martes, 13 de julio de 2010

¡Campeones del mundo!: Lo que el pulpo alemán no sabrá adivinar…

“Puede ser un héroe lo mismo el que triunfa que el que sucumbe, pero jamás el que abandona el combate”.-Thomas Carlyle (1795-1881) Historiador, pensador y ensayista inglés
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“Difícil describir la explosión de libertad que España entera vivió el domingo por la noche. Dentro de algunos años, millones de hoy jóvenes españoles podrán decir “yo estuve allí y viví aquella noche memorable; yo vibré en torno a una ilusión compartida y una bandera de la que me sentí orgulloso”. Por todas partes la alegría y el grito, el sonido de los cláxones, el abrazo a pie de calle, el tremolar de banderas, el ruido, el inmenso ruido, la suprema algarabía surgida de la nada, sin orden ni concierto, elogio a lo instintivo, lo genuinamente auténtico, lo no planificado. La belleza de lo espontáneo.
Por las cuatro esquinas de una España abrasada por el sol de julio surgió como un torrente en la noche del domingo la necesidad de festejar algo, de celebrar este gran éxito deportivo tras casi tres años de crisis terrorífica, de noticias negativas, de sufrimiento y paro, de bienestar perdido tras la calima de un futuro incierto. El jolgorio de las calles sublimaba el deseo de olvidar, de escapar de la agobiante realidad, de soñar despierto.
Tal que casi todos los grandes acontecimientos capaces de conmocionar a una sociedad, este no ha sido un hecho aislado. Como las desgracias, las alegrías nunca vienen solas. España ha vivido tres días de infarto llamados a tener una innegable influencia en el futuro colectivo. El tiempo dirá si esa influencia es buena o mala y si contribuirá o no a marcar un punto de inflexión en el rumbo hacia la nada en que llevamos instalados desde que Rodríguez Zapatero -quien, por cierto, se aferraba ayer a la copa como si la hubiera ganado él- es presidente del Gobierno. En estos tres días de vértigo, el país ha asistido a la publicación de la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el viernes; a la gran manifestación que en las calles de Barcelona protestó contra esa sentencia, el sábado, y a la victoria futbolística del domingo.
(Jesús Cacho, “Evasión y victoria”, El Confidencial, 13/07/2010)

No voy a estas alturas a dejar de reconocer que me he sentido contento y feliz por la gran victoria de la selección española de fútbol en el campeonato del mundo celebrado en Sudáfrica.
Satisfecho por el indudable éxito que ha representado que el equipo de fútbol representativo de la nación española haya triunfado sobre todos los demás competidores del mundo terreno.
Especialmente honrado por el bello juego desplegado, frente a la suciedad táctica de Holanda, su contrincante en la final; o frente a la cerrazón defensiva del equipo de Paraguay; o frente a la reservona actuación de la selección portuguesa.
En verdad, el equipo de España ha demostrado, no sin apuros (consecuencia de su noble y buen estilo de juego) frente a oponentes ramplones y convenencieros, que el trabajo bien hecho suele dar buenos resultados
Me he seguido sintiendo alborozado ante la explosión de felicidad de los jugadores y técnicos de la selección de España, y especialmente ante la espontánea y multitudinaria manifestación de éxtasis triunfal, por parte de todos los españoles e inclusive de muchos extranjeros, ante el gran éxito.
Ha parecido por dos o tras días que la nación (y las quince nacionalidades o regiones más dos ciudades autónomas que la integran) ha alcanzado la cumbre de la felicidad, y todos los problemas han quedado diluidos bajo el entusiasmo de la victoria.
A ese triunfo se han apuntado todos, legítimamente, porque siendo del equipo representativo de España es de todos los españoles, aunque hayan aparecido sospechas de que algunos políticos pretenden obtener mayor cosecha para su “huerto privado”.
Muy bien que el Rey y la Familia Real hayan prestado todo su apoyo, pero no alcanzo a comprender por qué el inefable Zapatero, que se apunta a todas las celebraciones y eventos, venga o no a cuento, y que tiene reservada para sí, además de la Presidencia del Gobierno, la cartera de Deportes, haya brillado por su ausencia en la final del torneo.
Se ha excusado Zapatero en que estaba muy ocupado, porque mañana, miércoles 14, ha de enfrentarse en el Parlamento al debate sobre el estado de la nación; lo que yo llamaría análisis del “desastre en que ha convertido la nación”.
Pero no le valen excusas.
Quien asume una competencia política y de gobierno debe de asumir las consecuencias de su ejercicio. Y la ausencia de Zapatero (buena egoístamente hablando, porque gracias a ella se preservó el buen aroma del acontecimiento de la final del torneo) ha puesto de manifiesto que se trata de un marinero sin barca y sin rumbo a estas alturas.
Lo que me extraña es que ese pulpo alemán llamado Paul (¡madre mía a qué límites de credulidad fetichista está llegando la sociedad!) no haya sido preguntado sobre si la victoria de la selección española iba a ser el re-lanzamiento del partido en el gobierno, o si “mister sonrisas” iba a reír menos y a ocuparse más de los asuntos de estrado; o si por fin el partido en el poder en España y sus dirigentes iban a dedicarse a gobernar, no a negar evidencias; y a adoptar medidas para paliar la crisis económica, por impopulares que resulten; y a reducir de forma austera el gasto de los diferentes ministerios y administraciones; y a gobernar “para el bien común”, y no gobernar “lo común” para su bien.
Por encima de la anécdota, el pulpo no ha sido preguntado, pero de haberlo sido, no habría sido capaz de vaticinar si esta España de nuestros malos gobernantes irá a mal o irá a peor; o si por fin el Presidente del Gobierno dejara de hacer el zascandil con Cataluña, y con las igualdades de la “ida” ministra Aído; o si intentará dejar algo de felicidad al pueblo español.
Mucho dudo que el pulpo, de haber sido preguntado, mediante la oferta de un sabroso –para él— mejillón, se hubiera decidido por adivinar otro futuro para nuestra España deistinto del de agarrarse a la felicidad efímera de una muy merecida victoria deportiva, para intentar ocultar la amargura y la tristeza de la derrota de una “des”-política social y económica.
¡Bien por la selección española de fútbol y por sus jugadores, y por el seleccionador nacional y por todo el equipo que ha hecho posible obtener el campeonato del mundo!
¿Por qué no siguen paseándose por España, enseñando a todas y cada una de las autonomías (o regiones o nacionalidades, nunca naciones) que el trabajo bien hecho, la constancia, la búsqueda de la calidad, la humildad y la sensatez son las mejores –las únicas—armas seguras para el triunfo?
Pese a todo, aún me voy a pensar si me compro un pulpo vivo para mi acuario o me como un pulpo sabroso al estilo gallego, o pulpo “a feira”.
Seguro que es más productivo lo último, y seguro que me causa mayor placer.
¡Que procuren los gobernantes darnos comida y prosperidad, que entonces sí que la alegría nos inundará, con o sin adivinanza pulpera!
“Para el logro del triunfo siempre ha sido indispensable pasar por la senda de los sacrificios”.- Simón Bolívar (1783-1830) Militar y político de origen venezolano.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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