martes, 27 de agosto de 2013

El “cuento de nunca acabar”: Gibraltar es español, pero lo regenta un gobierno impostor y satélite al amparo del Reino Unido.



Este modismo proviene de la tradición de los llamados “cuentos de la buena pipa” y en otros lugares, concretamente en Andalucía, del llamado “cuento de la haba que nunca se acaba”. En todos estos tradicionales cuentos comienzan unos relatos que parece ser prometedores y que acaban siendo repetitivos, interminables y aburridos. Cuentos en lo que no se cuenta nada y que se agotan en sí mismos como recurso expresivo. Es la razón por la que se usa este modismo para aludir a un asunto cuya solución no parece tener fin por una serie indefinida de demoras en cuanto a su conclusión definitiva.
(Fuente: Carlos Rivera)


“CASTIELLA, GIBRALTAR, TRISTAN GAREL-JONES, MARGALLO”

“Tristan Garel-Jones es uno de los políticos más inteligentes que he conocido a lo largo de mi dilatada vida profesional. Hombre serio, culto, profundo conocedor de España y su historia. En el Reino Unido lo ha sido todo: diputado, lord del Tesoro, tesorero de la Corte de Su Majestad, ministro de Asuntos Exteriores para Europa. Habla un español perfecto y se distingue por su claridad de ideas y su buena educación. Desde una independencia inalterable, ha propuesto con dos pares que se legalice la Fiesta de los Toros en Gran Bretaña para que asistan a ella los responsables de las sociedades protectoras de animales y se enteren de la verdad. Se declara admirador de Luis Miguel, de Pepe Luis, de Ordóñez, de Paco Camino, de Gregorio Sánchez.

Tuve la suerte hace muchos años de que Tristán Garel-Jones me enseñara el Parlamento británico. Durante un par de horas recorrimos la Cámara de los Comunes, la Cámara de los Lores y las diversas dependencias de un Parlamento que, a diferencia del español, se distingue por su austeridad. Tristán Garel-Jones me dejó las cosas claras. Montesquieu existe en Inglaterra. El Parlamento es independiente del Gobierno y tiene una autoridad indiscutida.

Para entender el problema de Gibraltar -me dijo en aquella ocasión el
político británico- hay que partir de la base de que el Parlamento aprobó respetar la voluntad del pueblo gribraltareño. Si los gibraltareños deciden permanecer en su estatus actual, Gran Bretaña los respaldará sin fisuras.

El ministro Castiella tuvo conciencia clara de esa realidad y estableció una política consistente en hacer la vida lo más ingrata posible a los gibraltareños. Era y es el único camino. Si los gibraltareños disfrutan de todos los beneficios no se cuarteará nunca su voluntad de ser lo que son. Si España convierte el Peñón en un lugar inhóspito las cosas podrían cambiar. Castiella no llevó adelante todo lo que pensaba, pero sabía muy bien lo que se debía hacer y me lo explicó detenidamente en una larga conversación que mantuve con él. Era un hombre muy inteligente. Decidió cerrar la verja y proyectó cortar
el suministro de agua española, de líneas telefónicas y de electricidad. Tenía pensado trasladar al entorno de Gibraltar las industrias menos salubres de España y absorber la mano de obra marroquí. Su propósito consistía en incomodar hasta el límite la vida de los gibraltareños. El ministro Moratinos cometió el desatino de hacer todo lo contrario. Convirtió al Gobierno del Peñón en interlocutor tripartito y benefició a los gibraltareños con toda clase de prebendas, cerrando los ojos ante el blanqueo de capitales, los delitos fiscales, el contrabando desaforado, los negocios on-line.

El actual ministro principal de Gibraltar, Fabián Picardo, que es un chuleta, se ha dedicado a matonear a España ofendiendo gravemente a nuestra nación mientras los gibraltareños se forran a ganar dinero y disfrutan de sus villas y posesiones en la Costa del Sol y de todas las trapisonderías inimaginables. Se ha hecho, en fin, lo contrario que se debía hacer. El Peñón debe ser una base militar de vida
Felipe V de España regaló Gibraltar


especialmente incómoda. Hoy es un auténtico paraíso. Solo la disciplina militar obligaría a vivir en una base caracterizada por su dureza. Los civiles terminarían por buscar otros lares. Entonces se podría negociar conforme a lo decidido por el Parlamento británico porque, como me explicó claramente Tristán Garel-Jones, nada que contradiga la decisión parlamentaria tendrá viabilidad. El ministro Margallo, que es un peso pesado de la política española, ha entendido muy bien la realidad gibraltareña y ha empezado a tomar las medidas adecuadas. Permanece impávido mientras sobre su cabeza se descargan los bloques de hormigón”.

