jueves, 3 de septiembre de 2009

PERIPLO POR EUROPA 2009: DE VALENCIA A KIEV, PASANDO POR BERLÍN Y VARSOVIA 6.- La Ucrania que encontré en 2009 (I)

Para quien sea seguidor de este blog, no constituirá sorpresa saber que cada año, de una u otra manera (los dos últimos años en propio coche y a través de Europa), voy a Ucrania.
A estas alturas, ya no pretendo descubrir Ucrania, que es un país al que, por encima de todos sus defectos y deficiencias, amo profundamente y siento en mi corazón, pero sí me permito profundizar en lo que compruebo que no evoluciona.
Así pues, he de decir que Ucrania no está peor que cuando la conocí en el año 2.000, pero no ha evolucionado, ni mucho menos, lo que se esperaba.
Se trata, ni más ni menos, de que hay una sociedad sin base esencial, en la que los ricos siguen siendo ricos, los pobres siguen siendo pobres, y la clase media “sobrevive” como puede.
Todo tiene una raíz política: En Ucrania hay –se reconozca o no— dos Ucranias: la ruso parlante y ruso-social, localizada desde Kiev hasta el este; y la Ucrania más genuina, de Kiev hasta el oeste.
Los movimientos independentistas genuinos se localizan en la Ucrania “no rusa”, pero el dinero y la mafia que lo controla, se halla en la Ucrania “pro-rusa”.
Sin embargo, los ciudadanos ucranianos, de cualquier clase y condición, siguen trabajando sin descanso, fieles al principio de laboriosidad que les caracteriza, y gracias a ello el país continúa, mal que bien, capeando el temporal de sus propias incertidumbres y de sus provisionalidades.
Tuve y tengo el honor de contar, tanto en Ivano-Frankivsk como en Kiev, con amigos(as) auténticos, que me explican con paciencia y detalle lo que pasa en su país, y me trasladan sus anhelos e inquietudes.
Por eso, puedo decir, que Ucrania se halla en la encrucijada de decidir si quiere seguir vinculada a Rusia, o ser ella misma.
Creo que los ucranianos piensan en lo segundo, cualquiera que sea el coste que les represente.
Y sí, Ucrania, ha de ser ella misma, pero después de superar el clasismo, la manipulación mafiosa, la corrupción que sigue siendo galopante… Y para ello hace falta valor… y dinero…
Opino que Ucrania no puede desvincularse de Rusia porque sí, ni puede ser independiente (odiando a Rusia) por “también”. Los extremismos no sirven…
Ucrania ha de ser ella misma: con su pasado vinculado a Rusia (preservando el idioma ruso, que practica el 30% de su población), pero con su propia identidad, enraizada las esencias ucranianas –incluida la lengua ucraniana, cada vez más implantada— que implica mucho más que reminiscencias a olvidar.
Puedo, con orgullo, proponer el ejemplo que tengo en mi familia, con mi esposa y mi “hija” esencialmente ruso-parlantes, pero que hablan, escriben y piensan en ucraniano, y que se sienten orgullosas de ser eso, ucranianas, nunca rusas…
Cuento como anécdota que mi “nieto” ucraniano – le debo a mi esposa el honor de sentirme como el “abuelo” de “su” nieto de trece años— me decía que “Rusia es nuestra enemiga…porque después de controlarnos muchos años, ahora nos quita el gas”, visión sin duda primaria, pero que muestra el sentimiento nacionalista que se implanta en Ucrania.
Bueno, al margen de estas disquisiciones, y de que la vida en Ucrania se ha encarecido muchísimo, por aquello del “patrón dólar”, decir que Ucrania sigue viva; que en Ucrania se sigue “palpando” el humanismo propio del país; en el que hay “identidad propia”.
¿Qué decir de los deliciosos encuentros con las “profesoras magistrales” que son las catedráticas Ludmila Stechenko ( o su esposo Dmitriy Nikolaevich); o Elena Bratus, o Galyna Skibo, o Tatiana Kuftyreva y su hermana Iryna?
Cada vez que se habla con ellos se encuentra la frescura de la amistad y de su enorme ciencia, con su orgullo se sentirse ucranianos, no exento de su preocupación por la incertidumbre de su país…
¡Con estas gentes nunca puede derrumbarse Ucrania!...

Bueno, Ucrania sigue como antes, con los ricos siendo muy ricos, con los pobres siendo más pobres, sin clase media, con un consumismo incontrolado y con unas esperanzas que todos querríamos se plasmaran en realidades…

¿Anécdotas? Muchas, como siempre…
Viajábamos a unos 50 kilómetros de Ivano-Frankivsk, en dirección a Ternópil, cuando, cerca de Monarstirsvka, antes del puente sobre el río Dniéster, cuando hallamos una señal extraña (compuesta de un ”stop” y de una flecha hacia la izquierda viabilizando el paso), ante la que casi detuve el automóvil, y pasé a no más de 10 kms/hora. Surgió inmediatamente –prepotente— un policía de tráfico, diciendo que “no había respetado la señal de stop y que ello determinaba una sanción muy grave, de más de 250 grivnas (unos 15 Euros), y que debíamos ir al banco más próximo, y que la elaboración del protocolo iba a demorar “mucho tiempo”, y que…….
Al responder que no tenía razón, pero que queríamos el “protocolo” y que pagaríamos, pero que yo nada firmaría, porque era ciudadano extranjero, y no entendía nada de su lenguaje (excusa muy manida.: "Ya ne pañimayiou”), el policía empezó a renegar y acabó diciendo que los extranjeros no éramos simpáticos, y que, bueno… por esta vez…. nos “perdonaba”… (Comprobó que iba a tener más problemas que ventajas, y que desde luego no recibiría ni un billete de “soborno”)
Seguiré contando más adelante.
(Fotografía de SPB cuando la policía ucraniana "pretendía" la multa)

Y, por último, indicar a Cristina Serediak, la deliciosa amiga, doctora de etnia ucraniana residente en la Argentina, erudita en los Pysanka (o huevos decorados típicos de Ucrania), que este relato se está confeccionando desde España, al regreso del viaje, y que no pasamos por Kolomya, por el museo de los Pysanka –ya visitado y conocido— porque en este viaje teníamos otras prioridades.
Aunque seguirán más relatos sobre Ucrania, ya anticipo: Ucrania, pese a todo, vale la pena, porque “Mbi tebyá lyoblyou” (Nosotros te amamos)
¡Qué placer escribir sobre este hermoso país!
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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