lunes, 2 de abril de 2012

Semana Santa: España, 100 días de gobierno ¿Hacia el Calvario? ¿Hacia la Pascua?


“100 días de realidad
Rajoy ha constatado que no bastaba con un cambio de Gobierno para empezar a salir de la crisis
Mariano Rajoy se enfrenta a una durísima realidad justo cuando se cumple el plazo de cortesía de 100 días que la tradición acostumbra a conceder a un nuevo Gobierno. Al contrario de lo que sostuvo mientras permaneció en la oposición, la crisis económica no era solo resultado de las políticas, o de la ausencia de ellas, aplicadas por el anterior Ejecutivo, sino también de una situación cebada durante años tanto en el ámbito interno como en el internacional y europeo. No bastaba, pues, con cambiar el signo político del Gobierno para que los datos de la economía española se transformaran obedeciendo a un virtuoso conjuro.
El nuevo Gobierno ha mostrado determinación para combatir la crisis, y ese es su principal acierto. En contrapartida, ha dado curso a esa determinación insertándola en una estrategia de fondo que no era políticamente aceptable y que ha deteriorado el diálogo social imprescindible para afrontar las actuales dificultades y comprometiendo de paso la posición de España ante Bruselas y los otros socios.
Rajoy carecía de cualquier argumento que no fuera la celebración de elecciones en Andalucía para posponer la tramitación de los Presupuestos. Se trataba de una estratagema para no perjudicar al eterno candidato popular en aquella comunidad, Javier Arenas. Lo de menos es que la táctica no haya servido a los intereses de Rajoy y su partido: la irresponsable demora en la tramitación de los Presupuestos ha colocado a España en la posición de pararrayos de las tensiones contra el euro, al reducir en varios meses el plazo de que dispone el Gobierno para cumplir el compromiso de déficit. El resultado es muy preocupante: España en el epicentro de la crisis del euro y bajo la lupa desconfiada de Europa.
Durante estos tres primeros meses, el Gobierno ha intentado disimular la deliberada ralentización de los Presupuestos con una sobreactuación en la reforma laboral. Tanto como la dureza del contenido importaba la de las formas, puesto que se trataba de inducir ante Bruselas y el resto de los socios el equívoco de que si no se avanzaba en los Presupuestos era por imposibilidad material, no por temor a la reacción ciudadana ni, menos aún, por un artero cálculo electoralista. El resultado han sido grandes movilizaciones y una huelga general de alcance relativo, pero que ha colocado al Gobierno ante una encrucijada capaz de marcar el resto de la legislatura: intentar la salida de la crisis contando con sus solas fuerzas o hacerlo mediante el diálogo y el consenso con los diversos sectores sociales, empezando por los sindicatos. La campaña de desprestigio emprendida contra ellos, ni es de recibo en una sociedad democrática, ni refuerza la recuperación de la economía española, sino todo lo contrario.
Rajoy y su Gobierno han aceptado conducir el final del terrorismo desde una actitud de consenso con las fuerzas democráticas que contradice el ventajismo que mantuvieron en la oposición, una rectificación que fortalece al Estado. Pero también la actuación en este ámbito, antes entregado a su electorado más radical, ha querido compensarse con la sobreactuación en otros, como las reformas emprendidas por el Ministerio de Justicia, en particular la ley de aborto, por el de Educación, con una confusa revisión de la asignatura de ciudadanía, o por la utilización de la disciplina fiscal que debe comprometer a todas las Administraciones como un ariete para revisar el sistema autonómico.
Rajoy y el PP concentran el mayor poder institucional del que ha dispuesto una fuerza política en España en democracia, a pesar del revés electoral en Andalucía y de una salida aún incierta en Asturias. Dependiendo de cómo lo empleen, el país saldrá de la crisis fortalecido o desgarrado por heridas sociales y políticas que costará restañar.”
(El País, 31/03/2012)
“Más reformas que en siete años de socialismo
El Gobierno de Rajoy acaba de cumplir cien días y en Europa hemos sido testigos de que la hoja de ruta que nos comunicó al poco de celebrarse las elecciones se ha cumplido sin ningún tipo de desviaciones. Fiel a su espíritu de ser un hombre previsible, como le gusta recordar cuando nos vimos –la última vez en la reunión de la Mesa del Grupo PPE en Palma–, Rajoy ha iniciado una senda de reformas para que todos los socios de la UE recuperemos la confianza en España. Son reformas de calado y que quizá no tendrán frutos inmediatos. Los tiempos son duros, pero en estos cien días ya se han hecho más reformas que en siete años de gestión socialista.
No sólo se han adoptado las imprescindibles medidas de disciplina presupuestaria, sino también se han aprobado reformas estructurales que, a medio plazo, estoy convencido de que van a devolver la competitividad a la economía española, recuperar el crecimiento y crear empleo. Desde Europa, el Gobierno español debe saber que vamos a ayudarle en esta tarea.  Pero España tiene también una importante contribución que hacer para que la economía de Europa salga de la crisis. Invirtiendo en investigación e innovación y aplicando las reglas del mercado interior, que el 1 de enero cumplirá 20 años, pero que sigue enfrentándose a obstáculos fruto de los egoísmos nacionalistas. España tiene que estar de nuestro lado para lograr que el mercado interior europeo sea una realidad más allá de los Tratados.
