jueves, 16 de octubre de 2014

La España faldicorta y zaragata: Se evapora el soberanismo catalán y se “eboliza” la política española. La zorra y las uvas.


“El derecho a decidir no existe: La retórica traslada el debate del resbaladizo concepto de nación al de democracia (Martín Ortega Carcelén 16 OCT 2014, en “El País”)
Este eufemismo ha sido repetido tantas veces en Cataluña que parece haberse convertido en verdad. Pero el llamado derecho a decidir no existe ni en la práctica internacional, ni en derecho constitucional, ni en el lenguaje político comparado, que encontraría ese término demasiado impreciso: ¿quién decide, qué se decide?

Los inventores de la expresión se refieren a dos ideas de manera implícita: Cataluña es una nación y, en consecuencia, tiene derecho a la autodeterminación. Es una maniobra retórica inteligente que pretende trasladar el debate desde el concepto resbaladizo de nación hacia el terreno más seguro de la democracia. El derecho a decidir no se debe negar, argumentan, porque ¿quién puede atreverse a impedir que la gente elija su destino?

La dificultad estriba en que los parámetros de la decisión son establecidos unilateralmente por el que ha diseñado ese derecho. Y entonces la democracia se convierte en autocracia. Qué se decide y quién lo decide lo decido yo, que también fijo el modo y los tiempos sin discusión. En cuanto al qué, surgen muchas preguntas que deberían responder los que apoyan esa idea: por qué votar la posible independencia en una parte de España en lugar de otra, por qué limitarse a algunas provincias (según se definieron en 1833), o por qué no se vota antes sobre nuestro régimen político como monarquía parlamentaria. En cuanto al quién, la definición del censo que hizo la
convocatoria del plebiscito es caprichosa, porque niega la participación de los demás españoles después de una larga convivencia en un mismo Estado, porque acepta el voto desde los 16 años cuando salvo raras excepciones la inmensa mayoría de los países del mundo conceden esa capacidad a los 18 años, y porque impide votar a los catalanes que nacieron en Cataluña y hoy viven en el resto de España.

Por lo que se refiere al modo de la consulta, sorprende que quiera hacerse unilateralmente. Este es un punto de contraste llamativo con el caso escocés. Para que se den garantías democráticas en un plebiscito es preciso que las diversas opciones y consecuencias sean claramente debatidas, y esto no ha ocurrido en Cataluña, donde se ha favorecido una especie de pensamiento único.

El reparto de poderes en España es mayor que el de algunos Estados federales

Los defensores del supuesto derecho a decidir renuncian a cualquier marco legal a la hora de reclamarlo. Aunque la Constitución española no lo reconozca, aunque la Unión Europea tampoco lo ampare, y a pesar de que el derecho internacional no se refiera a esa idea porque solo contempla la libre determinación de los pueblos coloniales, tal derecho existe. Parece que dicha capacidad tuviera un origen divino, como una revelación descendida sobre sus proponentes, que no admiten ningún tipo de debate al respecto. Tanta seguridad recuerda al personaje de Humpty Dumpty en Alicia a través del espejo, cuando decía que las palabras significan justo lo que él quiere que signifiquen.

Al negar un marco político y legal donde fundamentar ese derecho, y al delimitar de manera unilateral su forma de ejecución, los impulsores de la consulta en realidad motivan su causa en los sentimientos. Los catalanes, afirman, tienen derecho a la independencia porque se sienten una nación. A través del sistema educativo y del discurso oficial se ha alimentado un proceso de formación nacional que rechaza la idea de España como Estado plural en el contexto europeo. La única salida válida, se afirma, es la independencia. El problema de este enfoque es que contiene una enorme carga divisoria dentro de la Unión Europea, diseñada precisamente para superar esos instintos de enfrentamiento. El nacionalismo es un viejo concepto del siglo XIX que la integración europea ha ayudado a transformar, y que debemos reinterpretar en el siglo XXI de manera positiva y no excluyente.

La Constitución de 1978 se redactó con la vista puesta en Europa y con la clara intención de solventar problemas históricos que eran un lastre para todos. Hoy sigue teniendo un profundo sentido pacificador y conciliador. Los catalanes la votaron mayoritariamente sabiendo que era un acto constituyente, es decir, el cimiento de una nueva etapa política. La Constitución llegó a una solución transaccional al definir a España como nación, cuya soberanía reside en el pueblo, y al articular al Estado sobre la solidaridad y el reconocimiento de la pluralidad. Sobre ese fundamento, en las últimas tres décadas se ha desarrollado un notable sistema de reparto de poderes, más avanzado que el de algunos Estados federales.

