miércoles, 5 de marzo de 2008

Ucrania: recuerdos y vivencias

Hace ya más de siete años que viajo a Ucrania en el mes de agosto, aprovechando el tiempo de vacaciones estivales en España.
Recuerdo que en la primera ocasión en que pisé tierra ucraniana, me llevé una fuerte impresión, porque hallé en el aeropuerto Boryspil, de Kiev, un rígido y antipático sistema de control de pasaportes y de aduanas.
Los policías miraban con gesto adusto a los extranjeros, no les gustaba que les hablasen en inglés (en aquel tiempo yo no tenía ni idea de ruso ni de ucraniano) y los aduaneros inquirían sobre cuánto dinero extranjero (dólares) llevaba el recién llegado.
La salida al edificio terminal coincidía con una aglomeración de gente, que casi impedía la salida de los viajeros, y un montón de hombres diciendo en voz baja “taxi…?” ("pirata", por supuesto)
Salir al exterior del aeropuerto era casi una liberación, una evasión de tanto agobio, especialmente porque desde la entrada en el control de pasaportes hasta la salida al exterior había transcurrido más de una hora.
Otro tanto ocurría cuando había que regresar, pues había que pasar ¡hasta siete controles! de policías y aduaneros, hasta llegar al avión.
Casi se experimentaba la misma sensación de agobio, atenuada por el deseo de partir cuanto antes.
En efecto, un primer aduanero interrogaba sobre el dinero que se llevaba al salir, sobre obras de arte y sobre unas cuantas cosas más; después se escaneaba el equipaje y en ocasiones había que abrirlo; más tarde, para el check-in, nuevo control del pasaporte; inmediatamente, la ventanilla de la policía para el control de pasaportes de salida; después, nuevo escaneo del equipaje de mano, con la posibilidad de que otro aduanero preguntase otra vez sobre el dinero; y al acceder al “finger” de embarque, al entregar la tarjeta de embarque, nueva exhibición del pasaporte.
En fin, estresante, por lo inhabitual para ciudadanos de la Unión Europea.
Ahora, siete años más tarde, cuando llegué con mi familia junto a la ventanilla del control de pasaportes, el policía me sonrió y me dijo “Are you welcome…” ; tras recoger las maletas en la cinta transportadora, busqué la “green line” y ningún aduanero me inquirió sobre dinero ni sobre el contenido del equipaje.
El amontonamiento de gente al exterior y los “taxistas piratas” seguía igual…
Pero, confieso, me gustó y volvió a sorprenderme (como en los últimos años) que por fin los ucranianos –los policías son en todos los países generalmente adustos— daban la bienvenida a los extranjeros.
¿Qué ha pasado en Ucrania en los últimos años?
Sencillamente, que el país ha cambiado.
Simplemente, que el país se ha convencido de que debe integrarse con el mundo, con todo el mundo, liberándose en lo posible de la “rusianización” que le había invadido.
Así, ha retornado el espíritu ucraniano, sencillo, paciente, hospitalario, simpático, respetuoso… Y los visitantes –aunque algunos como yo ya nos consideremos medio ucranianos— nos hemos sentido satisfechos al encontrarnos apreciados, atendidos, complacidos, integrados.
Son estos, en fin, recuerdos y vivencias que vienen a mi mente ahora, cuando apenas si estoy regresado de Ucrania.
Casi siento nostalgia de los días pasados en ese querido país.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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