miércoles, 24 de noviembre de 2010

Por no callar: La crisis que nos envuelve…

“Lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible”. Charles-Maurice Talleyrand Périgord (1754-1838) Diplomático y estadista francés.
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“España se va convirtiendo en Argentina. Lecciones desde el Estado de Derecho” ( De “El Imparcial”, 24/11/2010, por José Eugenio Soriano García, Catedrático de Derecho Administrativo, ex Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia y autor de libros jurídicos)
Siempre me llamó la atención la extraña situación de Argentina, tan pletórica en recursos, en personas, en geografía, en cultura, de una parte, y de otra, tan desastre en todo lo que hace a la política, a sus servicios públicos, a su desempeño general. Ser ciudadano argentino debe ser una paradoja. Porque tener como referencia a Borges y encontrarse de bruces con Cristina Kirchner de otra, debe ser algo así como iluminarse al mismo tiempo con el sol y la luna.
¡Cuando las barbas de otros países veas pelar,
pon las tuyas a ...!"
¿Porqué un país tan enormemente rico, culto, grande, está condenado de antemano a estar en el pozo del mundo, allá abajo, sin apenas contar para nada?
Cuando anduve por allí, pregunté en varios círculos por esta incoherencia. Y la respuesta, siempre, fue unánime: por la clase política. Clase política compuesta de toda clase de corruptos, ladrones en el más claro sentido, sindicalistas que parecen todos extraídos de “La Ley del silencio” solo que con carácter general e imparable. En fin, toda suerte de golfos (lamento no encontrar otra palabra) cuyo populismo esencial se caracterizaba por una enorme radicalidad en su expresión con terceros y al mismo tiempo con una indulgencia para consigo mismos que rayaba en la esquizofrenia, endulzada, eso sí, por el cinismo. Tanto que me atrevo a calificar al político argentino típico como alguien absolutamente populista y cínico, pero incapaz inclusive de ser hipócrita, porque ni lo necesita. No tiene que ser un sepulcro blanqueado, sino, burlón él, desdeña absolutamente al populacho que le aplaude y le sirve, y del cual se sirve sin límites.
De ahí que tantos y tantos argentinos, cultos, preparados, enormemente elegantes, con un estilo inigualable en sus maneras e incluso en el manejo de una lengua española con superioridad sobre la que nosotros mismos practicamos, acaben refugiándose en mundos imposibles, o directamente se vayan al extranjero. Aquí en España hemos tenido la inmensa suerte de beneficiarnos de muchos de ellos.
Acostumbrado a juzgar por los hechos aparentes, recuerdo bien que, ante esa situación, yo me decía aquella frase tan banal y falsa que dice: ¨ Los pueblos tienen los políticos que se merecen¨. Y así, también recuerdo, me decía a mi mismo que con eso bastaba y que aquí, en España, nunca pasaría eso. Como pueblo, pensaba yo, seríamos mejor. Rechazaríamos la corrupción y castigaríamos en las urnas y en los Tribunales a todo aquél que traspasara, siquiera mínimamente, las fronteras morales de esa ética colectiva que en Argentina hacía tiempo ya que se había ultrapasado.
Pero he aquí que, lejos de esta situación, cuando nos contemplamos en nuestro propio espejo, en estos momentos, el nivel de corrupción es ya inmenso en España. El poder de los pocos, y de sus amigos, es inmenso. No hay crítica, ni personalidad, ni orgullo. Nos lo han quitado todo, hasta la idea misma de Nación, con desparpajo y falta de vergüenza (la Nación — española por supuesto y no la de los nacionalistas — es “un concepto discutido y discutible”) y no pasa nada. Ahora nos amenazan con una crisis que si no la para la Unión Europea, tendremos que pagar con creces todos los españoles, dándoles así a los bancos y a los políticos, parte de nuestro sudor para que sigan refrescándose con él. Y todo ello entre la resignación y la irritación y poco más. Los sindicatos son gremios acostumbrados a disfrutar del poder. La clase política, con muy pocas y contadas excepciones, llena de mediocres faltos por igual de preparación y moral, que se enriquecen relativamente pronto y que desde luego, viven por encima, muy por encima, de lo que podrían lograr de no estar en la política. Política que consiste en la pura adulación, en la “candonga” que diría un porteño, y con ello y no pensar ni discutir, se quedan siempre con la parte cremosa de la sociedad, de los negocios, en fin, que simplemente por estar ahí, la clase política y sus allegados, unidos por el interés común de perpetuarse en la buena vida a costa de los demás, continúan parasitando a los contribuyentes, a los cuales, sí, esquilman con dureza. Y desde luego, complementariamente, reparten prebendas, a quienes ante ellos se arrodillen y les lisonjeen.
En definitiva, nos hemos argentinizado. ¿Cómo ha sido posible? La clave se encuentra en el Estado de Partidos, en el sistema electoral, sin listas abiertas que permitan cierta transparencia y competencia entre quienes solicitan el voto. La más tupida opacidad reina en la elaboración de listas cerradas, que se imponen a todos y que no se pueden abrir a nadie, taponando así toda crítica, todo liderazgo, toda competencia.
Este es el gran cambio que podría modificar en parte el actual estado de cosas. La transparencia y la competencia son elementos fundamentales, no solo de la Democracia, sino también del Estado de Derecho. Y la lucha por conseguir esta apertura de que al menos haya listas abiertas, es vital. Nos jugamos no descender más. No llegar al cono sur.”

