jueves, 15 de octubre de 2015

Cataluña, Artur Mas y la Administración de Justicia: La España faldicorta y zaragata en su máxima (y más lamentable) expresión

“Nacionalismos y élites pigmeas
Tomando como punto de partida la anécdota protagonizada por un profesor universitario,  en La  increíble clase media menguante me limitaba a explicar lo obvio: que la sociedad española no se estructura en clases sociales, sino que es un informe magma del que, en todo caso, emergen diminutas élites que persiguen sus propios fines. Y es que, en efecto, allí donde hay un gremio, pertenezca éste a un sector productivo o burocrático, invariablemente se desarrolla una élite, pequeña, diminuta, pigmea.
Lo vemos en las universidades españolas, especialmente en las públicas, pero también en las privadas, donde los académicos independientes languidecen, mientras que aquellos que se integran en la élite de rigor prosperan. También sucede en la Administración Pública, en el mal llamado mundo de la cultura, en el del periodismo, en el de la empresa e, incluso, en el de la ciencia, o en cualquier otro lugar donde surja un régimen corporativo que imponga, de puertas adentro, sus propias reglas.
Sea cual sea el traje que vistan o la ideología en la que se envuelvan, lo cierto es que quien más quien menos persigue su propio beneficio.
Estas élites no son altruistas, ni siquiera mutualistas. Sus objetivos son intransferibles, propios e incompatibles con el interés general, por más que con el malabarismo retórico, el marketing a presión y el cochambroso populismo intenten convencer al ciudadano común de que sus fines son los de todos y que, por tanto, debe colaborar con ellas. Ejemplos hay para dar y tomar. Y van desde las maniobras de aviesos empresarios, hasta las reivindicaciones de numerosos colectivos, pasando por los rancios nacionalismos. Sea cual sea el traje que vistan o la ideología en la que se envuelvan, lo cierto es que quien más quien menos persigue su propio beneficio. De hecho, casi todas las trifulcas que monopolizan los medios de información tienen mucho que ver con la beligerancia de estos grupos y muy poco con las preocupaciones reales del ciudadano.
El problema se agravó cuando estas élites se imbricaron en las tribus políticas locales. Entonces, el ya de por sí desvirtuado concepto de “interés general” se vio a además sesgado por los localismos. De pronto, el interés general de los valencianos dejó de corresponderse con el de los madrileños, el de los aragoneses se volvió antagónico al de los catalanes, el de los manchegos se hizo incompatible con el de los andaluces, y así sucesivamente hasta completar todas y cada una de las combinaciones posibles de enfrentamientos y agravios entre territorios y administraciones, que no entre individuos.
España, nación de naciones pequeñas y cabreadas
La España de las Autonomías ha tenido –y tiene– la cuestionable virtud de generar problemas donde antes no los había o, en el mejor de los casos, complicar los existentes hasta hacerlos irresolubles. Circunstancia que tiene mucho que ver con esa debilidad congénita de los Gobiernos de España a lo largo de la Transición y la constante cesión de competencias. Que la situación se ha desquiciado es evidente. No hace falta recurrir al disparate secesionista, basta con observar las divergencias que existen entre el Partido Popular de Madrid y el de Galicia, el PSOE de Aragón y el de Cataluña, o el Podemos liderado por Pablo Iglesias y el conglomerado que ha hecho alcaldesa de Barcelona a Ada Colau. Y es que, en esta España, una misma formación política puede llegar a defender no ya cosas distintas, sino antagónicas dependiendo de en donde venda la mercancía. Lo cual tiene mucho que ver con que cada comunidad autónoma haya desarrollado con extrema
diligencia su propio crony capitalism, y, a reglón seguido, corrupción con denominación de origen. Al fin y al cabo, todas estas élites tienen un rasgo que las hermana: ninguna podría subsistir sin acceso al Presupuesto.
La nuestra no es una sociedad clasista sino elitista, pero de élites diminutas. Una sociedad más que horizontal, plana, como un mar en calma chicha
La nuestra no es una sociedad clasista sino elitista, pero de élites diminutas. Una sociedad más que horizontal, plana, como un mar en calma chicha. No sé a qué viene tanto empeño comunista si todos somos kamaradas por la vía de los hechos. Aquí, si se quiere hacer carrera, no hay más alternativa que buscar un hueco en alguno de los numerosos clubs de privilegios y alistarse en su tribu. Es la única forma de asomar la cabeza y sobresalir de la masa social que bracea con denuedo en un sistema cerrado, en lo económico y en lo político.
Demasiados los incentivos que hay para alistarse en estas élites y saquear, aun legalmente, el presupuesto. Y muy pocos para no hacerlo. Cierto es que en todas partes cuecen habas. No hay más que ver lo revuelto que anda el mundo, con el movimiento hippie resucitado y dispuesto a ajustar cuentas con el Capitalismo. Pero no es fácil encontrar en Occidente un país donde los grupos de interés proliferen a un ritmo tan extraordinario.
