lunes, 16 de enero de 2012

A propósito del naufragio del Costa Concordia: ¿Cuántos más naufragios están ocurriendo?

“En la vida, lo más triste, no es ser del todo desgraciado, es que nos falte muy poco para ser felices y no podamos conseguirlo”.- Jacinto Benavente (1866-1954) Dramaturgo español.

“La embarcación de recreo Costa Concordia sufrió en la noche del viernes un grave accidente que la justicia italiana debe investigar. Los primeros indicios apuntan a que el capitán, Francesco Schettino, hizo navegar al buque, con 4.229 personas a bordo entre turistas y tripulantes, demasiado cerca de la costa de la isla de Giglio, en el mar Tirreno. El choque contra una roca que, según el propio Schettino, no aparecía en los mapas, abrió una vía de agua que hizo naufragar el barco hasta quedar encallado junto al litoral. Una última maniobra, aproximando aún más el barco a tierra firme, evitó que la catástrofe se cobrase más víctimas de las habidas y cuyo cómputo sigue sin estar cerrado.
A la gravedad del posible error del capitán —y del primer oficial, Ciro Ambrosio, también detenido— se ha sumado en este caso la impericia de la que ha sido acusada la práctica totalidad de la tripulación del barco para gestionar la situación. El fiscal jefe de Grosseto, Francesco Verusio, acusa al capitán de “naufragio y homicidio culposo” y de “abandono de la embarcación antes de poner a salvo a todos los pasajeros”, pero los testimonios de los supervivientes arrojan también la duda de si la tripulación habría actuado con eficacia en caso de estar adecuadamente dirigida por los mandos del barco en los momentos críticos.
Tales testimonios ofrecen una imagen de una tripulación —un millar de personas— atenazada por el miedo y el desconcierto ante una situación para la que no parecía estar entrenada. Los pasajeros, que llevaban ya cinco días navegando desde Toulon, aseguran que ni siquiera se había realizado un ejercicio de evacuación de la nave, lo que indicaría un grave desprecio por parte del armador hacia las obligadas medidas de seguridad en el transporte marítimo de pasajeros, al alza por su capacidad de atraer a las clases medias hacia un tipo de turismo antes reservado a las élites.
Naufragio, de Goya
A la espera de los resultados de la investigación, todo indica que el pasaje del Costa Concordia fue, probablemente, víctima de una gravísima y general negligencia. El mastodóntico tamaño de este tipo de cruceros los convierte en ciudades de enormes dimensiones al frente de las cuales cabe esperar que se sitúe a una autoridad competente, un marino con experiencia capaz de respetar de manera estricta las reglas del mar. Entre ellas, está la de proteger al pasaje y organizar la evacuación en caso de accidente. De la misma manera, la tripulación que viaja a bordo debería estar cuidadosamente entrenada para afrontar una situación de emergencia como la vivida este fin de semana en el mar Tirreno.
Con independencia del número relativamente limitado de víctimas, la investigación del accidente debe servir, no tan solo para establecer las responsabilidades civiles y penales que corresponda, sino también para asegurar e incluso incrementar los estándares de seguridad de una actividad turística que se halla en pleno auge y que ha situado a Barcelona como uno de los principales puertos de cruceros turísticos del mundo.”
(De la prensa diaria)
El Titanic
Naufragio: Suceso por el que una embarcación se hunde mientras navega por el mar, un río, lago, laguna o cualquier otra masa de agua.
Historia
Entre los griegos y los romanos era habitual representar en un cuadro la escena del naufragio del que se habían salvado. Cuando en él habían perdido todos sus bienes, se servían del mismo cuadro o pintura para excitar la compasión de aquellos a quienes contaban sus desgracias. Solían colgarse el cuadro del cuello y explicaban sus aventuras y lo que aquél representaba por medio de canciones que expresaban su miseria. Por lo común, todo aquél que se había salvado de un naufragio, al llegar a la tierra se hacía cortar el cabello y otros, en el acto mismo del naufragio y lo sacrificaban al mar. Además, solían colgar sus vestidos húmedos en un templo de Neptuno con otro cuadro a manera de exvoto que representaba el naufragio.
