jueves, 6 de marzo de 2008

San Valentín

En tiempos del Imperio Romano, antes del nacimiento de Cristo, los romanos celebraban en el día equivalente al actual 14 de febrero, las llamadas “Lupercales”, o día de la fertilidad en honor a Luperco, dios bucólico que mataba a los lobos y protegía a las ovejas.
En ese día, los sacerdotes salían a las calles y golpeaban a las mujeres con correas de cuero para que se volvieran más fértiles y propensas al amor.
Sin embargo, el emperador romano Claudio, pensando que los guerreros casados y enamorados perdían vigor y ansia de lucha en las batallas, y tenían menos espíritu de milicia que los solteros, prohibió celebrar bodas.
Pese a ello, desobedeciendo el decreto imperial, el obispo Valentín siguió casando en secreto a las parejas que así lo querían.
Ello le costó la vida, cuando corría el siglo III después de Cristo.
Desde entonces, la Iglesia Católica adoptó a San Valentín como patrono de los enamorados.
….
Hasta aquí la historia conocida, que viene motivando una serie de tópicos y ha generado la costumbre –más comercial que otra cosa— de celebrar el Día de los Enamorados cuando se cumple el 14 de Febrero.
Ciertamente la celebración resulta grata, porque ensalzar el amor entre los hombres, especialmente el amor entre la pareja, no puede ser más que motivo de alegría.
No sé si las parejas que no son heterosexuales saben, recuerdan o acostumbran a celebrar este día en esa fecha (que más bien me parece que no) pero ello me resulta indiferente, porque el 14 de Febrero es, por doquier, en el mundo occidental, el Día de los Enamorados.
No puedo menos que glosar la festividad, aún lamentando su absoluta mercantilización, porque parece que más que día del amor entre las parejas, es el día del regalo entre las parejas.
Y al glosar la fiesta, me limito a desear a todo el mundo que haya en su vida el amor, la paz y la alegría que sin duda merece.
Así, a Igor y a Natalia, su esposa, especialmente, y a todos los lectores (as) de esta Carta, mis votos para que el día 14 de Febrero, y siempre, el amor verdadero les acompañe.
...
Como mi pequeño regalo, transcribo un cuento que escribí hace ya varios años:
“EL CIELO, 14 febrero 2.003.- (De nuestro corresponsal Perfecto Cariño).-
Cuando el Obispo Valentín murió, Dios le llamó al Cielo junto a él, primero como consejero de asuntos de amor entre los humanos, más tarde como Presidente de la Comisión sobre el Amor y el Matrimonio, y finalmente como Ministro extraordinario y plenipotenciario de Dios ante la Humanidad, para asuntos de amor y pareja.
San Valentín se convirtió en el Ministro más popular en el cielo, de manera que inclusive todos los moradores en la Gloria le distinguían con su alta estima, porque Él era como el Embajador del Cielo ante los Humanos.
Ocurrió, no sabe bien cuándo, que otros seres vivos acudieron a San Valentín para pedirle su intercesión en asuntos de amor entre ellos, lo que en apariencia excedía de las competencias que el Buen Dios le había atribuido.
Así, en una de las reuniones del Gabinete del Cielo, San Pedro llegó a mostrar su total oposición a que San Valentín pudiera interceder en temas de amor entre no humanos.
Pero San Valentín fue constante e insistente, porque su criterio era que el amor era la mejor imagen del Amor de Dios a los hombres, y que los hombres habían sido colocados en medio de toda la creación, que era de Dios, y estaba basada en la armonía de su amor.
Así, ante el conflicto planteado, fue necesario que interviniera el Supremo del Cielo.
Se celebró una audiencia larga y difícil, porque San Pedro trataba de mantener las competencias de San Valentín solamente respecto de los humanos, y San Valentín, por el contrario, pugnaba por extender sus competencias a toda clase de amor.