Sin embargo, no se equivoquen, no es un problema genético. Es la concepción patrimonialista del Estado; esto es, la santa manía de usar las instituciones en beneficio propio, porque, claro está, nada lo impide. He aquí el origen de la crisis política, económica y moral que soportamos. ¡Vaya cosa! Lo mejor, o lo peor, según se mire: saber que con cuatro reformas bien hechas se acababa. Podría suceder cualquier día. Ya no son cuatro gatos los que lo exigen. Además, transformaciones más increíbles ha visto el mundo."
(De “Voz Populi”, 15/10/2014)
Al “¡Miquelarena, qué país!”, que exclamaba Larra, habría que añadir un "¿Hay remedio para tanto desatino y tanta desvergüenza?"
Confieso al lector que cada vez que escucho o leo una noticia sobre los nuevos inventos y “genialidades” del histrión sardónico que es Artur Mas, y compruebo que hay miles de paranoicos que le jalean, estoy al borde de la depresión… políticamente hablando.
Y es que la lamentable, trapacera y temeraria conducta de esos catalanes que buscan la “República catalana” cuando ni siquiera controlan el gobierno de la región (que es lo que debían hacer), se ha topado con un inmovilismo tancredista del gobierno de la nación, abroquelado en la legalidad (ahí tiene toda la razón) pero sin dar muestras de que busca por vía de negociación evitar el bochornoso espectáculo que estamos viviendo a diario.
El iluminado Artur Mas, al más puro estilo revolucionario (de pacotilla, claro, porque antes los suyos han esquilmado ya  todos los dineros y todas las ideas posibles) busca desesperadamente ser el mártir y se autoinculpa de la desobediencia al mandato del Tribunal Constitucional, buscando eludir así, sumergido en la masa, la que indudablemente es su mayor culpa: Ser un insensato y crear confrontaciones independentistas mientras los territorios sometidos a su administración están en el casi de la desgobernanza.
Y para crear un ambiente más teatralizado (y más crispado, sin duda) acude a declarar ante el Tribunal rodeado de sus ministrillos acólitos y de cuatrocientos alcaldes –dice- que lo han hecho ¿espontáneamente? agitando sus bastones, que tendrían mejor uso si se emplearan en darles una azotaina.
Eso es de ser un cobarde: Si tan redentor de su Cataluña se siente, ¡que acuda él solo! ¡Que se ofrezca él solo! Su “inmolación” seguiría sin servirle para nada pero al menos parecería osado y algo valiente.
Pero no. Artur Mas, lo quiera o no, es español, precisamente por ser catalán, y por eso tiene en sus sangres esa esencia del empastre, de la componenda, de la falta de vergüenza, del minimalismo, de tantas cosas…O sea, lo negativo del ser hispano. (Que, no se olvide, muchas más cualidades positivas ofrece)
A Artur Mas le falta una pandereta en una mano y un trabuco en la otra, para lucir como uno de aquellos bandoleros (que eran más honestos que él, por cierto) de la leyenda. Folclore y atraco. Lo suyo.
Ésta que estamos viviendo estos días es, amigos, la España faldicorta y zaragata de tantos y tantos años, de tantos y tantos siglos, en la que hasta los partidos de la oposición al actual gobierno que se proclaman anti-independentistas o constitucionalistas siguen haciendo equilibrios malabares para “poner una vela a Dios y otra al diablo”, ser de unos y de otros, y al final no contribuir en nada a nada.
¿Cómo es posible que a la citación de un Tribunal para declarar y aclarar sobre un aparente referéndum expresamente prohibido y desautorizado se le llegue a calificar (como hacen Mas y sus chiquilicuatres) como una provocación revanchista del gobierno de la nación?
¿Cómo se llega a decir que la presencia a las puertas de un Tribunal de un montón de personas vociferando sobre la independencia no entraña una coacción a la Justicia sino el ejercicio de la libertad de expresión y manifestación?
Creo que no vale la pena extenderse mucho más al respecto, sino simplemente preparar paños, sábanas, rollos de papel inacabables, para enjugar las lágrimas y los sollozos que en la recta mente provoca tanta insensatez y tanta tonta barbaridad.
¿Adónde ha ido a parar el “seny” catalán?
Parece que ha sido sustituido por la “bogería”, la locura, el despitorre, el desmadre, la paranoia, y todo lo demás…
Señores, amigos, tomemos las panderetas y las castañuelas y salgamos a la calle, que eso es lo que nos demanda esta, ¡ay dolor! nuestra España faldicorta y zaragata. Nos sorprenderá lo mucho que se nos sigue...
“La política es demasiado a menudo el arte de traicionar los intereses reales y legítimos, y de crear otros imaginarios e injustos”  Arturo Graf (1848-1913) Escritor y poeta italiano.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA
NOTA DEL AUTOR.- La presente entrada es la número 450 de este blog. Una gran satisfacción, no exenta de sano orgullo, hace proclamarlo así, al tiempo de agradecer a los lectores su benevolencia al seguirlo y considerarlo entre sus preferidos. Por muchos años. S. de P. B.

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