lunes, 9 de junio de 2014

El nuevo “muro” entre las ideologías y los bienestares: De las invasiones en el este de Europa a las manipulaciones antidemocráticas y antimonárquicas en España

“Quieren volver a levantar el muro de Berlín
( Joaquín Vila, en “El Imparcial”, 08-06-2014)

“Los que llevaban los uniformes eran iguales porque hacían lo mismo: ejecutar el terror con eficacia”. Así relataba el escritor húngaro Sándor Márai, en su libro de memorias “Tierra. Tierra”, la invasión de su patria, Hungría, primero por los nazis y luego por el Ejército Rojo. Hitler y Stalin, los mayores asesinos de todos los tiempos, los líderes del nazismo y del comunismo a mediados del siglo XX, “eran iguales” y demostraron durante la Segunda Guerra Mundial cómo sus Ejércitos seguían al milímetro el guión de los dos regímenes más repugnantes e inhumanos de la Historia: “ejecutar el terror con eficacia”

Sándor Márai, el gran escritor húngaro, autor de novelas tan bellas, absorbentes, emocionantes como “El último encuentro”, “La mujer justa” o “La herencia de Esther”, cuenta en sus memorias que primero fueron los nazis quienes impusieron la represión, la barbarie y el terror cuando ocuparon Hungría. Luego, los soviéticos en la contraofensiva del Ejército Rojo a las brigadas de Hitler que habían intentado conquistar Rusia, en la sangrienta batalla que aplastó al Ejército alemán, incapaz de derrotar al General Invierno y a las aguerridas tropas bolcheviques. Y tanto unos como otros desenmascararon pronto su monstruoso rostro. Los nazis
persiguieron y detuvieron, primero a los judíos y luego a todo aquel ciudadano que renegara del déspota régimen alemán. Su destino: los campos de concentración, el asesinato, la represión. La libertad y los derechos humanos fueron aplastados a cañonazos.

Pero, cuando el Ejército Rojo invadió Hungría y los países del Este, la barbarie se diferenció poco de la de los nazis: hombres torturados y asesinados, mujeres violadas, pueblos enteros calcinados, arrasados. Y así conquistaron todas esas naciones, que quedaron atrapadas durante más de medio siglo por el cruel y repugnante régimen comunista.

Sándor Márai, entonces, regresó a Budapest, descubrió su casa reducida a escombros, los seis mil libros de su valiosa biblioteca desaparecidos. Se horrorizó ante la terrible nueva era que comenzaba. Al igual que hicieron los nazis, se perseguía en nombre de la “Única Idea Salvadora.” Y en su país se impuso el sangriento sistema soviético y el saqueo institucionalizado. Al final, al comprender que su mera presencia, aunque silenciada por la censura, avalaba al régimen dictatorial de su país, decidió exiliarse, el precio a pagar para que “no puedan comprarme como individuo”.

Pues con la ocupación soviética de Hungría y con el establecimiento del régimen comunista, Sándor Márai, que se había convertido en un escritor tan famoso y reconocido como Thomas Mann o Stefan Zweig, comenzó a declinar. Tachado pronto por los comunistas de escritor "decadente y burgués", aquel europeo individualista y cosmopolita, de ideales humanistas, jamás pudo plegarse al absolutismo, a la falta de libertad y en 1948 abandonó Hungría definitivamente para exiliarse.

El desmoronamiento político y moral de su patria bajo el yugo comunista y la vida errante que llevó junto a su esposa judía durante las últimas décadas de su vida, al instalarse primero en Italia y luego en Estados Unidos, contribuyeron al aislamiento profesional y personal de Márai.

