La situación surgida de las urnas no aclara el futuro de Italia y por eso los mercados, las bolsas y los socios europeos de Italia miran con preocupación el futuro del país. Hace falta la elección de un gobierno estable, que se preocupe por aplicar una serie de reformas improrrogables como la reforma fiscal, la del mercado del trabajo o del sistema electoral, medidas que ayuden a las pequeñas y medianas empresas (motor de la economía nacional), creen trabajo y, sobre todo, que sirvan para relanzar la economía nacional.

Cuatro protagonistas
El resultado electoral confirma la remontada de un Berlusconi que aún sabe conectar con parte del electorado italiano y se confirma como líder de un centroderecha que prefiere quedarse con el cavaliere y sus promesas, en lugar de hacerlo con Monti y su pragmatismo. Por otro lado, el centroizquierda sigue sin convencer a los italianos, mostrando sus debilidades e incapacidad para postularse como alternativa creíble. Así, el panorama resulta nebuloso e incierto, con una Cámara de los Diputados de centroizquierda y un Senado que podría impedir la tramitación de cualquier decisión del Gobierno. Aunque en la política italiana no se puede descartar nada, la estabilidad parece una quimera y mientras los mercados miran a Italia con suspicacia, con miedo a un posible contagio de la zona euro, el país no debería apostar simplemente por sobrevivir.”


La renuncia del Papa


El hombre que estorbaba (Por Mario Vargas Llosa | Para “LA NACION”, 25 febrero 2013)



NUEVA YORK.- No sé por qué ha sorprendido tanto la abdicación de Benedicto XVI ; aunque excepcional, no era imprevisible. Bastaba verlo, frágil y como extraviado en medio de esas multitudes en las que su función lo obligaba a sumergirse, haciendo esfuerzos sobrehumanos para parecer el protagonista de esos espectáculos obviamente írritos a su temperamento y vocación. A diferencia de su predecesor, Juan Pablo II, que se movía como pez en el agua entre esas masas de creyentes y curiosos que congrega el Papa en todas sus apariciones, Benedicto XVI parecía totalmente ajeno a esos fastos gregarios que constituyen tareas imprescindibles del pontífice en la actualidad. Así se comprende mejor su resistencia a aceptar la silla de San Pedro que le fue impuesta por el cónclave hace ocho años y a la que, como se sabe ahora, nunca aspiró. Sólo abandonan el poder absoluto, con la facilidad con que él acaba de hacerlo, aquellas rarezas que, en vez de codiciarlo, desprecian el poder.