Luis María ANSON, de la Real Academia Española, en “El Imparcial”, 26/08/2013)


Tanto se viene escribiendo sobre el conflicto entre España y el Reino Unido, respecto de Gibraltar, que he demorado ocuparme de él en profundidad, por aquello de que es más viejo que la tos y además ha aparecido en tiempos en los que a los gobiernos de los dos países les conviene desviar la atención a esta controversia mal planteada y probablemente nunca acabada, evitando así, en el Reino Unido, lo referente al referéndum independentista de Escocia y otras cuestiones de transcendencia electoral, y en España, que los papeles del llamado “caso Bárcenas”, más el “caso de los ERES andaluces”, no contaminen demasiado la opinión pública en tiempos en que los ejecutivos suelen estar más o menos de vacaciones.

La realidad es que la postura del impropiamente llamado “gobierno gibraltareño”, con ese chulo de fulanas que es el ministro principal Picardo al frente, no puede ser más provocativa y demagógica; y
también es verdad que España, mejor dicho su gobierno, ha entrado poco al trapo de las provocaciones, pues mal se entiende se tolere modificación de caladeros de pesca, construcción de espigones en agua que no son gibraltareñas (porque no las hay, según el Tratado de Utrecht), existencia de buques tanque que venden gasolina y contaminan las aguas, burdo abuso de la sanidad española por los gibraltareños que tienen propiedades en España, y, sobre todo, fraude fiscal continuado, contrabandeando tabaco y protegiendo la evasión fiscal desde el paraíso financiero que es actualmente la roca .

Y digo que el Gobierno español ha mantenido una postura “light”, porque, dejando de lado la posible contundencia verbal, lo que ha dicho el ministro de Exteriores, el magnífico ministro García-Margallo (un ceutí que se afincó mucho tiempo en Valencia, de indudable
capacidad intelectual y gran valía y experiencia política), la realidad es que no se ha actuado “manu militari” como tal vez merecían las usurpaciones y atentados a la legalidad internacional y a la convivencia pacífica, que ha propiciado el nuevo “bucanero” (pirata al servicio de su majestad británica, como antaño) llamado Picardo y que mejor haríamos en llamarle “picarón” o “picardón”.

Recuerdo mis tiempos de estudiantillo de bachiller, cuando el espíritu nacional era una “asignatura obligada" y el patriotismo de pandereta y faldicorta imperaba en una España deprimida y aislada, y en esos tiempos se nos enseñaba en la escuela aquella canción semi-militar de “Memorias de la historia, que a veces tienen que llorar: ya tocan a rebato en el peñón de Gibraltar…”

Y en aquellas calendas, se nos hablaba de la pérfida Albión y de los piratas ingleses, aunque todo se dulcificó cuando la España de Franco fue introduciéndose en el orden europeo e internacional.

Ahora resurge este “callo”, este viejo conflicto, con tintes de agresión
que cada parte pinta respecto de la otra, y que, por muy irritante que sea, que lo es, solamente implica un desacuerdo entre dos gobiernos que se entienden bien, menos en lo que no pueden entenderse.

¿Qué solución cabe?

Opino que tal vez, nótese mi duda, solamente la diplomática, porque a estas alturas no vamos a empezar con soluciones militares, pese a que después de tres siglos ni la diplomacia que todo lo “empastra” y hace duradero, haya logrado avances significativos.

Yo propongo que se nombre ministro del gobierno español al famoso Picardo, dándole autonomía sobre Gibraltar, confiriéndole competencias sobre la reproducción de los monos que saturan la roca, y se cree una especie de Andorra, con dos co-príncipes que
nada manden (como en la nación pirenaica), para que gobiernen los naturales del peñón, pero, eso sí, sin tolerar ni una sociedad basada en Gibraltar ni una transferencia de dinero contaminada de los macacos de la roca, ni… ni… no sé qué más.

Y, pese a la ironía, seguiríamos igual, como acontece en tantas y tantas familias, que solamente se pelean cuando les conviene mostrar una crisis y así justificar que no pueden pagar deudas.

Gibraltar no es español en la práctica; ni es inglés en la ley. Es una moneda de trueque que dos naciones, España y Reino Unido, se disputan en apariencia, para al final hacer como los trileros: que
desaparezca del panorama político lo que es impopular.

Voy a plantearme seriamente domiciliar mis ingresos en Gibraltar y mis deudas en España, para que los acreedores españoles sufran demoras y colas para alcanzar la frontera de la Línea de la Concepción, y, en cambio, mis dineritos corran de paraíso fiscal en paraíso fiscal, hasta que un “Bárcenas” cualquiera los trinque.

¡Afanes de tres siglos de historia, que ahora tenemos cada día!

“El patriotismo es el huevo de donde nacen las guerras.”.- Guy de Maupassant (1850-1893) Escritor francés.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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