viernes, 27 de junio de 2008

FÚTBOL, VODKA Y VIDA


“MADRID.-Inolvidable, sin más. España se plantó 24 años después en una final de la Eurocopa por una puerta que no puede ser más grande ni más bonita. Su imponente segunda parte ante Rusia, preciso toque y desmarque, dinamismo y variedad de recursos fue una manera radical de anunciar al mundo su favoritismo.”
(EL MUNDO digital, 270608)

Ya que estos días toca hablar de fútbol, comenzaré diciendo que vi por televisión el partido entre España y Rusia, con un cierto nerviosismo (por aquello de que la selección española tradicionalmente ha desperdiciado las mejores ocasiones), pero sin llegar a los extremos rayanos en la taquicardia de mi hija Katia, que hubo de marcharse del frente del televisor, porque no soportaba su inquietud cada vez que Rusia atacaba, si es que lo hizo más de tres ó cuatro veces.
He confesar que disfruté moderadamente con el partido, porque siempre que se gana ya es un gozo, pero si además se juega como ayer vi, el fútbol puede resultar un bonito espectáculo.
Después, al acabar el partido, experimenté la euforia desatada de la gente en las calles, con tracas, petardos, bocinas, gritos, coches circulando con banderas y cláxones estridentes, etcétera.
¡Habíamos ganado! ¡España en la final!
Casi como si nos hubieran subido el sueldo, o nos hubiera tocado la lotería, o nos hubieran reducido la hipoteca...
Pues sí. El resultado halaga a cualquiera, pero tampoco es para alcanzar las cotas de éxtasis que hoy se respiran por doquier.
Y además, ayer sentí pena, lástima, por los rusos.
No por los jugadores, que al fin y a la postre se embolsan muy buenos dineritos (y los rusos, seguro que dólares en vez de rublos), sino por el pueblo ruso.
Ese pueblo, tan admirable por tantos conceptos, con tanta candidez frente a las “glorias” de su patria (que tan poco les revierten) y con tanta entereza frente a las adversidades, seguro que ayer lo pasó muy mal. Porque sus “zares” del fútbol parecieron más bien unos vulgares siervos, neutralizados, controlados, atropellados, por unos futbolistas, los españoles, “forrados” de euros, con contratos millonarios, mimados hasta por un dolor en la punta de la nariz.
Sí; me imagino a los rusos brindando con vodka cada vez que se iniciaba un tímido contraataque de su selección, redoblando el vodka cuando se producía un disparo a puerta, y reponiendo la copichuela cuando el árbitro pitaba alguna falta a su favor.
De todas maneras, no debieron beber demasiado por estos motivos, porque pocas faltas a su favor se señalaron, porque pocos ataques efectuó su combinado y porque poquísimos fueron los chuts de sus jugadores.
Por el contrario, recibieron un tsunami de pases, de controles, de internadas, de ataques, de disparos a puerta, desde la inmisericorde selección española, que parecía no saciarse ni con uno, ni con dos, ni con tres goles…
Cuando ya el partido se había convertido en un baile, cuando el resultado era imposible de remontar, el sano orgullo nacional de los rusos se debió tornar –les conozco bien—en conformismo y resignación, ya que ni sus rezos a todos sus iconos, ni los encargos a sus popes les habían fructificado.
Resignación que debió precisar, como es normal, volver a usar el liquido contenido en las botellas de vodka, porque ya que no ganaban, ya que se les sojuzgaba cual los zares y los soviéticos, era necesaria la energía de su amado vodka para mantener la entereza y conducir sus atribulados espíritus a dormir… la mona.
Me dieron pena los rusos, sí; como no dejaron de darme pena los españolitos que hubieron de refugiarse en la felicidad de un resultado de fútbol, cuando su vida cada vez es más estrecha y difícil y todo sube y cada vez cuesta más.
Inclusive, en el día de hoy, se anuncia la inflación superior al 5%, como si hubiera querido unirse al “subidón” de la sociedad española por el fútbol.
Panem et circenses”, titulaba en mi anterior comentario.
Hoy he de titular fútbol, vodka y vida.
Lo siento, pero del resultado de ayer no me llega ni siquiera un céntimo de ánimos, ni medio céntimo de rebaja en el pan nuestro de cada día.
¡Me refugiaré en la sangría, ahora que hace calor, que el vodka no es típico en España, que no conduzco apenas, y que tengo ganas de sentirme… “dovolniy” (contento, en ruso)!
“La gloria, en verdad, no es otra cosa que un olvido aplazado”, Santiago Ramón y Cajal (1852-1934)
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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