Aquéllos cuyas desgracias habían sido tantas que no les quedaba ni para procurarse un cuadro, se contentaban con llevar un palo adornado de banderola e iban con él por los pueblos contando su historia. En Petronio, se lee que aquéllos que estaban en peligro inminente de naufragar se cortaban los cabellos y colgaban de su cuello algunas piezas de oro o algún otro objeto precioso a fin de excitar y recompensar la piedad de aquéllos que les dieran sepultura. Los romanos legislaron con gran espíritu de justicia castigando el latrocinio de los que saqueaban y mataban a los náufragos.
En tiempo de los visigodos, como dice Montesquieu, se estableció el derecho bárbaro e insensato de naufragio. Los hombres, dice este autor, pensaron que los extranjeros no les estaban unidos por ningún lazo ni comunicación del derecho civil y creyendo no deberles ninguna especie de justicia, no tenían tampoco con ellos ninguna clase de piedad. Vemos en los antiguos tiempos del mundo a pueblos bárbaros inmolar a sus dioses o su avaricia todos los extranjeros que un naufragio arrojaba a su costa.
Causas habituales
De Vernet
Las causas pueden ser muy variadas; por lo general son por efecto de tormentas o huracanes; o bien por efecto de guerras.
Si un barco que encalla en la costa no es considerado naufragio hasta que no es desguazado en el sitio, siendo dándosele por pérdida total por su propietarios, armadores o autoridades competentes.
Los lugares de naufragios muchas veces son motivo de atracción turística como son el caso del SS America Star frente a Fuerteventura en las Islas Canarias, el Naufragio del Napo en las costas de Chile o El SMS Dresden en isla Juan Fernández (Chile).
Causas directas
•    Vía de agua: Perforación del casco que permite la entrada de agua en la parte sumergida de aquel.
•    Inestabilidad: Inclinación de la nave hasta un extremo que impide que ésta vuelva a estabilizarse.
•    Causa meteorológica: Las precipitaciones y fenómenos meteorológicos pueden provocar la inestabilidad del buque, así como causar su impacto contra sólidos que provocarán daños en el casco, y que pueden suponer la aparición de vías de agua.
•    Fallo de navegación: Error de origen humano o tecnológico que supone la colisión del buque contra rocas sumergidas (agujas de mar), icebergs o contra otros navíos.
•    Daños provocados: La destrucción intencionada de la nave, que normalmente está motivada por la existencia de una guerra o conflicto. En este caso, los daños pueden estar causados por multitud de actuaciones, desde el sabotaje hasta el impacto de proyectiles, misiles y torpedos.
Naufragios famosos
•    HMS Sussex, velero inglés. 1 de marzo de 1694, 490 muertos.
•    RMS Titanic, transatlántico inglés. 14–15 de abril de 1912, 1.523 muertos.
•    RMS Lusitania, transatlántico inglés. 7 de mayo de 1915, 1.195 muertos.
•    HMS Royal Oak, acorazado inglés. 14 de octubre de 1939, 883 muertos.
•    Bismarck, acorazado alemán. 27 de mayo de 1941, 2.100 muertos.
•    SS Thistlegorm, carguero inglés 6 de octubre de 1941, 9 muertos de 48 tripulantes.
•    Musashi, acorazado japonés. 24 de octubre de 1944, 1.023 muertos.
•    Wilhelm Gustloff, transatlántico alemán hundido el 31 de enero de 1945 por un submarino soviético, entre 8.800 y 9.300 muertos, la mayoría de ellas refugiados, entre ellos muchos niños. Es el mayor naufragio registrado de la historia.
•    MS Goya, barco hospital alemán, 2 de enero de 1945. 6.000 muertos.
•    Yamato, acorazado japonés. 7 de abril de 1945, 2.475 muertos.
•    Rainbow Warrior, buque insignia de Greenpeace. 10 de julio de 1985, 1 muerto.
•    Kursk, submarino nuclear ruso. 12 de agosto de 2000, 118 muertos.
•    Prestige, petrolero bahamés. 19 de noviembre de 2002, sin muertos.
•    SMS Dresden, crucero alemán, 5 de marzo de 1915, 7 muertos.
•    Sea Diamond, crucero de la naviera Louis Cruisses, frente a la isla griega de Santorini. 5 de abril de 2007, 2 muertos.
•    Crucero Reina Regente, crucero protegido español, en el Estrecho de Gibraltar; 420 tripulantes (toda su dotación), en 1895.