No era un hombre carismático ni de tribuna, como Karol Wojtyla, el papa polaco. Era un hombre de biblioteca y de cátedra, de reflexión y de estudio, seguramente uno de los pontífices más inteligentes y cultos que ha tenido en toda su historia la Iglesia Católica. En una época en que las ideas y las razones importan mucho menos que las imágenes y los gestos, Joseph Ratzinger era ya un anacronismo, pues pertenecía a lo más conspicuo de una especie en extinción: el intelectual. Reflexionaba con hondura y originalidad, apoyado en una enorme información teológica, filosófica, histórica y literaria, adquirida en la decena de lenguas clásicas y modernas que dominaba, entre ellas el latín, el griego y el hebreo. Aunque concebidos siempre dentro de la ortodoxia cristiana, pero con un criterio muy amplio, sus libros y encíclicas desbordaban a menudo lo estrictamente dogmático y contenían novedosas y audaces reflexiones sobre los problemas morales, culturales y existenciales de nuestro tiempo que lectores no creyentes podían leer con provecho y a menudo -a mí me ha ocurrido- turbación. Sus tres volúmenes dedicados a Jesús de Nazareth, su pequeña autobiografía y sus tres encíclicas -sobre todo la segunda, Spe Salvi , de 2007, dedicada a analizar la naturaleza bifronte de la ciencia, que puede enriquecer de manera extraordinaria la vida humana, pero también destruirla y degradarla-, tienen un vigor dialéctico y una elegancia expositiva que destacan nítidamente entre los textos convencionales y redundantes, escritos para convencidos, que suele producir el Vaticano desde hace mucho tiempo.
A Benedicto XVI le ha tocado uno de los períodos más difíciles que ha enfrentado el cristianismo en sus más de dos mil años de historia. La secularización de la sociedad avanza a gran velocidad, sobre todo en Occidente, ciudadela de la Iglesia hasta hace relativamente pocos decenios. Este proceso se ha agravado con los grandes escándalos de pedofilia en que están comprometidos centenares de sacerdotes católicos y a los que parte de la jerarquía protegió o trató de ocultar y que siguen revelándose por doquier, así como con las acusaciones de blanqueo de capitales y de corrupción que afectan al banco del Vaticano. El robo de documentos perpetrado por Paolo Gabriele, el propio mayordomo y hombre de confianza del Papa, sacó a la luz las luchas despiadadas, las intrigas y turbios enredos de facciones y dignatarios en el seno de la curia de Roma enemistados por razón del poder.
Nadie puede negar que Benedicto XVI trató de responder a estos descomunales desafíos con valentía y decisión, aunque sin éxito. En todos sus intentos fracasó, porque la cultura y la inteligencia no son suficientes para orientarse en el dédalo de la política terrenal y enfrentar el maquiavelismo de los intereses creados y los poderes fácticos en el seno de la Iglesia, otra de las enseñanzas que han sacado a la luz esos ocho años de pontificado de Benedicto XVI, al que, con justicia, L'Osservatore Romano describió como "un pastor rodeado por lobos".
Pero hay que reconocer que gracias a él por fin recibió un castigo oficial en el seno de la Iglesia el reverendo Marcial Maciel Degollado, el mexicano de prontuario satánico, y fue declarada en reorganización la congregación fundada por él, la Legión de Cristo, que hasta entonces había merecido apoyos vergonzosos en la más alta jerarquía vaticana. Benedicto XVI fue el primer papa en pedir perdón por los abusos sexuales en colegios y seminarios católicos, en reunirse con asociaciones de víctimas y en convocar la primera conferencia eclesiástica dedicada a recibir el testimonio de los propios vejados y de establecer normas y reglamentos que evitaran la repetición en el futuro de semejantes iniquidades. Pero también es cierto que nada de esto ha sido suficiente para borrar el desprestigio que ello ha traído a la institución, pues constantemente siguen apareciendo inquietantes señales de que, pese a aquellas directivas dadas por él, en muchas partes todavía los esfuerzos de las autoridades de la Iglesia se orientan más a proteger o disimular las fechorías de pedofilia que se cometen que a denunciarlas y castigarlas.
 En Santiago de Compostela
Tampoco parecen haber tenido mucho éxito los esfuerzos de Benedicto XVI por poner fin a las acusaciones de blanqueo de capitales y tráficos delictuosos del banco del Vaticano. La expulsión del presidente de la institución, Ettore Gotti Tedeschi, cercano al Opus Dei y protegido del cardenal Tarcisio Bertone, por "irregularidades de su gestión", promovida por el Papa, así como su reemplazo por el barón Ernst von Freyberg, ocurren demasiado tarde para atajar los procesos judiciales y las investigaciones policiales en marcha relacionadas, al parecer, con operaciones mercantiles ilícitas y tráficos que ascenderían a astronómicas cantidades de dinero, asunto que sólo puede seguir erosionando la imagen pública de la Iglesia y confirmando que en su seno lo terrenal prevalece a veces sobre lo espiritual y en el sentido más innoble de la palabra.
Joseph Ratzinger había pertenecido al sector más bien progresista de la Iglesia durante el Concilio Vaticano II, en el que fue asesor del cardenal Frings y donde defendió la necesidad de un "debate abierto" sobre todos los temas, pero luego se fue alineando cada vez más con el ala conservadora, y como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la antigua Inquisición) fue un adversario resuelto de la Teología de la Liberación y de toda forma de concesión en temas como la ordenación de mujeres, el aborto, el matrimonio homosexual e, incluso, el uso de preservativos que, en algún momento de su pasado, había llegado a considerar admisible. Esto, desde luego, hacía de él un anacronismo dentro del anacronismo en que se ha ido convirtiendo la Iglesia. Pero sus razones no eran tontas ni superficiales, y quienes las rechazamos tenemos que tratar de entenderlas por extemporáneas que nos parezcan. Estaba