En la audiencia, Dios escuchó serio e impasible a los dos Ministros.
Y decidió tomarse algún tiempo para reflexionar sobre la mejor decisión.
Estaba Dios descansando después de la larga y extenuante audiencia cuando se posó en el alféizar de su ventana un gorrioncillo, con alegre canto.
Dios le preguntó la razón de su alegría.
El gorrión le respondió que cantaba con tanta alegría porque estaba enamorado de una linda hembra.
Y Dios llamó a la hembra.
Ésta tuvo vergüenza en presentarse sin un plumaje especial y acudió a San Valentín, afligida.
San Valentín le animó a no tener reparo alguno, y finalmente optó por acompañarle personalmente a la presencia de Dios.
Dios se sorprendió al ver a San Valentín junto con la linda gorrioncilla, y casi increpó a San Valentín por lo que parecía una intromisión.
En ese momento, se oyó en el Auditórium del cielo una suavísima y dulce melodía, por lo que Dios fue corriendo al Auditorio y contempló un sorprendente e inesperado espectáculo: Miles de pájaros, de toda clase y especie, desde el pequeño jilguero hasta la blanca paloma, pasando por las enormes águilas, estaban perfectamente ordenados de a dos (macho y hembra) en el escenario, interpretando con perfección absoluta una melodía inédita, pero bellísima.
Y alrededor de las aves, un esplendente entorno de flores, de todos los colores y tamaños, de dos en dos, adornaba el espectáculo.
Detrás, también de dos en dos, miles de arbustos, que dejaban el fondo a cientos de diferentes especies de árboles, igualmente en parejas.
Y en el cielo, miles de estrellas, en perfecta sincronía de parejas, refulgían como nunca.
Dios se extasió.
Llegó en eso San Pedro, quien al contemplar tan sin par espectáculo mudó su cara de enfado por un rostro de sorpresa.
Y al ver a San Valentín, cuya faz denotaba la inmensa felicidad que le proporcionaba la belleza del momento, en vez de enojarse, se acercó a Dios y le dijo que por su parte retiraba cualquier conflicto de competencias sobre el trabajo de San Valentín.
Dios miró a San Pedro con ojos entre de reproche y comprensión, y le dijo:
“Pedro, Pedro, ¿aún no sabías que el Amor soy Yo, y Yo nunca podré prohibir el armónico amor entre todo lo creado?”
En ese instante los pájaros incrementaron el tono de su melodía, las flores abrieron más sus pétalos, los arbustos se expandieron, los árboles abrieron su follaje, y se oyó una voz de plata que dijo: “Gracias, Buen Dios, por concedernos San Valentín a todos...”
Desde entonces San Valentín, siempre muy atareado, también se ocupa del amor entre todos los seres creados.
Y desde aquel día, que era el 14 de febrero, en el Auditórium del Cielo, con la presencia de Dios, de todos los Ministros, presididos por San Pedro, con San Valentín en un lugar preeminente, se celebra el “Gran acto del Amor”.
Ese día Dios y sus ministros, todos los Santos del cielo, todas las cosas de la creación, solamente repiten una palabra. “Amor”
El gran milagro es que en todos los países, en todo el Universo, gentes distintas, hablando diferentes idiomas, con diferentes culturas, oyen el mensaje.
Y el mayor milagro es que ese Amor dura no solamente ese día sino todo el año.
Hoy ha vuelto a celebrarse el “Día del Amor”.
Ha ocurrido lo mismo que siempre, pero ha sido nuevo, porque desde el pasado año, miles de santos, de aves, de flores, de arbustos, de árboles, de toda clase de seres vivos, se han sumado a la gran celebración.
Solamente resta a este corresponsal, impresionado por tan incomparable y eterna belleza, desear a todos los humanos que leyeren en la tierra esta crónica, que bajo el patrocinio de San Valentín, el Amor (con mayúsculas) sea la esencia de sus vidas..-
SALVADOR DE PEDRO BUENDÍA

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