•    Velero Grovesnur, de la Compañía Británica de las Indias Orientales, en la punta Sur de África a causa de un ciclón el 4 de agosto de 1782. Llevaba el famoso trono índico de pavo reales de Dehli, de oro macizo.2
•    Crucero Baleares; crucero español del bando sublevado, hundido en la Batalla del Cabo de Palos en 1937. 786 muertos.
•    Castillo de Olite, mercante utilizado como transporte de tropas, fue cañoneado por las baterías de defensa costera de Cartagena en las postrimerías de la Guerra Civil Española. 1.476 fallecidos.
•    ARA General Belgrano; crucero de la Armada Argentina, hundido durante la guerra de Malvinas en 1982, por el submarino británico clase Conqueror fuera del área de exclusión establecida por dicho gobierno alrededor de las islas. Su saldo fue de 323 muertos, y más de 1.000 heridos.
Los naufragios en el arte
Pintura
Los naufragios han inspirado a multitud de artistas, bien sea por el valor simbólico del hundimiento de un barco, bien sea por la angustiosa situación que puede suponer para la tripulación. Será un motivo especialmente recurrente en el romanticismo pictórico del siglo XIX. Así, entre las obras más destacadas del periodo, se encuentran La Balsa de la Medusa de Géricault, el Naufragio de J. M. W. Turner, o El mar helado de Caspar David Friedrich. Cada uno de estos autores hace especial hincapié en los distintos aspectos del naufragio, de manera que la balsa de la medusa refleja la situación subjetiva del náufrago, el Naufragio de Turner se centra en el caos y destrucción del momento de hundimiento, y El mar helado de Friedrich muestra el poder de la naturaleza sobre las obras humanas.
(De Wikipedia y otras fuentes)

“El Primer naufragio"
Ramirez, Pedro J.
Editorial: La
ISBN: 978-84-9970-080-9
Edición: 1
Idioma: Castellano
Materia: Historia
Encuadernación: Tapa dura
Páginas: 1332
La trepidante acción de "El primer naufragio", entre la ejecución de Luis XVI y el triunfo del golpe de Estado jacobino, transcurre en menos de cuatro meses y medio plagados de motines urbanos, reveses militares y trifulcas parlamentarias. Su tesis se proyecta, sin embargo, sobre más de dos siglos de conflictos entre la democracia y los proyectos totalitarios que han pretendido o logrado destruirla. Es por tanto un libro de historia a la vez académico y periodístico pero también una advertencia de plena actualidad sobre los riesgos que para la causa de la libertad entraña una dinámica política dictada desde la calle, cuando una minoría organizada trata de imponer su ley a una mayoría desvertebrada y acomodaticia. En medio del abigarrado retablo de personajes de la Revolución Francesa se van sucediendo escenas y situaciones que hemos visto reproducirse una y otra vez hasta nuestros días: la deslegitimación de las instituciones representativas, el recurso a la coacción y la violencia, la explotación de la crisis económica por la vanguardia revolucionaria, el influjo del miedo en la vida cotidiana y el deslizamiento hacia el conformismo del mal menor que desemboca en la toma del poder por la fuerza. Este libro rompe con la historiografía tradicional que ha venido presentando lo ocurrido en la primavera de 1793 en París como la pugna entre dos partidos homologables, Jacobinos y Girondinos, que terminó con el triunfo de la izquierda sobre la derecha. La minuciosa reconstrucción de los hechos demuestra que sólo los primeros constituyeron un partido digno de tal nombre y que fue, precisamente, la incapacidad de los líderes moderados de organizarse para defender la democracia lo que les llevó a ellos al patíbulo y a Francia a la dictadura del Terror”
(De Librería Gaztambide)

No deja de resultar impresionante la visión del crucero “Costa Concordia” semi sumergido junto a los peñascos de la isla Giglio, en el mar Tirreno, en las proximidades del litoral de la Toscana italiana.
No menos impactante resulta saber que el siniestro pudo deberse a alguna imprudencia o “alegría” del capitán, queriendo acercarse a la isla, bien para complacer al pasaje (hay quien ha escrito que al chef de cocina) bien para lucir ante los habitantes de la tierra cercana.
Y no menos que lamentable resulta que, cualquiera que haya sido la causa del accidente, más de cuatro mil pasajeros –que compraron su placer y su descanso— hayan corrido el riesgo de perder sus vidas, porque sus pertenencias ya han quedado abandonadas, y haya varios muertos y desaparecidos.