convencido de que si la Iglesia Católica comenzaba abriéndose a las reformas de la modernidad, su desintegración sería irreversible y, en vez de abrazar su época, entraría en un proceso de anarquía y dislocación internas capaz de transformarla en un archipiélago de sectas enfrentadas unas con otras, algo semejante a esas iglesias evangélicas, algunas circenses, con las que el catolicismo compite cada vez más -y no con mucho éxito- en los sectores más deprimidos y marginales del Tercer Mundo. La única forma de impedir, a su juicio, que el riquísimo patrimonio intelectual, teológico y artístico fecundado por el cristianismo se desbaratara en un aquelarre revisionista y una feria de disputas ideológicas era preservando el denominador común de la tradición y del dogma, aun si eso significaba que la familia católica se fuera reduciendo y marginando cada vez más en un mundo devastado por el materialismo, la codicia y el relativismo moral.
Juzgar hasta qué punto Benedicto XVI fue acertado o no en este tema es algo que, claro está, corresponde sólo a los católicos. Pero los no creyentes haríamos mal en festejar como una victoria del progreso y la libertad el fracaso de Joseph Ratzinger en el trono de San Pedro. Él no sólo representaba la tradición conservadora de la Iglesia, sino también su mejor herencia: la de la alta y revolucionaria cultura clásica y renacentista que, no lo olvidemos, la Iglesia preservó y difundió a través de sus conventos, bibliotecas y seminarios, aquella cultura que impregnó al mundo entero con ideas, formas y costumbres que acabaron con la esclavitud y, tomando distancia con Roma, hicieron posibles las nociones de igualdad, solidaridad, derechos humanos, libertad, democracia, e impulsaron decisivamente el desarrollo del pensamiento, del arte, de las letras, y contribuyeron a acabar con la barbarie e impulsar la civilización.
La decadencia y mediocrización intelectual de la Iglesia que ha puesto en evidencia la soledad de Benedicto XVI y la sensación de impotencia que parece haberlo rodeado en estos últimos años es sin duda factor primordial de su renuncia, y un inquietante atisbo de lo reñida que está nuestra época con todo lo que representa vida espiritual, preocupación por los valores éticos y vocación por la cultura y las ideas.”
Estamos en una semana de cambios, en tiempos de constantes mutaciones.
Unos, los más, llegan a la vorágine de la vida política y diaria.
Otros, los menos, se van, y algunos para siempre.
Ahí es nada, el galimatías que se ha armado en Italia después de unas elecciones que solamente han servido para enredar un poco más la madeja de ese laberinto incomprensible para muchos que es la vida política italiana.
Como me repitió muchas veces mi maestro profesional, comentando experiencias de la vida diaria, “el abejorro, según las leyes físicas, no podría volar; pero vuela”.
Pues algo así ocurre en Italia, país que desde su nacimiento como nación ha estado siempre sujeto a las convulsiones y contubernios propios de la política, hasta tal punto que se propició el nacimiento y desarrollo del fascismo y del auge de Mussolini, quien, pese a ser tan gran Duce, acabó colgado cabeza abajo en una plaza de Lombardía.
Y ahora, cuando nadie quería a Berlusconi, llamándole sátiro, degenerado, intrigante, mafioso y unas cuantas cosas más; cuando parecía que Monti había implantado la cordura; y cuando se introducía en la arena política ese “Pepito Grillo” del cómico, que raya lo esperpéntico, ha resultado que unas elecciones que se presentaban como necesarias  para depurar el mapa político, solamente han servido para aumentar el garabato de la configuración parlamentaria.
En Cataluña, solito...
No dudo de que los italianos, dignos descendientes de Nicolás de Maquiavelo y del estilo florentino, se las apañarán para sobrevivir a tamaños desajustes y hasta sacarán ventajas y prosperidad política y sobre todo económica, pero ahí queda el ejemplo para los españoles, ya que aquello cervantino de “mejor no meneallo” sería bien aplicable a la actual situación política en nuestro país.
Así pues, en Italia llegan nuevos políticos, si es que son nuevos, que lo dudo; y pocos se van, excepto ese inevaluable hombre que es el Pontífice Benedicto XVI, quien ha brindado al mundo un ejemplo de integridad, sabiduría y renunciación, dejando su liderazgo enorme por mor de unos problemas a resolver bien arduos, respecto de los cuales no solamente se ha sentido sin fuerzas, sino también ha pensado que era necesaria savia nueva y renovadora para afrontarlos y arreglarlos de una vez.
Cazador cazado...
Y mientras tanto, aquí, en esta España nuestra, unos dicen que quiere irse, los catalanes de Artur Mas, pero lo que desean es que no les echen de la “teta” de los negocios corruptos y les metan en las prisiones del oprobio; otros quieren que se vayan los oponentes, como el ínclito Rubalcaba, que no es capaz de controlar a los de su partido en Cataluña, y se mete a “redentor” de la nación pidiendo que se marche a un Presidente del Gobierno con mayoría parlamentaria absoluta, lo que no deja de ser un brindis al sol.
Y otros no se marchan, ni aunque les empujen, desde el portento financiero de Bárcenas, hasta los ministros “tocados del ala”, y los duques de entronque real que solamente falta que se nos muestren como concebidos sin pecado original.
¿De qué pie cojea...?
¡Ah! Y como guinda que corone este pudibundo pastel faltaba eso de que algunos piden que abdique el Rey Juan Carlos, que se lo piensa aunque no está por la labor, porque si siendo rey ya se le ha escapado de las manos alguna que otra princesa bien apetitosa ella, cuando se “jubile” no alcanzará a sujetar ni una brizna de cabellos femeninos…
Unos vienen y otros van; y entre tanto, en esta España nuestra, la mayoría ha de caminar a pie, porque ya no tiene dineros ni para el bono bus…
“Panta rei…” (todo fluye), que decía Heráclito.
Bueno, todo no; porque el dinero no aparece por ninguna parte…

