miércoles, 7 de enero de 2009

MARÍA PILAR

No es fácil escribir sobre uno de los tuyos.
Y mucho menos hacerlo desde la presencia perdida y el recuerdo de quien acaba de dejarnos.
No me asisten, ni las necesito para esto, las dotes poéticas de Miguel Hernández, el poeta valenciano que popularizó entre su obra la “Elegía a Ramón Sijé”, con aquellos expresivos versos de “…se me ha muerto como del rayo…” o “compañero del alma, compañero”.
Pero sí me tiene absorto la reciente desaparición –apenas hace unos días— de un ser querido, mi hermana María Pilar.
Soy el menos joven de un montón de hermanos y tal vez por ello, y porque tener como tengo nietos también inclina hacia la ancianidad, me siento tan conmovido como los suyos más próximos, su esposo y sus hijos, mi cuñado y mis sobrinos.
Sea como fuere, la realidad es que cuando uno ya ha escrito en este blog sobre tantos temas, tantas cosas y tantas personas, se siente al menos habilitado para hacerlo sobre los “suyos”, y singularmente sobre una hermana que acaba de irse de este mundo para gozar sin duda de un estado mejor.
Soy de los que creen firmemente que la muerte no es el final, no solamente a la luz de la religión, sino por la propia esencia de las cosas, según ya dijo Mahatma Ghandi, “Si la muerte no fuera el preludio a otra vida, la vida presente sería una burla cruel”.
Pero no puedo sustraerme, como cualquier humano, al dolor que entraña la desaparición de quien lleva la propia sangre y con quien tantas vivencias y tantas afinidades han existido.
Es triste la soledad, pero más triste es el olvido.
Me consuela saber que a María Pilar, esposa y madre ejemplar, hija modélica, hermana adorable, amiga extraordinaria, no solamente no le olvida ni le olvidará nadie, sino que ella, desde el trono en el que goza de las estrellas, nos acompaña siempre.
Nos ha ocurrido, ni más ni menos, lo que Rabindranath Tagore, filósofo y escritor indio (1861-1941), describía con su finura de expresión y pensamiento: “Como un mar, alrededor de la soleada isla de la vida, la muerte canta noche y día su canción sin fin”
Ahora la muerte acaba de convertirnos en receptores de la canción sin fin de la vida de María Pilar, para que ella, como lucero del alba y del ocaso, reluzca en nuestros corazones como símbolo de la belleza del amor.
Hay que darse consuelo, pero hay que mantener la entereza, porque “La muerte no nos roba los seres amados. Al contrario, nos los guarda y nos los inmortaliza en el recuerdo. La vida sí que nos los roba muchas veces y definitivamente”.- François Mauriac (1905-1970). Escritor francés.
Permite, inolvidable María Pilar, que estas torpes líneas de tu hermano “más viejo” sirvan de expansión a tanta emoción contenida y tanto dolor disimulado y reprimido por tu pérdida.
Tú, que estás ahí, junto a Quien todo lo sabe y todo lo puede, “échanos una mano” para superar estos nuestros “afanes de cada día”.
Que siempre tengamos presentes las estrofas en copla asimétrica de un gran literato español:
“Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando,
cuán presto se va el placer,
cómo, después de acordado,da dolor;
cómo, a nuestro parecer,
cualquiera tiempo pasado fue mejor
.…
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos,
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.”
(Fragmentos de “Coplas a la muerte de mi padre”, de Jorge Manrique)
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA





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