martes, 1 de julio de 2014

Felipe VI de España: Un Rey que viaja en tren y ofrece aires nuevos


"Reyes en tren y con iPad.-   
Tras su primer viaje oficial al extranjero (al Vaticano), Don Felipe y Doña Letizia continúan con su apretada agenda (este jueves también tienen otro acto conjunto: una entrega de becas). Este mediodía han entregado los Premios Nacionales de Diseño e Innovación en Valladolid, adonde han viajado en tren..-

Las significativas fotografías han sido distribuidas por la Casa Real a través de su cuenta de Twitter, estrenada hace apenas dos meses. Señal de los aires de modernidad que ya se detectaron hace unos días en la mesa de trabajo del nuevo monarca, durante su primer despacho con Mariano Rajoy (tableta y teléfono móvil sobre el escritorio), los monarcas también hacen uso de sus respectivas tabletas en el vagón. Don Felipe y Doña Letizia comparten una mesa de un vagón de primera con la secretaria de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación, María Carmen Vela, quien también ha participado en la entrega de los citados premios. Sobre la mesa, la prensa del día y unas notas del monarca (posiblemente, el discurso que ha dado posteriormente en la ciudad castellana), en una sencilla funda de plástico. Su iPone y portafolios, junto a la ventanilla. Sobre
la mesa, la prensa del día, con el catalán La Vanguardia en cabeza.
En las dos instantáneas del viaje, mientras Felipe VI consulta su 
tableta y notas en mangas de camisa, Doña Letizia (quien también lleva su propia cartera de trabajo, como se aprecia en la imagen de su llegada a la estación vallisoletana) conversa con la secretaria de Estado. Al fondo de las imágenes, los sorprendidos viajeros estiran la cabeza para intentar atisbar a los nuevos Reyes, que  inesperadamente comparten con 
ellos vagón"
(De "El Mundo", 01/0
7/2014)

“La España de Felipe VI
ABC | José María Carrascal

Tal vez hubiera tenido que titular «Felipe VI de España», porque España ya no pertenece a sus reyes, sino sus reyes pertenecen a España. Pero mantengo la vieja asignación porque, a estas alturas, todo el mundo entiende que España pertenece a los españoles. Lo que puede ser su principal problema. Pero esa es otra cuestión.

¿Cuál es la España que hereda –otro anacronismo– Felipe VI? Desde luego, una España muy distinta a la que heredó su padre mucho más pobre, aislada y retrasada del resto de los países europeos. Pero ¿es más o menos conflictiva que aquella, que a la postre es lo que importa? Sinceramente, no sabría decírselo pues mucho dependerá del punto de vista con que se la mire. Si en 1975 era mucho más fácil gobernar, al estar todos los poderes del Estado en unas solas manos, hoy esos poderes se han dispersado hasta el extremo de resultar difícil conciliarlos. Aunque el hecho de que estemos integrados en Europa y tengamos una democracia –en bastantes aspectos solo formal– nos da un respaldo que entonces no teníamos. Así que podría decirse que los problemas que afrontó el padre y los que ahora afronta el hijo, aunque muy distintos, son del mismo calibre: el primero tenía que traer la democracia a España. El segundo tiene que conseguir que esa democracia funcione plenamente.

Y la primera paradoja al abordar el reinado de Felipe VI es que se le pide que haga algo antidemocrático, algo que sobrepasa sus poderes, que haga algo anticonstitucional. Lo que demuestra lo mucho que le falta a España hasta ser una auténtica democracia y a los españoles, para ser verdaderos demócratas. Bueno, a algunos, o bastantes, de nosotros.