La vida, la censura de sus obras, el dolor del gran escritor húngaro a mediados del siglo pasado suponen el mejor ejemplo de la crueldad humana cuando el fanatismo se impone. Y las dos ideologías que mejor representan esa crueldad no son otras que el fascismo y el comunismo.Y ahora que se conmemora el 70 aniversario del épico Desembarco de Normandía, el principio del fin de Hitler, conviene recordar que el mundo se convierte en un infierno cuando las dictaduras fascistas o los regímenes comunistas toman el poder. Poco antes de la conmemoración en las playas francesas del desembarco de las tropas aliadas, se habían celebrado las elecciones europeas, cuyo resultado resulta estremecedor: El Viejo Continente todavía no está a salvo de ese veneno que se inoculó por todo el mundo durante, y después, de la Segunda Guerra Mundial, hasta que el Papa Juan Pablo II y Reagan derribaron el Muro de Berlín.

La extrema derecha en Francia, en Holanda, en Dinamarca y, de algún modo, en Gran Bretaña ha dejado asomar de nuevo su depredador hocico. Y en España, la extrema izquierda. Unos y otros representan lo más abyecto de la Humanidad: el odio y el exterminio de los que no piensan como ellos. La extrema derecha quiere expulsar a los extranjeros como el racismo de Hitler hizo con los judíos, a los que luego gasearía por millones. La extrema izquierda sueña con volver a levantar el muro de Berlín para imponer el absolutismo y aniquilar las libertades, como en Cuba, en Corea del Norte, en China, en Venezuela…

La Historia demuestra que el mundo nunca ha estado a salvo de los iluminados, de los asesinos que se camuflan tras una ideología por perversa que sea. Y nunca lo estará. Además del riesgo del resurgimiento del comunismo y del fascismo, el mundo se enfrenta a otro fanatismo igual de letal: el terrorismo islamista o cualquier otro tipo de terrorismo. España ha sufrido en sus carnes el etarra. Pero
todavía hay partidos que lo justifican.

“Podemos”, sin ir más lejos, de la mano del cacareado, chiflado e histriónico Pablo Iglesias, que ha deslumbrado a más de uno, pese a su demagogia y locura política, ha apoyado sin ningún pudor a ETA y ya ha anunciado que su partido se va a unir a Bildu en las manifestaciones a favor de los presos asesinos. La sorpresa electoral, el hombre que está siendo alardeado por muchos resulta un buen ejemplo del peligro que corren España y Europa con la propagación de este tipo de telepredicadores quienes, pese a su demagogia y a su anacrónica y delirante ideología, logran el apoyo de los desesperados y de los analfabetos políticos. Y en este
viaje le acompañan los comunistas de IU, los republicanos radicales y secesionistas de ERC, los proetarras de Bildu y algunos otros grupos extremistas. Entre todos ellos han logrado un buen puñado de votos. Por increíble que parezca, millones de españoles les han votado.

No hay que olvidar que Hitler llegó al poder en 1933 tras ganar las elecciones. Pero su sentimiento democrático se desvaneció cuando, poco después de convertirse en canciller, encarceló y aniquiló a todos los diputados de la Oposición. A partir de ahí, Alemania comenzó los preparativos para invadir el mundo e imponer su crueldad. El resultado: más de cincuenta millones de muertos, entre ellos seis millones de judíos. Stalin no le fue a la zaga. Algunos historiadores calculan que el régimen soviético pudo superar con creces esos
millones de asesinatos, entre los que murieron torturados o fusilados en los campos de concentración de Siberia y los que cayeron por los puñales de la represión tanto en la Unión Soviética como en los países satélites que ocupó. Solzhenitsyn afirmó que entre 1917 y 1959 habían sido asesinadas 110 millones de personas. Hitler y Stalin “eran iguales: ejecutaron el terror con eficacia”. Y ahora, Europa, setenta años después, todavía no ha escarmentado.

Sándor Márai, desesperado y hundido en el exilio, se suicidó en 1989 disparándose un tiro en la sien con un revólver. Desconocía, paradojas de la Historia, que poco después caería el muro de Berlín, ese muro que ahora algunos quieren volver a levantar.”
Me ha sorprendido y en cierta forma impresionado el título que el director de “El Imparcial” ha dado a su comentario. Y, ciertamente, me ha hecho reflexionar.