“Todo está cambiando. La gente se toma en serio a los humoristas y a los políticos como una broma”.- Will Rogers (1879-1935) Humorista estadounidense.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

2 comentarios:

  1. Amigo Ángel: Eso la ocurre al Papa, a pesar de su inteligencia, por ignorante,le pasa lo que a mí cuando era niño,confundìa a los curas con Dios y a los jueces con la Justicia. Así hoy, desconfías de los jueces y los curas.2º. El PAQUIDERMICIDA no suelta la corona ni en sueños. 3º Dices..." los italianos..y hasta sacarán ventajas y prosperidad política y sobre todo económica.." Como buen aficionado al cine te recordaré una de las frases más emblemáticas de su historia. EL TERCER HOMBRE de CAROL REED. El personaje de Orson Welles a su amigo Martins (J.Cotten)tratando de justificar su moralidad. " En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, hubo terror,guerras y matanzas, pero surgieron Leonardo,Miguel ängel y el Renacimiento.En Suiza,tuvieron 500 años de amor,democracia y paz. ¿Y cvual fue el resultado? EL RELOJ DE CUCO. Un abrazo.

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  2. LLEVAS TODA LA RAZÓN Y AQUÍ NO HAY MORAL,ÉTICA NI "VERGÜENZA TORERA" PARA SABER DECIR HASTA AQUÍ HE LLEGADO Y RETIRARSE, PERO NI ESTOS NI LOS OTROS.

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