No había acabado de jurar su cargo, cuando ya estábamos pidiendo el nuevo Rey que hiciera lo que cada uno considerábamos más importante, más urgente, fuese o no legal. Los primeros en hacerlo han sido los nacionalistas vascos y catalanes, que le piden que se meta en política, como alguno de sus antepasados, y fuerce al Gobierno a aceptar lo que ellos vienen pidiéndole infructuosamente, a
saber: una consulta soberanista los catalanes y la ampliación de sus actuales prerrogativas los vascos. Una doble ilegalidad, pues los poderes del actual Rey son considerablemente inferiores a los que recibió su padre. Don Juan Carlos podía designar presidente del Gobierno y pedirle su dimisión, algo a lo que, entre otras muchas cosas, renunció. Su hijo debe limitarse a «arbitrar y moderar el funcionamiento de las instituciones», nunca a intervenir directamente en el Gobierno de la nación. Y, por si eso fuera poco, esa consulta y esas prerrogativas que le piden son un paso más hacia la independencia de dichos territorios. Cuando el primer deber del Monarca es mantener la unidad e integridad de España. O sea, que se le está pidiendo que incumpla sus deberes constitucionales. Aunque ¿qué les importa a los independentistas la Constitución, de la que cogen lo que les conviene y echan al cesto de la basura el resto? Ellos se rigen por una ley más alta, más sagrada, la del «pueblo», ese ente abstracto, difuso, quasi divino, en el que se han apoyado todos los dictadores para hacer lo que les da la gana, pues el pueblo como tal no existe. Existen los individuos, los ciudadanos, y cada ciudadano es distinto, como son distintas sus
intenciones, sentimientos, filias, fobias, y meter a todos en el mismo saco es pecado de lesa democracia. Por eso la desprecian –en realidad, la odian– tanto los radicales de izquierda y de derecha como los nacionalistas compulsivos, que se mueven en un plano distinto al del ciudadano corriente, aunque se presentan como sus mayores defensores. La experiencia nos demuestra cómo le tratan luego, de llegar al poder: como mera masa a la que manejan borreguilmente.

¿Cómo va a afrontar Felipe VI este desafío, que muchos consideran el más grave y urgente de su reinado? Dios me libre de darle consejos, que le sobran. Lo único que puedo decir al respecto es cómo no va a resolver ese problema: concediéndoles lo que le piden. Primero, porque nos se contentarán con ello, sino que, según su costumbre, seguirán pidiendo más. Y segundo, porque estaría sobrepasando sus competencias. Así que va a necesitar todos sus conocimientos –que son muchos–, toda su experiencia –que sin ser la de su padre ya es considerable–, todo su tacto –del que viene dando buena muestra– y toda su energía –que va a necesitar–, para encontrar solución a un problema que parece no tenerla y, sin embargo, la tiene. La tiene porque, contra todo lo que se nos viene diciendo, no se trata de un problema histórico, ni emocional, ni siquiera prioritario, como el de la crisis. Se trata de un problema político y, en democracia, todos los problemas políticos son problemas legales. Y los problemas legales tienen una solución: cumplir las leyes.

En cuanto al problema económico, que sigue siendo muy grave, cae aún más en las atribuciones del Gobierno, que nos asegura está en vías de solución, aunque reconoce que queda todavía un largo trecho hasta solucionarse. Ojalá no se equivoque. El Rey lo más que puede hacer es apoyarle y, a la vez, recordarle que ese trecho no debe recorrerse solo a costa de quienes más han sufrido y aún sufren, al tiempo que usa sus relaciones internacionales para defender los intereses de España. Sin llegar a tener la influencia de su padre, noto en esos círculos auténticos deseos de que el reinado de Felipe VI sea un éxito, como lo fue el de don Juan Carlos. Por el bien de esta aldea global en que se ha convertido el planeta.

En este terreno, puede que el mayor obstáculo, habiendo tantos y tan graves, no es lo que falta todavía hasta la plena recuperación, sino convencer a los españoles de que esa recuperación no va a
consistir, como las anteriores, en volver a los «buenos viejos tiempos», aquellos en los que el puesto de trabajo estaba asegurado de por vida, el aumento del sueldo garantizado cada año, las vacaciones cada vez más amplias y la jubilación cada vez más temprana. Eso se acabó, no solo para los españoles, sino para todos los europeos. La recuperación consistirá en mantener nuestra competitividad frente a las potencias emergentes y en conservar las partes fundamentales del Estado de bienestar, como la sanidad, la educación y las pensiones. Junto a una implicación de los ciudadanos mucho mayor de la que veníamos teniendo en nuestro propio bienestar y en el del Estado.