Este mundo que nos ha tocado vivir, después de la caída del muro de Berlín nos pareció instalarse en una paz y un bienestar idílicos, casi propios de una de aquellas églogas que Virgilio escribió.

Pero se trataba y se trata de un espejismo.

En la post URSS, la avariciosa soberbia de Vladimir Putín, más frío de carácter que todo el hielo de Siberia, está propiciando de forma calculada el retorno a la ex "maravillosa" Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, revestida de capas de un zarismo absolutista que él practica, sin duda para alcanzar el grado de autocomplacencia masturbadora que pretende. Y así, después de masacrar en Georgia, en Osetia y Abjasia, se dedica a minar meticulosa pero incansablemente la independencia e idiosincrasia de una Ucrania atenazada entre los falsos milicianismos pro occidentales y pro-rusos,
sojuzgados por la imponente presión de la privación del suministro de gas, encarecido por otra parte hasta precios asfixiantes para la economía ucraniana, débil y pobre por demás.

Entre tanto, en Ucrania existe un poder, un Presidente, con unos caracteres de debilidad alarmantes, pues nadie duda de que si la Unión Europea y USA dejaran de proclamar (porque en la práctica nada positivo hacen) que protegen  a esta nación, en diez minutos se incrustaría en la circunvalante zona pro-rusa.

Y en Europa, entre crisis económicas e institucionales, van tratando de sobrevivir las monarquías a base de renovaciones mediante las abdicaciones de los viejos reyes, para dejar paso a los más jóvenes (aunque no tanto) herederos, convertidos en reyes de urgencia.

No muy diferente es cuanto acontece en España, este país de nuestros sufrimientos, en el que un Rey eficaz en lo político, disoluto 
en lo atinente a su vida personal y últimamente viejo y enfermizo, no ha tenido más remdio que dejar el paso y la sucesión a un muy honesto Príncipe, ortodoxo hasta la saciedad, tal vez demasiado perfecto, a no ser de que contara con una esposa, la futura Reina, algo rebelde, un punto inconformista, algo izquierdosa, pero más sincera y apegada al pueblo.

Ello en medio de un clima absolutamente batido por iconoclastas ideas de unos “Podemos” que subyugan a una bisoña población que cree en el imposible y utópico que ellos predican, pero que esconden, cual lobo con piel de cordero, una super izquierdista doctrina que no
debería tener más eco, pero que los de Izquierda Plural (Comunismo pluscuamperfecto) se han empecinado en proclamar cual dogma de fe, propugnando la instauración de una idílica sociedad, bien lejana de la realidad y demandas de los tiempos actuales.

Yo no sé si no se trata de instaurar, de edificar de nuevo, un “muro de Berlín” de las ideas, creando, reproduciendo, la maléfica y atávica división entre izquierdas y derechas, para establecer de facto aquello de las dos Españas que tanto dolió a Machado, y que tantos daños reportó a lo largo de los tiempos.

No solamente Rusia trata de mantener el muro entre su ex imperio y occidente; no solamente occidente trata de forzar la lucha contra ese malévolo y falaz intento; es que en España, por aquello de contraponer monarquía con democracia (¡menuda barbaridad!) se quiere lograr que se instaure el “muro” entre la izquierda y la derecha, que desemboque en la “lucha de clases” del siglo XXI, que no es otra cosa que enfrentar el bien
real con el bien aparente pero iconoclasta en su esencia.

Alguien podrá tacharme de extremista o de maniqueo, pero que al menos que quede bien claro que hago mis fervientes votos para que nunca más exista un “muro de Berlín” y nunca más haya que lamentar la existencia de esas “dos Españas”. Y menos enfrentadas con violencia.

Que en otro caso, como ya vaticinó Machado al “españolito que viene al mundo”, se nos helará el corazón…

"La política es demasiado a menudo el arte de traicionar los intereses reales y legítimos, y de crear otros imaginarios e injustos".- Arturo Graf (1848-1913) Escritor y poeta italiano.

SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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