miércoles, 5 de octubre de 2011

El imparable aumento del paro en España: “Éramos pocos y parió la abuela”


“Éramos pocos y parió la abuela” (Del refranero español, significando que cuando se tienen problemas, llega otro problema más)
¿Quién tiene la culpa del paro?

(Editorial en  “El Imparcial”, 05-10-2011)

"Ayer se conocían los datos del paro correspondientes a septiembre. Ya se intuía que iban a ser negativos -siguiendo la tónica de todo lo que rodea a la política económica del Gobierno de unos años a esta parte-, aunque la realidad ha vuelto a superar a las expectativas: casi 100.000 parados más, lo que supone el mayor repunte en este mes desde 1996. Cierto que hay una serie de factores tales como la estacionalidad de determinados sectores que reducen su actividad tras el verano, como el turismo y la hostelería, aunque se da la circunstancia de que justo estos sectores -sobre todo el turístico- han tenido un verano más que saneado. Cierto, igualmente, que esta situación no es nueva ni tampoco exclusiva de este Gobierno, pero los datos son tozudos.
Resulta que ahora la culpa es de las autonomías. Y, en parte, es cierto. Pero el mal viene de largo. Las autonomías han gastado mucho más de la cuenta. Y lo siguen haciendo. Mientras el Estado —¡por fin!- va embridando el déficit público y parece capaz de cumplir el objetivo de limitarlo al 6% en este año, el déficit autonómico sigue desbocado. Se da la circunstancia de que muchas de ellas han cambiado el signo político de sus gobiernos tras las últimas elecciones, habiendo ganado el PP una gran parte del mapa autonómico en detrimento del PSOE. Y casualmente, es ahora el cuando más se empieza a mirar con lupa a las comunidades autónomas, pese a que casi todas ellas han despilfarrado a espuertas, sin que, hasta ahora, el color político haya servido mucho como criterio diferenciador. Identificar sus recortes en materia de ajustes presupuestarios con el incremento del desempleo no es sino una excusa de mal pagador.
Además, basta tirar de hemeroteca para ver que, durante toda esta segunda legislatura en la que José Luis Rodríguez Zapatero ha estado al frente del Gobierno, raro era el día en el que alguien no lanzaba las campanas al vuelo por lo inminente que iba a ser la creación de empleo. Pues resulta que no. Y si nos atenemos tanto a las cifras de paro como a la escasa confianza de los mercados, resulta evidente que el Ejecutivo sigue sin hacer los deberes en lo que se refiere a lucha contra el desempleo y aumento de la competitividad. Y de eso sí que no tienen la culpa las autonomías.
Tampoco es nuevo ni la factura corresponde sólo a este Gobierno. La legislación laboral española es particularmente rígida e inadecuada, al punto que conforma un mercado laboral enrarecido y poco flexible que desincentiva la contratación porque la penaliza fuertemente. Lo cual no debe sorprendernos, si comprobamos que dicha legislación es de inspiración mussoliniana, viene del franquismo, responde a un sistema económico corporativista y cerrado y resulta inadecuada para un sistema económico libre y competitivo. A pesar de los recientes retoques, la reforma laboral sigue siendo una asignatura urgente pero pendiente.
Del mismo modo, tampoco la imprudencia económica es monopolio de este Gobierno, aunque el nivel de riesgo e imprevisión de la era Zapatero haya batido todos los records. Desde principios de la década anterior se debieron tomar medidas contracíclicas. Pero no se tomaron. Antes, al contrario. Los gobiernos del señor Zapatero espolearon el gasto en lugar de controlarlo. Y el regulador no ayudó a contener la marea de hipotecas que acrecentó la desmesurada concentración de riesgo en la burbuja inmobiliaria”
Zapatero se debió de ir hace dos años
“Lo he escrito tantas veces que, cuando se debate el nuevo tirón del paro, se acentúa para mí la idea del perjuicio que causa Zapatero todavía al frente del Gobierno de la nación. No se puede enderezar la crisis sobre la desconfianza nacional e internacional que suscita el presidente dadivoso. Si se hubiera retirado a descansar en su hamaca leonesa hace dos años otro gallo cantaría a la economía española. El pasado mes de abril, obligado por los suyos a renunciar a su candidatura a las elecciones generales, Zapatero debió anunciar también su inmediata salida de Moncloa. No lo hizo porque prefirió disponer de unos meses para dejar colocados a sus paniaguados y para borrar las huellas del caso Faisán y de su presunta colaboración con banda armada, investigada por el juez Ruz.
En la próxima encuesta de la EPA, el paro se situará en las fronteras de los 5.000.000, a tenor de la crecida de cerca de 100.000 desempleados en el INEM de septiembre. Inútil descargar culpas sobre los recortes de las Comunidades Autónomas, cuando los peores resultados se han producido en Andalucía sin esos recortes. El problema es mucho más hondo. Las pequeñas y medianas empresas son las que crean empleo. También los autónomos. Y nadie tiene confianza en Zapatero. Hasta que no abandone su madriguera monclovita, no empezarán a arreglarse las cosas, a pesar de que el presidente, de hinojos ante Merkel, lleva ya varios meses tomando las medidas adecuadas. Lo que pasa es que nadie cree en él.”