Porque el Estado somos nosotros. Y nosotros podemos ser nuestros peores enemigos, como la experiencia nos muestra. Ese es el gran desafío de Felipe VI, que Dios y la Constitución guarden.

José María Carrascal, periodista.”

(De “Revista de prensa”, 01/07/2014)
“Ni quito ni pongo Rey…” es la famosa frase que pronunció Beltrán Duguesclin cuando ayudó a la muerte de Pedro I el Cruel, que dio acceso a la monarquía a Enrique III de Trastamara.

Pues lo mismo digo yo, que por mis níveos cabellos evidencio que provengo de una época en la que esto de la Monarquía era como una bonita promesa de un militar casi tan omnipotente que entraba en los templos cual la custodia portadora del Santísimo Sacramento: bajo palio.

Y se nos dijo, y se nos enseñó, en aquellas épocas de “Franco, una vida al servicio de la patria” o de “Formación del Espíritu Nacional”, que España, además de aquello de “unidad de destino en lo universal…” y bla,bla, bla, era, o iba a ser una Monarquía.

La verdad es que el general se salió con la suya, como en tantas otras cosas, llegando a nombrar como su sucesor a Juan Carlos de Borbón, tras orillar a su padre, a quien “odiaba” con todo fervor.

Y se salió con la suya…mientras vivió, porque Juan Carlos I dio una vuelta espectacular a todo el sistema político, hasta centrar una democracia parlamentaria elogiada por doquier.

Pero ese Juan Carlos Rey duró demasiado con la corona, pues como tantos otros príncipes llegó a creerse que España era poco menos que suya, o al menos hizo en su vida privada casi todo lo que le vino en gana, especialmente sembrando el mundo de rumores de paternidades y amoríos, que ahora que ya ha “cesado” van saliendo
poco a poco a la luz.

Héte aquí, por tanto, que Felipe VI llegó a suceder a su padre de una manera en cierto modo inesperada y se encontró encima de él con una España saliente de una quiebra económica, social y moral, en la que las corrupciones y los escándalos han proliferado tanto que hasta allegados al que fue Rey, y a quien hoy lo es, están pendiendo de un hilo, “a cuestas con la Justicia”, nunca mejor dicho.

Viene todo lo anterior a cuento porque he leído con agrado la noticia que recojo al comienzo, que no es otra que el Rey Felipe VI de España se ha desplazado a Valladolid en un vagón normal del AVE, y allí, en mangas de camisa, y con el material de trabajo oportuno, ha enseñado que ser Rey no es aparecer envuelto en aureolas de majestad o divinidad, sino que en España, especialmente ahora, hace falta (mientras el sistema sea de Monarquía parlamentaria) un Soberano moderno y austero a la vez, que inspire no solamente simpatía sino la confianza de que no se dedica a malgastar su “paga”, o la que recibe de los españoles, en usar cartuchos de alta eficacia en
la caza de paquidermos, u otras cosas por el estilo.

Se me dirá que todo es fachada, y tal vez haya bastante razón en ello, pero si al menos la “fachada” que ofrece el Rey es de austeridad y no de despilfarro, ya habremos ganado algo, mucho, más bien.

Que para duques asaltadores, políticos trincones, sindicalistas aprovechados y falsarios y políticos “nouvelle vague” que proclaman las Iglesias y se refugian en los “chavismos”, ya tenemos bastante.

¡Ah! Y se me olvidaba. Viajando en AVE también se enseña al pueblo que la alta velocidad es una buena manera de circular por la vida con eficacia. 
“Largo es el camino de la enseñanza por medio de teorías; breve y eficaz por medio de ejemplos”.- Séneca (2 AC-65) Filósofo romano.    

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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