Ahora comenzará la inacabable investigación judicial, que, después de innúmeros trámites y multitud de diligencias y procesos, tal vez concluya en un juicio contra el capitán del barco y algún que otro responsable, previo pago raquítico por las compañías aseguradoras de los daños y pérdidas humanas.
Ojalá no se repitan más situaciones como la del Costa Concordia, especialmente si, como parece, la causa es una imprudencia humana.
Pero, la verdad, la zozobra, el naufragio de este crucero, mueve a la reflexión sobre otros tantos naufragios que en la vida diaria se están produciendo en nuestro derredor y que tal vez no han sido adecuadamente ponderados.
Como resulta del resumen del libro de Pedro J. Ramírez, titulado “El Primer Naufragio”, que recojo antes de este comentario, en medio de la Revolución Francesa se fueron produciendo los deterioros de las instituciones, las intrigas de los políticos, los abusos de los dirigentes, las conspiraciones en torno a los partidos o facciones políticos.
Y en estos tiempos del año 2012, en que arrastramos todas las secuelas del fenecido año precedente, continuamos con el “naufragio” de la esencia europeísta, con el predominio de Francia y Alemania, la huida de Gran Bretaña, el desinterés de muchos otros países…; y mayor aún es el naufragio de la economía española, de los haberes de las Comunidades Autónomas, esquilmadas por mor de abusos sin número de especuladores políticos; del estado español, que paga lo que no tiene para tratar de evitar el hundimiento de una economía mantenida a base de dinerito llegado desde fuera; de las familias, con pocos ingresos, o en paro, sin percepción del subsidio de desempleo…
Y aún hay más naufragios, constantes, en los valores esenciales de la convivencia, porque ya hay “indignados” por todo, venga o no a cuento; porque ya cualquier ciudadano se siente legitimado para criticar las resoluciones judiciales, sin contar con la preparación adecuada para analizarlas; porque la prensa, los medios de comunicación, saltan cual rabiosos depredadores sobre cualquier noticia relativa a un matrimonio que se resquebraja a una infidelidad conyugal, a una violencia familiar…
Y qué decir de los naufragios continuos en los valores éticos, prescindiendo de las esencias de nuestra cultura y civilización y primando el estado del hedonismo, el materialismo de obtener lo más posible con el menor esfuerzo…
Zozobras de las naos de las instituciones (“del rey abajo cualquiera…”), de las organizaciones creadas para el progreso, de los sindicatos que han hecho de su reivindicación subvencionada un modo de vida…
En fin, tantos y tantos naufragios contemplamos cada día, que no solamente hay que procurar tener un buen capitán de la nao de nuestra vida y de nuestra familia, sino que hay que intentar que otros buques no se atraviesen en el camino y colisionen con el nuestro, arramblando con las esencias de nuestro entorno.
Porque si un gobierno que prometió blanco ha hecho amarillo; si sus predecesores prometieron lo que no pensaban cumplir y desde luego no cumplieron; si los que ahora no gozan de poltrona ya critican sin piedad a los que acaban de aposentarse; si basta que uno diga blanco para que el otro diga negro; en fin, si lo importante es revolverlo todo, para así tratar de impactar al sufrido ciudadano, pues… los naufragios seguirán produciéndose.
Lo grave no es naufragar, sino que aunque contemos con chalecos salvavidas y sepamos nadar bien, siempre aparecerán en las aguas turbulentas de nuestro entorno los desalmados que procurarán obtener provecho de las situaciones de congoja y preocupación que nos agobien.
Yo me planteo si no sería posible embarcar, de veras, a todos los responsables de tanto desmán, y, entonces sí, hacer naufragar los buques en que naveguen.
Sueño imposible, porque no hay suficientes embarcaciones para contener a tanto desaprensivo y a tanto convenenciero.
Bueno, pues como mínimo que naufraguemos cerca de costas cálidas y pobladas, para que al menos podamos recibir el auxilio y el consuelo de personas que –son la mayoría— todavía creen en la ayuda mutua y el auxilio entre seres humanos.
“En las desgracias hay que acordarse del estado de conformidad con que miramos las ajenas”.- Epicteto de Frigia (50-135) Filósofo grecolatino. 
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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