(Luis María ANSON, de la Real Academia Española, en “El Imparcial”, 5/10/2011)

Y lo que tenía que pasar, pasó.
Muchas profecías, muchos avisos, muchas promesas, pero la realidad inexorable se ha impuesto, y en España seguimos ahondando en la crisis económica y social que nos aflige desde hace varios años.
Porque cualquier ciudadano de a pie sabe y siente que cada vez la vida está más cara, que cada vez hay más dificultades para acabar el mes, que cada vez se recortan más los salarios, que cada vez van cerrando más empresas, que cada vez las colas en las oficinas de empleo (mejor, de desempleo) son más largas.
Es, tristemente, el fruto, una de las consecuencias de aquella absurda política y propaganda, en la campaña electoral precedente, la de 2.008, cuando se tildaba de “antipatriota” a quien hablara de crisis, cuando se vislumbraba brotes verdes en lontananza, cuando todo era aparente entusiasmo y optimismo.
De aquellos polvos, de aquella imprevisión, de aquel optimismo imprudente, vienen estos lodos actuales de auténtico hundimiento económico.
Se me dirá que a ello contribuyó la llamada “burbuja inmobiliaria”, y que eso se produjo bajo el mandato de otros gobiernos de diferente signo. Me da igual. Si quienes permitieron esa burbuja hicieron mal, peor obraron quienes conociendola no le pusieron remedio; peor aún actuaron quienes, en vez de advertirla al pueblo, cegaron a éste con vanas y falsas promesas de mejoría.
Y las gentes se han hartado y han convertido su indignación (no la “indignación” de esos cientos de semi-ácratas callejeros que se instalan en las vías públicas y se llaman “indignados”) en rechazo, y su rechazo en necesidad psicológica de mutación.
Por eso no dejan de hacerme gracia esos comentarios del partido aún en el poder, de que ahora sí van a cambiar (¡pero si dispusieron para ello de siete años!), de que lo arreglarán todo con mayores impuestos al tabaco y al alcohol, y los productos los destinarán a asistencia social… Vanos “cantos de sirena”, vanas entelequias, para quienes, todos –inclusive los ricos— han comprobado que estos gobernantes actuales y los de su misma “cuerda” solamente saben hablar y gastar.
Tal vez –ojalá no— quienes les sucedan tampoco sepan, quieran o puedan hallar la piedra filosofal que resuelva los problemas de nuestra economía (en medio de la crisis general que va azotando al mundo), pero al pueblo, cuanto menos, hay que permitirle lo que rezaba el título de aquel buen film italiano “due soldi di speranza” (dos céntimos de esperanza), porque en otro caso habrá que recitar aquello de “ni contigo ni sin ti tienen mis penas remedio…”.
¡Y parió la abuela!...

“El que no aplique nuevos remedios debe esperar nuevos males, porque el tiempo es el máximo innovador”.- Sir Francis Bacon (1561-1626) Filósofo y estadista británico.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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