lunes, 25 de enero de 2010

Tiempos de desgracias

“El desdichado no tiene otra medicina que la esperanza”
William Shakespeare
(1564-1616) Escritor británico.
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¡Vaya temporada que está pasando la humanidad!
Desde que el visionario terrorista de Bin Laden consiguió herir el corazón altivo del capitalismo de los Estados Unidos de América, eliminando las “torres gemelas” de Nueva York; desde que el incompetente e irracional George Bush se empeñara ciegamente en guerras contra el enemigo terrorista, sin reparar en lo que provocaba; desde que la “madre naturaleza” se empeñó en recordarnos que ella es ella, y que por muy avanzada que esté la ciencia y muy perfectas que sean las medidas de protección, los terremotos, los “tsunamis”, las inundaciones, seguirán ocurriendo, porque la humanidad no siempre puede controlar la vida misma; desde que la voracidad avariciosa de los capitalistas del mundo explotó causando una nueva y gravísima crisis económica, que solamente ha servido ara engordar sus bolsillos; desde que en nuestro país, un visionario inepto metido a presidente se empeñó en practicar la política del avestruz, escondiendo las previsiones y viendo “brotes verdes” donde no había ni siquiera ramajos secos; desde que los dirigentes políticos y sociales de España se empecinaron en discutir entre ellos, en busca de un poder que solamente les permitiera medrar; desde que quienes estaban y están dispuestos a reemplazar a los actuales gobernantes, es decir, los de la oposición, se dedicaron a atacarlo todo, sin apenas aportar ideas de consenso y construcción conjunta de un nuevo orden; desde que todo ello ha venido aconteciendo, ningún acontecimiento ha podido pasarnos desapercibido.
Y cuando ocurren catástrofes tan impresionantes como el terremoto de Haití, no solamente se sobrecoge el espíritu, sino que un escalofrío de impotencia y tristeza nos invade a todos.
Hace ya muchos días que no escribo en este blog, no por falta de argumentos, que los ha habido y sobrados, sino porque he preferido reflexionar conmigo mismo, desde la gran catástrofe, sobre las desgracias de cada día.
No cabe duda que lo de Haití sobrecoge por su magnitud, pero no por ello hemos de olvidar (y a menudo lo hacemos) el hambre que destruye miles de seres humanos en el mundo y especialmente en los parajes menos desarrollados. Ni la brutalidad de la galopante enfermedad, que desde el SIDA hasta todo tipo de infecciones, socavan los cimientos del futuro de la humanidad, que radica precisamente en esos mundos emergentes, hoy tan pobres y abandonados, a los que no se permite ni sobrevivir.
Y menos podemos olvidar el drama que arrastra el brutal desempleo que sigue creciendo en nuestro país, mientras un gobierno vacío de ideas y unos egoístas agentes sociales se dedican a buscar provechos propios, sin aplicar remedios válidos, aunque ello les pudiera costar votos.
La frase de Shakespeare que encabeza este comentario parece carecer de sentido en la actualidad, porque lo único que no se siembra es esperanza.
Se argumenta mucho con falsas ilusiones, pero motivos concretos de confianza y de visión sosegada hacia el futuro no aparecen por ninguna parte.
Me está pareciendo elogiable el enorme esfuerzo internacional para ayudar al desdichado pueblo de Haití, y ojalá el mundo siga en esa línea. Pero junto a esa gran desgracia se mueven en el mundo las “desgracias domésticas”; las de los parados de larga duración; las de los sujetos a dependencia que no tienen quienes les cuiden; las de la infancia maltratada; las de las mujeres sojuzgadas; las de las familias rotas...
Habría, en verdad, que aprovechar estos tiempos de mayor impacto en nuestra sensibilidad para extraer de la adversidad la gran enseñanza de la veracidad y de la ayuda mutua.
Solamente desde el ejercicio auténtico de los valores morales de la generosidad, de la autenticidad, de la laboriosidad, pueden estas zozobras actuales servir de acicate para un mundo mejor.

“Acostada en medio de la desdicha, el alma ve mucho” Sófocles (495AC-406AC) Poeta trágico griego.
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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