La Constitución puede revisarse, obviamente, pero esto debe hacerse con el consenso de todos teniendo en cuenta el marco de la Unión Europea. Esa reforma debe ser negociada y pactada porque cualquier solución unilateral basada en sentimientos corre el riesgo de romper el orden jurídico y político que ha sido una garantía de paz, convivencia y estabilidad tras un doloroso siglo XX, cargado de odio y fanatismo.

Artur Mas y sus adláteres azuzan y engrandecen demandas basadas en meros sentimientos

Un último aspecto de la reclamación de soberanía en Cataluña a través de un supuesto derecho a decidir es preocupante. La ruptura
unilateral solo podría hacerse a un coste muy alto, esto es, la desmembración de España. En su reciente comparecencia ante el Parlamento catalán, Jordi Pujol afirmó que había dedicado su vida a la construcción nacional de Cataluña. ¿Nunca cayó en la cuenta de que esa empresa solo puede hacerse con la simultánea destrucción nacional de España? ¿Nadie en Cataluña ha pensado que el resto de los españoles también albergan sentimientos al respecto?

A veces se presenta la corriente soberanista como un activismo pacífico y festivo, cuando en realidad muchos otros lo perciben como un separatismo que les produce pena y rechazo. Desde el punto de vista del Estado, Cataluña es un órgano vital para el conjunto de España, y las interacciones con otros órganos vitales han sido muy intensas, lo que hace la separación un asunto existencial. Los catalanes que persiguen ciegamente ese sueño no han comprendido que su hipotética independencia, quizás seguida por la de otras partes de España, supondría una verdadera conmoción tras una etapa reciente llena de intercambios profundos y de convivencia fructífera en un proyecto común.

La historia demuestra que, desgraciadamente, esas conmociones han sido acompañadas muchas veces de guerra y violencia.”

(Martín Ortega Carcelén es profesor de Derecho Internacional en la Universidad Complutense de Madrid)


“En el límite

Nadie confía en nada

(Juan M. Blanco en “Vozpopuli”)- 14.10.2014

La reciente crisis del ébola ha vuelto a poner al descubierto algunos defectos consustanciales a nuestra política. La improvisación, la chapuza, la toma de decisiones sin criterio racional. O la poca preparación de nuestros dirigentes políticos. Nada nuevo bajo el sol. Pero también otros elementos cruciales como la escasa credibilidad que la gente concede a las autoridades. No es un mero problema de comunicación sino algo más profundo: una enorme desconfianza en las instituciones políticas que, poco a poco, se extiende al resto de organizaciones e, incluso, a los propios conciudadanos. El vértigo, la creciente desorientación por la desaparición de referentes sólidos, conducen a recelar de todo y de todos. Si los políticos, los partidos, los órganos del Estado, los sindicatos, las asociaciones no son fiables ¿por qué el resto de la gente lo va a ser? 

Desconfiar de un gobierno se encuentra en la propia esencia de la democracia

El ciudadano tiende a confiar en las instituciones cuando percibe un proceder justo, objetivo, neutral. Y responde con reciprocidad respetando las normas, no por interés o temor al castigo, sino por convicción. O aceptando de buen grado decisiones políticas contrarias a sus intereses inmediatos si las considera parte de un juego limpio donde unas veces se gana y otras se pierde. Por el contrario, la desconfianza, la creencia de que la arbitrariedad es la norma, desvía muchas energías a recolectar información, despotricar, resistirse a las resoluciones o protegerse de inesperadas consecuencias. Aparta a la sociedad de otros objetivos cruciales y genera desapego. O la agobiante sensación de que aquéllos a los que encomendó importantes tareas las llevan a cabo con particular negligencia.

Desconfiar de un gobierno se encuentra en la propia esencia de la democracia. El sistema establece mecanismos para cambiarlo. No fiarse de la clase política en su conjunto resulta más peliagudo pues limita considerablemente las posibilidades de reemplazo. Pero el asunto toma un cariz grave cuando la suspicacia se extiende a esos órganos del Estado que fueron diseñados como árbitros, como fiel de la balanza. Esas instituciones que encuentran su razón de ser en la imparcialidad, la neutralidad, la objetividad. La pesadilla comienza cuando las garras de los partidos modelan el Tribunal Constitucional o los organismos reguladores empujándolos a actuar de manera sesgada. Y de ahí la enfermedad se extiende al resto de la sociedad. Por no hablar de la Justicia. No hay peor engaño que pretender imparcialidad cuando se actúa en favor de parte interesada.