Anda uno mismo estos días, como tantísimas otras personas, más preocupado de lo normal, si cabe, por toda la vorágine de alarmantes noticias sobre caídas de la bolsa, rescate de la economía de naciones, problemática empresarial, necesidad de reformas drásticas, que en nuestro país se anuncian como precedente necesario de un empobrecimiento que todo el mundo (entendido como tal el pueblo llano) experimenta ya, porque su sueldo ha menguado, la cesta de la compra se ha encarecido, y el otrora bienestar se ha transformado en carencias, ansiedad y agobio.
Sócrates (Portugal) y 
Zapatero (España),¿ se ayudan, 
se empujan o se 
consuelan mutuamente?
Y a raíz de ello, no deja de sorprender la inconsciencia, o el cinismo, o la incompetencia, o la incapacidad, de un presidente del gobierno que ni siquiera se percata de cuándo miente, que hace una política tan al minuto que “se va, la empastra y vuelve”; que se ampara en toda serie de argucias para encubrir el fenecimiento de su proyecto político, en el que se ha asido como clavo ardiendo a un vicepresidente tan experimentado en la pillería política como carente de auténtico sentido del estado; a unas ministras incompetentes como la “perdida” “minisTrini”, que ni ha sabido ni ha podido tratar la problemática del Sahara; o la infumable Leire (¡cómo un ministerio, como el de Sanidad, puede llegar a estar en manos de alguien(a) tan corto(a), sectario(a) e incompetente!).
Y así estamos, incursos en esta crisis, que es global, ciertamente, pero en la que no se ha pronunciado desde el gobierno ni una mala palabra ni ha faltado una buena promesa, y en la que no se ha ejecutado ni una buena acción, porque ni siquiera las medidas correctoras anunciadas se han puesto en práctica.
¿Ayuda o captura?
El desempleo aumenta, la obtención de recursos para la Hacienda Pública es cada vez más cara y dificultosa; el endeudamiento estatal va subiendo; la economía se halla estancada.
Y mientras tanto, unos atacan a los otros; los otros a los unos; se dedican a hablar y anunciar corrupciones, pero nadie se “ata los machos” y se dedica a decir verdades y a dar soluciones.
No cabe duda que una reforma del sistema electoral, como propugna el autor del artículo transcrito al inicio, es necesaria. Pero ¿cómo? ¡Si depende de los propios partidos políticos!
En fin, que a lo mejor hay que volver a aquellos tiempos en que como la religión era estatal, todos estaban obligados a rezar (en apariencia, claro). Solo implorando la ayuda del Más Allá parece que podría vislumbrarse algo de luz en este desesperanzador panorama.
“Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”.- Bertrand Russell (1872-1970) Filósofo, matemático y escritor inglés.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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