Los Estados europeos y España, entre ellos, deben actuar para hacer desaparecer todas esas barreras que aún perduran, porque todo el esfuerzo que ahora emplean en mantenerlas es dinero e inversiones que podrían destinar a promover el crecimiento, la formación y a que los europeos recuperen la esperanza.
Joseph Daul, Presidente del Grupo PPE en el Parlamento Europeo”
(En “La Razón”, 1 Abril 2012)
Después de la tempestad viene la calma, y después de la huelga general del 29-M han venido los Presupuestos y ha llegado la celebración religioso-cívica-vacacional de la Semana Santa.
La huelga general, en verdad, no fue tanto como presumieron los sindicatos, pero no fue tan poco como opuso el gobierno y apostilló la patronal.
La huelga general fue, como era de esperar, el “bufido” de expansión de protesta, de rebeldía, de una izquierda y de un falso progresismo que, ahora, cual Boabdil cuando abandonó Granada en 1492, “ llora como derrotado sin reacción lo que perdió cuando no supo gobernar como progresista moderna”.
Así, el infumable actor Willy Toledo y una serie de “pijos-progre”, se dedicaron el 29-M no solamente a manifestarse (bien legítimo, por cierto) sino a encabezar piquetes nada informativos y bien  coactivos, impidiendo a los ciudadanos usar de su sagrado derecho al trabajo.
Así, los sindicatos, con el dinero insuflado desde las arcas del estado mediante subvenciones y prebendas, plantearon una huelga general a los cien días del nuevo gobierno, al socaire de una reforma laboral ya iniciada por su afín, el anterior gobierno socialista de Zapatero-Rubalcaba.
Así, los ciudadanos de a pie conocieron espantados que la “bromita” de la huelga iba a costar a la economía nacional, nada más ni nada menos que unos mil quinientos millones de euros, por mor de unos sindicatos que no saben dónde meterse ni qué hacer para recuperar un protagonismo que perdieron por su servilismo al anterior ejecutivo, y por mor también de unos partidos de izquierda (algunos de ellos rozando el anarquismo) que a falta de argumentos con que tapar sus anteriores errores, abusos y destrozos, se amparan en protestar contra todo lo malo que dicen ha hecho el gobierno, rozando el cinismo de olvidar lo mucho más malo que hicieron –o permitieron—ellos anteriormente.
Los parados y su "calvario"
Y el gobierno, “arriba del machito”, toma medidas que se antojan necesarias, aunque durísimas para la ciudadanía, y comienza a incurrir en el defecto de las derechas y centro-derechas cuando gozan del poder, cual es obviar las oportunas explicaciones y “vender” mejor sus decisiones y medidas.
En este entorno, llega la Semana Santa –“de descanso, reflexión y convivencia”, ya escribí tiempo atrás en este mismo blog— y cierto es que nuestra sociedad está dirigiéndose hacia el “calvario” de una crisis que se va agudizando y aún lo hará más después de que se apliquen unos presupuestos generales absolutamente austeros y restrictivos, pues el desempleo se incrementa, el trabajo escasea, los salarios son cada vez más exiguos, y la desesperanza es tónica dominante.
¿Seguirán los ciudadanos celebrando la Semana Santa como un  tiempo de descanso, o de convivencia? ¿Seguirán los ciudadanos, al menos aquellos tendentes a la práctica religiosa, buscando momentos de reflexión en el significado de la Semana Santa? ¿Podrán las gentes aumentar sus hábitos de convivencia en estos días?
Mucho me temo que, por encima de las celebraciones religiosas -y a veces folklóricas-- especialmente incardinadas en Andalucía y el centro de la nación, seguirá privando ese materialismo hedonista al que nos ha conducido el aparente estado de bienestar en que nos hemos desenvuelto años atrás, de manera que se mantendrá e incrementará la crispación que producen las limitaciones y carencias crematísticas, junto con el “cabreo” de aquellos que, al perder el poder y sus ámbitos de influencia, ya no pueden “beneficiarse” de despilfarros de “eres” o de gastos injustificables, venidos desde la derecha, o desde la izquierda, e incluso desde la “nobleza”.
Y como “donde no hay harina, todo es mohina”, la convivencia tampoco irá a mejor en estos días festivos, porque lo más que ocurrirá es que se discuta si es bueno que se haya abierto un período de encubierta amnistía fiscal, o si el aumento del recibo de la luz y del gas son acordes con la austeridad predicada, o algo de esta guisa.
Por ello, me permito soñar –sí, sí, soñar— con el ideal de que, aun pasados los días de la Pascua (ese tiempo de empinar las cometas y los “cachirulos” y de comer “ la mona” de esa pascua) los pijos-progres, pierdan su infumable afán de ir en contra de todo cuando ellos lo tienen todo; los ahora en la oposición se despojen de la rabieta y frustración del  “bien” del dominio político y económico perdido; los ahora en el poder se percaten de que ellos ya sabían lo que iban a heredar y hagan lo que deban (aunque deban lo que hagan) y atenúen la dureza de sus remedios en favor descarado de la clase más poderosa; y los ciudadanos, en fin, muestren su grado de solidaridad reduciendo tanto gastos supérfluos y tanta apariencia inmotivada, para aplicarse a conservar el trabajo que por fortuna aún tienen.
Soñar, sí, en Semana Santa. A lo que viene de perlas aquel fragmento del Auto sacramental de Don Pedro Calderón de la Barca, “La vida es sueño”:

“Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida?
Un frenesí.

¿Qué es la vida?
Una ilusión.

Una sombra,
una ficción.

Que el mayor bien es pequeño,
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

¡Feliz Semana Santa!

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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