Nadie está libre de error pero la combinación de conocimiento, rigor e imparcialidad reduce la probabilidad de equivocación y genera confianza

Cuando los organismos son capturados

Competencia profesional y neutralidad es el fundamento teórico de los organismos de control. Si funcionan adecuadamente, constituyen una barrera contra la corrupción, una traba a las prácticas interesadas en busca de ventajas y privilegios. Nadie está libre de error pero la combinación de conocimiento, rigor e imparcialidad reduce la probabilidad de equivocación y genera confianza.

La captura por grupos interesados genera un grave perjuicio, un enorme embuste pues convierte a estos órganos en guardianes de interés de parte mientras mantienen apariencia de objetividad. Son utilizados como marionetas por los partidos, por los grupos de presión. O como pantalla por el ejecutivo, que descarga ahí la
responsabilidad de ciertas resoluciones, vistiendo las decisiones políticas con el manto de una pretendida profesionalidad. "Respetamos el fallo del tribunal, como no podía ser de otro modo", es la desgastada frase de los gobiernos para escurrir el bulto. Estaría divertido que no lo respetasen cuando son ellos quienes lo propician. 
La actual degradación de las instituciones es resultado lógico de un mal diseño político
¡Dejen hablar a los profesionales! se escucha con frecuencia. Obtener respuestas fiables a problemas complejos suele requerir el concurso de expertos independientes. En España hay expertos; la dificultad surge al buscar independientes. Una vez los políticos han contagiado el sesgo partidista a todo el tejido social, mucha gente se alinea con grupos o facciones, sea material o emocionalmente. Y pocos agentes exponen criterios sin influencia partidista, grupal o corporativa, libres de conflicto de intereses. Se pierden los referentes objetivos pues nadie es percibido como neutral, aunque a veces lo sea. Casi siempre se adivina un interés oculto: es de éstos o de aquéllos, de los nuestros o de los otros.

Una degeneración terminal del cuerpo político

La confianza es como el jarrón chino, fácil de romper, casi imposible de recomponer. Al cundir el descrédito, cualquier medida puede resultar sospechosa, generar recelo, fuere acertada o equivocada. Las decisiones tienden a ser contestadas sistemáticamente ante la dificultad de juzgarlas objetivamente, de valorar su mérito. Alcanzado tal extremo de degradación, el ciudadano puede acabar rechazando no sólo las medidas nefastas, sino también las acertadas, especialmente si implican algún tipo de riesgo o renuncia. El público, presa de un justificado hartazgo, tiende a recibir cualquier decisión
con recelo, rechazo, descalificación, lamento o improperio.

Los partidos y sus adláteres aprovecharon la ventana de oportunidad para extraer todo tipo de ventajas y privilegios

Se trata de un proceso degenerativo del cuerpo político y social que diluye la razón en la cubeta de los impulsos y las emociones. Una situación límite, un peligroso río revuelto que agita enérgicamente una suspensión de grano y paja. Donde muchos espectadores valoran de forma creciente aquello que les hace sentir mejor. Y, como Sansón, se sienten propulsados a derribar las columnas del templo con tal de aplastar a los corruptos y degenerados filisteos. Sin reparar en las ventajas de demoler el edificio sin que les caiga encima.

No estamos gafados. La actual degradación de las instituciones es resultado lógico de un mal diseño político: ausencia de controles adecuados, perversos mecanismos de selección de los gobernantes o desaparición de los órganos neutrales, con criterio fiable. Y la
consecuencia de cierta desidia in vigilando, esa dejadez mediática y ciudadana que ha durado demasiado tiempo. Los partidos y sus adláteres aprovecharon la ventana de oportunidad para extraer todo tipo de ventajas y privilegios. Y utilizarán la tremenda confusión para intentar colar abominables cambios por la puerta de atrás, mientras el público embiste capotes insustanciales. Faltan árbitros en quienes confiar, esas figuras que por su honestidad profesional, independencia de grupos y facciones, o desapego a intereses corporativos, generan ascendiente y confianza. Se echa de menos una resurrección de esa auctoritas que feneció hace tiempo.”


“Es voz común que a más del mediodía,

en ayunas la zorra iba cazando;

halla una parra; quédase mirando

de la alta vid el fruto que pendía.

 

Causábale mil ansias y congojas

no alcanzar a las uvas con la garra,

al mostrar a sus dientes la alta parra

negros racimos entre verdes hojas.

 

Miró, saltó y anduvo en probaturas;

pero vio el imposible ya de fijo.

Entonces fue cuando la zorra dijo:

--No las quiero comer. No están maduras.”

(Félix María de Samaniego)



Viene “como anillo al dedo” la fábula de Esopo, recontada por Samaniego, para comentar –que ya es hora— el bluff  impresentable del llamado soberanismo o independentismo catalán, protagonizado por esa mezcla de histrión y visionario que es Artur Mas, rodeado de su corte de manipuladores políticos y abrazado por el irredento e irredimible Oriol Junqueras.

Y viene como “pedrada en ojo de boticario”, porque acabamos de sufrir en esta España nuestra, tan suya, tan poco nuestra a veces, el espectáculo sainetesco/dramático/esperpéntico del gobierno catalán tratando de impulsar una consulta popular sobre la posible independencia, frenada al nacer simplemente por la legalidad constitucional aplicada de manera correcta.

No me puedo sustraer al estupor que me causa que se haya
tolerado e incluso en ocasiones aventado esa desfachatez lunática de querer confundir democracia con independencia.

Mucho se ha escrito al respecto, y no seré precisamente yo quien se sienta el iluminado que vaya a aportar, cual piedra filosofal, la solución al tema, aunque para lo que hacen los políticos de una y otra clase sería más que viable.

Simplemente me limito a aportar mi “granito de arena” al tema y suscitar al lector sus reflexiones, para que pare mientes en que los independentistas catalanes ya propiciaron en cuatro ocasiones anteriores de la historia (desde hace más de ochocientos años) su independencia, que resultó efímera, por inviable y absurda, porque lo que buscaron fue más un provecho personal y económico que la satisfacción de una necesidad personal.

Recuérdese por ejemplo cuando se colocaron bajo la protección del Rey de Francia y éste les impuso virreyes franceses, de los que hubo de liberarles el ejército español, ocurrido ello hace algunos siglos.

Estoy seguro de que seguirán “dando la matraca” con esto de las consultas democráticas (que son irregulares hasta en los requisitos para su práctica) para una independencia que los mismos catalanistas separatistas eludieron cuando se abrazaron a la Constitución española.

Probablemente todo se acabará arreglando con dinero, porque ya se sabe aquello del congreso de clérigos celebrado en Cataluña, en el que se tiraba al aire el dinero de las colectas y “lo que Dios no agarra en el aire…” (" Alló que Deu no agafa...")


Y pasémonos al drama del virus Ébola.

Dramático sin duda lo que acontece en África.

Preocupante lo acontecido en España, en Estados Unidos y Alemania con los primeros contagiados del virus fatídico.

Pero más preocupante aún la falta de adecuada reacción oficial y gubernamental en los países afectados (España incluida), en parte por falta de conocimiento y experiencia y en otra buena parte por ineptitud política, que no ha encomendado la gestión a los expertos sanitarios.

En España hemos tenido que sufrir, por un lado, la poco eficaz actuación de la Sanidad pública, bajo los efectos de unos políticos aturdidos y lentos; y por el otro el canibalismo de los políticos de la oposición, que se han venido cebando con quienes actúan mejor o peor en los problemas de la infección, pero ni una sola solución ni el menor apoyo han bridado.

Para manifestarse, para protestar, para cacarear en los foros y en los parlamentos, para eso sí que están. Para brindar apoyo en los tiempos difíciles, no. Se trata de quebrar, que algo queda.

Y por otra parte, el presidente del gobierno, que es gallego y ejerce de tal, se abroquela en que todo mejora, para no brindar una mínima y fiable información a la preocupada ciudadanía.

Claro, que el ébola más peligroso no es ni siquiera el que proviene de África. Es el que está paralizando cada vez más la vida nacional, infectando la ética política de tarjetas opacas, de comisiones ilegales, de “pujolismos” andorranos, de “p(j)odemos” iconoclastas, de pedir consensos no se sabe sobre qué; en una palabra,
ensuciando, contaminando, no construyendo.

Si el ébola permitiera en el cuerpo humano una regeneración completa del flujo sanguíneo, habría que hacer otro tanto con el flujo político, porque mientras tanto, seguimos aquí con esta España faldicorta y zaragata…

“Las improvisaciones son mejores cuando se las prepara”.- William Shakespeare (1564-1616) Escritor británico.    

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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